Cenizas de la luna - Capítulo 16
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16: Capítulo 15 16: Capítulo 15 La lluvia cae con fuerza, haciendo la tarde más oscura.
Ailed sale del automóvil que está estacionado en doble fila y Celina va detrás de ella.
No miran atrás, pero saben que La sombra las sigue de cerca.
Haruto y las chicas corren el último tramo hasta que encuentran protección bajo la estructura de la biblioteca pública.
Faltan algunas semanas para regresar a clases, pero Celina busca las lecturas que debe analizar en su último semestre y resulta la excusa perfecta para salir de casa, y sobre todo estar con Ailed.
Desde que sabe que Mael trabaja en Dolce bacio Celina ha evitado pasar por ahí.
Las chicas ingresan al lugar y escogen una mesa del fondo para sentarse.
Celina respira tranquila, por lo general las bibliotecas tienen un ambiente que le hace sentir protegida: el silencio, el orden y todo el conocimiento a su alcance.
Haruto las mira desconfiado, pero se sienta en la mesa de al lado, en una posición tan tiesa que parece una estatua.
—Toma —dice Ailed pasándole su bolso pequeño —ábrelo.
—¿Qué es?
—pregunta Celina mientras abre el bolso y dentro hay un paquete envuelto en papel, por el olor adivina lo que es— Olvídalo —dice, pero no se le devuelve.
—¿No lo quieres porque es de Mael?
—dice Ailed sonriendo.
—¿Qué?
—Pasé esta mañana.
—Y todos los días.
—De acuerdo, pase a Dolce, como todas las mañanas —corrige Ailed y su cabello corto baila—.
Y se me escapó decirle que te vería hoy, y te envía esto.
—Deja de hablarle de mí.
—No le hablo de ti, hablamos de otras cosas.
—Pues también deberías de dejar de hablar con él —Ailed levanta la ceja.
—¿O qué?
—O nada, está bien, habla con él.
Solo no me digas.
—Vale —dice y se recarga en la silla—.
Pero cómetelo, es tu favorito, pastel de chocolate.
A Celina se le hace agua la boca.
—No puedo.
—¿Por Mael?
No seas inmadura.
—No, porque estamos en la biblioteca, y si dejo migajas vendrán las hormigas…
—Y se harán más listas —continúa Ailed.
—¡Y dominarán el mundo!
—dicen las dos en voz alta.
Lo que provoca una severa mirada de los que están a su alrededor.
Ailed se tapa la boca y Celina se pone colorada.
—Deberíamos hacer lo que se supone que vinimos a hacer —dice ahora en un susurro Ailed y abre el portátil.
—No tiene caso.
—¿Por qué no?
Vamos, no te desanimes.
—Porque ningún abogado en sus cabales enfrentará a Nicolás Xamar.
—Solo por el número de ceros correctos.
—Ceros, que no tengo —dice y continúa antes que Ailed diga algo más—, ni tú.
—Podrías pedir un préstamo, o tu abuelo, pídele ayuda.
—No.
—Y podríamos hacer lo de las “Donas” —y Ailed mira hacia Haruto que parece entretenido mirando un almanaque.
—Ese era un plan tonto.
Celina se hunde aún más en el asiento, y piensa en lo que un día había considerado su plan para escapar.
Plan que había compartido con Ailed y que no consideraba tan descabellado.
—Entonces ¿qué vas a hacer?
—Me casaré con Cámeron, ahorraré y luego tendremos un feliz divorcio.
—Y te quedarás con la mitad de la fortuna de Salmón Barragán —dice Ailed con una sonrisa—.
Muy bien, chica lista.
—No, solo le pediré que me dejen en paz, con tal de no llevarme la mitad de la fortuna de Salomón Barragán.
—Sigue siento un plan terrible, Celina —dice Ailed.
—Cámeron es un buen hombre —responde y su amiga hace una mueca.
—Y “poseedor de una gran fortuna, que necesita una esposa”.
7 —Y me dará mi espacio; seguiremos estudiando y yo tendré mi propio hogar.
Llevaré mis casetes, mis libros y podré adaptarlo como yo quiera.
—Porque serías “desgraciadísima si no tienes una gran biblioteca”8.
—Deja de citar a Jane Austen, Ailed.
—Deja de actuar como si estuviéramos en el siglo XVIII, Celina.
Las dos chicas se miran con furia.
Al final, Celina cede.
—Entonces dime, ¿qué debo hacer?
—pregunta ella y su amiga la mira con severidad.
—“Haz cualquier cosa, menos casarte sin amor”9 —sentencia Ailed.
Celina solo puede mirarla con la nariz arrugada.
—Ya lo he decidido.
_________ 7 Orgullo y prejuicio, Jane Austen, 1813.
8 Idem.
9 Idem.
—Bien —dice Ailed y se cruza de brazos.
—Bien —repite Celina levantándose de su asiento y la sombra la imita—.
Solo voy al estante de ahí —protesta molesta y señala el anaquel más próximo, evitando mirar a Ailed, que suelta un bufido.
—Relájate, gato samurái, nadie va a atacar aquí —dice a Haruto que vuelve a sentarse, aunque sigue a Celina con la mirada.
La chica recorre las estanterías, buscando uno de los libros de anatomía de su programa de estudio.
Necesita distraerse de todo el caos que hay en su mente.
Tiene que estudiar para su examen de ingreso a la universidad.
Celina ya lo ha decidido, eso es lo que debe hacer: seguir su plan de estudio, concentrarse en su carrera y de cualquier forma aún seguiría con Cámeron, aunque no fueran a casarse.
Solo pasarían más tiempo juntos, piensa Celina tratando de convencerse.
Camina distraída y de pronto se da cuenta que está en la sección de poesía, y el rostro de Mael viene a su mente; pero ella aleja ese pensamiento como si fuera un insecto molesto.
Sin embargo, no puede evitar curiosear entre los libros; la poesía no le atrae en lo más mínimo, pero cuando Mael la evocaba, cobraba vida.
Las palabras sonaban tan profundas y etéreas, casi como la música que tanto le gusta.
Celina encuentra un libro de poesía barroca, lee algunos poemas, pero no logra que le signifiquen algo para ella.
Después elige un libro que parece más reciente, está casi como nuevo, Claribel Alegría10.
Celina abre el libro en cualquier página y lee, sobre sueños destrozados, tras una sonrisa.
_________ 10 Claribel Alegría, El muro de las sonrisas.
Celina cierra el libro de golpe y piensa que es una pérdida de tiempo esto de la poesía y debería ponerse a estudiar.
Al dejar el libro en su sitio, ve de reojo su silueta.
Han pasado días desde que no lo ve, porque claro, los sueños no cuentan.
Mael está en una de las mesas de la biblioteca, concentrado entre papeles y algunos libros.
Celina toma unos cuantos libros al azar y se dirige hacia donde él se encuentra.
A solo unos pasos de llegar, se detiene y se sienta en la silla más cercana, y piensa en qué podía decirle.
Desde su asiento puede verlo sin temor, él se yergue y Celina teme que la descubra mirándolo.
Así que comienza a leer los libros que ha tomado: “Carpintería para principiantes”, “Yo mi peor enemigo” y un libro que no tiene idea de qué trata, pero que por el título cree que es sobre algunas teorías matemáticas que escapan a su comprensión; y el poemario de Claribel Alegría.
Mira una vez más a Mael, quien sigue concentrado en su trabajo, Celina vuelve al poema que antes ha leído.
No es la única que se siente perdida, mira el anillo que descansa en su dedo, está harta de verlo ahí, se lo quita y lo guarda en el bolsillo de su pantalón.
Cuando vuelve a mirar hacia Mael, este recoge sus libros y los lleva al carrito para que los acomoden después; y se dirige hacia la salida, no la había visto en absoluto.
El chico se coloca una chaqueta negra y sale por las puertas de la biblioteca.
Celina sabe que se reprochará esto algún día, pero se pone en pie y lo sigue.
Celina se apresura y trata de ubicar a Mael fuera del edificio.
No hay rastro de él; y cuando cree que será mejor dejarlo, lo ve.
El chico quita la cadena a una bicicleta a solo unos metros de ahí.
Celina se arma de valor y camina hacia él.
—Hola —dice y ya no sabe cómo continuar.
Mael voltea y una gran sonrisa ilumina su cara.
—Celina, qué sorpresa —dice algo contrariado, seguramente se pregunta qué hacía ahí hablándole, pues lo mismo se pregunta ella—.
¿Cómo has estado?
—Bien, mira, solo quería disculparme, sé que tal vez reaccioné mal, pero también tú…
bueno, de hecho creo que también me debes una disculpa —dice ella dando rienda suelta a sus pensamientos.
Él sonríe y levanta las cejas, dejando al descubierto sus hermosos ojos.
—Y también me debes una explicación.
—Entonces estuviste buscándome para que…
¿yo me disculpe?
—pregunta divertido e incrédulo.
Celina se da cuenta que suena absurdo, pero ya lo ha dicho.
Entonces, detrás de Mael, aparece la figura de la sombra, que sale de la biblioteca, buscándola.
—No puede ser, podemos avanzar, no quiero que alguien me vea —Mael sigue su mirada.
—¿No quieres que te vean conmigo?
—pregunta y ella trata de cubrirse detrás de él.
—No contigo.
Simplemente que no me vea, ¿podemos avanzar?
—pide Celina asomándose un poco para ver si Haruto se acerca, pero ya no lo ve por ningún lado.
—Tengo una mejor idea, sube —dice Mael montado su bicicleta.
—¿Y a dónde pretendes que suba?
—pregunta mirando la bicicleta como si fuera un OVNI y él le señala las clavijas que están en la rueda trasera.
Celina sube y Mael avanzaba entre el tráfico con ella agarrada de sus hombros.
Mientras la chica piensa que es la escapada romántica más boba de la historia, bueno lo sería si esto fuese una escapada romántica.
Celina se desubica entre las calles y ya no sabe dónde está, de un momento a otro vuelve a llover y Mael entra en el estacionamiento de una plaza comercial.
Bajan de la bicicleta y Celina no puede evitar pensar en lo guapo que se ve con su cabello mojado.
Él se recarga contra la pared a un lado de ella.
—Y bueno, ¿ahora qué?
—pregunta, aunque no puede apartar la mirada de él, es casi idéntico a cómo lo ha soñado, quizás un poco más alto de cómo lo recordaba.
—No sé, nos quedamos en que me exigías una disculpa —y le muestra una sonrisa apenas perceptible.
—Olvidado, hablaba sin pensar —dice alarmada.
—No, en verdad lo siento, Celina —pronuncia su nombre de una forma que nunca había escuchado, de pronto le parece un nombre más bonito—.
Te pido disculpas, porque dejé que asumieras muchas cosas; pero te aseguro que no fue con intención de lastimarte.
Solo no quería que te alejaras, lo que resultó contraproducente —dice y se coloca frente a ella para que lo vea a los ojos—.
¿Podrás perdonarme?
—Pues podrías empezar diciéndome la verdad sobre ti —Mael pareció dolido, pero contesta.
—No te he dicho ni una sola mentira —ella trataba de recordar sus conversaciones, realmente sabe muy poco de él—.
Aunque todos tenemos nuestros secretos, ¿no?
—¿De qué me estás acusando?
—Sé que vas a casarte.
Celina se siente como si la hubiese arrollado un auto.
Ailed le había contado sobre su conversación con él, cuando le pidió que le entregara el mensaje de su abuelo.
Su amiga le contó sobre la situación de Mael como inmigrante, y le había asegurado que no sabía nada de su boda.
—Ese no es un secreto, solo que no lo mencioné.
Además, creo que no te incumbe.
—Claro, solo lo omitiste, y creo que sí me incumbe cuando estás dejándome pensar que hay alguna posibilidad entre nosotros —y Celina nota el rubor en su rostro.
—Solo son ideas tuyas —dice ella, cerrando mucho los ojos.
—Mira, te diré esto, porque de cualquier forma ya me detestas.
Te vi con él, antes de que nos conociéramos.
Vi cómo te trata y de una cosa estoy seguro: él te hará sufrir, y viceversa —sabía que no lo decía para lastimarla, pero le dolió escucharlo.
—¿Viste una vez a Cámeron y ya lo conoces?
—Celina tiene un nudo en la garganta.
—No, pero sé que no lo amas y no deberías casarte con él —ella abre la boca para protestar, aunque se queda sin palabras—.
¿O lo amas?
La chica podría decir que sí, solo para callarlo, pero no podía decirlo en voz alta.
Había amado a Cámeron o eso creía, aunque en ese preciso momento solo se sentía acorralada.
—Vamos, dime, ¿lo amas?
—¡No lo sé!
—dice más fuerte de lo que pretendía, se sentía enfadada, pero no con Mael; sino con sí misma—.
Pero no te preocupes de cualquier forma, no voy a casarme —dice, aunque no cree sus propias palabras.
—¿No?
Pues el pedido que dejaste en la pastelería dice lo contrario, en diez días, si no me equivoco.
—Celina siente la furia ardiendo en su interior.
—¿Crees que tienes derecho a cuestionarme sobre esto?
¿Quién te has creído?
Y vale, tal vez estaba coqueteando contigo, pero no voy a casarme —dice y una lágrima escapa de sus ojos—.
No sé cómo, no sé cuándo; pero en algún momento podré largarme y dejar de hacer lo que los demás quieren, y ser libre —se limpia la cara, y piensa en cuánto odia llorar frente a él—.
Así que no tengo tiempo para este tipo de discusiones que no me llevan a nada.
¡Qué pérdida de tiempo!
Celina da un paso para salir de ahí, sobre todo alejarse de Mael y sus ojos que la invaden.
—Espera —dice tomándola de la mano.
Ella se detiene, pero como él no dice nada, se vuelve para mirarlo.
—¿Es que no te has dado cuenta?
—dice Mael, pero aún ella sigue sin comprender a qué se refiere—.
Ya eres libre.
Celina cae en cuenta un segundo después.
Está ahí sola, sin la vigilancia de su familia, y probablemente nadie sabe dónde se encuentra, aunque solo es cuestión de tiempo.
Una hora después, Celina se encuentra frente al número doscientos nueve de un edificio deprimente; mientras Mael lucha contra la cerradura del departamento.
La chica piensa que esta es una de las peores ideas que ha tenido.
Él por fin abre la puerta y entra a la pequeña habitación; de hecho, la única habitación que tiene el departamento.
Junto a la entrada hay una puerta, que parece ser un baño.
Al adentrarse en la habitación, Celina encuentra que solo hay una cama individual.
Y piensa que definitivamente es la peor idea que ha tenido en toda su vida.
También encuentra una mesa pequeña con una única silla, y la ventana al fondo.
Da unos pasos y ya está en medio de todo el lugar.
No es bonito pero está limpio.
El ruido del tráfico llega desde el exterior.
—Sé que no es lo que esperabas —dice Mael, acomodando su cabello todavía húmedo y mirando alrededor.
—No, está bien, gracias —dice ella.
Después de discutir y analizar por bastante rato diferentes opciones, había aceptado quedarse con Mael, solo por esa noche.
No tenía dinero ni a dónde más ir.
Salir de la ciudad no era una opción.
Celina le contó cómo había tratado de irse en autobús hace muchos años, cuando aún tenía un espíritu rebelde, pero de inmediato la policía había dado con ella.
No le hicieron preguntas, ni escucharon sus razones.
Siendo ella la nieta de Rafael Xamar, no había policía que quisiera entrar en conflicto con uno de los hombres más poderosos del país.
Simplemente la regresaron a casa, y la prensa anunció que habían intentado secuestrarla, lo cual era una total mentira, pero sus padres no salieron a contradecirlo; ese fue el día en que la chica comenzó a tener guardia de seguridad.
Celina llamó por teléfono a Ailed directo a su teléfono móvil desde una cabina telefónica, y le pidió que avisara a su familia que está bien, pero que no volvería y que no pensaba casarse.
La noticia hizo que su amiga gritara de emoción y la felicitara; sin embargo, Ailed estaba preocupada, le pidió que la llamara si necesitaba algo.
Celina no se atrevió a mencionar que estaba con Mael.
También le preguntó por Haruto.
Ailed le contó que estaba furioso y ambas sabían que seguro lo despedirán.
Celina se sintió culpable, no iba a regresar.
El sonido de una ambulancia la saca de sus ensoñaciones y Celina se sienta en la única silla disponible; mientras, Mael pasa a su lado y se acomoda en el borde de la cama.
Le pasa una hamburguesa junto a una lata de refresco; comida que el chico ha tenido que comparar y ella prometió pagarle.
—¿Quieres escuchar algo?
—pregunta él, y se levanta para prender una radio vieja que está sobre un estante empotrado.
Está sobre un pequeño lavadero y barra de concreto.
—¿Qué tipo de música te gusta?
—Digamos que me encuentro en una etapa de descubrimiento de nuevos artistas.
¿Sabías que existen más de mil géneros musicales?
—No lo había pensado.
El chico sintoniza una estación de radio donde se escucha el final de Here with me.
Mael regresa a su sitio y come su hamburguesa.
Celina trata de mirar por la ventana, están en un segundo piso, así que solo puede ver la pared del edificio de enfrente y lo que parece ser un estacionamiento.
Los dos comen en silencio escuchando las canciones que van sonando en la radio y Celina se siente más cómoda en aquel lugar.
—Creo que deberíamos zanjar este asunto, yo dormiré en el piso.
¿Tienes otro cobertor?
—pregunta Celina, pensando con terror lo que sucedería.
En unos minutos tendría que ir a dormir; pasaban de las diez de la noche y mañana Mael tenía que trabajar temprano.
El chico le contó que trabajaba en un restaurante italiano no muy lejos de ahí.
—No tengo más, es la única; pero no te preocupes, ya he dormido en el suelo.
No pasa nada —asegura él, levantándose para tirar los envoltorios a la basura y entrar en lo que ahora, Celina está segura, es el baño.
La chica sigue pensando en lo que estará sucediendo en casa en ese preciso momento.
El escándalo que vendría después y la desaprobación de su familia, pero sobre todo pensaba en Cámeron, no podía imaginar cómo reaccionaría, quizás hasta estaría aliviado como ella de no tener que cumplir su promesa de casarse.
Mael vuelve a salir y se dirige hacia donde ella se encuentra.
—Sobreviviré una noche en el piso —asegura ella mientras se levanta—.
Soy más fuerte de lo que crees, ¿puedo usar tu baño?
—dice mirando detrás de él y Mael asiente.
Entra al baño y se sorprende de lo pequeño que es; tiene una ventana sobre el excusado que da al exterior, aunque está demasiado alta para que pueda ver algo.
Celina se lava la cara y frota pasta de dientes en su boca, piensa en las cosas que debe comprar para su aseo, aunque no cuenta con un solo centavo.
Siempre ha tenido a su disposición todo lo que necesita y más.
Siente un terrible hueco, jamás ha trabajado en su vida; y recuerda cuando lo propuso a su padre, él se escandalizó, aunque solo quería ocupar un puesto como capturista en la revista Glamour Girl donde trabaja Ailed.
Y ahora no sabía hacer nada, absolutamente nada, y por primera vez se preguntó cómo iba a sobrevivir.
Celina sale del baño y encuentra a Mael sentado en la ventana; mira hacia el exterior, una vez más a ella le parece estar observando una escultura antigua.
Él se percata que lo mira y voltea.
Ha apagado la radio y en el suelo está dispuesta una toalla junto a la cama.
No hay más sitio donde colocarla y se recuesta encima.
—Te dije que yo dormiría en el suelo —recalca ella y se para junto a Mael.
—Eso no va a suceder Celina, mejor acuéstate que necesito dormir —dice él con los ojos cerrados y con los brazos detrás de la cabeza; como si estuviera en la playa de lo más relajado.
—Pero yo…
Mael hace un gesto para silenciarla sin abrir los ojos, y parece estar realmente relajado.
Celina piensa en seguir discutiendo pero no se cree capaz de moverlo de ahí, es delgado pero lo bastante alto como para que ella logre cargar y lanzar su cuerpo a la cama, como desea hacer.
Incómoda por la situación, se mete en la cama, aunque se queda despierta.
Está nerviosa por lo que hará a partir de ahora, cómo podrá subsistir sin el apoyo de su mi familia; nada en su vida la preparó para esto.
Escucha cómo Mael se gira y a los pocos segundos se da la vuelta de nuevo.
Celina tiene encima una cobija delgada y aun así siente frío, la temperatura ha bajado bastante y en aquel lugar no hay calefacción.
—Mael, esto es ridículo, te vas a enfermar y no tengo ni un céntimo para llevarte a un doctor.
Y por lo visto tú tampoco —Celina se incorpora y lo descubre mirando el techo.
—No quiero que te sientas incómoda.
Y tú lo has dicho, no moriré por pasar una noche —y estornuda— Eso solo fue alergia.
—Está bien, podemos —y Celina no puede creer lo que va a decir— compartir la cama.
Agradece lo poco iluminado que está el lugar para que el chico no vea sus mejillas ruborizadas.
—En serio puedo quedarme aquí, tú puedes usar la cama.
—Bien, entonces me voy —dice ella, podría pasar la noche en algún café o bar.
Baja los pies de la cama para buscar sus zapatos y Mael se sienta en el suelo.
—No te vayas —dice él.
Tras unos momentos de mirarse en silencio esperando que alguien diga algo, Celina se recuesta junto a la pared y Mael se coloca a su lado con cuidado.
Ambos miran el techo, sus brazos se rozan y ella podía sentir la electricidad que se genera entre ellos.
—Pero no te propases conmigo —dice Mael y ríe.
—Tranquilo, no pensaba seducirte hasta la tercera noche —dice ella en broma y suelta una risita.
—Eres tan terca —le reclama.
—Mira, quién lo dice —y se atreve a mirarlo de lado.
Mael sonríe y su perfil está iluminado con la luz artificial de la farola; y se pregunta cómo ha terminado con ese chico, en esa ciudad, en ese momento.
De todas las posibilidades, ¿por qué Mael?
—¿Quién eres?
—pregunta Celina y su voz parece sonar más en su cabeza que en la inmensidad de la habitación.
Después de lo que parece una eternidad, él la mira, Celina puede ver en sus ojos un gran peso, como años, décadas, milenios acumulados, y por un instante cree estar viendo algo que no es de este mundo.
Ridículo.
Entonces la chica desvía la mirada hacia la farola de la calle que puede ver desde la ventana.
—Creía saberlo, pero ahora mismo no tengo idea.
Mael vuelve a mirar el techo, y Celina lo entiende, en cierta forma se parecen.
Ella acaba de perder a todo el mundo que conocía y ahora está frente a un nuevo camino.
Por un instante se imagina que son dos náufragos en esa cama, avanzando a la deriva en un mar helado de incertidumbre.
—La verdad, tampoco sé quién soy —dice ella—.
Podríamos descubrirlo juntos.
—Esa será una gran aventura.
Después de unos minutos escucha la respiración pausada de Mael, que se ha quedado dormido.
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