Cenizas de la luna - Capítulo 17
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17: Capítulo 16 17: Capítulo 16 El viento azota la puerta del número doscientos nueve y Mael maldice entre dientes, intentaba salir del departamento lo más sigiloso posible.
Aunque olvidó cerrar la ventana del baño, se ha generado una corriente, lo que terminó por impulsar la puerta.
Celina aún dormía cuando él salió rumbo al trabajo.
De alguna manera el destino logró reunirlos de nuevo, pero tiene una sensación que no logra sacarse de encima.
Male se siente como si corriera con una vela en la mano, tratando que no se apague y que en la otra mano lleva un balde de pólvora que podría hacerlo pedazos.
El chico llega a la planta baja donde ha dejado encadenada su bicicleta, mira hacia el techo e imagina a Celina dormida.
El edificio donde consiguió rentar una habitación está en condiciones lamentables; por lo menos tiene una reja segura y ha dejado de subir la bicicleta hasta su habitación, de cualquier manera, ya hay menos espacio donde colocarla.
Sale a la calle y continúa rumbo hacia su empleo en el restaurante italiano llamado Bianco; no está lejos de ahí, pero ya va con retraso.
—¡E.T.!
¡Presta atención o jamás saldrás de aquí!
—dice Cristóbal, uno de los cocineros del restaurante, es medio día y está a tope de trabajo.
Mael lava una sustancia pegada en el fondo de una olla y en algún momento su mente se desvió de la tarea.
—¡¿Acaso no quieres volver a casa, E.T.?!
En un principio los empleados de Bianco llamaron a Mael: Benedetti, por el poeta.
Solo porque había recitado unos poemas a un compañero que estaba desalentado por sus fallidas conquistas; Mael pretendía ayudarle y no esperaba que otro estuviera escuchándolo.
Después se corrió la voz y todos en la cocina comenzaron a llamarlo Benedetti, que rápidamente se convirtió en un Bene o Detti.
Al final, alguno de los empleados dijo que sonaba como E.T., el extraterrestre, y así terminaron por llamarlo E.T.; y todo eso en su primera semana de trabajo.
Y aunque Mael explicó que solo recitaba y no escribía aquellos poemas, fue totalmente inútil, lo consideraban el poeta del grupo.
—Naces con el nombre y mueres con él —le había dicho uno de los meseros del que no sabía su nombre, pero que todos llamaban timorato.
Mael pronto descubrió que era parte de su camaradería, todos tenían un apodo y cuando se enteró del apodo que tenía el chef encargado de las ensaladas, se sintió afortunado con el propio.
Durante la última semana había pasado la mayor parte de su tiempo en esa cocina, o más bien, lavando los trastos que se generaban en ella.
Ya conocía a todas las personas que trabajaban ahí; eran como niños, siempre bromeando y molestando a los otros.
Aunque cada uno estaba pendiente de su tarea, se hablaba mucho, o más bien se gritaba mucho.
Era necesario si querías hacerte oír entre el ruido del lugar.
—¿Por qué no recitas algo?, ¡demonios!
Empiezo a echar de menos tus poemas —dice Malawi, lo que causó más revuelo de los empleados que pudieron escucharlo.
Mael suponía que lo llamaban Malawi porque venía de ahí, pero no le había preguntado aún.
—Venga, E.T., te reto a encontrar palabras bonitas sobre la guerra.
Mael comienza a buscar en su repertorio mental, últimamente le costaba encontrar el correcto.
Tenía la cabeza hecha un lío.
—No, espera, eso es fácil.
Sobre el presidente.
No.
Sobre las moscas —dice mientras estira una masa que se convertiría en pasta para espaguetis.
—¡O sobre lo que quieras, para que se calle!
—agrega Jimmyton el chico más joven del equipo, que comenzaba a pelar papas de un costal.
Aunque Mael ya está preparado y recita un poema sobre un borracho que eructa11.
Enseguida, Malawi suelta una risotada, y Jimmyton sonríe meneando la cabeza.
—Muy bien, E.T.
te has ganado doble ración esta tarde —dice Malawi y vuelve a reír.
—Pero no logro recordarlo del todo —agrega Mael, más para sí que para sus compañeros, está preocupado de no poder recordar el poema completo.
Intenta pensar en el siguiente verso, pero las palabras se le escapan, como arena entre los dedos.
—¡E.T., te busca una chica!
—dice el capitán de meseros abriendo la puerta para hacerse escuchar por encima del ruido.
Sus compañeros explotaron en comentarios y silbidos.
Algo avergonzado, Mael sale de la cocina esperando ver a Celina, pues es la única chica que lo buscaría.
En cambio, encuentra a Shane sentada en una de las mesas más cercanas a la entrada del restaurante.
Tiene una taza de café en la mano y hojea sin interés una revista de moda.
Mael se acerca pero no dice nada.
Está seguro que la chica no puede saber que Celina está en su departamento.
Shane luce ____ 11 Rimbaud jean arthur, Oración de la tarde, 1972 un vestido ceñido de color rosa brillante, resalta tanto como una rosa en un campo lleno de nieve, pero Mael recuerda que tiene filosas espinas.
—Vamos al grano, chico pizzero —dice en cuanto Mael está lo bastante cerca.
Y piensa que quizás su nombre es realmente difícil de recordar para los humanos—.
Creí que eras pastelero.
Bueno, no importa —dice sin mirarlo y disfrutando de su bebida.
—¿Qué sucede?
Shane le hace una seña para que se siente y lo mira por primera vez.
—Los tipos que están en la mesa de allá, fueron contratados para buscar a Nina, y si te encontraron a ti, qué disculpa la expresión, pero que no eres nadie; como mayor facilidad la encontrarán a ella —la chica da un trago más a su bebida—.
Dale esta nota.
Shane le tiende un sobre, pero Mael no lo toma; así que ella lo deja sobre la mesa frente a él.
—Y te aconsejo que dejes de ayudarla, no vale la pena —termina con una sonrisa demasiado forzada que deforma su hermoso rostro.
—No sé dónde está, no la he visto desde su fiesta —dice él con la mayor convicción que puede.
—Otro consejo.
Si no sabes mentir, no lo hagas —le advierte y se levanta, guardando su revista en el bolso.
Mael simplemente sigue sus movimientos con la mirada, teme decir cualquier cosa que delate más de lo que desea.
Shane deja un billete demasiado grande para lo que cuesta un café y sale con los dos tipos siguiendo sus pasos.
Mael se da cuenta que será más difícil de lo que pensaba, y teme por Celina.
—¿En qué lío te has metido, E.T.?
—pregunta el capitán de meseros que se acerca para limpiar la mesa que ha dejado Shane.
—En el peor de todos —dice apesadumbrado.
—¿Les debes dinero?
—pregunta el capitán.
—No peor, me he enamorado —afirma Mael tomando el sobre y regresa a lavar los trastos.
Son las seis de la tarde y Mael apenas sale de su turno en Bianco.
Se supone que termina a las tres; sin embargo, ya ha aprendido que cuando no tienes una identidad válida para el sistema, las personas piensan que tampoco son válidos tus derechos.
No tiene contrato, ni seguro médico, ni una garantía sobre su trabajo; aun así, es mejor tener un sueldo que nada.
Es un extranjero, nacido en una realidad distinta.
Al principio pensó que no le haría falta tanto el dinero, ya que recibía un salario del abuelo de Celina; pero no se imaginaba todas las cosas por las que tendría que pagar.
Y por una milésima de segundo se planteó regresar con los Valensi, pero tenían sus propios problemas y ya le habían ayudado bastante.
Aunque siempre los visitaba para ayudar en la pastelería, y sobre todo hablaba con Enzo, con el que había desarrollado una estrecha amistad.
Al salir por el callejón detrás de Bianco y avanzar por la avenida, nota que un automóvil lo sigue, ya se lo esperaba, pero aún tenía esperanza que no lo consideran como alguien que ayudaría a Celina.
Apenas se conocían y ella lo había corrido de su fiesta.
Mael piensa que debe perder a sus perseguidores antes de ir a su departamento, por lo que hace varias paradas.
Primero pasea en la bicicleta por un parque que está a unas cuadras del restaurante; pasa a una tienda de ropa de segunda mano, compra una sudadera negra y un pantalón de mezclilla.
Cualquiera pensaría que eran para él, o eso espera; no puede confiar en que no lo están observando dentro de la tienda.
Las prendas que elige son más pequeñas de las que él usa y calcula que le quedarán a Celina, pues no lleva más que lo que tenía puesto el día anterior.
Después de pensarlo, un rato decide pasar a Dolce para distraer la atención de los tipos que aún le siguen; de cualquier forma saben que él frecuenta ese lugar, y Shane no olvidará dónde lo ha conocido.
Se toma un tiempo para encadenar la bicicleta a un poste que está al frente del establecimiento y junto a la caseta telefónica, esperando que alguien lo esté observando.
Así plantar un falso señuelo.
Entra al local y le explica lo mejor que puede su situación a Enzo, quien le ayuda a salir por una de las ventanas que dan a la parte trasera de la pastelería.
El chico le propone tácticas bastante violentas para que lo deje en paz, Mael rechaza cada una de ellas y solo le pide que guarde su bicicleta cuando cierren Dolce, ya volverá después por su ella.
Mael se escabulle por el callejón hasta llegar a la estación más cercana del subterráneo y revisa varias veces que nadie lo siga, hasta se detiene en una caseta telefónica para simular que habla con alguien, mientras observa si lo vigilan.
Y al parecer ha logrado perderlos.
Cuando por fin toca la puerta del departamento doscientos nueve ya está bastante oscuro.
Celina abre la puerta, se nota alegre, ajena a todo lo que ha sucedido ese día.
—Pensé que llegarías más temprano —dice ella dejándolo pasar—.
Perdona, me terminé el cereal.
Y creo que realmente necesito conseguir un trabajo, o a este ritmo moriremos los dos de hambre —parece tan contenta que Mael se traga sus palabras.
—No hay problema, que bueno que encontraste algo.
En realidad, como en el restaurante —al entrar en la habitación nota algo diferente, todo sigue igual, y a la vez ha cambiado todo—.
Pase a Dolce y te traje tu favorito —dice él todavía sin atreverse a contarle lo sucedido con su hermana.
—¿En serio?
—Celina toma la pequeña caja rosa con el logo de Dolce en la tapa—.
Gracias.
La chica sale corriendo por una cuchara, de hecho la única que tenía Mael en el departamento.
—Espero que no te importe, pero no había mucho que hacer aquí y encontré uno de tus libros de poesía, y creo que tal vez empiece a gustarme —dice la chica mientras regresa a su lado, toma la caja y se sienta en la cama.
Mael mira el libro, es el volumen que el abuelo de Celina le encargó estudiar para agregar notas a su manuscrito.
El chico siente un hueco de nuevo, tampoco sabe cómo explicarle que aceptó el trabajo que su abuelo le ofreció, el que ella no quería que tomara.
—Celina, tenemos que hablar —dice Mael con un nudo en la garganta y se sienta a su lado.
—Lo sé.
He estado pensando que podría conseguir trabajo en uno de esos centros comerciales y tardaré solo una semana o dos para tener un salario.
Así podré pagarte.
¿Crees que tu casero tenga otro apartamento disponible?
Podría… Mael saca la carta que Shane le ha dado, Celina parece reconocer el sello sobre la carta.
—¿Qué es eso?
—Shane fue al restaurante —Celina abre mucho los ojos—.
Me pidió que te diera esto, aunque espero que me haya creído que no estás conmigo.
Mael no quiere repetir sus palabras.
Celina está congelada mirando la carta, así que él la colocó sobre la cama.
—Saldré un momento y traeré algo para cenar, ¿de acuerdo?
—ella solo logra asentir.
Mael sale del edificio y va a la tienda que está a solo unas cuadras, compra lo suficiente para un desayuno para Celina y pasa por una pizza mediana.
Entonces se da cuenta que solo le queda lo suficiente para la comida del siguiente día, ni siquiera llegarán al final de la semana.
Después de un momento de incertidumbre, decide no pensar más en ello, ya lo resolverá.
De regreso, Mael pasa al apartamento del casero que vive en el primer piso.
Es un hombre joven que tiene una pareja de bulldogs, quien le había ofrecido una pequeña televisión pero él había declinado la oferta, pues no le interesaba.
Sin embargo, ahora cree que Celina podría ocupar para distraerse.
Si ella aceptaba, no saldría del apartamento hasta que encontraran la forma de estar a salvo; aunque todavía no sabe lo que eso significa.
No está seguro de cómo cuidar de ella.
—Mira, chico, yo no me meto en los asuntos de nadie; y claro que puedes traer a quien quieras, pero si el apartamento es para dos, deberás pagar por dos —dice entregándole un televisor que apenas tiene el tamaño de una caja pequeña.
Acuerdan un precio y Mael le promete pagar al final de la semana, sin saber cómo obtendrá el dinero.
Siente que los pies le pesan como dos ladrillos cuando sube al departamento y toca la puerta.
Celina abre y se nota que ha estado llorando, le ayuda con algunas de las cosas que ha traído y pasan al interior.
—¿De dónde sacaste eso?
—pregunta Celina, señalando el televisor que Mael coloca en la mesa.
—Venía con el departamento pero no había pasado por ella.
Mael enciende el aparato para probarlo, sabe cómo funcionan las cosas pero es tan raro hacerlo el mismo.
Mira a Celina que está parada a su lado pensativa.
—¿Estás bien?
—pregunta cuando el silencio se hace presente.
Celina muestra una sonrisa lamentable, va por el sobre ahora abierto que aún está sobre la cama.
—Léela —dice ella dándole la carta—.
No puedo volver a ver esas palabras —y se va a tomar un pedazo de pizza y se sienta en la orilla de la cama.
—No es necesario, entiendo que es algo personal.
Celina mira al vacío y, después de lo que le parece una eternidad, contesta.
—Es una carta de mi padre, o más bien, el borrador de una cláusula notarial que se anexará al patrimonio familiar.
En pocas palabras, me da la opción de volver, casarme y tendré derecho al fondo económico que me ha asignado mi abuelo; de lo contrario no recibiré nada.
La fecha límite es este viernes.
Una segunda cláusula explica que mis pertenencias serán vendidas o donadas, lo que deja claro que ni siquiera puedo ir por sus objetos personales.
Y por último aclaraba que la única heredera será Shane.
Mael se contiene a decir cualquier cosa, nunca ha tenido una familia, y menos aún una como la de Celina.
Podría hablarle sobre las historias que ha conocido, de las injusticias de las que ha sido testigo, cómo la humanidad parece sobreponer sus propios deseos sobre cualquier cosa.
Pero Mael sabe que no es lo que necesita, que esa es su vida, su pesar y solo ella puede sufrirlo; y que es tan válido como el de cualquier otro.
Nada que él diga cambiará lo que está viviendo, ahora extraña tanto el poder que tenía como peregrino, poder confortarla y llenarla de esperanza.
—Tienen todo bajo control, ¿cierto?
—pregunta ella mientras sigue con el mismo trozo de pizza en las manos, aún sin comer—.
Y créelo, lo cumplirá.
He visto a mi padre arruinar la vida de muchas personas; empleados en desacuerdo, el exesposo de mi madre.
No creo que me dé un trato diferente.
Arruiné su oportunidad de salvar sus negocios y jamás me perdonará.
—¿Qué quieres hacer?
—pregunta Mael.
Celina se estira para dejar la pizza de nuevo en la caja, no ha llegado ni a probarla.
Se queda a un lado de Mael, a solo unos centímetros, y en sus ojos puede ver la resolución.
—No tengo idea, pero no voy a dejar de hacer todo lo que ordenen mis padres, y pasar a hacer todo lo que ordene mi marido.
—Y no tienes que hacerlo —dice para alentarla—.
Llegué aquí sin recursos y sin contactos, tú podrás hacerlo también.
No es fácil, pero no estás sola, lograremos salir de esto.
Mael toma su mano, lo ha hecho sin pensar, aunque no la suelta.
Ella lo mira y parece preguntarse por la verdad de sus palabras.
—¿En serio lo crees?
—pregunta y él asiente aún con sus manos entrelazadas.
Mael no puede dejar de mirarla, sus ojos de avellana, aquellos que había deseado tanto que lo mirasen.
Celina se inclina un poco, está tan cerca que podía oler su cabello.
Cómo deseaba poder tocarlo, y su mano hace lo que la prudencia no le permitía.
Apenas es un roce pero recorre el largo de su cabello con una mano, ella parece contener la respiración.
Se encuentra con sus ojos de nuevo, son tan profundos que podrían contener todas sus noches.
Mael puede sentir su cuerpo atraído hacia ella, una fuerza terrible e inevitable.
Nota que su respiración se ha acelerado.
Ella sonríe y él no pudo evitar hacerlo también.
—Como dije antes, esperaré hasta la tercera noche para seducirte —dice con una sonrisa pícara.
Unos golpes en la puerta los alerta y por un momento se quedaron congelados hasta que los golpes hacen retumbar la puerta de nuevo.
—Abre, sabemos que estás ahí —dice una voz que no puede reconocer.
Mael le hace señas a Celina, quien entra al baño de inmediato.
—¡Ya voy!
—grita Mael con un tono que no reconoce en su propia voz— ¿Quién es?
—pregunta y hace tiempo, nunca alguien había tocado a su puerta.
—Soy tu abuela cariño.
Abre o lo hago yo chico pizzero —dice una voz distinta pero igual de imperativa.
Mael apenas quita el seguro y se ve lanzado al interior del apartamento.
Tres tipos entran, los primeros dos los reconoce, habían acompañado a Shane al restaurante.
Después de todo, no los había perdido.
El que lleva un traje negro y corbata blanca se asoma por la ventana del apartamento y el otro que lleva un traje del todo negro cierra la puerta detrás de él acorralándolo, el tercer sujeto que viste un conjunto deportivo de color azul, no lo ha visto nunca y mira con interés cada detalle del apartamento, que no es gran cosa.
—Mael Tafetán —lee de una tarjeta que después vuelve a guardar en el bolsillo—.
Vaya nombre.
Bueno, señor Tafetán, sabes por qué estamos aquí, así que dile a tu amiga que salga.
—Aquí solo vivo yo —miente y piensa que jamás ha golpeado a alguien.
Eso tal vez sería un problema a la hora de defenderse, no había podido hacerlo en el callejón el día que se materializó y esperaba que ahora fuera más fuerte.
El sujeto de traje hace una seña al tipo que está registrando su alacena.
Mael se recrimina por enviar a Celina al lugar más obvio.
El sujeto abre de una patada la puerta del baño.
El sujeto es tan grande que ni siquiera intenta entrar en el pequeño espacio, se da la vuelta y niega con la cabeza.
—Ya eres mayorcito para saber cuándo buscar pelea y cuándo salir corriendo.
Así que si llegas a ver a tu amiga, llama a este número —y le coloca una tarjeta sobre la mesa—.
Y claro, tendrás una jugosa compensación —le muestra una sonrisa repulsiva y toma un pedazo de pizza de la caja y se la come de un bocado.
Los tres sujetos salen del departamento tirando algunas de sus cosas al piso, y cierran la puerta sin decir ni una palabra más.
Cuando Mael está seguro que se han ido, se dirige al baño pero Celina no está ahí.
Por un momento piensa en salir a buscarla pero sabe que estarán vigilando lo que hace a continuación.
Así que saca un cigarrillo del primer cajón de la alacena y se pone a fumar a la ventana.
Desde ahí puede ver al tipo de corbata blanca vigilando en la esquina, desde donde puede verse su departamento, el sujeto le hace una señal a modo de saludo y supone que no se moverá de ahí.
Mael continúa fumando en la ventana, fingiendo estar tranquilo.
Aunque no sabe si salir a buscar a Celina o quedarse a esperarla, y se pregunta a dónde podría haber ido.
Apaga el cigarro en la ventana y se va a colocar su chaqueta.
Dejaría la puerta abierta para que ella entrara y mientras podía alejar a los sujetos de ahí.
Cuando abre la puerta, ahí está Celina.
A oscuras y en espera, entran cerrando la puerta, sin hacer ruido.
—¿Cómo?
—comienza a preguntar él, pero ella silencia su pregunta poniendo un dedo sobre sus labios, Mael no pudo evitar sonreír.
—Ballet.
Soy ágil, pequeña, flexible y sigilosa.
—Como un ninja —dice él sin poder evitar sonreír.
—Exacto —dice mientras camina hacia la ventana, pero solo se asoma lo suficiente como para ver al sujeto que seguramente sigue afuera—.
La ventana de tu baño es realmente pequeña —se queja y revisa el brazo, tiene un raspón a lo largo.
—Temí por ti —dice caminando hasta estar de nuevo tan cerca como para tocarla, pero se detiene.
—También yo —Celina se pone de puntillas hasta alcanzarlo y lo besa.
Apenas un roce y cuando ella se aleja, él la sigue, para que sus labios no se aparten.
Acaricia su cabello, es tan suave, mientras los brazos de ella rodean su cuello.
Mael siente estar en llamas, solo puede pensar en la fuerza que encierra su ser y todas las sensaciones que se despiertan en su cuerpo.
—¿Ya es la tercera noche?
—pregunta él con una sonrisa contra su cuello que ahora cubre con suaves besos.
—Me cansé de esperar —dice ella con una voz diferente, una que le hace estremecer.
El chico toma sus largas piernas, mientras ella se sujeta con fuerza a su alrededor y la transporta a su cama.
Celina lo llama mientras lo despoja de cada prenda; y beso a beso construyen un muro que los aleja del mundo, de sus problemas y temores.
Mael la hace dueña de su corazón, de cada centímetro de su cuerpo, y si es que existe algo parecido al alma, también la pone en sus manos.
El peregrino sabe que cada paso que ha dado, ha sido solo para poder llegar ahí, a Celina y el exquisito placer de entregarse a ella.
A media noche ha llovido, pero ahora el sol se filtra por la ventana, atravesando cada gota que se pega al cristal.
Celina se gira en la cama, pero Mael ya no está, y le parece recordar sentir cuando él se iba pero es un recuerdo nublado.
Acaricia las sábanas a su alrededor como si Mael aún estuviera ahí y recordar la noche le hace añorar aún más, Celina ha estado muchas veces con Cámeron, pero nunca de esa manera.
Sin prisa, dulce y lleno de promesas; bajo el abrigo de la noche le ha entregado su cariño sin reservas.
Ahora las dudas la asaltan, y sus temores afloran.
La chica se sienta y viste con la camiseta que está sobre la cama, supone que Mael la ha dejado para ella.
Es un alivio vestir algo diferente a la ropa que ya ha usado los últimos dos días.
Celina se asoma con cuidado para ver por la ventana, encuentra que el sujeto de ayer ya no está, en su lugar hay una camioneta estacionada donde dos sombras permanecen sentadas.
La chica no logra distinguir nada, así que se aleja de la ventana.
Celina vuelve a recostarse, pues tiene todo un día por delante sin hacer nada.
El día anterior había limpiado a fondo el departamento queriendo sentirse útil.
Sin embargo, se sentía rara y aliviada, no podía recordar cuándo fue la última vez que se quedó hasta tarde en la cama, siempre tenía actividades o compromisos con los que cumplir.
Entonces un recuerdo la atraviesa, se pregunta si Cámeron está enfadado o preocupado.
Celina sale de la cama y va a tomar un baño.
El agua dura unos minutos caliente y después está helada, entre temblores termina de enjuagarse el jabón del cuerpo y sale tiritando de frío.
Se viste y recuesta en el pequeño espacio donde aun los rayos del sol traspasan la ventana, y tras unos momentos comienza a entrar en calor.
Después de desayunar un trozo de pizza, limpiar de nuevo el departamento y ordenar, se da cuenta que no hay mucho más que hacer, así que enciende el televisor, y mira una serie de la que nunca había oído hablar.
Es sobre una bruja adolescente bastante divertida; algunas veces se había preguntado si el tener poderes solucionaría sus problemas.
No, definitivamente no, por lo que puede ver en el programa, los poderes serían más un problema que una solución.
Cambia de canal y encuentra una transmisión de caricaturas, tenía años de no ver una; de hecho, solo miraba televisión cuando estaba con Cámeron o en las ocasiones que visitaba a Ailed; su madre lo consideraba una pérdida de tiempo.
De cualquier forma, Celina siempre estaba ocupada con la escuela y con entrenamientos.
Aún no sabía cómo continuaría estudiando, si no tenía ni siquiera para comer; y comienza a enfrascarse en un bucle de pensamientos autodestructivos, hasta que su rostro aparece en la televisión.
—Se cree que Celina Xamar podría estar en manos de algún grupo delictivo, pues es la hija del exitoso empresario Nicolás Xamar —dice la voz mientras su cara sigue mostrándose y describe sus señas más reconocibles.
Mientras ella maldice—.
Cualquier información que ayude a dar con su paradero será recompensada, esto ha prometido su angustiado padre —después siguen con la programación habitual, aunque su propia imagen queda grabada en su mente.
Celina se da cuenta que no puede simplemente salir a conseguir un trabajo, tenía que salir de la ciudad.
Un plan comienza a formarse en su cabeza y, aunque está llena de incógnitas, cree que puede lograrlo.
Al cabo de una hora su rostro vuelve a inundar el televisor.
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