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Cenizas de la luna - Capítulo 18

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18: Capítulo 17 18: Capítulo 17 La puerta suena, ya ha oscurecido y Celina salta al escuchar el golpe.

—Soy yo —dice Mael a través de la puerta y ella abre.

Mael está fuera del departamento esperando a que abra la puerta.

—Hola —dice sintiéndose muy boba al no decir nada más y entran al departamento.

—Traje unas latas del restaurante, Malawi, un compañero dice que nunca las usan y que me las llevara antes que caduquen —coloca algunas cosas en la mesita—.

Únicamente necesitamos conseguir dónde calentarlo, tal vez el casero tenga algo que me pueda prestar —entonces se fija en ella—.

¿Qué sucede?

—pregunta acercándose con cautela.

—Tengo que decirte algo —dice Celina sin saber como explicarle su plan.

Seguramente le parecería una tontería.

A pesar de haber tenido esa clase de intimidad con él, aún se siente apenada de mostrarle que en verdad le gusta y se pregunta si ha sido solo un sueño.

Con el corazón palpitando a mil, se acerca y lo besa, Mael tiene que inclinarse y ella aspira su aroma, el sabor de sus labios, después se aleja un poco.

—Bueno, cuéntame mientras te preparo la cena —dice él sonriente y va hacia la mesita, saca una lata de duraznos y un paquete de comida, que huele delicioso.

—¿Sabes cocinar?

—He aprendido mucho en el restaurante, pero no.

Aún me falta mucho para que me dejen acercarme a una estufa.

Le dije a Malawi que me guardara mi ración y me dio este paquete, que es más de lo que podría comer yo solo.

—Pues huele increíble.

Mael busca un plato en la alacena, el único que tiene en el departamento.

Vierte lasaña del contenedor y comienza a lavar la lata de duraznos.

—¿Y qué querías decirme?

—pregunta con preocupación, aunque no la mira.

Mael intenta abrir la lata con un cuchillo pequeño, mientras ella lo observa.

—Tengo que salir de la ciudad, hoy mi cara apareció en televisión.

Y a Mael se le resbala la lata tirando algo de su contenido y suelta un grito.

—¡Cuidado!

—dice mientras el chico se agarra la mano y maldice, pues seguramente se ha cortado.

—Estoy bien —asegura él pero su cara lo delataba—, y bueno, ¿qué dijeron en la televisión?

—pregunta, pero Celina no iba a continuar mientras él estuviera herido.

—No seas tonto, déjame ver —él se hace a un lado—.

Mael, tienes que limpiar la herida para que no se infecte, ¿tienes alcohol?

¿Tienes la vacuna del tétanos?

—Él la mira con los ojos enormes, pero no responde y camina hacia el baño.

—¡Yo lo haré, no te preocupes!

—y cierra la puerta del baño.

Celina limpia lo que se tiró del contenido de la lata, por lo menos solo se ha regado el jugo de almíbar y los duraznos siguen en el interior.

—¿Y era grave lo que decían?

—pregunta Mael mientras sale del baño con la mano envuelta en la toalla.

—Informaron que me tienen secuestrada o algo peor, también ofrecen una recompensa —dice y sirve duraznos en un vaso, y le ofrece su plato a Mael, quien lo toma con la otra mano.

—Parece que tu familia sí quiere que vuelvas.

—O mi padre necesita demostrar a Salomón Barragán que me está buscando.

Pasaron el anuncio más o menos cada hora, creo que sí podrían reconocerme —dice apesadumbrada.

—¿Qué vamos a hacer?

Celina lo mira mientras él deja la toalla en la mesa y observa su mano.

No tiene ni un rasguño.

Entonces toma su mano antes que él se percate de lo que hace.

—¿Cómo es posible?

—pregunta sorprendida, y Mael balbucea— Vi como te cortaste, te dolía —dice y no reconoce su propia voz.

Él luce desconcertado.

—¿Qué me estás ocultando?

—Celina, yo.

Mael parece aturdido y ella teme las siguientes palabras.

—Dime la verdad —exige ella, aunque no sabe si realmente quiere saberlo.

Si no podía confiar en Mael, no podía seguir ahí.

—Tengo…

Debo…

Escucha lo que tengo que decirte pero necesito que trates de tener una mente abierta, lo que te diga no va a ser fácil de entender —dice él mirándola con intensidad—.

Prométeme que trataras de estar tranquila —concluye esperando su reacción.

—No puedo prometerte nada —dice Celina y de pronto siente que todo este lugar es demasiado pequeño—.

Comienzas a asustarme —y se aleja, de pronto se da cuenta que su espalda está contra la pared.

Aunque él no se ha movido ni un poco.

—El día que nos conocimos, ocurrió algo que cambió lo que yo era.

Cuando me viste en la fiesta por primera vez, yo comencé a ser visible.

Y aún estoy tratando de entender por qué.

Celina lo mira expectante, parece que Mael habla en serio.

—¿O sea que eras invisible?

¿Y quieres volver a serlo?

Deja de jugar, solo dime que no te has lastimado, o estabas fingiendo cortarte.

Aunque no entiendo el motivo.

—No estoy bromeando.

Intenta comprender, por más descabellado que te parezca.

Soy un peregrino, bueno, así es como nos autodeterminamos; yo y mis hermanos —dice, aún guardando su distancia, deja de mirarla—.

Somos espíritus, invisibles para los humanos.

Pero desde que nos conocimos, me materialicé y hace poco descubrí que no tengo sangre.

Cuando me lastimo sano casi de inmediato, aunque sí me duele.

Celina quiere entender si habla en serio o está jugándole una broma.

—No me crees, ¿cierto?

—¿Tú lo harías?

—quería creerle, pero no tiene sentido lo que dice.

Mael toma un cuchillo del cajón y Celina da un paso hacia atrás.

Mael se hace un corte en la palma, no sin emitir un gemido de dolor.

—¿Qué estás haciendo?

—pregunta consternada.

Reprime un grito cuando ve que, a pesar de ver algo de músculo, no brota ni una gota de sangre.

Mira a Mael, luego su herida y nuevamente al chico, pero él no tiene ninguna expresión.

—Tengo que irme —concluye y él no se opone.

Celina se detiene en la puerta, él sigue mirándola, luce tan desamparado, frío e inerte, como una hermosa escultura con sus tonos grises.

No puede procesar lo que acaba de decirle, y sobre todo lo que ha visto, Celina solo sabe que necesita salir de ahí.

Abre la puerta y se encuentra con algo inesperado, un sujeto de barba muy larga y con turbante en la cabeza está justo enfrente de la puerta.

La mira con ojos desorbitados.

—Celina —dice, aunque suena como si tuviera algo atorado en la garganta.

—¿Te conozco?

—jamás había visto a aquel hombre y por un momento cree que podría ser el casero.

—No, pero yo sí, y mejor de lo que crees —dice con la cara tensa.

—¿Quién eres?

—Mael sale detrás de Celina, también le sorprende ver al hombre de la puerta.

—Sucede que has estado ignorándome más que nunca y ya me cansé —dice dirigiéndose a Mael—.

Milenios juntos, ¿y no sabes quién soy?

Sé que luzco algo diferente, pero…

—y continúa con un tono lamentable—.

¡Es indignante que no me reconozcas!

—¿Galadriel?

—pregunta Mael, apenas audible.

—¡Sí!

—grita, levantando las manos al cielo.

—¿Lo conoces?

—pregunta Celina.

Aún sorprendida, el hombre huele rancio y a un tipo de incienso.

—Por cierto, el grupo de maleantes que contrató tu padre vendrán por ustedes pronto.

No sé cuáles son las mil novecientas, porque esto solo marca hasta las doce —dice mirando su reloj de muñeca—, pero sonaba a que sería pronto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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