Cenizas de la luna - Capítulo 24
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24: Capítulo 23 24: Capítulo 23 Mael sigue a toda prisa la carretera que lleva a la ciudad y que se extiende al lado de la playa.
No es un lugar muy transitado, aunque ya está oscuro y al fin ubica el automóvil deportivo azul.
Planea hasta colocarse sobre el techo, no es una maniobra delicada pero logra aferrarse a la estructura.
El auto desacelera y finalmente se orilla para detenerse.
Mael salta al piso justo cuando Cámeron abre la puerta.
—¿Qué demonios?
¿Cómo has podido seguirnos?
—pregunta el chico sin dar crédito a lo que ve.
Mael ha vuelto a su forma humana y sabe que luce normal, así que Cámeron no puede estar asustado, sino sorprendido.
La puerta trasera se abre y uno de los hombres de Xamar baja para dejar que Celina salga del auto.
La chica corre a su encuentro.
—Mael —dice cuando al fin lo abraza y se asegura que es real—.
¿Dónde está Gala?
—No te preocupes, estará bien.
Mael observa a Cámeron recargarse en el auto mientras Haruto y el otro hombre intercambian algunas palabras que no logra escuchar.
—Nosotros estaremos bien —le asegura y mira directo a Cámeron.
—Lo siento, pero tengo que llevarla a casa —dice el chico, aunque en verdad no parece lamentarlo.
Los hombres de Xamar se acercan y Mael se prepara para huir de ahí.
Sin embargo, antes de poder pensarlo, varias sombras caen a su alrededor.
Rafael, el anciano que ha visto siempre, ha llegado acompañado de todos los demás caídos.
—¿Qué es esto?
—pregunta Celina, aferrada a Mael y mirando alrededor.
—¿Y cómo nos encontraste?
—pregunta Mael, ya pensaba en cómo podrían huir y perderlos; pero necesitaba saber cómo habían logrado seguirle el rastro.
No había visto a ninguno de los caídos siguiéndolo.
—¿No lo has deducido?
Cómo nos encontramos cuando éramos peregrinos, sin querer hacerlo.
Cada siglo alguno de nosotros se materializa en este mundo, así que ya sabíamos que muy pronto te encontraríamos.
Solo fue cuestión de seguir el camino, sin pensar en qué dirección tomar; pero tú sabes lo que es estar unido a un compañero.
No tengo que explicártelo, ahora nosotros somos tus compañeros, Mael.
Lo quieras o no.
—¿Mi abuelo es como tú?
—pregunta Celina por lo bajo, Mael asiente y la aprieta contra su cuerpo.
—Y fue una verdadera sorpresa saber que te habías relacionado con mi familia, por lo que creí que sería más fácil integrarte a nosotros —dice y mira a Celina—.
Pero estás poniendo las cosas bastante complicadas.
Entiende esto, Celina regresará a la ciudad con sus padres, se casará con este chico, vivirá su vida como debió ser antes que tú interfirieras.
—¿De qué estás hablando, abuelo?
—Celina permanece a su lado y mira desconcertada a su alrededor.
—Pues no voy a formar parte de tu grupo —declara Mael.
—¿Pero qué te lo impide?
No tienes a nadie, eres un extraño para todos, como ellos lo son para ti —dice riendo.
—Por favor, abuelo, deja que nos vayamos —suplica Celina, soltando a Mael y dando un paso hacia Rafael.
—Nina —dice Rafael dando un paso al frente también—.
Cómo te pareces a tu abuela.
Adela también lograba hacerme rabiar con su necedad.
Y antes que siquiera Mael pueda reaccionar, Rafel atraviesa a Celina con una garra enorme, justo en el pecho.
Mael la llama en un grito, pero es demasiado tarde.
Solo puede tomarla en brazos mientras la chica desfallece, su cuerpo aún cálido se recarga en su pecho y Mael la llama, le ruega y llora pero ella ya no puede decir nada más; mira más allá de él, mientras su sangre cálida se esparce sin contención.
—Te hice un favor, Mael, de todas formas su vida pasaría en un abrir y cerrar de ojos —dice Rafael y puede ver cómo lanza el cuerpo de Cámeron al suelo, también sin vida—.
Aziel, Gabriel, tendrán que suplantarlos, esto no habría sido necesario si te hubieras unido a nosotros.
Mael levanta la vista, horrorizado para ver cómo otros de los caídos toman la forma de Cámeron y Celina.
Rafael les hace una señal y suben al automóvil azul, mientras Mael sigue aferrado al cuerpo de Celina.
—El sufrimiento que ahora sientes lo tendrías de cualquier forma en unos años, así que solo he acortado la espera —Mael sigue sin creerlo, Celina, no podía estar muerta.
No así.
—¡Pero es tu nieta!
—le reclama entre lágrimas y con una voz lamentable, invadido por el dolor; el más grande y agudo que ha sentido jamás—.
Es tu familia, es de tú…
—¿Mi sangre?
—ríe Rafael—.
Adela, su abuela, mi última esposa, creyó que me había engañado.
Que el niño en su vientre era mi hijo, y por si no lo has deducido aún, los caídos no podemos engendrar hijos —dice y camina hasta él de nuevo—.
Entiende esto de una vez, Mael, no somos humanos —le espeta con rabia—.
Vamos, debemos continuar.
Mael aún no puede soltar a Celina, le había prometido protegerla y le había fallado.
Entre todo su dolor, logra tomar su mano y la besa.
Repite su nombre como guiándola por el camino de vuelta de donde quiera que se hallara.
—Aunque si te parece tan difícil seguir, hay algo que puedes hacer —dice la voz gélida de Rafael a su espalda y Mael deseó arrancarse los oídos para no escucharlo más—.
Ya que no quieres ir con nosotros, te ofrezco una salida.
Escucha a los otros caídos acercándose y Mael aferra con fuerza el cuerpo de Celina.
—Lamentablemente, descubrimos una forma de destruirnos para siempre.
Y claro, eso es el fuego, como las llamas eternas del infierno —alguien más coloca un recipiente a su lado, por el olor sabe que es combustible y luego le avientan una caja de cerillas—.
Si no lo haces tú, entonces lo haremos nosotros, ven y vive como un caído; o muere aquí mismo.
Mael se queda congelado, y piensa en las palabras de Rafel.
—Elaziel, hazlo —ordena Rafael y escucha a uno de los caídos acercarse.
—Espera —dice Mael.
Besa en la mejilla de Celina y coloca su cuerpo con suavidad en el suelo.
Piensa en decir algo, pero ya no tenía sentido, ella ya no podía escucharlo.
Se aleja lo suficiente de Celina y no se atreve a mirarla inerte, en vez de eso mira hacia el océano; parece uno solo con la oscuridad del cielo nocturno, y la noche sin luna ni estrellas.
—Vamos, Mael, somos eternos, pero nada pacientes —dice Rafael a unos metros de él.
Entonces el caído toma el recipiente y se baña con el combustible, y comienza a temblarle todo el cuerpo.
Escucha risas a su alrededor, todos aquellos caídos lo miran con diversión; y sabe que jamás podría ser como ellos.
Las manos le tiemblan al tomar la caja de cerillas.
El olor a combustible nubla toda su mente, pero se concentra para tallar el cerillo y en un instante la luz abrasadora recorre su cuerpo.
El dolor que siente es infinito, solo agradece que ya no puede pensar en nada más, cae al piso y sabe que es su fin; pero el instinto de supervivencia le dice que ruede, pero Mael solo grita.
Entonces la arena cae encima y alguien trata de apagar el fuego que consume su cuerpo.
Una voz le habla, aunque no entiende nada, las llamas dejan de envolverlo y no puede pensar en nada más que el dolor de su carne.
—Maldito loco —dice Rafel a su costado y los otros caídos lo rodeaban—.
Eres valiente, pero muy idiota.
¿Qué parte no entendiste?
No podemos morir, imbécil.
Eres el primero en siglos en preferir las llamas; pero no te preocupes, solo bastarán unas horas para que te recuperes, ¿verdad, Zinael?
Mael aún siente la piel o lo que quedaba de ella, ardiendo.
Se gira, gritando en el proceso, y se arrastra hacia Celina.
—Déjenlo, mejor que se recupere aquí, no quiero el auto con olor a quemado —dice Rafael y se aleja.
Mael estira su mano para acariciar el rostro de Celina, cuando al final llega a su lado, lo que le arranca algunos gritos de dolor.
Su mano aún mostraba partes en carne viva, pero en otras más pequeñas ya estaba sanando.
Llora por sí mismo, por Celina, por Gala y por todo lo que no ha sido; por lo perdido y lo que les han arrebatado.
—Esto lo decidiste tú, Mael —dice a lo lejos Rafel como si pudiera leer sus pensamientos—.
Todos estamos aquí porque deseábamos ser parte del mundo, dejar de ser invisibles.
Dejamos de ser peregrinos y ahora vivimos con las consecuencias de renunciar a nuestra naturaleza.
Mael mira al cielo, está tan nublado que no puede ver nada más.
Entonces una idea cruza por su mente, tan rápida que no la ha podido atrapar; y de nuevo pasa frente a sus ojos, como una estrella fugaz.
Aunque no es un astro, sino una voz.
Y no es solo una, sino varias voces ancestrales, anteriores a los humanos, los peregrinos, más antiguas que la tierra y el agua; antes que el tiempo fuera tiempo.
De pronto las nubes se dispersan, mostrando la luna ante sus ojos.
Una luna nueva, y aunque Mael sabe que no había luna esa noche, ahí está en lo más alto del cielo.
Las voces ahora acompañan a las luces que flotan a su alrededor en un baile frenético.
Repiten algo inteligible, las luces hablan en una lengua que nunca ha escuchado; sin embargo, entiende su mensaje.
Mael toma la mano de Celina, lo que más desea es que ella viva.
Él ha ido contra su naturaleza.
La muerte de Celina ha sido prematura, y solo por haberse cruzado en su camino.
Su destino no era conocerlo, él ha sido un intruso.
—Imagina otra realidad donde no me conociste, donde decides ir por el camino que debías tomar —dice Mael aferrado a su mano y mirando las estrellas cayendo a su alrededor—.
Donde no me elegiste sobre todos los demás, donde tus pasos evitaron cruzarse con los míos, donde no sacrificaste nada por mí —dice y, a pesar del dolor, logra sentarse a su lado y observa su rostro—.
Donde te alejaste cuando debías; un lugar donde nunca me amaste y nuestra historia jamás sucedió.
Celina parpadea como si despertara solo de un sueño, y sus ojos se fijan en los de Mael, reconociendo su rostro.
La luna se encendía, llamas enormes cubren la superficie.
La luz es tan abrasadora que llama la atención de todos.
Rafael maldice, los caídos corren para cubrirse, pero no hay donde escapar.
Celina mira a Mael como la primera vez, aquella noche de luna nueva.
Mael sonríe y se desvanece ante sus ojos.
La luz transporta a Celina en el tiempo, un momento en el que ningún peregrino jamás existió.
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