Cenizas de la luna - Capítulo 7
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7: Capítulo 6 7: Capítulo 6 01 – 01 – 2000 Mael está seguro de que ella lo ha escuchado, el viento arremolina el cabello de la chica mientras observa la ciudad desde la terraza.
Él se siente impaciente por comprobar si ella puede escucharlo en verdad, así que le habla como lo haría con sus hermanos y no susurrando a un humano.
Llevaba siglos inspirando y consolando a tantas personas con el don de la palabra que había perdido la cuenta; Mael había acompañado a miles de escritores, músicos y poetas de diferentes épocas.
Y solo se le ocurrió decir: —Hola —una voz ronca sale de su boca y suena tan diferente.
No como estaba acostumbrado a que sonara, sólo en susurros.
Sonaba como si jamás hubiera usado sus cuerdas bucales.
—¡Cielos!
—grita ella con un sobresalto y lo mira asustada.
Sí, lo está mirando a él, justo a los ojos—.
¡Qué susto me has dado!
—aunque la chica sonríe.
Mael está atónito, sabe que algunos peregrinos habían sido vistos por niños, ciegos y videntes; pero no así, como lo está experimentando él.
—Puede oír y verme —dice Mael a Gala, pero su compañero ya no está a su lado.
Lo busca en todas direcciones, pero no logra encontrarlo.
—Claro que puedo.
¿Te encuentras bien?
—le pregunta la chica, en verdad preocupada.
Mael no entiende lo que ha pasado.
Primero ha tratado de escuchar los pensamientos de la chica, pero era como si no pudiera ubicar la frecuencia.
Tampoco pudo escuchar los de su acompañante y ahora nada.
Absolutamente, nada, ni un solo pensamiento o recuerdo, puede extraer de su mente.
—Sí, estoy bien —contesta recordando que le ha hecho una pregunta.
De pronto no sabe qué más hacer.
Se siente desnudo, mira hacia abajo temiendo estarlo, aún viste su traje azul y camisa blanca, pero de alguna forma lo siente más sólido, como si realmente estuviera ahí.
—¿Seguro?
Puedo llamar a alguien, si quieres.
—En verdad estoy bien, gracias —y piensa en cómo explicar lo que le ha sucedido; quién es él, y más importante aún, que es.
Aunque eso solo la asustaría.
No, no podía explicarlo.
Tenía que fingir ser una persona cualquiera, en una fiesta cualquiera.
—Solo vine a tomar un poco de aire.
—Dentro apenas puede uno respirar, ¿cierto?
—dice ella y vuelve la vista hacia el paisaje.
Mael da un paso al frente y nota fascinado que sus zapatos hacen ruido contra el suelo.
Nunca había escuchado sus propios pasos, a pesar de haber caminado por siglos.
De alguna forma, ahora tiene un cuerpo sólido.
—Lo siento si te asuste, no era mi intención —dice acercándose más, pero aún guardando una distancia prudente.
—No hay problema —le asegura ella, sin dejar de mirarlo.
Entonces Mael se percata de que una música pegajosa suena desde el interior de la fiesta y por primera vez siente algo al escucharla.
Es como si se hubiera quitado unos tapones de los oídos.
La canción habla sobre una chica que espera la señal de alguien al que extraña, y dejó ir.
—Me pareces conocido, ¿trabajas en Glamour Girl?
—No —Glamour Girl es el nombre de la revista que organiza la fiesta, recuerda los pensamientos que había acumulado aquella noche—.
Apenas me enteré de la fiesta por…
Ailed —Mael recordó a la chica de la entrada y la información que tenía sobre el evento.
—¿Ailed?
¿Ailed Kandel?
¿La conoces?
Mael asiente después de recordar el nombre completo de la chica, y básicamente sabía todo sobre Ailed.
Sus recuerdos, temores, sueños, los había visto todos.
Podría decirse que la conocía bastante bien.
—Recientemente —Mael siente que no es el camino que debería seguir.
Ailed Kandel no tenía ni idea de quién era él—.
Es una chica muy atareada —dice recordando el caos que había en su mente.
—Sí, siempre tiene algún proyecto entre manos —confirma ella—.
Y ¿te dejaron entrar sin disfraz?
Creí que era obligatorio.
Mael sabe que lleva una vestimenta bastante común para estar en una fiesta como aquella.
—Estoy disfrazado, soy un graduado en su primera entrevista de trabajo —ella ríe, y Mael siente una calidez en el pecho.
Su sonrisa parece iluminar el rostro.
—Muy listo, pero con un portafolios sería más convincente —dice todavía sonriendo y arrugando la nariz—.
Yo voy de ángel, aunque ya me he quitado las alas, son realmente incómodas —mira hacia las alas tiradas a un lado—.
Supongo que ahora seré un ángel caído.
Mael también sonríe, y no se cree capaz de dejar de mirarla.
—Es grandiosa la vista —dice recargando los brazos de nuevo en el barandal—.
En otro tiempo debió ser aún más bello, sin tantos edificios alrededor.
—Sí que lo era, pero este lugar se construyó para demostrar el poder que tenía su propietario más que para el disfrute del paisaje —y el peregrino suspira.
>>Cuando el dueño murió, su nieto lo convirtió en un lugar de vicios, y pasó de ser un lugar elegante e imponente a uno en favor del libertinaje y la depravación.
Hasta que el pobre chico se quedó en la ruina por la guerra.
Luego el edificio tuvo que pasar varias décadas abandonado para que la gente comenzara a contar historias sobre el.
Las grandes fiestas que se hacían y las personalidades que aquí habían convivido, claro muchas alejadas de la verdad, y más cercanas a la imaginación.
Hace unas décadas un comerciante vio su potencial y compró la propiedad; lo remodeló y comenzó a promocionarlo no solo como un lugar histórico, sino como uno exclusivo y lleno de lujo.
Lo que atrajo a las nuevos ricos con ansias de ser reconocidos por su facultad para gastar su fortuna en cualquier tontería.
Con el paso del tiempo el paisaje ha cambiado pero también lo que representa este sitio.
De pronto, Mael se da cuenta de que ha dado rienda suelta a sus recuerdos.
—Vaya, ¿y cómo sabes todo eso?
—dice la chica mirándolo con interés.
—Yo…
Me apasiona la historia y esta ciudad —contesta nervioso—.
“Es el tiempo que devora la vida, y el oscuro enemigo que nos roe por dentro al sorber nuestra sangre crece y se hace más fuerte”1 —Mael está muy nervioso, incluso está recitando poesía.
—¿Y eso lo acabas de inventar?
—ella sonríe de nuevo.
Mael piensa que daría cualquier cosa por verla así por el resto de sus días y noches.
—Es de Charles Baudelaire, un poeta —comenta Mael pensando en las noches que había pasado al lado de aquel humano, escuchando sus palabras y reflexiones.
El peregrino pocas veces se aferraba a alguien, pero siempre eran artesanos del lenguaje, le fascinaba escuchar en palabras lo que él no podía sentir en carne propia.
—En realidad sé muy poco de poesía, pero creo que tiene razón en su idea sobre el tiempo —dice ella pensativa.
Mael detesta no saber lo que ocurre en su mente.
—¿Crees en el destino?
—pregunta él, cuestionando la razón por la que ahora puede verlo y oírlo.
—¿Destino?
Jamás creeré que hay algo escrito sobre lo que será de mí, prefiero pensar que puedo decidir sobre mi vida.
Mael se percata que un fuego arde en el interior de la chica, aunque parece tan tranquila.
—Entonces, es sólo una casualidad, que tú y yo nos encontráramos en este sitio.
Mael no quiere creerlo.
—Si piensas en las probabilidades, es muy posible habernos conocido aquí.
—¿Qué tan probable?
—Como dos en un millón —y sonríe—.
Una posibilidad por cada uno.
Y los dos conocemos a Ailed, es por eso que estamos aquí, ¿cierto?
Mael quiere decirle la verdad, pero no sabe por dónde comenzar.
_______ 1 Charles Baudelaire, El enemigo, 1857 —¿En verdad no te parece una especie de suerte haber coincidido justo en este lugar, en este momento, en este siglo?
—Viéndolo de ese modo, solo seremos testigos del cambio de siglo una vez en lo que nos resta de vida.
Mael recuerda que mientras para él este es un siglo más, para ella sería la única ocasión en que vería el inicio de una era.
—Creo que volveré a dentro —dice ella con un suspiro—.
Voy por un poco de pastel, quiero probarlo antes que se termine —lo mira nerviosa y se agacha para tomar sus alas sintéticas.
Mael se siente caer, aunque sabe que sigue en pie.
—Claro, yo tampoco he probado nada aún —dice con sinceridad.
Los peregrinos no necesitan comer, y de cualquier manera no pueden tocar nada, simplemente traspasan cualquier materia.
—Pues deberías, es de la cafetería Dolce bacio, sus pasteles son los mejores de la ciudad.
Ailed y yo vamos siempre que podemos —dice y se coloca un mechón de cabello detrás de la oreja.
Mael se siente tan rígido, no sabe qué hacer o en todo caso que no hacer.
—Creo que debería —y entonces, por primera vez en su vida, Mael siente miedo, porque ella se aleje—.
¿Puedo acompañarte?
Me encantaría probar el pastel —casi se ahoga al preguntar, no puede saber qué decir para que ella acepte.
Casi no respira esperando su respuesta.
—Seguro.
Te mostraré dónde está la mesa de postres —dice con una sonrisa sincera y da unos pasos hacia él.
Mael tiene que contenerse con todas sus fuerzas para no dar un paso atrás.
—Soy Celina —le tiende la mano.
El peregrino teme tocarla porque podría solo traspasarla, pero sería sumamente grosero dejarla con la mano tendida.
Mael se aventura, rogando por ayuda a todos sus hermanos y alza su mano en busca de un milagro.
—Mael —dice y se prepara para lo inevitable.
Sin embargo, para su sorpresa solo se encuentra con el cálido toque de la piel de Celina.
Le está dando la mano y sus sensores se disparan.
Nunca había tocado nada en absoluto.
Es simplemente increíble.
Entonces la suelta y es consciente de haber tardado unos segundos más de lo adecuado, pero ella parece no molestarle.
—Vamos, antes de que nos dejen solo migajas —y se dirige hacia las puertas dobles que llevan al interior del salón atravesando la terraza.
Mael aprovecha para buscar con la mirada a Gala, pero no logra encontrarlo.
Al cruzar la puerta, el peregrino se impacta contra un chico disfrazado de pirata.
Está anonadado, aquel chico también puede verlo y ha chocado contra él.
—Lo siento, amigo —dice el chico pirata.
Mael solo balbucea una torpe disculpa.
Localiza a Celina, que ya se encuentra atravesando el salón, sin darse cuenta de que él ya no la sigue.
Mael ha visto hacer esto a la gente por siglos, esquivar cosas y personas; pero él necesita toda su concentración para realizarlo, afortunadamente ellos también evitaban chocar con él.
Las luces y el ruido del lugar no le ayudan para nada, lo percibe todo tan intenso que se siente mareado.
Finalmente, logra llegar donde está Celina, en el fondo del salón, junto a la mesa de postres, donde hay unas cuantas personas tomando galletas finas, café y rebanadas de pastel.
—¡Pruébalo!
—lo alienta Celina casi en un grito por el alto volumen de la música y ella le acerca un plato con una rebanada de pastel de chocolate—.
Es mi favorito, te juro que es como el cielo en la tierra —asegura ya sin gritar, y acercándose más a su oído.
Mael siente su aliento y no puede contener un escalofrío que le recorre la espalda.
Después la mira, ella está esperando, seguramente, a que pruebe aquel pastel.
Él tiene el plato en la mano, pero teme que ocurra algo terrible si come.
Celina espera ansiosa, así que se arma de valor y toma un bocado.
Los sabores inundan su paladar; jamás creyó que algo tan exquisito podría existir; es suave, dulce y esponjoso.
—¡Lo sé, es delicioso!
—Celina dice tomando su propia rebanada con autosuficiencia mientras Mael sigue devorando el pastel—.
¡Esta es la pastelería que lo vende!
—y le da una servilleta con un logo elegante estampado.
Él la guarda en el bolsillo y se entrega a la experiencia de comer por primera vez.
En ese momento se da cuenta de que una señora lo mira desde el otro lado de la mesa, pero él no puede escuchar sus pensamientos, supone que está poniendo esa cara por cómo se ha llenado la boca de pastel.
Recuerda que para los humanos existen reglas de etiqueta que tenían que seguir a la hora de comer.
Había sido testigo de muchos desastres en este sentido.
Al hacerse visible para las personas, suponía que también le juzgarán por lo que hacía o dejaba de hacer.
Así que Mael se voltea para seguir disfrutando su pastel sin culpa y casi se atraganta al pasarlo.
Celina lo mira con una sonrisa.
—Y ¿de dónde eres?
—pregunta mientras la música se interrumpe, y una mujer anuncia que harán la entrega de algún premio.
—De Italia, aunque en realidad viajo mucho —responde al recordar la primera vez que fue consciente de su propia existencia, dentro de un bosque en lo que hoy en día es conocido como Marcigliana.
Celina lo mira fascinada.
—“Ti conozco abbastanza per saperti inquieta, sono certo che osi appena, se pure osi, chiederti che penso.
Penso a te.”2 —recita recordando a Mario Luzi y el tiempo en que aún estaba en el viejo continente.
Se siente acalorado al pronunciar esas palabras, aunque sabe que ella no puede entenderlo.
—¿Y eso qué significa?
—pregunta sin dejar de mirarlo.
—Que el pastel es delicioso, y te pregunté de dónde eres —miente nervioso.
—Nací y crecí aquí en esta ciudad, desearía viajar más, pero nunca tengo tiempo —dice mirando alrededor como buscando algo.
—¿Por qué?
—pregunta Mael apreciando cada uno de sus rasgos mientras espera su respuesta—.
¿Por qué no tienes tiempo para viajar?
____ 2 Mario Luzi, Onore del vero, 1957 —Ah, pues lo de siempre.
La escuela, los eventos y la familia.
Estoy ocupada con mi carrera; estudiaré medicina, quiero ser cirujana.
Mael se da cuenta de que es una respuesta aprendida.
—¿Y eso es lo que más anhelas?
¿Lo que más deseas hacer?
Celina luce sorprendida por su cuestionamiento.
Para Mael, ella es todo un misterio y no puede conocerla de la manera que está habituado.
Tiene que hacer preguntas, pero le frustra no poder saber si le responde con la verdad.
Sabe que las personas mienten todo el tiempo, incluso a sí mismas.
—Claro que es lo que quiero —contesta Celina frunciendo el ceño.
—Creo que eso es lo que quieres creer —dice sin pensar.
—¿Y qué te hace pensar que no es lo que quiero?
De cualquier forma, no creo que nadie sepa en realidad lo que quiere.
Todos estamos atados a lo que se espera de nosotros, lo que se supone que debemos y somos capaces de hacer.
—Destino.
—No, estamos condicionados por nuestras circunstancias.
Nos movemos en el margen de lo posible.
La premiación ha terminado y los asistentes aplauden.
La música suena de nuevo, y Mael escucha una canción que le despierta, habla sobre una leyenda de un fénix.
—¿Y tú, sabes lo que quieres?
¿En realidad sabes lo que más anhelas?
—pregunta Celina, desafiándolo.
—¿En este momento?
—dice acercándose más para que le oyera sobre la música—.
En este preciso momento, lo que más deseo, es bailar contigo —y con un ademán de otra época la invita a bailar.
Mael teme el rechazo; pero un segundo después, Celina toma su mano para guiarlo hacia la pista de baile.
Los peregrinos no tienen alas, como muchos humanos piensan, y menos aún pueden volar; sin embargo, en ese instante Mael se siente flotar.
El lugar está casi lleno, así que se quedan en una orilla junto a otras parejas.
La pista brillaba con diferentes cuadros de colores.
Mael está un poco tieso, no entiende muy bien cómo moverse, jamás había sentido la música como ahora.
Vibrando en todo su ser.
En cambio, Celina está en su elemento.
Mael no está seguro de que tan mal o bien baila, pero se fija en los pasos que ella hace y trata de imitarla, aunque de un modo más torpe, por lo que ella no deja de sonreír.
Mael se deja llevar por lo que su cuerpo le dicta, siguiendo el ritmo de la música y el movimiento de la gente a su alrededor, hasta ahora sus sentidos habían estado apagados.
El cabello largo de Celina baila a su alrededor acompañando los rítmicos movimientos de su cuerpo y su mirada no deja de atraerlo aún más.
De pronto ella se para en seco, sus ojos van más allá de Mael.
—Lo siento, debo irme —dice la chica y él se gira para encontrar un hombre alto que llevaba un traje oscuro—.
Nos veremos…
algún día —dice y se marcha con aquel hombre siguiéndola de cerca.
Mael tarda un instante en reaccionar; quiere volver a verla, saber más de ella, no puede dejar que simplemente se vaya.
Trata de avanzar a grandes pasos, pero hay demasiada gente.
Cuando al fin llega a la entrada del Hotel Imperio, la ve subiendo a un automóvil negro; mientras aquel sujeto entra por el lado del conductor.
Mael no puede creer que simplemente la perderá.
De pronto la ventanilla del auto baja y ella se asoma.
—¡Dile Ailed que mañana desayunamos en Dolce!
—grita sonriente y entonces el automóvil avanza para unirse al ritmo del tráfico.
Una brizna comienza a caer mientras Mael observa al automóvil hasta que lo pierde de vista.
Por primera vez en toda su existencia, el peregrino desea que un nuevo día llegue.
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