Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior

Cenizas De Zenit - Capítulo 21

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Cenizas De Zenit
  4. Capítulo 21 - 21 Donde el sendero recuerda
Anterior
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

21: Donde el sendero recuerda 21: Donde el sendero recuerda Kaelen avanzó.

No rápido.

No con cautela exagerada.

Con el mismo ritmo con el que había aprendido a moverse cuando el mundo dejaba de responder a la lógica: lo suficiente para no parecer indeciso, lo bastante lento para no provocar una reacción inmediata.

El sendero se abría entre las rocas oscuras como una herida antigua.

No estaba delimitado por marcas claras; era una diferencia sutil en la textura del suelo, una continuidad apenas perceptible entre fragmentos que, fuera de ese trazo, parecían colocados al azar.

Cada paso producía un sonido distinto.

No más fuerte.

No más débil.

Distinto.

Como si el terreno recordara cosas diferentes dependiendo de dónde era pisado.

Kaelen bajó la mirada.

Sus botas no dejaban huellas visibles, pero algo se desplazaba bajo la superficie.

No como un movimiento físico —no arena, no grava— sino como una reorganización lenta, casi respetuosa.

El suelo aceptaba el peso… y luego lo redistribuía.

El brazo de Eclipse se mantuvo estable.

El aceite bajo la piel había adoptado una viscosidad más densa, menos reactiva.

No estaba en modo defensivo.

Estaba en modo adaptativo.

Kaelen no intentó forzarlo.

El promontorio quedó atrás.

Las figuras de las linternas no lo siguieron.

Tampoco desaparecieron.

Permanecían allí, visibles en el rabillo del ojo durante varios pasos más, hasta que el sendero giró ligeramente y el terreno ascendente las ocultó sin ceremonia.

No hubo despedida.

Eso le resultó más inquietante que cualquier amenaza.

El aire cambió.

No en temperatura.

En densidad.

Respirar seguía siendo fácil, pero cada inhalación traía consigo una presión leve en el pecho, como si el entorno esperara algo del acto mismo de respirar.

Kaelen ajustó el ritmo de forma instintiva, reduciendo la profundidad de las inhalaciones.

No quería llamar la atención con algo tan básico como existir.

A los lados del sendero comenzaron a aparecer formas.

No estructuras completas.

No ruinas reconocibles.

Fragmentos.

Costillas demasiado grandes para pertenecer a un animal conocido, incrustadas verticalmente en la roca.

Superficies curvas que podrían haber sido paredes… o caparazones.

Aquí y allá, masas endurecidas con vetas irregulares que recordaban tanto a madera petrificada como a carne calcificada.

Kaelen no tocó nada.

Aprendió hacía tiempo que en ciertos lugares el contacto era una forma de consentimiento.

Siguió avanzando.

El cielo seguía inmóvil, pero la luz era distinta aquí.

No más brillante.

Más direccional.

Como si proviniera de un punto que no podía verse directamente, pero que imponía una orientación sutil sobre las sombras.

Kaelen notó entonces algo que no encajaba.

Sonido.

No inmediato.

No cercano.

Un ritmo irregular, muy lejano, que no se sincronizaba con nada del entorno.

No era mecánico, pero tampoco orgánico.

Era una repetición imperfecta, como si alguien intentara imitar un patrón que no recordaba del todo.

Se detuvo.

El sonido continuó.

Kaelen no se agachó.

No se ocultó.

Permaneció de pie, permitiendo que el entorno lo registrara tal como estaba.

El brazo de Eclipse emitió un pulso mínimo, casi imperceptible.

No una activación.

Una consulta.

Kaelen no respondió.

El sendero descendía ahora, de forma gradual, hacia una depresión amplia.

Desde allí provenía el sonido.

Kaelen avanzó.

A medida que descendía, el terreno se volvió más blando.

No húmedo.

No fangoso.

Flexible.

Cada paso producía una resistencia elástica, como si caminara sobre capas superpuestas de materiales que no compartían la misma edad.

La depresión se abrió ante él.

Era un espacio amplio, circular, delimitado por formaciones irregulares que se elevaban como dientes rotos alrededor de un cráter antiguo.

En el centro, algo se movía.

No era grande.

No en tamaño.

Era una figura encorvada, de proporciones humanoides, cubierta por capas de material oscuro que colgaban como piel vieja o ropa deshecha.

Se desplazaba lentamente, arrastrando algo tras de sí.

El sonido provenía de eso.

Kaelen observó.

El objeto que la figura arrastraba era una masa alargada, segmentada, con una superficie brillante y opaca a la vez.

No parecía metálica.

Tampoco orgánica.

Cada vez que rozaba el suelo, emitía ese ritmo irregular.

La figura se detuvo.

No miró a Kaelen.

Se inclinó aún más, como si escuchara algo que no estaba en el aire.

Kaelen dio un paso.

El sonido cambió.

No se detuvo.

Se desalineó.

La figura giró lentamente.

El movimiento no fue hostil.

No fue defensivo.

Fue… necesario, como si ignorar la presencia de Kaelen hubiera dejado de ser una opción viable.

Cuando el rostro quedó visible, Kaelen no supo qué estaba mirando.

No había rasgos claros.

Donde debería haber ojos, había cavidades profundas cubiertas por una película translúcida que se retraía y expandía con cada movimiento.

La boca —si era una— estaba desplazada hacia un costado, abierta de forma permanente, mostrando una estructura interna demasiado compleja para ser solo dentadura.

La figura lo observó.

No habló.

Kaelen sostuvo la mirada.

—No busco esto —dijo finalmente, sin alzar la voz.

La figura reaccionó.

No con palabras.

El objeto segmentado que arrastraba emitió un pulso.

El sonido irregular se detuvo… y luego retomó con un ritmo nuevo, más lento, más pesado.

Kaelen sintió una presión breve en el pecho.

No dolor.

No amenaza.

Un registro.

La figura inclinó la cabeza apenas unos grados.

No en señal de comprensión.

En ajuste.

Kaelen no preguntó nada.

Esperó.

Tras varios segundos, la figura volvió a girarse, retomando su movimiento arrastrado.

Se alejó del centro de la depresión, dirigiéndose hacia una abertura estrecha entre dos formaciones elevadas.

No invitó a Kaelen a seguirla.

No lo impidió.

El sonido se alejaba.

Kaelen permaneció quieto un momento más.

El Códice no reaccionó.

Eso confirmó su sospecha: no se trataba de un encuentro diseñado para él.

Kaelen avanzó.

No hacia la figura.

Siguió el sendero, que ahora bordeaba la depresión, elevándose de nuevo hacia una zona donde el terreno parecía menos flexible, más definido.

A cada paso, el mundo parecía ajustar su atención.

No para vigilarlo.

Para acostumbrarse.

Y Kaelen entendió —no como una idea clara, sino como una certeza incómoda— que este lugar no estaba probándolo.

Estaba integrándolo.

El sendero se estrechó.

No de forma brusca, ni como una trampa evidente.

Simplemente dejó de permitir pasos amplios.

Kaelen tuvo que ajustar la postura, girar ligeramente los hombros, modificar el ángulo de avance.

El terreno ya no aceptaba movimientos descuidados.

Eso le resultó familiar.

Había aprendido que los lugares verdaderamente peligrosos no gritaban advertencias; obligaban al cuerpo a obedecer antes de que la mente tuviera tiempo de protestar.

El aire era distinto aquí.

No más denso.

Más contenido.

Cada sonido parecía amortiguado a propósito, como si el espacio estuviera absorbiendo vibraciones innecesarias.

Incluso el roce de la tela de su túnica contra la piel sonaba lejano, casi ajeno.

Kaelen avanzó.

A los lados del sendero, las formaciones oscuras comenzaron a cambiar.

Ya no eran fragmentos caóticos ni restos indefinibles.

Mostraban patrones.

No geométricos.

No orgánicos.

Repeticiones imperfectas.

Superficies curvas interrumpidas por hendiduras profundas.

Estructuras que parecían haber sido moldeadas por presión constante durante un periodo demasiado largo como para imaginarlo.

Algunas estaban cubiertas por una pátina opaca, como si algo hubiera intentado sellarlas… y hubiera fracasado.

Kaelen no tocó ninguna.

Pero algo tocó él.

No físicamente.

Sintió una tracción leve en el pecho, justo detrás del esternón.

Un tirón breve, como cuando un hilo invisible se tensa y luego se relaja.

El brazo de Eclipse respondió con un pulso seco.

Kaelen se detuvo de inmediato.

No activó nada.

No reaccionó con violencia.

Cerró los ojos un instante y respiró con cuidado.

El tirón no volvió.

Abrió los ojos.

Delante de él, el sendero desembocaba en una planicie irregular.

El suelo aquí era más uniforme, formado por una superficie oscura que reflejaba la luz de manera extraña, como si no proviniera del cielo sino del propio material.

Y allí, en medio de la planicie, estaba lo que no debería moverse.

Era grande.

No gigantesco.

No monumental.

Pero su tamaño no coincidía con el espacio que ocupaba.

Daba la impresión de que el lugar había sido construido alrededor de eso… o que eso había sido dejado allí cuando el lugar aún no existía.

Parecía una estructura.

Kaelen tardó en decidir si era algo erguido o algo arrodillado.

Tenía múltiples extensiones que descendían hasta el suelo, no como patas, sino como apoyos deformados.

Su superficie estaba cubierta por capas superpuestas de material oscuro, resquebrajado en algunos puntos, pulido en otros.

Aquí y allá, vetas pálidas recorrían su forma, pulsando con una lentitud casi imperceptible.

No emitía sonido.

No se movía.

Kaelen avanzó con pasos lentos.

A medida que se acercaba, percibió que el silencio alrededor de la estructura no era natural.

No era ausencia de ruido, sino cancelación.

Los sonidos que Kaelen producía parecían extinguirse antes de alcanzar el objeto, como si el espacio intermedio no los permitiera llegar.

Cuando estuvo a unos diez metros, lo sintió.

No una mirada.

No una intención.

Un peso.

No sobre su cuerpo.

Sobre su existencia en ese punto exacto.

Kaelen se detuvo.

El brazo de Eclipse se tensó bajo la piel.

El aceite adoptó una textura rígida, preparándose para una respuesta que Kaelen aún no autorizaba.

La estructura se movió.

No de golpe.

Uno de sus apoyos se desplazó apenas unos centímetros, produciendo una vibración profunda que se transmitió por el suelo, subiendo por las piernas de Kaelen hasta alojarse en la base de su columna.

El movimiento no fue dirigido hacia él.

Fue un reajuste.

Como si algo, tras un periodo largo de inactividad, hubiera notado una variación en su entorno y decidiera comprobar si seguía siendo relevante.

Kaelen no retrocedió.

No avanzó.

Se quedó donde estaba.

El mundo pareció contener la respiración.

Otro movimiento.

Esta vez, una sección superior se inclinó ligeramente.

No había rostro, pero Kaelen tuvo la certeza de que ese gesto equivalía a una orientación.

No hacia él exactamente.

Hacia el punto que ocupaba en el espacio.

El peso aumentó.

No aplastante.

No agresivo.

Evaluativo.

Kaelen sintió cómo las presencias en su interior se agitaban.

No intentaban salir.

No intentaban comunicarse.

Reaccionaban como reaccionan las cosas que reconocen algo peligroso… pero necesario.

—No me detendré —dijo Kaelen.

No alzó la voz.

No adoptó un tono desafiante.

La estructura no respondió.

Otro apoyo se movió.

El suelo se deformó ligeramente bajo su peso, formando grietas finas que se extendieron como venas.

Kaelen sintió una presión súbita en la sien.

El Códice intentó activarse.

[— — —] La información no se formó.

El sistema no podía —o no quería— interpretar aquello.

Kaelen dio un paso.

El peso se intensificó.

No como castigo.

Como advertencia.

El aire vibró.

Por un instante breve, Kaelen tuvo la sensación de que algo estaba siendo retirado del entorno.

No energía.

No materia.

Atención.

La estructura volvió a moverse.

Esta vez, una de las vetas pálidas se iluminó con un pulso lento.

La luz no era brillante.

Era profunda, como si proviniera de un lugar muy por debajo de la superficie.

El pulso se repitió.

Kaelen sintió una resonancia en el pecho.

No dolorosa.

No placentera.

Un eco.

El brazo de Eclipse reaccionó de nuevo, esta vez con un ajuste interno más complejo.

El aceite se reorganizó, formando patrones que Kaelen no había visto antes.

No estaba copiando lo que tenía delante.

Estaba adaptándose a su presencia.

Kaelen entendió algo —no con palabras, no como una idea clara—: si avanzaba sin más, el mundo lo registraría de una forma distinta.

No peor.

No mejor.

Irreversible.

—Entonces así funciona —murmuró.

La estructura no respondió.

Pero el peso cambió.

No desapareció.

Se desplazó.

Abriendo un espacio estrecho entre dos de sus apoyos, lo suficiente para que una figura humana pudiera pasar… con cuidado.

Kaelen observó el espacio.

No era una invitación.

Era una consecuencia.

Kaelen avanzó.

El momento en que cruzó entre los apoyos, sintió cómo algo se cerraba detrás de él.

No físicamente.

Conceptualmente.

Como una puerta que no estaba destinada a ser usada más de una vez.

El peso desapareció.

El silencio volvió a ser simple.

Kaelen siguió caminando sin mirar atrás.

El sendero reapareció al otro lado, descendiendo hacia una zona donde el terreno cambiaba de nuevo.

A lo lejos, distinguió formas que se movían de manera irregular, demasiado coordinadas para ser naturales, demasiado erráticas para ser conscientes.

Criaturas.

No definidas aún.

No cercanas.

Pero presentes.

Kaelen ajustó la postura, dejó que el brazo de Eclipse encontrara un equilibrio funcional, y siguió avanzando.

El mundo ya no lo estaba observando.

Ahora lo estaba esperando.

El terreno descendía en curvas amplias, como si el mundo hubiera sido empujado hacia abajo con una mano demasiado grande para preocuparse por la precisión.

Kaelen avanzó con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante, ajustando el centro de gravedad a cada paso.

Las formas a la distancia se movían.

No de manera caótica.

No en grupo cerrado.

Se desplazaban siguiendo trayectorias que se cruzaban y se evitaban con una coordinación incómoda, como si compartieran una regla que Kaelen aún no podía percibir.

Algunas se detenían de pronto, permanecían inmóviles durante varios segundos… y luego retomaban el movimiento desde un ángulo distinto, sin transición.

Kaelen no aceleró.

Sabía que si algo allí reaccionaba a la velocidad, hacerlo evidente sería una invitación innecesaria.

El aire volvió a cambiar.

Esta vez no fue densidad ni presión.

Fue olor.

No un aroma claro.

No algo identificable.

Una mezcla incompleta de humedad antigua, mineral expuesto y algo más… algo que recordaba vagamente a sangre seca, pero sin la acidez habitual.

Las criaturas estaban más cerca ahora.

Kaelen pudo distinguir mejor sus siluetas.

No eran bestias grandes.

No eran humanoides completos.

Eran… compuestas.

Algunas caminaban erguidas, pero sus extremidades no seguían proporciones coherentes.

Brazos demasiado largos, articulaciones colocadas en ángulos imposibles, espaldas que parecían haber sido reconfiguradas varias veces.

Otras se desplazaban apoyándose en más de cuatro puntos, pero con un ritmo que sugería intención, no simple instinto.

Ninguna emitía sonido.

Eso fue lo primero que le llamó la atención.

No respiraciones.

No pasos.

No roces.

Se movían en silencio absoluto, como si el entorno hubiera decidido no registrar su paso.

Kaelen se detuvo cuando una de ellas cruzó el sendero a unos veinte metros delante de él.

La criatura no se volvió.

No lo olió.

No lo escuchó.

Simplemente pasó.

Su superficie era irregular, cubierta por capas superpuestas de material oscuro, similar al del terreno, pero con zonas donde algo más claro asomaba: tejidos fibrosos, tensados, como si hubieran sido estirados más allá de su límite natural.

No tenía rostro visible.

Donde debería haberlo, la forma se hundía en una cavidad lisa.

Kaelen esperó.

Otra criatura apareció desde un costado, luego otra.

No formaban un cerco.

No parecían coordinarse en torno a él.

Se desplazaban siguiendo trayectorias que evitaban el contacto directo, como si Kaelen fuera un obstáculo que aún no había sido clasificado.

El brazo de Eclipse permanecía quieto, pero Kaelen sentía el aceite bajo la piel reaccionar de forma sutil, adaptándose a microvariaciones del entorno.

No era una respuesta de combate.

Era algo más cercano a un ajuste sensorial.

Una de las criaturas se detuvo.

Esta vez, no por casualidad.

Kaelen lo supo porque el espacio alrededor de ella pareció estabilizarse, como si el mundo hubiera fijado su atención en ese punto concreto.

La criatura giró lentamente.

No hacia Kaelen del todo.

Solo lo suficiente.

Kaelen sostuvo la mirada inexistente.

No levantó las manos.

No adoptó postura defensiva.

Esperó.

La criatura dio un paso.

Luego otro.

No hacia él directamente.

Describía una curva amplia, cerrando distancia sin convertir el movimiento en una amenaza clara.

Kaelen sintió algo distinto entonces.

No presión.

No peso.

Una tensión de pertenencia.

Como si algo intentara encajarle una pieza que no había pedido.

La criatura se detuvo a pocos metros.

De cerca, Kaelen pudo ver que su superficie no era uniforme.

Había zonas donde el material parecía más reciente, menos erosionado.

Otras mostraban grietas profundas, cicatrices selladas a la fuerza.

No era una forma estable.

Era un resultado.

La criatura levantó uno de sus apéndices.

No señalaba.

No atacaba.

El gesto era… incompleto.

Kaelen bajó la mirada.

El suelo entre ambos mostraba una diferencia clara.

Donde la criatura se había detenido, la superficie parecía ligeramente hundida, como si hubiera cedido al peso.

Donde Kaelen estaba, no había nada.

Ni huella.

Ni marca.

Ni desplazamiento.

Nada.

Kaelen levantó la vista.

—No —dijo.

No con firmeza.

No con agresividad.

Como una constatación.

La criatura reaccionó.

No retrocedió.

No avanzó.

El gesto incompleto se repitió, esta vez con una variación mínima, como si estuviera probando otra configuración.

Kaelen dio un paso lateral.

No hacia atrás.

No hacia adelante.

El suelo crujió.

Esta vez, algo cambió.

Una marca apareció bajo su bota.

No profunda.

No clara.

Pero existía.

La criatura se tensó.

Otras, más lejos, se detuvieron también.

El movimiento irregular cesó poco a poco, como si una señal silenciosa hubiera recorrido el área.

Kaelen sintió una presión breve en el pecho.

No dolorosa.

Una confirmación desagradable.

Había hecho algo.

La criatura dio un paso más cerca.

Kaelen no se movió.

El brazo de Eclipse respondió con un ajuste fino, redistribuyendo tensión a lo largo del antebrazo.

No se activó ninguna función ofensiva.

No era necesario.

La criatura inclinó la parte superior de su cuerpo.

No una reverencia.

No un ataque.

Un reconocimiento defectuoso.

Kaelen entendió lo suficiente.

No querían su vida.

No querían su muerte.

Querían su presencia fijada.

—No soy eso —dijo Kaelen.

La criatura no respondió.

Pero algo cambió en el entorno.

El aire vibró con una frecuencia baja.

El suelo pareció endurecerse ligeramente bajo los pies de Kaelen.

La marca que había dejado no desapareció.

Seguía allí.

La criatura se acercó un paso más.

Kaelen dio otro paso lateral.

Otra marca.

El mundo pareció asentarse alrededor de ellas.

Kaelen sintió una certeza incómoda formarse en algún lugar profundo, no como pensamiento, sino como comprensión física: si seguía avanzando así, el entorno terminaría por integrarlo en algo que no había elegido.

No de inmediato.

No con violencia.

Con paciencia.

Kaelen avanzó entonces.

Pero no hacia las criaturas.

Se dirigió al borde del sendero, donde el terreno descendía abruptamente hacia una zona más oscura, irregular, menos definida.

Un lugar donde el suelo parecía romperse en capas discontinuas.

Las criaturas reaccionaron.

No con prisa.

No con alarma.

Simplemente ajustaron sus trayectorias, cerrando lentamente el espacio, como una marea que no necesitaba correr.

Kaelen no aceleró.

Cuando llegó al borde, se detuvo solo un instante.

Miró hacia abajo.

No vio fondo claro.

Solo una sucesión de planos superpuestos, sombras que no coincidían del todo con las formas que proyectaban.

Kaelen dio un paso al vacío.

El mundo reaccionó.

No lo sostuvo.

No lo rechazó.

Se reconfiguró.

El suelo cedió bajo él, no como una caída libre, sino como un deslizamiento brusco.

Kaelen descendió varios metros antes de impactar contra una superficie inclinada que amortiguó parte del golpe.

Rodó.

El brazo de Eclipse absorbió tensión, redistribuyendo fuerzas de forma imperfecta pero suficiente.

Kaelen terminó de costado, respirando con control.

Arriba, las criaturas no lo siguieron.

No porque no pudieran.

Porque el espacio que había elegido no les pertenecía.

Kaelen se incorporó lentamente.

Aquí, el aire era distinto otra vez.

Más frío.

Más áspero.

El terreno estaba cubierto por formaciones irregulares que recordaban a raíces fosilizadas, extendiéndose en todas direcciones.

El sendero había desaparecido.

Por primera vez desde que despertó en la orilla, Kaelen no tenía una dirección evidente.

El Códice permanecía en silencio.

Kaelen se quedó quieto unos segundos, dejando que el entorno terminara de acomodarse a su decisión.

Había evitado algo.

No sabía qué.

No sabía por cuánto tiempo.

Pero el mundo había tomado nota.

Y eso, intuía, tendría un precio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo