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Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 10

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  4. Capítulo 10 - 10 CAPÍTULO 10 LA CUENTA REGRESIVA
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10: CAPÍTULO 10: LA CUENTA REGRESIVA 10: CAPÍTULO 10: LA CUENTA REGRESIVA Día nueve.

Veinte días restantes.

Menos de veinticuatro horas antes de que Lilly desapareciera.

Amelia arrugó la nota de Helen hasta convertirla en una bola de papel.

El pulso le martillaba en las sienes con tanta fuerza que podía escucharlo.

Escocia.

Williams iba a llevarse a Lilly a Escocia, donde ningún juez londinense tendría jurisdicción, donde las conexiones de los Ashworth eran aún más profundas, donde ella nunca podría encontrarla.

—Tenemos que detenerlos.

—Su voz sonó extraña incluso para ella misma, aguda por el pánico apenas contenido—.

Tenemos que ir ahora a la mansión y sacar a Lilly de allí antes de que sea demasiado tarde.

Stefan la tomó por los hombros, obligándola a mirarlo.

—Escúchame.

Si entras a esa casa sin autorización legal, Elizabeth llamará a la policía.

Te arrestarán por secuestro de tu propia hija.

—Sus ojos grises la atravesaban—.

Y entonces habrás perdido todo.

La custodia.

La batalla legal.

Todo.

—¿Entonces qué se supone que haga?

¿Quedarme aquí sentada mientras se la llevan?

—No.

Vamos a usar la ley.

—Stefan caminó hacia el escritorio donde guardaban los documentos más importantes—.

Hartley puede solicitar una orden judicial de emergencia.

Prohibir que saquen a la niña del país hasta que se resuelva el caso de custodia.

—Eso toma tiempo.

Tiempo que no tenemos.

—Toma menos de lo que crees si sabes a qué juez acudir.

—La voz de Hartley llegó desde la puerta del estudio.

Nadie lo había escuchado entrar—.

Recibí el mismo mensaje que ustedes.

Helen es una mujer valiente.

Amelia se volvió hacia él con una desesperación que ya no intentaba ocultar.

—¿Puede detenerlos?

—Puedo intentarlo.

—Hartley entró completamente, cerrando la puerta tras de sí—.

Hay un juez, Sir Edmund Blackwell, que no está en la nómina de los Ashworth.

Es viejo, terco, y odia a Williams con una pasión que raya en lo personal.

Si podemos llegar a él esta noche, podría firmar una orden de emergencia.

—¿Y si no lo hace?

—Entonces tendremos que considerar opciones más creativas.

Stefan se tensó.

—¿Qué clase de opciones?

Hartley miró a Amelia durante un largo momento antes de responder.

—Las que implican sacar a la niña de la mansión sin permiso oficial.

Con todos los riesgos que eso conlleva.

El silencio que siguió fue pesado como plomo fundido.

Amelia sabía exactamente qué significaba eso.

Convertirse en fugitiva.

Perder cualquier esperanza de ganar legalmente.

Pero si la alternativa era perder a Lilly para siempre en las Highlands escocesas, ¿qué otra opción tenía?

—Vayamos primero con el juez Blackwell —dijo finalmente—.

Si nos falla, entonces hablaremos de planes alternativos.

La residencia de Sir Edmund Blackwell estaba en las afueras de Londres, una casa de piedra que había resistido tres siglos de historia británica sin doblegarse.

Igual que su dueño, según los rumores.

Hartley llamó a la puerta mientras Amelia y Stefan esperaban bajo la luz tenue de los faroles.

Eran casi las diez de la noche, una hora inapropiada para visitas sociales, pero la urgencia no permitía protocolo.

Un mayordomo anciano abrió con expresión severa.

—El Sir no recibe visitas a esta hora.

—Dígale que Thomas Hartley necesita hablar con él sobre Williams Ashworth.

—La voz de Hartley era firme—.

Y dígale que tengo pruebas de algo que lleva treinta años esperando demostrar.

El mayordomo dudó, pero algo en la expresión de Hartley lo convenció.

Desapareció en el interior de la casa, dejándolos esperando en el frío de la noche.

Pasaron cinco minutos que se sintieron como horas.

Amelia contaba los segundos en su cabeza, cada uno acercándola más al momento en que un carruaje saldría de la mansión Ashworth con su hija dentro.

Finalmente, el mayordomo regresó.

—El Sir los recibirá.

Síganme.

Sir Edmund Blackwell era un hombre de setenta años con el porte de un general retirado y los ojos de alguien que ha visto demasiadas injusticias.

Estaba sentado en una biblioteca llena de libros legales, con una copa de brandy en la mano y una expresión entre curiosa e irritada.

—Tienes exactamente cinco minutos para explicarme por qué he interrumpido mi lectura nocturna, Hartley.

—Necesito una orden de emergencia para impedir que Williams Ashworth saque del país a una menor de edad.

—¿Bajo qué fundamento?

—Riesgo de fuga y obstrucción de la justicia.

—Hartley sacó uno de los documentos que habían recuperado—.

Y porque Williams Ashworth es un asesino que ha eludido la justicia durante cuarenta años.

El silencio fue absoluto.

Sir Edmund dejó su copa sobre la mesa con un movimiento tan controlado que el líquido ni siquiera se movió.

—Muéstrame.

Durante la siguiente hora, Hartley desplegó las pruebas.

Documentos que detallaban pagos a funcionarios corruptos.

Fotografías de las víctimas de Williams.

La confesión de George Whitmore.

Todo el arsenal que habían acumulado.

Sir Edmund leyó cada página con la meticulosidad de un cirujano examinando un órgano enfermo.

Su expresión no cambió, pero Amelia notó cómo sus nudillos se volvían blancos al apretar los bordes del papel.

—¿Esta mujer es la madre?

—preguntó finalmente, señalando a Amelia sin mirarla directamente.

—Sí, Sir Edmund.

Amelia Crane, anteriormente Ashworth.

—¿Y los Ashworth planean llevarse a la niña a Escocia mañana?

—Según nuestra fuente, sí.

Sir Edmund se reclinó en su silla.

Cerró los ojos durante un momento tan largo que Amelia temió que se hubiera quedado dormido.

Cuando los abrió de nuevo, había algo diferente en ellos.

Algo que ardía con una intensidad contenida durante décadas.

—Williams Ashworth mató a mi hermano hace treinta y cinco años.

—Su voz era tan baja que apenas se escuchaba—.

Lo hizo parecer un accidente de caza.

Todos sabíamos que fue asesinato, pero no teníamos pruebas.

Amelia sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

—¿Su hermano?

—Richard Blackwell.

Aparece en esa lista que acabas de mostrarme.

—Sir Edmund se puso de pie con dificultad—.

He esperado treinta y cinco años por esto.

Treinta y cinco años rezando para que alguien tuviera el valor y las pruebas para exponer a ese monstruo.

Caminó hacia una vitrina donde guardaba documentos legales.

Sacó uno y comenzó a escribir con una caligrafía firme a pesar del temblor de sus manos.

—Esta orden prohíbe a Williams Ashworth, Elizabeth Ashworth, y a cualquier miembro de la familia Ashworth sacar a la menor Lillian Ashworth del territorio de Inglaterra hasta que se resuelva el caso de custodia.

—Firmó con un flourish dramático—.

Cualquier intento de violar esta orden resultará en arresto inmediato.

Le extendió el documento a Hartley.

—Llévales esto ahora mismo.

Esta misma noche.

No les des tiempo a reaccionar.

Hartley tomó el documento como si fuera el Santo Grial.

—Gracias, Sir Edmund.

—No me agradezcas todavía.

—El juez miró a Amelia directamente por primera vez—.

Los Ashworth no se rendirán solo porque un juez les haya dicho que no.

Harán todo lo posible por evadir esta orden.

—Lo sé.

—Bien.

Porque ahora que has despertado a este monstruo, no descansará hasta destruirte.

Cuando salieron de la residencia, el reloj de la torre cercana marcaba casi la medianoche.

Amelia sostenía una copia de la orden judicial contra su pecho como un escudo.

—Vamos a la mansión Ashworth —dijo Hartley—.

Ahora.

Antes de que tengan tiempo de huir en la oscuridad.

El carruaje atravesó Londres en silencio.

Amelia miraba por la ventana sin ver realmente las calles.

Solo podía pensar en Lilly.

¿Estaría dormida?

¿O despierta, asustada, sintiendo de alguna manera que algo terrible estaba por suceder?

La mansión Ashworth brillaba en la oscuridad como una joya falsa.

Todas las luces estaban encendidas, inusual para la hora.

Claramente estaban preparándose para el viaje matutino.

Hartley descendió del carruaje primero, seguido de Stefan.

Amelia fue la última.

Sus piernas temblaban ligeramente cuando sus pies tocaron el camino de grava que había recorrido tantas veces como esposa, y ahora recorría como enemiga.

Joe abrió la puerta antes de que pudieran llamar.

Sus ojos se ensancharon al ver a Amelia, pero no dijo nada.

Simplemente se hizo a un lado.

Elizabeth apareció en lo alto de la escalera, envuelta en una bata de seda.

Su expresión pasó de la sorpresa a la furia en un segundo.

—¿Cómo te atreves a aparecer aquí a esta hora?

—Tengo una orden judicial.

—Hartley subió los escalones con pasos firmes, extendiendo el documento—.

Firmada por Sir Edmund Blackwell.

Prohíbe específicamente que saquen a Lillian Ashworth del país.

Elizabeth bajó la escalera con lentitud calculada.

Tomó el documento y lo leyó con ojos que se volvían más fríos con cada línea.

—Blackwell.

Por supuesto.

Ese viejo nunca ha podido superar la muerte de su hermano.

—La muerte que su esposo causó —intervino Amelia—.

El asesinato que su esposo causó.

—Cuidado con lo que dices, querida.

—Elizabeth le devolvió el documento a Hartley—.

Las acusaciones sin fundamento pueden resultar muy costosas.

—Tengo todos los fundamentos que necesito.

Y usted lo sabe.

Williams apareció en el descansillo superior.

Llevaba ropa de viaje.

Había estado preparándose para partir, confirmando las peores sospechas.

—Esto no significa nada.

Una orden firmada por un juez con vendetta personal.

Cualquier abogado competente la impugnará mañana mismo.

—Impúgnela entonces.

—Hartley sonrió sin humor—.

Pero mientras tanto, la orden es válida.

Y si intentan violarla, Sir Edmund ha dejado muy claro que emitirá órdenes de arresto.

El rostro de Williams se tornó púrpura.

—¿Me estás amenazando?

—No lo amenazo.

Lo informo.

—Hartley guardó su copia de la orden—.

La niña se queda en Inglaterra.

Y en exactamente cinco días, nos veremos en el tribunal.

Amelia aprovechó la distracción para subir las escaleras hacia el cuarto de Lilly.

Elizabeth intentó bloquearle el paso, pero Stefan se interpuso.

—Apártate de mi camino, alemán.

—Hágame apartarla, Lady Ashworth.

Amelia corrió hacia el segundo piso.

La puerta del cuarto de juegos estaba cerrada con llave.

—¡Lilly!

—Golpeó con ambas manos—.

¡Lilly, cariño, soy mamá!

Escuchó movimiento del otro lado.

Pasos pequeños acercándose.

—¿Mamá?

—Sí, mi amor.

Soy yo.

—¡No puedo abrir!

¡La puerta está cerrada!

Elizabeth había subido tras ella.

—Aléjate de esa puerta inmediatamente.

—Abra esta puerta ahora mismo.

—Amelia se volvió hacia ella—.

O juro que la tiraré abajo.

Williams arrancó el documento de las manos de Hartley y lo leyó con ojos frenéticos.

Cuando terminó, su rostro había perdido todo el color.

—Maldito Blackwell.

Elizabeth sacó una llave de su bolsillo y abrió la puerta con movimientos bruscos.

Lilly estaba al otro lado, en camisón, con los ojos hinchados.

Al ver a su madre, corrió hacia ella.

—¡Mamá!

¡Dijeron que te habías ido para siempre!

Amelia la levantó en brazos, apretándola contra su pecho.

Había estado tan cerca de perderla.

—Nunca me iré para siempre, mi amor.

Te lo prometo.

—La abuela dijo que íbamos a un viaje largo.

Que no te vería más.

Amelia levantó la vista hacia Elizabeth.

La matriarca sostuvo su mirada sin parpadear, sin mostrar un ápice de vergüenza.

—La abuela estaba equivocada.

—Besó la frente de Lilly—.

Vas a quedarte aquí.

Y yo voy a visitarte todos los días.

—¿Todos los días?

—Todos los días que la ley me permita.

Y muy pronto, para siempre.

Williams dio un paso adelante.

—Esto no ha terminado.

—Tiene razón.

—Amelia sonrió—.

Acaba de comenzar.

Y cuando termine, su apellido será sinónimo de todo lo que está podrido en la aristocracia británica.

Se arrodilló para quedar a la altura de Lilly.

—¿Puedes ser valiente por mí?

¿Solo un poquito más?

Lilly asintió con solemnidad.

—Soy muy valiente.

Como tú.

—Exactamente como yo.

—La abrazó una última vez—.

Te amo hasta la luna y de vuelta.

Cuando bajaron las escaleras y salieron al frío de la noche, Amelia se permitió respirar por primera vez en horas.

Lilly estaba a salvo.

Por ahora.

Pero la mirada que Williams le había dirigido antes de cerrar la puerta prometía una cosa: la guerra apenas comenzaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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