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Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 EL HOMBRE DETRÁS DE LA MÁSCARA
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11: EL HOMBRE DETRÁS DE LA MÁSCARA 11: EL HOMBRE DETRÁS DE LA MÁSCARA Día diez.

Diecinueve días restantes.

El desayuno en la residencia de Stefan olía a café recién hecho y pan tostado, aromas que deberían haber sido reconfortantes pero que Amelia apenas registraba.

Llevaba dos horas despierta, revisando documentos en el estudio, cuando Stefan entró con una bandeja que dejó sobre el escritorio sin pedir permiso.

—No has comido nada desde ayer.

—No tengo hambre.

—No te estoy preguntando.

—Empujó la bandeja hacia ella—.

Comes algo ahora o te llevaré personalmente a la cocina y te alimentaré como si fueras una niña obstinada.

A pesar de todo, Amelia sintió que una sonrisa tiraba de sus labios.

Era la primera levedad que experimentaba desde la confrontación nocturna en la mansión Ashworth.

—¿Siempre eres tan mandón con tus invitadas?

—Solo con las que están empeñadas en destruirse por una buena causa.

—Stefan tomó asiento frente a ella, su propia taza de café humeando entre sus manos—.

La orden judicial nos dio tiempo, pero Elizabeth no se quedará de brazos cruzados.

Necesitas estar en plena forma para lo que viene.

Amelia tomó un trozo de pan, más para complacerlo que por apetito real.

El silencio se extendió entre ellos, cómodo pero cargado de preguntas no formuladas.

—¿Por qué lo haces, Stefan?

Él levantó la vista de su taza.

—Ya te lo dije.

Tu padre me hizo prometer…

—No.

—Amelia dejó el pan—.

No me refiero a la promesa.

Me refiero a todo esto.

—Hizo un gesto abarcando la casa—.

Esta residencia.

Los recursos ilimitados que has puesto a mi disposición.

La capacidad de llamar a abogados de élite en mitad de la noche.

Nadie tiene este tipo de poder solo por ser un antiguo empleado de mi padre.

Stefan se quedó inmóvil.

Algo cruzó su rostro, una decisión tomándose en tiempo real.

—Tienes razón.

Es hora de que sepas quién soy realmente.

Se puso de pie y caminó hacia la ventana, dándole la espalda.

La luz matinal dibujaba su silueta contra el cristal, haciéndolo parecer más grande, más imponente de lo habitual.

—Cuando conocí a tu padre, yo tenía veintidós años.

Acababa de llegar a Inglaterra desde Alemania con lo puesto y una maleta que apenas tenía ropa.

Los Ashworth me contrataron como contador junior, el puesto más bajo en su firma.

—Su voz era controlada, pero Amelia detectó algo debajo, algo áspero—.

Me pagaban una miseria.

Trabajaba dieciséis horas al día.

Y cada vez que abría la boca en una reunión, Williams me recordaba que era “el alemán” y que debía agradecer que me permitieran estar ahí.

Amelia no dijo nada, permitiéndole continuar a su ritmo.

—Tu padre fue el único que me trató como un ser humano.

Cuando descubrió que los Ashworth me estaban haciendo procesar transacciones ilegales sin saberlo, me advirtió.

Me ayudó a salir antes de que pudieran usarme como chivo expiatorio.

—Stefan se volvió hacia ella—.

Y me dio algo más valioso que su advertencia.

Me dio un consejo: “En este mundo, Stefan, solo los que tienen poder real pueden protegerse a sí mismos y a quienes aman.

Construye tu propio imperio.

Uno que nadie pueda quitarte.” —¿Y lo hiciste?

—Lo hice.

—Una sonrisa amarga cruzó su rostro—.

Tomé mis ahorros, que no eran mucho, y comencé a invertir.

Pequeñas operaciones al principio.

Compra y venta de acciones.

Bienes raíces en zonas que nadie consideraba valiosas todavía.

Tardé cinco años en multiplicar mi capital por diez.

Otros cinco en volverme millonario.

Para cuando cumplí los treinta y cinco, era uno de los hombres más ricos de Europa.

El silencio que siguió fue denso.

—No lo entiendo.

Si eres tan poderoso, ¿por qué vivías como…?

—¿Como un simple amigo de tu padre?

—Stefan caminó de regreso hacia el escritorio—.

Porque el dinero solo importa cuando tienes a alguien por quien usarlo.

Durante años no tuve a nadie.

Construí un imperio financiero y me di cuenta de que era un castillo vacío.

Sin familia.

Sin amigos reales.

Solo empleados y socios comerciales que sonreían porque les pagaba bien.

Se sentó de nuevo, pero esta vez más cerca de ella.

—Cuando tu padre murió, vine al funeral.

Te vi allí, rodeada de los Ashworth que ya empezaban a tratarte con desdén.

Sabía que estabas en peligro, pero creí que quizás tu matrimonio funcionaría.

Que quizás Oliver sería diferente a su padre.

—Su mandíbula se tensó—.

Me equivoqué.

Y he estado esperando el momento correcto para intervenir desde entonces.

Amelia procesaba cada palabra.

El hombre frente a ella no era el empleado agradecido que había imaginado.

Era algo completamente diferente.

—¿Qué tan rico eres exactamente?

Stefan la miró directamente a los ojos.

—Lo suficiente para comprar a los Ashworth tres veces y que todavía me sobre.

Lo suficiente para que Williams me tema, aunque nunca lo admitiría en público.

—Entonces, ¿por qué no simplemente…?

—¿Por qué no uso mi dinero para destruirlos directamente?

—Stefan adelantó la pregunta—.

Porque el dinero solo no basta contra alguien como Williams.

Él tiene algo que el dinero no puede comprar fácilmente: un apellido que se remonta siglos, conexiones que heredó de generaciones, y la arrogancia de creer que es intocable.

Para destruir a alguien así, necesitas algo más que capital.

—Necesitas justicia.

—Exactamente.

—Stefan tomó su mano, el contacto cálido y firme—.

Por eso estoy aquí.

No solo porque le prometí algo a tu padre.

Porque yo también quiero ver a Williams Ashworth de rodillas.

Quiero que pague por cada vida que ha arruinado, incluyendo la mía cuando era un joven que no tenía nada.

Amelia miró sus manos entrelazadas.

La revelación cambiaba todo y nada a la vez.

Stefan seguía siendo el mismo hombre que la había ayudado desde el principio.

Solo que ahora entendía la magnitud real de lo que arriesgaba por ella.

—Los Ashworth te despreciaron cuando eras pobre.

¿Y ahora?

—Ahora fingen que nunca sucedió.

Williams me invita ocasionalmente a eventos sociales porque soy demasiado rico para ignorarme.

Me saluda con cortesía helada y evita mencionar nuestro pasado.

—La sonrisa de Stefan no tenía humor—.

Pero yo no he olvidado ni una sola palabra que me dijo.

Cada insulto.

Cada humillación.

Las he guardado todas, esperando el día en que pudiera devolverlas con intereses.

—¿Y ese día es ahora?

—Ese día es ahora.

—Stefan apretó su mano suavemente antes de soltarla—.

Pero hay algo más que necesitas saber, Amelia.

Algo que cambiará tu perspectiva sobre tu propia situación.

—¿Qué?

—Tu padre no era el simple comerciante de telas que todos creían.

—Stefan se puso de pie y caminó hacia un archivador cerrado con llave—.

Era mucho más inteligente que eso.

Mucho más previsor.

Abrió el cajón y sacó una carpeta gruesa.

La colocó sobre el escritorio frente a Amelia con un movimiento casi reverencial.

—Tu padre sabía que algún día los Ashworth intentarían quitarte todo.

Así que tomó precauciones.

Precauciones que ni siquiera yo conocía hasta hace dos semanas, cuando su abogado me contactó con instrucciones póstumas.

Amelia abrió la carpeta con dedos que empezaban a temblar.

Dentro había documentos legales, certificados de acciones, contratos.

—¿Qué es todo esto?

—Es tu herencia real.

No el dinero que los Ashworth absorbieron cuando te casaste con Oliver.

Esto es diferente.

—Stefan señaló uno de los documentos—.

Tu padre creó varias empresas bajo nombres corporativos que los Ashworth nunca supieron que existían.

Y puso todas las acciones a tu nombre antes de morir.

El aire abandonó los pulmones de Amelia.

—¿Empresas?

¿Qué tipo de empresas?

—Manufacturas.

Importación.

Bienes raíces.

—Stefan comenzó a enumerar—.

Nada espectacular individualmente, pero combinadas…

Amelia, eres dueña de un portafolio que vale cerca de cien mil libras.

Quizás más si vendemos en el momento correcto.

La habitación dio vueltas.

Amelia tuvo que apoyarse en el escritorio para no caerse.

—Eso es…

eso es imposible.

—Es completamente real.

Y completamente tuyo.

Los Ashworth no pueden tocarlo porque nunca supieron que existía.

—Stefan sacó otro documento—.

Más aún, tu padre nombró a un fideicomisario independiente para administrar todo hasta que tú cumplieras treinta años o hasta que te divorciaras de Oliver, lo que ocurriera primero.

—¿Y ese fideicomisario eres tú?

—Soy yo.

—Stefan asintió—.

Tu padre me lo pidió seis meses antes de morir.

Dijo que si algo le pasaba, yo era el único en quien confiaba para proteger lo que había construido para ti.

Amelia miraba los documentos sin procesarlos realmente.

Números.

Nombres de empresas.

Direcciones de propiedades.

Todo era demasiado.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

—Porque había condiciones específicas en el testamento de tu padre.

No podía revelarte nada hasta que estuvieras legalmente separada de los Ashworth.

—Stefan se sentó a su lado—.

Él temía que si lo sabías mientras seguías casada, Oliver encontraría la manera de obligarte a revelar la información.

O peor, que Williams te forzara a firmar algo que les diera acceso.

—Mi padre…

—La voz de Amelia se quebró—.

Mi padre estuvo protegiéndome incluso después de muerto.

—Tu padre era el hombre más inteligente que conocí.

Y te amaba más de lo que las palabras pueden expresar.

Las lágrimas que Amelia había contenido durante días finalmente cayeron.

No eran lágrimas de tristeza ni de miedo.

Eran algo completamente diferente.

Alivio.

Gratitud.

Y una sensación abrumadora de no estar sola.

Stefan le ofreció un pañuelo sin decir nada, simplemente dejándola procesar.

Cuando Amelia finalmente recuperó la compostura, miró los documentos de nuevo.

Esta vez, con ojos diferentes.

—Esto significa que no dependo de nadie.

—Significa que tienes tu propio poder.

Tu propio dinero.

Tu propia posición.

—Stefan sonrió genuinamente por primera vez—.

Los Ashworth creían que te habían dejado sin nada.

Pero en realidad, eres más rica que Charlotte.

Más independiente que Ava.

Y definitivamente más capaz que Oliver de manejar negocios reales.

Amelia sintió algo expandirse en su pecho.

Algo que había estado dormido durante tres años de matrimonio donde cada compra requería la aprobación de Elizabeth, donde cada gasto era cuestionado.

Libertad financiera.

—¿Cuándo puedo acceder a esto?

—Ya puedes.

El divorcio se anunció públicamente.

Eso activa la cláusula del testamento.

—Stefan sacó otro documento—.

Solo necesitas firmar aquí, reconociendo que has sido informada de tu herencia, y los fondos estarán disponibles en cuarenta y ocho horas.

Amelia tomó la pluma que Stefan le ofrecía.

La sostuvo sobre el papel durante un momento que pareció eterno.

Firmar esto significaba cruzar otra línea.

Ya no sería la esposa abandonada luchando por sobrevivir.

Sería una mujer de negocios con recursos propios.

Una amenaza real para los Ashworth.

Firmó con trazos firmes y decididos.

—Ahora —dijo mientras dejaba la pluma—, necesito que me enseñes todo sobre estos negocios.

Quiero entender cada empresa.

Cada inversión.

Quiero saber exactamente qué poseo.

Stefan sonrió con algo que parecía orgullo.

—Tu padre dijo que cuando llegaras a este punto, cuando estuvieras lista para aprender, serías imparable.

Creo que tenía razón.

Pasaron las siguientes tres horas revisando cada documento.

Amelia hacía preguntas, muchas preguntas, absorbiendo información sobre industrias de las que nunca había oído hablar durante su matrimonio.

Los Ashworth la habían mantenido deliberadamente ignorante de los negocios, relegándola a la gestión doméstica y los eventos sociales.

Pero su padre no había criado a una mujer decorativa.

La había criado para ser inteligente, curiosa, capaz.

—Esta fábrica textil en Manchester —señaló Amelia uno de los documentos—.

¿Es rentable?

—Muy rentable.

Tu padre la compró cuando estaba en quiebra y la restructuró completamente.

Ahora es una de las más eficientes del norte.

—¿Y esta cadena de almacenes en Londres?

—Inversión a largo plazo.

Todavía no genera grandes ganancias, pero el valor de las propiedades se ha triplicado en cinco años.

Amelia tomaba notas en el margen de los documentos, su mente trabajando a velocidad acelerada.

Ideas.

Conexiones.

Posibilidades.

—Los Ashworth tienen contratos con varias de estas industrias, ¿verdad?

Stefan la miró con renovada atención.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque mi padre era demasiado inteligente para no crear dependencias.

Si ellos lo chantajeaban, él se aseguró de que lo necesitaran también.

—Amelia sonrió lentamente—.

¿Qué pasaría si yo, como nueva propietaria, decidiera cancelar esos contratos?

—Los Ashworth perderían cerca del veinte por ciento de su cadena de suministro.

—Stefan se reclinó en su silla—.

Estarían heridos, pero no destruidos.

—Todavía no.

—Amelia cerró la carpeta—.

Pero es una ficha de negociación.

Una que ellos no saben que tengo.

La puerta del estudio se abrió.

El mayordomo entró con expresión urgente.

—Disculpen la interrupción.

Ha llegado un mensajero de la mansión Ashworth.

Dice que tiene una carta urgente para la señora Crane y que debe entregarla en mano.

Stefan y Amelia intercambiaron una mirada.

—Hazlo pasar.

El mensajero era joven, vestido con la librea de los Ashworth.

Entregó el sobre a Amelia con una reverencia rápida y salió sin esperar respuesta.

El sobre era pesado, de papel costoso.

El sello de cera roja llevaba el escudo Ashworth.

Amelia lo abrió.

Dentro había una sola hoja de papel con la caligrafía perfecta de Elizabeth.

“Querida Amelia: Felicidades por tu pequeña victoria de anoche.

La orden judicial de Blackwell es, admito, un inconveniente.

Pero los inconvenientes se superan.

Siempre lo hacen.

Te propongo una reunión.

Mañana a las tres de la tarde en el salón de té Hartfield.

Solo tú y yo.

Sin abogados.

Sin intermediarios.

Hablemos como mujeres civilizadas sobre el futuro de Lillian.

Ignora esta invitación bajo tu propio riesgo.

Elizabeth Ashworth” Stefan leyó la carta por encima del hombro de Amelia.

—Es una trampa.

—Por supuesto que es una trampa.

—Amelia dobló la carta—.

Pero también es una oportunidad.

—¿Una oportunidad para qué?

—Para ver qué tan desesperada está realmente Elizabeth.

—Amelia miró a Stefan—.

Las personas desesperadas cometen errores.

Y yo estoy muy interesada en ver qué errores está a punto de cometer la matriarca de los Ashworth.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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