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Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 115

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Capítulo 115: La Arquitectura de la Mentira

El fondo Meridian Pacific Trust tenía nueve capas.

Hartley lo explicó esa noche en el estudio, con los documentos desplegados sobre la mesa y el mapa de conexiones dibujado a mano en papel grande porque había llegado al punto en que necesitaba verlo en espacio físico para que tuviera sentido.

Nueve capas de empresas nominales, fideicomisos offshore, representantes legales en cuatro jurisdicciones distintas, y en el centro de todo, protegido por esa arquitectura como una cebolla tiene su corazón envuelto en piel tras piel, un nombre.

Amelia lo leyó tres veces.

Lo bajó a la mesa.

—Pemberton Capital Holdings.

—Empresa de inversión registrada en Guernsey. Directora ejecutiva nominal: una señora de setenta años en las Islas del Canal que firma lo que le piden por trescientas libras al año. Pero el beneficiario económico real, el que recibe los rendimientos y toma las decisiones, está listado en la documentación interna como Lady Elizabeth Ashworth.

—¿Cómo lo tienes?

—El contacto de Victoria en el mundo financiero offshore. —Hartley no dio más detalles sobre cómo exactamente se había obtenido la documentación interna de un fideicomiso privado, y Amelia no los pidió—. No es documentación que podamos presentar directamente en tribunal porque la manera en que fue obtenida no resistiría escrutinio legal. Pero sí nos dice dónde mirar.

—¿Dónde mirar?

—Pemberton Capital Holdings tiene representante legal en Londres que sí está en registros públicos. Y ese representante fue contratado hace dieciséis meses, exactamente cuando Meridian Pacific Trust fue constituido. —Hartley señaló una línea en el documento—. El representante londinense de Pemberton Capital es Forsythe Senior. El mismo que representa a los Ashworth en la audiencia de custodia.

Amelia se quedó quieta.

Procesando.

—Un abogado que representa a Elizabeth en la custodia también representa la empresa a través de la cual Elizabeth controla el fondo que adquirió Sanderson, que es la empresa cuyos contratos con Stefan fueron usados para construir el caso de fraude contra él.

—Eso es lo que dice el papel. —Hartley recogió el documento y lo puso aparte—. Lo que el papel no dice, pero lo que se puede argumentar a partir de esto, es que la misma persona que dirige la estrategia legal para quitarle la custodia de Lilly a Amelia es también la persona que tiene representación directa en la estructura corporativa usada para fabricar los cargos que inmovilizaron a Stefan justo antes de la audiencia decisiva.

—¿Eso es coincidir o es conspirar?

—Legalmente, la diferencia entre coincidencia y conspiración es la intención demostrable. —Hartley fue preciso—. Lo que tenemos ahora demuestra la conexión. Para demostrar la intención necesitamos un paso más: algún elemento que indique que la conexión fue activa, que hubo comunicación entre Elizabeth y Forsythe específicamente sobre el uso de Meridian para construir el caso contra Stefan.

—¿Y existe ese elemento?

—Posiblemente. —Hartley se reclinó—. Forsythe Senior tiene registros de comunicaciones con sus clientes. Están protegidos por privilegio abogado-cliente. Normalmente intocables.

—Normalmente.

—Normalmente. Pero hay una excepción al privilegio abogado-cliente en Inglaterra: cuando la comunicación fue parte de la comisión de un delito. Si podemos argumentar ante un juez que las comunicaciones entre Forsythe y Elizabeth eran parte de una operación de obstrucción a la justicia, el privilegio cae y los registros se vuelven accesibles.

Amelia pensó.

—¿Qué necesitamos para hacer ese argumento?

—Necesitamos que alguien que participó en la operación lo confirme. —Hartley habló despacio—. Alguien que sepa que las instrucciones de armar el caso contra Stefan vinieron de Elizabeth y que fueron transmitidas a través de Forsythe. Alguien que estuvo dentro.

Silencio.

El fuego. Las páginas sobre la mesa. El mapa de nueve capas.

—Ava —dijo Amelia.

—Ava.

—Ava era la persona en el entorno de Elizabeth que tenía acceso a información sobre las operaciones de la familia. No al nivel de dirección ejecutiva, pero sí al nivel de mensajera, de intermediaria entre instrucciones y ejecución. —Amelia pensó en voz alta—. Cuando Ava vino aquella noche, cuando entregó la información sobre el espía en la oficina del magistrado, dijo que quería protección a cambio de testificar.

—Testificó sobre el espía. No sobre Meridian ni sobre Forsythe.

—Porque en ese momento no teníamos motivo para preguntarle sobre Meridian ni sobre Forsythe. —Amelia levantó la vista—. ¿Dónde está Ava ahora?

Hartley revisó su libreta.

—Está en el piso de Clerkenwell donde la instalamos cuando decidió cooperar. Ha cumplido con los acuerdos hasta ahora. No ha intentado contactar a Elizabeth ni ha hecho movimientos extraños.

—Necesito hablar con ella mañana.

—¿Sabes qué vas a preguntarle?

—Voy a preguntarle si sabía que las instrucciones de construir el caso de fraude contra Stefan vinieron de su madre. Y si lo sabía, cómo llegaron esas instrucciones y a través de quién.

—Si Ava confirma eso, tenemos el elemento que necesitamos para solicitar el levantamiento del privilegio abogado-cliente sobre las comunicaciones de Forsythe.

—Y si las comunicaciones de Forsythe muestran lo que creo que van a mostrar —

—Entonces tenemos no solo la defensa de Stefan sino el contraataque directo contra Elizabeth por obstrucción a la justicia. —Hartley habló con la calma específica de quien está calculando el peso de algo muy grande—. Eso es diferente a defender a Stefan de cargos fabricados. Eso es convertir la operación completa de Elizabeth en argumento de acusación.

Amelia se levantó.

Caminó hacia la ventana.

La noche de Londres. Oscura. Con los faroles proyectando ese reflejo en el empedrado mojado que tenía después de la lluvia.

Pensó en Stefan.

En ese momento probablemente en una celda de custodia preventiva, con el expediente de su caso y la espera que es la parte más difícil de cualquier proceso legal porque la espera no tiene tarea que hacer ni palanca que mover.

Stefan necesitaba saber que el trabajo no se había detenido.

Que afuera, en la casa con los petirrojos y el dragón en la pared y el tercer escalón que crujía, el trabajo no se había detenido ni un solo día.

—Hartley. —Amelia se volvió desde la ventana—. Cuando tengas la solicitud de levantamiento del privilegio preparada, quiero revisarla antes de que la presentes.

—Por supuesto.

—Y la conversación con Ava mañana, voy yo directamente. Esta conversación la tengo que tener yo. No porque desconfíe de ti. Sino porque Ava y yo tenemos un acuerdo y ese acuerdo incluye que le hablo directamente cuando necesito algo importante.

Hartley asintió.

—¿A qué hora?

—A las diez. En la casa si puede ser, no en Clerkenwell. Me siento más cómoda en terreno conocido para esta conversación.

—Lo coordino.

Recogió los documentos. Los dobló con cuidado. Los guardó en la carpeta de cuero que llevaba desde el principio de todo esto y que a estas alturas tenía tantos documentos que la cerradura ya no cerraba del todo.

La puerta se cerró.

Desde arriba llegó, suave y distante, la respiración dormida de Lilly.

Amelia la escuchó un momento.

Luego apagó la lámpara del estudio.

Subió.

En el umbral del cuarto de Lilly se detuvo, como hacía todas las noches, durante el tiempo exacto que necesitaba para confirmar que la respiración era regular y los hombros estaban sueltos y la muñeca de trapo estaba donde debía estar.

Todo en orden.

Siguió hasta su habitación.

Mañana había trabajo.

El tipo de trabajo que cambia el tablero si sale bien y que requiere el tipo de claridad que solo da el sueño cuando uno se permite tenerlo.

Se tumbó.

Cerró los ojos.

Y esta noche, a diferencia de la noche anterior, durmió.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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