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Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 119

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Capítulo 119: LA SOMBRA QUE SE MUEVE

La solicitud de liberación anticipada de Stefan llegó al juez Whitfield del tribunal financiero a las cuatro y diecisiete de la tarde.

Hartley la había presentado con la carta de Forsythe como anexo principal, más cinco documentos de soporte extraídos de las comunicaciones revisadas esa mañana, más la declaración firmada de Ava sobre la reunión de cuatro horas y la carpeta azul marino.

Un paquete construido para que cada pieza reforzara la siguiente.

El juez Whitfield señaló audiencia para el día siguiente a las nueve de la mañana.

Eso era velocidad inusual para el tribunal financiero.

Lo que significaba que el juez Whitfield también había visto la carta y también había entendido lo que implicaba.

Hartley llamó a Amelia con la confirmación a las cinco menos diez.

—Audiencia mañana a las nueve. —Su voz llevaba algo que en cualquier otro contexto podría llamarse optimismo—. Si el juez ve lo que creo que va a ver, Stefan podría estar fuera antes del mediodía.

—¿Puede Forsythe presentar contra-argumento?

—Tiene derecho a comparecer. Si lo hace, es porque ha calculado que puede argumentar que la carta fue malinterpretada o que el contexto cambia su significado. —Una pausa—. Pero compareciendo admite que las comunicaciones existieron, lo que ya es más de lo que quería admitir.

—¿Y si no comparece?

—El juez decide con lo que tiene. Que es lo que tenemos nosotros.

Colgó.

La noche se acercaba desde la ventana del estudio.

Dos horas después, a las siete menos cuarto, sonó el teléfono de nuevo.

Un número que Amelia no reconoció.

—¿Señora Crane? —Voz de hombre. Mayor. Con ese acento del norte de Londres que la gente del norte del norte no pierde aunque lleve décadas en la ciudad—. Me llamo Arthur Coble. Soy el superintendente jubilado del barrio de Whitechapel. Fui colega del inspector Davies hace veinte años.

—¿Qué necesita, señor Coble?

—Yo no necesito nada. Vine a decirle algo que creo que usted necesita saber. —Una pausa—. Esta tarde, a las cinco y media, un hombre entró en el edificio de Clerkenwell donde vive la señorita Ava Ashworth. Estuvo dentro cuarenta minutos. Salió sin ella. —Otra pausa—. Conozco a ese hombre. Se llama Edmonds. Trabaja para gente que prefiere que las personas no lleguen a ciertos tribunales a decir ciertas cosas.

Amelia se levantó de la silla.

—¿Está Ava bien?

—Físicamente bien. Pero tiene miedo. —Una pausa—. Mucho miedo. Del tipo que hace que las personas decidan que testificar era mala idea.

—¿Dónde está usted ahora?

—En la calle de afuera del edificio.

—Quédese ahí. Voy en veinte minutos.

Colgó.

Llamó a Joe.

—Necesito el carruaje ahora. Y necesito que te vengas conmigo.

Ava abrió la puerta a la segunda vez que Amelia llamó.

Tenía el aspecto de alguien que ha tomado una decisión que todavía no ha verbalizado pero que ya se nota en la postura, en la manera en que sostiene el marco de la puerta, en los ojos que no sostienen la mirada de frente.

—Sé lo que vas a decir —dijo Ava antes de que Amelia hablara.

—¿Qué voy a decir?

—Que no me rinda. Que mañana a las nueve el tribunal necesita mi declaración. Que lo que ese hombre me dijo son amenazas vacías. —Ava dejó caer la mano del marco—. Pero no son vacías. Conozco a las personas para las que trabaja Edmonds. Son las mismas personas que mi madre usa cuando quiere que algo desaparezca sin que ella tenga que ordenarlo directamente.

—¿Qué te dijo exactamente?

Ava fue hacia el interior del apartamento. Amelia entró. Joe se quedó en el pasillo.

—Me dijo que tenía familia. Que mi prima vive en Bath. Que mis sobrinos van al colegio St. Andrew. —La voz de Ava era plana—. No me amenazó directamente. No hay nada que pueda denunciar a la policía. Solo mencionó que tenía familia. Como si fuera conversación normal.

Amelia la miró.

—¿Y eso te hace querer no testificar.

—Eso me hace querer no testificar.

—Lo entiendo. —Amelia habló despacio—. Lo entiendo completamente. Y si decidieras no hacerlo, no perdería el respeto que te he ganado en estos meses. Nadie que entienda lo que Edmonds representa puede exigirte nada.

Ava la miró.

—Pero —dijo.

—Pero hay algo que necesitas saber. —Amelia se sentó frente a ella—. Elizabeth envió a Edmonds porque tiene miedo. Porque sabe que si mañana a las nueve ese tribunal ve la carta de Forsythe con tu declaración de contexto, no hay manera de que el resultado sea el que ella necesita. —Pausa—. Las personas que envían amenazas no son las que están en posición de fuerza. Son las que ya vieron cómo se mueve el tablero y saben que están perdiendo.

Ava no respondió.

—¿Y mi familia? —dijo finalmente.

—Puedo mover a tu prima y a tus sobrinos esta noche. Stefan tiene una propiedad en Hampshire que no está vinculada a nada del caso y que nadie excepto Stefan y yo sabemos que existe. —Amelia habló con la precisión de quien ha pensado esto en el trayecto de Clerkenwell—. Joe coordina el traslado ahora si tú lo pides. Discreto. Esta noche. Y mañana, cuando todo esto esté en el expediente oficial, Elizabeth ya no tiene nada que mover porque ya habrá perdido.

Silencio.

Ava miró la lámpara encendida en la esquina.

Ese tipo de silencio que no es duda sobre la decisión sino sobre el costo de tomarla.

—Que Joe llame a mi prima —dijo finalmente—. Dile que venga esta noche. Que es visita sorpresa. No le expliques más hasta que estén seguros.

Amelia se puso de pie.

Fue al pasillo.

Joe ya estaba marcando el número.

Amelia volvió a la sala.

—Ava. —Esperó a que la mirara—. Lo que estás haciendo esta noche es la cosa más difícil que has hecho desde que decidiste cooperar. Más difícil que dar el nombre del espía. Más difícil que testificar sobre la reunión de cuatro horas.

—¿Por qué me lo dices?

—Para que mañana, cuando estés en esa sala y lo recuerdes, sepas que lo sabías de antemano. Que no fue sorpresa. Que lo elegiste con los ojos abiertos.

Ava la miró un momento.

—¿Funciona eso? ¿Saberlo de antemano?

—Funciona mejor que no saberlo.

Era honestidad directa, sin promesas que no podía garantizar.

Ava asintió.

Fue a buscar su abrigo.

Y Amelia salió al pasillo donde Joe ya tenía organizado el traslado, donde el señor Coble seguía en la calle de afuera con su conocimiento del barrio y sus treinta años de historia de ver las caras que no pertenecen a un lugar, donde la noche de noviembre esperaba con su frío honesto y su indiferencia de ciudad que no sabe nada de los Ashworth ni de Ava ni de la carta con las iniciales ECA en el margen.

Pero Amelia sí sabía.

Y mañana a las nueve, eso iba a importar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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