Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 15
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- Capítulo 15 - 15 LA PRIMERA VICTORIA
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15: LA PRIMERA VICTORIA 15: LA PRIMERA VICTORIA Día trece.
Dieciséis días restantes.
El reloj marcaba las once de la mañana cuando Hartley llegó a la residencia de Stefan con expresión tensa y una carpeta de cuero bajo el brazo.
Había trabajado toda la noche, según las ojeras que marcaban su rostro como moretones.
—La moción está lista.
—Dejó la carpeta sobre el escritorio del estudio—.
Pero debo advertirles que es extremadamente arriesgada.
Si el juez la rechaza, habremos mostrado nuestras cartas demasiado pronto.
Amelia se acercó al escritorio.
A través de las ventanas del estudio, podía ver los jardines bañados en luz matinal, un contraste brutal con la oscuridad que discutían.
—¿Qué probabilidades tenemos?
—Con Sir Edmund Blackwell, sesenta-cuarenta a nuestro favor.
Él odia a Williams con suficiente pasión como para al menos considerar seriamente la evidencia.
—Hartley abrió la carpeta—.
Con cualquier otro juez de Londres, casi cero.
Los Ashworth tienen demasiada influencia.
—Entonces tenemos que asegurarnos de que sea Blackwell quien la vea.
—Stefan estaba de pie junto a la ventana, sus brazos cruzados—.
¿Cómo podemos garantizarlo?
—No podemos.
Pero podemos intentar presentarla directamente en su tribunal esta mañana, antes de que el sistema judicial asigne el caso aleatoriamente.
—Hartley miró su reloj de bolsillo—.
Tenemos exactamente cuarenta minutos antes de que Elizabeth espere tu respuesta al ultimátum.
Si presentamos la moción primero, su ultimátum se vuelve irrelevante.
Amelia sintió que algo se encendía en su pecho.
No era miedo.
Era algo más puro, más claro.
Anticipación.
—Hagámoslo.
El carruaje atravesó Londres a velocidad que bordeaba lo imprudente.
Hartley iba repasando la moción en voz alta, preparando a Amelia para las posibles preguntas del juez.
—La clave es la evidencia de conspiración.
—Señalaba los documentos de Joe—.
Esto no es una disputa de custodia común.
Es un caso criminal esperando a ser procesado.
Y mientras haya una investigación criminal pendiente, ningún juez razonable permitirá que el acusado mantenga custodia de una menor.
—¿Y si Williams argumenta que los documentos son falsos?
—Entonces pedimos una investigación forense inmediata.
—Hartley sonrió sin humor—.
Lo cual solo retrasaría el proceso, pero nos daría tiempo.
Y cada día que pasa es un día menos que los Ashworth pueden usar para moverte de posición.
Stefan iba sentado frente a Amelia, observándola con una intensidad que hacía difícil concentrarse en las palabras de Hartley.
—¿En qué piensas?
—preguntó cuando Hartley hizo una pausa para revisar sus notas.
—En Lilly.
—Era la verdad—.
En que si esto funciona, podría verla esta noche.
Abrazarla.
Leerle el cuento que tanto le gusta sobre la princesa que rescata al dragón en lugar de matarlo.
—Lo verás.
—Stefan extendió la mano y tomó la suya, un gesto tan natural que Amelia ni siquiera pensó en apartarla—.
Confío en eso.
El contacto envió una descarga de calidez por su brazo.
Amelia entrelazó sus dedos con los de él, permitiéndose un momento de vulnerabilidad compartida.
—Gracias.
Por todo esto.
Por arriesgar tu propia reputación asociándote con mi guerra.
—No es tu guerra.
—Stefan apretó suavemente—.
Es nuestra guerra.
Y las guerras se ganan mejor con aliados.
El carruaje se detuvo frente al edificio del tribunal.
Hartley descendió primero, seguido de Stefan, quien ayudó a Amelia a bajar.
Las escaleras de piedra se elevaban imponentes, columnas neoclásicas sosteniendo el peso de siglos de justicia británica.
O de injusticia, dependiendo de quién tuviera más dinero.
Dentro, el aire olía a papel viejo y cera de vela.
Los pasillos resonaban con los pasos de abogados y secretarios, todos vestidos de negro como cuervos legales picoteando los restos de disputas familiares.
Hartley los guió por un pasillo lateral hacia las oficinas administrativas.
—Sir Edmund debería estar en su cámara revisando casos para esta tarde.
Si tenemos suerte, podemos presentar la moción directamente.
La suerte, resultó, estaba de su lado.
Sir Edmund Blackwell estaba exactamente donde Hartley había predicho, sentado tras un escritorio de roble oscuro cubierto de expedientes.
Cuando el secretario anunció la presencia de Hartley, el juez levantó la vista con expresión entre irritada y curiosa.
—Hartley.
Qué sorpresa tan…
inconveniente.
—Pero sus ojos se desviaron hacia Amelia con reconocimiento—.
Señora Crane.
Veo que ha decidido no aceptar la oferta de los Ashworth.
—No aceptaré ninguna oferta que implique sacrificar a mi hija, Sir Edmund.
—Bien dicho.
—El juez señaló las sillas frente a su escritorio—.
Siéntense.
Y díganme qué clase de catástrofe legal trae a mi puerta a las once de la mañana.
Hartley presentó la moción con la precisión de un cirujano manejando un bisturí.
Los documentos de Joe fueron extendidos sobre el escritorio, cada página marcada con anotaciones que señalaban las partes más incriminatorias.
Sir Edmund leyó en silencio durante lo que pareció una eternidad.
Su expresión no cambió, pero Amelia notó cómo sus dedos se tensaban ligeramente al leer el nombre de Edmund Voss.
—Esto es grave.
Muy grave.
—Finalmente levantó la vista—.
Si es auténtico.
—Es auténtico, Sir Edmund.
—Hartley se inclinó hacia adelante—.
Y tenemos al testigo que lo obtuvo dispuesto a declarar bajo juramento.
—¿El mayordomo despedido?
—Sir Edmund arqueó una ceja—.
Los Ashworth argumentarán que está resentido y que fabricó evidencia para vengarse.
—Entonces que lo demuestren.
—Amelia habló por primera vez desde que entraron—.
Que demuestren que mi vida no está en peligro.
Que demuestren que Williams no ha contratado a un mercenario.
Mientras lo hacen, mi hija no debería estar bajo el mismo techo que un hombre acusado de conspiración para cometer asesinato.
El silencio que siguió fue denso como niebla londinense.
Sir Edmund la miró directamente, y Amelia sostuvo su mirada sin parpadear.
Había aprendido en las últimas semanas que los hombres de poder respetaban la fuerza, no la sumisión.
—Tiene agallas, señora Crane.
Se lo concedo.
—Sir Edmund cerró la carpeta con un movimiento decisivo—.
Aceptaré la moción.
Emitiré una orden de arresto provisional contra Williams Ashworth por conspiración para cometer asesinato, y transferiré la custodia temporal de la menor Lillian Ashworth a su madre biológica hasta que se resuelva la investigación criminal.
El aire abandonó los pulmones de Amelia.
Por un momento, el mundo dejó de existir excepto esas palabras.
Custodia temporal.
Su hija.
—Sin embargo, —continuó Sir Edmund, y el mundo volvió a enfocarse bruscamente—, esta orden es provisional.
Si la investigación determina que la evidencia es falsa o insuficiente, la custodia revertirá inmediatamente.
¿Entiende las implicaciones?
—Las entiendo.
—Amelia se puso de pie—.
Y acepto las condiciones.
Sir Edmund firmó la orden con trazos firmes, el sello de su autoridad estampándose sobre el papel como una sentencia divina.
—Los agentes ejecutarán la orden de arresto dentro de las próximas dos horas.
—Extendió el documento a Hartley—.
Sugiero que tenga todo preparado para recibir a la niña esta tarde, señora Crane.
Los Ashworth no se rendirán sin pelear.
—Estaré lista.
Cuando salieron del tribunal, el sol del mediodía brillaba con una intensidad casi ofensiva.
Amelia se detuvo en las escaleras, respirando profundamente el aire de Londres, ese aire que olía a carbón y esperanza.
—Lo lograste.
—Stefan estaba a su lado, sonriendo de una manera que transformaba completamente su rostro severo—.
Recuperaste a Lilly.
—Temporalmente.
—Pero Amelia no podía evitar sonreír también—.
Pero es un comienzo.
Hartley guardaba los documentos en su maletín.
—Ahora viene la parte difícil.
Tenemos que demostrar que la evidencia contra Williams es sólida.
Necesitamos encontrar a Edmund Voss antes de que los Ashworth le adviertan que lo estamos buscando.
—Ya tengo gente en eso.
—Stefan comenzó a bajar las escaleras—.
Mis contactos en el continente pueden rastrear a Voss si todavía está operando en Europa.
Si está en Inglaterra, lo encontraremos.
El carruaje los esperaba, pero antes de subir, Amelia se volvió hacia Stefan.
—¿Cuánto tiempo tomará preparar la habitación de Lilly en tu residencia?
Stefan parpadeó, sorprendido.
—Dos horas, quizás tres.
¿Por qué?
—Porque quiero que esté perfecta.
—Amelia sintió lágrimas de alivio picando en sus ojos—.
Cuando mi hija llegue esta tarde, quiero que sepa que tiene un hogar de verdad.
No una jaula dorada.
Un hogar.
—Entonces tendrá el mejor hogar que pueda construirse en tres horas.
—Stefan ayudó a Amelia a subir al carruaje—.
Y después de eso, nunca más tendrá que preguntarse dónde está su madre.
La residencia de Stefan se transformó en un tornado de actividad durante las siguientes horas.
El ama de llaves recibió instrucciones de preparar la habitación de invitados más luminosa, la que daba al jardín y tenía ventanas grandes que dejaban entrar el sol de la tarde.
Amelia supervisó personalmente cada detalle.
Cortinas de un azul suave que Lilly amaba.
Una cama con dosel y sábanas bordadas con flores.
Una cómoda llena de ropa nueva que Stefan había ordenado traer de la mejor tienda infantil de Londres.
Juguetes, libros, una alfombra mullida donde Lilly podría sentarse a jugar.
Y sobre la mesita de noche, la muñeca de porcelana que Amelia había comprado semanas atrás pero nunca había podido entregarle.
—Es perfecta.
—Helen apareció en la puerta con expresión emocionada—.
La pequeña señorita va a adorarla.
—Espero que sí.
—Amelia alisó las sábanas por tercera vez—.
Espero que después de semanas de estar lejos, no me haya olvidado.
—Los niños no olvidan a sus madres, señora.
—Helen se acercó y tocó suavemente el brazo de Amelia—.
Especialmente cuando esas madres pelean como usted ha peleado.
Un golpe en la puerta principal resonó por toda la casa.
Amelia se congeló.
—Ya llegaron.
Bajó las escaleras tan rápido que casi tropieza con su propia falda.
Stefan ya estaba en el vestíbulo, abriendo la puerta de par en par.
Dos agentes de policía estaban de pie en el umbral.
Y entre ellos, sostenida de la mano por una mujer que Amelia reconoció como la niñera, estaba Lilly.
Su hija la vio y se quedó completamente inmóvil.
Los ojos grandes, incrédulos, como si no pudiera creer lo que veía.
—¿Mamá?
Amelia corrió.
No caminó, no se deslizó con elegancia aristocrática.
Corrió como si su vida dependiera de ello y se arrodilló frente a su hija, abrazándola con tanta fuerza que probablemente le dolía pero no le importaba.
—Mi amor.
Mi Lilly.
—Las lágrimas corrían libremente ahora—.
Mamá está aquí.
Mamá está aquí y nunca más te dejará.
Lilly se aferró a ella con sus brazos pequeños pero sorprendentemente fuertes, su cara enterrada en el cuello de Amelia.
—Dijeron que no te volvería a ver.
La abuela dijo que te habías ido para siempre.
—La abuela mintió.
—Amelia se separó lo suficiente para mirar a su hija a los ojos—.
Mamá nunca se iría para siempre.
Te lo prometí, ¿recuerdas?
Hasta la luna y de vuelta.
—Hasta la luna y de vuelta.
—Lilly sonrió a través de sus propias lágrimas—.
Lo recuerdo.
Uno de los agentes aclaró la garganta discretamente.
—Señora Crane, necesitamos que firme estos documentos confirmando que ha recibido a la menor bajo su custodia temporal.
Amelia firmó sin siquiera leer, la mano temblándole tanto que apenas podía sostener la pluma.
Nada importaba excepto el peso de su hija en sus brazos.
La niñera dio un paso adelante tímidamente.
—Señora, traje algunas de las pertenencias de la señorita Lillian.
Sus juguetes favoritos, su ropa.
—Extendió una maleta pequeña—.
Y quería decirle…
estoy muy contenta de que estén juntas de nuevo.
Muy contenta.
—Gracias.
—Amelia tomó la maleta—.
Gracias por cuidarla cuando yo no podía.
Cuando los agentes y la niñera se fueron, Stefan cerró la puerta suavemente.
El silencio que siguió fue profundamente diferente al silencio tenso de las últimas semanas.
Era paz.
Lilly miraba alrededor del vestíbulo con curiosidad.
—¿Dónde estamos, mamá?
—Estamos en la casa de un amigo muy especial de mamá.
—Amelia se puso de pie, todavía sosteniendo la mano de su hija—.
Y vamos a quedarnos aquí por un tiempo, hasta que mamá pueda conseguir nuestra propia casa.
—¿Es él tu amigo especial?
—Lilly señaló a Stefan con la franqueza brutal de los niños.
Stefan se arrodilló para quedar a la altura de Lilly.
—Me llamo Stefan.
Y sí, soy un amigo especial de tu mamá.
Es un placer conocerte finalmente, Lilly.
Tu mamá habla de ti todo el tiempo.
—¿De verdad?
—Lilly lo miraba con interés—.
¿Qué dice?
—Dice que eres la niña más valiente y más inteligente del mundo.
—Stefan sonrió—.
Y que le gusta leerle cuentos sobre princesas que rescatan dragones.
Lilly se iluminó completamente.
—¡Ese es mi cuento favorito!
¿Lo conoces?
—No, pero me encantaría que me lo contaras.
Mientras Lilly comenzaba a narrar con entusiasmo exagerado la historia del dragón y la princesa, Amelia intercambió una mirada con Stefan por encima de la cabeza de su hija.
Algo pasó entre ellos en ese momento.
Algo que no tenía nombre todavía pero que se sentía inevitable y correcto.
Una familia.
No por sangre ni por matrimonio forzado.
Por elección.
Helen apareció en lo alto de las escaleras.
—Señora, la habitación está lista cuando la señorita Lilly quiera verla.
—¿Tengo mi propia habitación?
—Lilly dejó de contar la historia—.
¿De verdad?
—Ven a verla.
—Amelia tomó su mano y la guió escaleras arriba.
Cuando Lilly vio la habitación, su reacción fue todo lo que Amelia había esperado y más.
Se quedó congelada en el umbral, la boca abierta en un círculo perfecto de asombro.
—Es…
es como el castillo de la princesa.
—Es tu castillo, mi amor.
—Amelia se arrodilló junto a ella—.
Todo es tuyo.
Lilly corrió hacia la cama y se lanzó sobre ella, riendo con una alegría pura que Amelia no había escuchado en semanas.
Se revolcó sobre las sábanas suaves, abrazó la muñeca de porcelana, examinó cada juguete con la seriedad de un coleccionista evaluando tesoros.
—Mamá, ¿puedo quedarme aquí para siempre?
—Para siempre es mucho tiempo.
—Amelia se sentó en el borde de la cama—.
Pero puedes quedarte aquí todo el tiempo que necesites, hasta que mamá encuentre nuestro propio hogar perfecto.
—¿Y el señor Stefan vendrá con nosotras?
La pregunta la tomó desprevenida.
Amelia no tenía respuesta preparada.
—Eso…
eso es algo que tendremos que ver, cariño.
—Yo quiero que venga.
—Lilly abrazó su muñeca nueva—.
Es amable.
Y tiene ojos que sonríen incluso cuando su boca no lo hace.
De la boca de los niños, pensó Amelia.
Observaciones devastadoramente precisas sin filtro social.
—Descansa un poco, mi amor.
Ha sido un día muy largo.
—¿Te quedarás conmigo?
—No me moveré de aquí.
Amelia se recostó junto a su hija, y Lilly se acurrucó contra ella de la manera que solía hacerlo cuando era bebé.
Su respiración se fue calmando gradualmente hasta que se quedó dormida, exhausta por la emoción del día.
Amelia permaneció despierta, observando el pecho de su hija subir y bajar.
Memorizando cada pecosa en su nariz, cada rizo despeinado, cada pequeño detalle que había temido olvidar durante las semanas de separación.
Dieciséis días.
Habían pasado de treinta días a dieciséis.
Y en esos catorce días que había ganado, había recuperado a su hija, había descubierto una fortuna oculta, había formado alianzas inesperadas, y había puesto en movimiento la destrucción de un imperio construido sobre sangre.
No estaba mal para una mujer que todos habían asumido que se rendiría sin pelear.
Sonrió en la oscuridad creciente de la habitación.
Los Ashworth todavía no habían visto nada.
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