Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 16
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- Capítulo 16 - 16 EL OJO QUE TODO LO VE
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16: EL OJO QUE TODO LO VE 16: EL OJO QUE TODO LO VE Día catorce.
Quince días restantes.
Amelia despertó con el peso de Lilly todavía acurrucada contra ella, una sensación que había extrañado con un dolor físico durante las semanas de separación.
La luz del amanecer se filtraba a través de las cortinas azules, pintando la habitación en tonos suaves de oro y cielo.
Por un momento, permitió que el mundo fuera solo esto: el calor de su hija, el sonido de su respiración tranquila, la certeza de que estaban juntas.
Luego la realidad regresó como agua helada.
Custodia temporal.
Williams arrestado pero no condenado.
Elizabeth todavía libre y sin duda planeando su contraataque.
Edmund Voss en algún lugar, esperando órdenes de un hombre que ahora estaba tras las rejas pero que tenía recursos suficientes para operar desde prisión.
La guerra no había terminado.
Apenas había comenzado realmente.
Un golpe suave en la puerta interrumpió sus pensamientos.
Helen entró con una bandeja de desayuno, moviéndose con el silencio practicado de años de servicio.
—Buenos días, señora.
El señor Stefan pidió que le informara que hay noticias del tribunal.
—Su voz era apenas un susurro para no despertar a Lilly—.
Está en el estudio cuando esté lista.
Amelia se deslizó fuera de la cama con cuidado de no molestar a su hija.
Lilly se volteó, murmurando algo ininteligible sobre dragones, pero no despertó.
—Que alguien se quede con ella mientras bajo.
No quiero que despierte sola.
—Por supuesto, señora.
Stefan estaba de pie junto a la ventana del estudio cuando Amelia entró, observando los jardines con una tensión apenas visible en sus hombros.
Se volvió cuando escuchó sus pasos.
—Buenos días.
¿Cómo está Lilly?
—Durmiendo.
—Amelia cerró la puerta tras de sí—.
Dijiste que había noticias.
—Williams fue arrestado anoche sin incidentes.
Está retenido en una celda privada en Scotland Yard mientras se inicia la investigación.
—Stefan caminó hacia su escritorio donde varios telegramas estaban dispersos—.
Pero Elizabeth ha reaccionado exactamente como anticipamos.
Ha contratado a los mejores abogados penales de Londres.
Y ha hecho algo más.
—¿Qué?
—Ha contratado un detective privado.
Alexander Cross.
—Stefan levantó uno de los telegramas—.
Mis fuentes en la policía me informaron que Cross llegó a la mansión Ashworth esta mañana temprano.
Es conocido por su…
falta de escrúpulos cuando se trata de obtener información.
Amelia sintió que algo frío se asentaba en su estómago.
—¿Qué clase de información?
—Cualquier cosa que pueda usarse para destruir tu reputación o cuestionar tu idoneidad como madre.
—Stefan dejó el telegrama—.
Cross no se detiene ante nada.
Sobornos, chantaje, incluso fabricación de evidencia si el precio es correcto.
Si tienes algún secreto enterrado en tu pasado, él lo encontrará.
Y si no lo tienes, inventará uno.
—No tengo secretos.
Mi vida ha sido un libro abierto.
—Eso podría ser peor.
—Stefan se acercó a ella—.
Significa que tendrá que crear escándalos donde no existen.
Y eso lo hace impredecible.
Un segundo golpe en la puerta, más urgente esta vez.
El mayordomo entró con expresión alarmada.
—Disculpen, señor, señora.
Hay un hombre en la puerta principal que insiste en hablar con la señora Crane.
Dice que es del periódico The London Chronicle.
—¿Un periodista?
—Amelia intercambió una mirada con Stefan—.
¿Cómo supieron que estoy aquí?
—Cross.
—Stefan apretó la mandíbula—.
Ya está filtrando información a la prensa.
—¿Qué quiero que le diga, señor?
—Dile que no hay comentarios y que abandone la propiedad inmediatamente.
Si no lo hace, llama a la policía.
El mayordomo se retiró y Amelia caminó hacia la ventana.
Desde ahí podía ver la entrada principal.
Un hombre con sombrero y abrigo gastado merodeaba cerca de la verja, tomando notas en un cuaderno pequeño.
—Esto es solo el comienzo.
—La voz de Stefan sonaba a su lado—.
Si Cross está involucrado, pronto habrá más.
Periodistas, fotógrafos, quizás incluso gente pagada para provocar incidentes que puedan fotografiarse.
—¿Provocar qué tipo de incidentes?
—Cualquier cosa que te haga parecer inestable o violenta.
Alguien que te insulta en público esperando que reacciones.
Alguien que amenaza a Lilly para que pierdas el control.
—Stefan la tomó suavemente por los hombros—.
Elizabeth jugará sucio porque es lo único que sabe hacer cuando se siente acorralada.
Amelia respiró profundamente, obligándose a pensar con claridad.
—Entonces necesito ser intachable.
Ninguna reacción emocional en público.
Ningún encuentro con los Ashworth sin testigos.
Ninguna oportunidad para que Cross fabrique su historia.
—Exactamente.
—¿Y qué hay de Charlotte?
—Amelia se apartó de la ventana—.
¿Tus investigadores encontraron algo sobre el médico?
—Todavía están trabajando en eso.
El Doctor Pemberton resultó ser el nombre de tres médicos diferentes en Harley Street.
Están verificándolos uno por uno.
—Stefan volvió a su escritorio—.
Pero tengo otra noticia relacionada con Charlotte.
Una de mis fuentes en la mansión Ashworth dice que ella y Oliver tuvieron una discusión violenta anoche.
—¿Sobre qué?
—No estoy seguro.
Pero Charlotte salió de la mansión cerca de la medianoche y no regresó hasta el amanecer.
—Stefan la miró significativamente—.
Sola.
Amelia procesó la información.
Una pelea la noche del arresto de Williams.
Charlotte desapareciendo durante horas sin su nuevo esposo.
—¿Crees que está teniendo dudas sobre el matrimonio?
—Creo que Charlotte apostó todo a convertirse en una Ashworth, y ahora ese apellido está siendo arrastrado por el barro.
—Stefan sonrió sin humor—.
El imperio que ella quería compartir está colapsando frente a sus ojos.
Un grito desde arriba interrumpió la conversación.
La voz de Lilly, aguda por el pánico.
—¡Mamá!
¡Mamá, dónde estás!
Amelia corrió escaleras arriba tan rápido que casi tropezó.
Encontró a Lilly sentada en la cama, abrazando la muñeca de porcelana contra su pecho, los ojos brillantes de lágrimas.
—Estoy aquí, mi amor.
—Se sentó en la cama y atrajo a su hija hacia su regazo—.
Mamá está aquí.
—Tuve una pesadilla.
—Lilly sollozaba contra su hombro—.
Soñé que la abuela te llevaba lejos y yo no podía encontrarte.
—Fue solo un sueño, cariño.
La abuela no puede llevarse a mamá.
Nadie puede.
—Amelia meció suavemente a su hija—.
Estamos juntas ahora y vamos a quedarnos juntas.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
Hasta la luna y de vuelta.
Lilly se aferró a ella durante un largo momento antes de que su respiración se calmara.
Cuando finalmente se separó, sus ojos estaban rojos pero secos.
—¿Puedo desayunar con el señor Stefan?
—¿Quieres desayunar con el señor Stefan?
—Sí.
Quiero contarle más sobre la princesa y el dragón.
No terminé la historia ayer.
A pesar de todo, de la amenaza de Cross, de los periodistas acechando en la puerta, de Williams en prisión y Elizabeth planeando venganza, Amelia sonrió.
—Entonces vamos a desayunar con el señor Stefan.
El desayuno fue sorprendentemente normal.
Lilly monopolizó la conversación con su historia elaborada sobre la princesa que no solo rescató al dragón, sino que también le enseñó a volar más alto y a respirar fuego de colores.
Stefan escuchaba con atención genuina, haciendo preguntas que hacían que Lilly se sintiera importante.
Amelia observaba el intercambio con algo cálido expandiéndose en su pecho.
Esta era la primera vez que Lilly tenía una figura masculina positiva en su vida.
Oliver nunca había mostrado interés real en su hija, tratándola como un accesorio decorativo que se sacaba para eventos sociales.
Pero Stefan…
Stefan la trataba como una persona completa.
Respetaba sus historias, respondía sus preguntas infinitas, incluso bromeaba con ella de una manera que la hacía reír.
El momento fue interrumpido por el mayordomo.
—Señor, ha llegado un mensajero con una citación legal para la señora Crane.
El mundo se congeló.
Stefan tomó el documento y lo leyó rápidamente, su expresión endureciéndose con cada línea.
—Elizabeth ha presentado una contra-moción.
—Levantó la vista hacia Amelia—.
Está solicitando una evaluación psiquiátrica inmediata.
Argumenta que cualquier madre que acuse falsamente al abuelo de su hija de conspiración para asesinato debe ser evaluada por inestabilidad mental antes de que se le permita custodia.
Amelia sintió que la sangre abandonaba su rostro.
—¿Puede hacer eso?
—Puede solicitarlo.
Y dado el perfil del caso, es probable que un juez lo apruebe.
—Stefan dejó el documento sobre la mesa—.
Es una táctica estándar de los Ashworth.
Si no pueden ganar atacando la evidencia, atacan al acusador.
—Pero yo no estoy loca.
Las pruebas son reales.
—Lo sé.
Y cualquier psiquiatra competente lo confirmará.
—Stefan se inclinó hacia adelante—.
Pero el objetivo de Elizabeth no es demostrar que estás loca.
Es sembrar la duda.
Hacer que la gente se pregunte por qué necesitas ser evaluada en primer lugar.
Lilly miraba entre los dos adultos con expresión confundida.
—Mamá, ¿qué es instabilidad mental?
—Es una palabra grande que no significa nada importante, cariño.
—Amelia obligó a su voz a sonar tranquila—.
Los adultos a veces usan palabras grandes cuando deberían usar palabras simples.
—Oh.
—Lilly pareció aceptar esta explicación y volvió a su desayuno.
Pero Amelia sabía que esto era solo el principio.
Elizabeth había mostrado su primera carta.
La evaluación psiquiátrica era un movimiento calculado para retrasar el proceso, gastar recursos legales, y sobre todo, para hacer que Amelia pareciera inestable ante la opinión pública.
Cross, el detective sin escrúpulos, probablemente ya estaba filtrando rumores a los periódicos.
“La Madre Demente que Acusa Falsamente a un Patriarca Respetable”.
“La Esposa Abandonada Pierde la Razón”.
Los titulares escribían solos.
—Necesito hablar con Hartley inmediatamente.
—Amelia se puso de pie—.
Si van a evaluarme, quiero elegir al psiquiatra.
Uno que no esté en el bolsillo de los Ashworth.
—Ya estoy en eso.
—Stefan también se levantó—.
Tengo contactos en el Colegio Real de Médicos.
Podemos recomendar a alguien con reputación impecable.
—Mamá, ¿tienes que irte?
—Lilly la miraba con ojos grandes.
—Solo por un rato, mi amor.
Helen se quedará contigo.
—Amelia besó su frente—.
¿Puedes ser valiente por mí?
—Soy muy valiente.
—Lilly asintió con seriedad—.
Como la princesa.
—Exactamente como la princesa.
La oficina de Hartley estaba aún más caótica que la última vez.
Papeles cubrían cada superficie, tazas de café frío formaban un cementerio aromático en la esquina, y el propio abogado parecía no haber dormido en días.
—La evaluación es un obstáculo, no una derrota.
—Fueron sus primeras palabras cuando Amelia y Stefan entraron—.
Podemos usarla a nuestro favor si la manejamos correctamente.
—¿Cómo?
—Solicitamos que la evaluación sea realizada por un panel de tres psiquiatras independientes en lugar de uno solo.
—Hartley sacó un documento de la pila—.
Esto elimina la posibilidad de que los Ashworth sobornenaun médico.
Si tres profesionales independientes certifican que está cuerda y apta, Elizabeth no tendrá argumento.
—¿Y si los Ashworth rechazan la propuesta del panel?
—Entonces parecerán que temen una evaluación justa.
—Hartley sonrió—.
De cualquier manera, ganamos narrativamente.
Stefan se acercó al escritorio.
—Hay algo más.
Elizabeth ha contratado a Alexander Cross.
Ya hay un periodista merodeando mi propiedad.
La expresión de Hartley se ensombreció.
—Cross es un problema serio.
He visto su trabajo antes.
No se detiene ante nada.
—¿Qué recomiendas?
—Documentación obsesiva.
—Hartley señaló una nueva carpeta—.
A partir de ahora, cada movimiento que haga la señora Crane debe estar documentado con testigos.
Cada interacción con Lilly, cada visita a tiendas, cada conversación.
Si Cross fabrica un incidente, necesitamos poder probar que nunca ocurrió.
Amelia sintió que las paredes se cerraban ligeramente.
Vigilancia constante.
Cada momento de su vida escrutado y registrado.
—¿Por cuánto tiempo?
—Hasta que esto termine.
Hasta que Williams sea condenado o absuelto, hasta que la custodia sea permanente.
—Hartley la miró con simpatía genuina—.
Sé que es invasivo.
Pero es necesario.
—Entiendo.
Pasaron la siguiente hora repasando estrategias.
Hartley presentaría la solicitud del panel de psiquiatras esta misma tarde.
Stefan activaría su red de contactos para obtener información sobre Cross y sus métodos.
Y Amelia…
Amelia tendría que vivir bajo un microscopio.
Cuando salieron de la oficina, el sol estaba alto en el cielo.
Londres bullía con su actividad habitual, ajeno a las guerras silenciosas que se libraban en salones de té y despachos legales.
—¿Cómo lo haces?
—preguntó Amelia mientras caminaban hacia el carruaje.
—¿Hacer qué?
—Mantenerte calmado cuando el mundo se derrumba.
—Lo miró—.
He visto cómo manejas cada crisis como si fuera un problema de negocios que resolver, no una amenaza personal.
Stefan se detuvo antes de subir al vehículo.
—Porque aprendí hace mucho tiempo que el pánico solo ayuda a tus enemigos.
—Sus ojos grises la atravesaban—.
Los Ashworth quieren que te sientas abrumada, que cometas errores por desesperación.
No les des ese regalo.
—¿Y si no soy tan fuerte como crees?
—Eres más fuerte de lo que yo creía posible.
—Stefan tomó su mano, un gesto que se estaba volviendo natural entre ellos—.
Lo demostraste ayer cuando recuperaste a Lilly.
Lo demuestras cada día que no te rindes.
El contacto envió esa descarga familiar de calidez por su brazo.
Amelia entrelazó sus dedos con los de él, permitiéndose un momento de vulnerabilidad.
—Gracias.
Por ser mi ancla cuando siento que me estoy hundiendo.
—Siempre.
El viaje de regreso fue silencioso pero cómodo.
Amelia miraba por la ventana, procesando todo lo que había aprendido.
Cross investigándola.
Periodistas acechando.
Evaluación psiquiátrica pendiente.
Elizabeth movilizando todos sus recursos para destruirla.
Pero también tenía a Lilly de vuelta.
Tenía a Stefan y Hartley de su lado.
Tenía evidencia contra Williams.
Y tenía una fortuna oculta que los Ashworth ni siquiera sabían que existía completamente.
El juego estaba lejos de terminar.
Cuando llegaron a la residencia, encontraron a Lilly en el jardín con Helen, persiguiendo mariposas con la alegría despreocupada de la infancia.
Al ver a su madre, corrió hacia ella con los brazos abiertos.
—¡Mamá!
¡Mira, encontré una mariposa azul!
Helen dice que dan buena suerte.
—Entonces debemos tener mucha suerte hoy.
—Amelia la levantó en brazos—.
¿Qué más hiciste mientras mamá no estaba?
Lilly comenzó a contar una historia elaborada sobre las mariposas y las flores, y Amelia escuchaba con atención completa, memorizando cada palabra.
Porque estos momentos, estos momentos simples y perfectos, eran por los que estaba luchando.
Y nadie, ni Elizabeth, ni Cross, ni todo el poder de los Ashworth combinado, se los quitaría de nuevo.
Desde la ventana del estudio, Stefan observaba la escena en el jardín.
Su mayordomo se acercó discretamente.
—Señor, llegó otro telegrama.
De sus contactos en el continente.
Stefan leyó el mensaje y su expresión se endureció.
Edmund Voss había sido localizado.
Estaba en Londres.
Y según la información, había recibido un pago considerable de una cuenta vinculada a los Ashworth…
hace apenas tres días.
El peligro no era una amenaza futura.
Ya estaba aquí.
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