Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 CAPÍTULO 2 EL EXTRANJERO
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2: CAPÍTULO 2: EL EXTRANJERO 2: CAPÍTULO 2: EL EXTRANJERO —Stefan Müller.
Dice que fue amigo de su padre.
Amelia levantó la vista del té que se enfriaba entre sus manos.
Tres días habían pasado desde la humillación pública, y las palabras del abogado de los Ashworth todavía resonaban en su cabeza como un eco que se negaba a morir: «Es lo que dicta la ley.
Los hijos pertenecen al padre.
Usted podría negociar visitas supervisadas, quizás.» Visitas supervisadas.
Como si fuera una criminal intentando ver a su propia hija.
El nombre que Joe acababa de pronunciar golpeó su memoria como una ola inesperada.
Stefan.
El joven alemán que había trabajado con su padre hace años, cuando ella todavía usaba trenzas y se escabullía a la cocina para robar galletas recién horneadas.
Un hombre callado de ojos grises que siempre la trataba con una cortesía casi reverencial, incluso cuando ella era solo una niña que no entendía nada del mundo de los negocios.
—Llévalo al salón azul, Joe.
Iré enseguida.
Antes de entrar, pasó por el jardín donde Lilly jugaba con una muñeca de porcelana bajo la vigilancia de la niñera.
Se arrodilló junto a ella y besó su frente, respirando el aroma dulce de su cabello.
—Mamá tiene que atender un asunto, cariño.
Volveré pronto.
—¿Me traes una galleta?
—preguntó Lilly con esa sonrisa que derretía cualquier dolor.
—Te traeré dos.
El salón azul era el más pequeño de la mansión, relegado a visitas de menor importancia.
Cuando Amelia entró, encontró a un hombre de pie junto a la ventana, observando los jardines con las manos cruzadas a la espalda.
La luz del atardecer dibujaba su silueta contra el cristal.
Ya no era el joven delgado y algo desgarbado que ella recordaba de su infancia.
Stefan Müller se había convertido en un hombre imponente que dominaba el espacio a su alrededor.
Hombros anchos bajo un abrigo de lana oscura, mandíbula firme que sugería determinación, cabello rubio oscuro peinado hacia atrás con precisión militar.
Cuando se volvió hacia ella, Amelia se encontró con unos ojos del color del hielo invernal que la estudiaron con una intensidad que la hizo contener la respiración.
Había algo diferente en él.
Algo que iba más allá de los años transcurridos.
Una seguridad, una presencia que llenaba la habitación como una fuerza invisible.
—Amelia.
—Su voz era profunda, con el acento alemán suavizado por años de vivir en Inglaterra pero todavía presente en ciertas consonantes—.
O quizás debería decir señora Ashworth.
Aunque la conocí cuando robaba galletas de la cocina de su padre y usaba trenzas que nunca estaban del todo bien peinadas.
A pesar de todo lo que había sucedido, a pesar del peso que aplastaba su pecho día y noche, Amelia sintió que una sonrisa involuntaria tiraba de sus labios.
Era el primer momento de levedad que experimentaba en días.
Quizás en semanas.
—Stefan.
Ha pasado mucho tiempo.
—Se acercó y le ofreció la mano, que él tomó con firmeza pero sin brusquedad—.
Lamento no haberlo reconocido de inmediato cuando Joe mencionó su nombre.
—Los años cambian a las personas.
A algunas más que a otras.
—Sus ojos grises la recorrieron con algo que podría haber sido preocupación—.
He escuchado rumores sobre su situación, Amelia.
Sobre el divorcio.
Ella se tensó inmediatamente, los muros que había construido alzándose por instinto.
—No es asunto de nadie más que mío y de mi esposo.
—Tiene toda la razón.
Normalmente no me entrometería en asuntos ajenos.
—Stefan sacó un sobre grueso del bolsillo interior de su chaqueta—.
Pero su padre me hizo prometer algo antes de morir.
Me hizo jurar que si alguna vez usted necesitaba ayuda, yo estaría ahí para proporcionarla.
Y siempre cumplo mis promesas.
El corazón de Amelia comenzó a latir más rápido.
—Mi padre murió hace dos años.
¿Por qué aparece ahora?
—Porque ahora es cuando me necesita.
—Le extendió el sobre—.
Su padre era un hombre extraordinariamente inteligente, Amelia.
Mucho más inteligente de lo que la alta sociedad londinense le daba crédito.
Antes de morir, me confió cierta información.
Información que sabía que algún día podría ser la diferencia entre que usted perdiera todo o que tuviera una oportunidad de luchar.
Las manos de Amelia temblaban cuando tomó el sobre.
Era pesado, lleno de papeles que crujían al moverse.
—¿Qué clase de información?
—El tipo que podría cambiar completamente el balance de poder en su divorcio.
—Los ojos grises de Stefan brillaron con algo que parecía satisfacción contenida—.
Su padre sospechaba que algún día los Ashworth intentarían deshacerse de usted.
Era un hombre que conocía bien la naturaleza humana, especialmente la naturaleza de quienes se creen superiores a los demás.
Así que tomó…
precauciones.
Amelia abrió el sobre con dedos que no dejaban de temblar.
Dentro encontró documentos amarillentos, cartas con membretes oficiales, registros bancarios con columnas de números, contratos con firmas que reconoció.
A medida que sus ojos recorrían las páginas, su expresión pasó de la confusión al asombro y finalmente a algo que casi podría llamarse esperanza.
—Esto es…
—Prueba de que la fortuna Ashworth no es tan legítima como ellos quieren hacer creer.
Fraude en contratos gubernamentales.
Evasión de impuestos a escala considerable.
Sobornos a funcionarios que todavía ocupan sus puestos.
—Stefan hizo una pausa deliberada—.
Y algo más…
delicado.
Información sobre ciertas actividades de Oliver que su familia ha encubierto durante años.
Deudas de juego.
Amantes que fueron silenciadas con dinero.
Un incidente en Oxford que casi termina en escándalo público.
El tipo de información que ningún juez podría ignorar al determinar la custodia de una niña pequeña.
Las lágrimas que Amelia había contenido durante días, durante semanas enteras de humillación y miedo, finalmente se desbordaron.
Pero esta vez no eran lágrimas de tristeza ni de derrota.
Eran algo completamente diferente.
—¿Por qué?
¿Por qué me ayuda?
¿Qué gana usted con esto?
Stefan se acercó un paso más, lo suficiente para que Amelia pudiera percibir el aroma a madera de sándalo y especias que emanaba de él.
Lo suficiente para ver las pequeñas arrugas alrededor de sus ojos que hablaban de años difíciles superados con determinación.
—Porque se lo prometí a su padre en su lecho de muerte.
Esa es la primera razón y la más importante.
—Su voz se suavizó casi imperceptiblemente—.
Y porque hace mucho tiempo, una niña de trenzas despeinadas me ofreció la mitad de su galleta robada cuando yo era un inmigrante alemán que apenas hablaba inglés y no tenía a nadie en este país.
Esa niña no sabía que su pequeño acto de bondad significaba el mundo para alguien que se sentía completamente solo.
Hay deudas que no se pagan con dinero, Amelia.
Esta es una de ellas.
Por primera vez desde aquella noche horrible en el salón, Amelia sintió que podía respirar sin que el aire le quemara los pulmones.
Apretó los documentos contra su pecho como si fueran un salvavidas en medio de un océano tormentoso.
—Necesitará ayuda para usar esto correctamente —continuó Stefan—.
Abogados que no estén en el bolsillo de los Ashworth.
Contactos en lugares donde el apellido Ashworth no significa nada.
Recursos que ellos no puedan bloquear ni comprar.
Yo puedo proporcionarle todo eso.
—¿A cambio de qué?
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla, afilada por años de aprender que nada en la vida era gratis, especialmente la ayuda que ofrecían los hombres.
Stefan sonrió por primera vez, y por un momento fugaz, Amelia vislumbró al joven tímido y algo torpe que había conocido en la cocina de su padre años atrás.
—A cambio de absolutamente nada.
Esta es una deuda que tengo con usted y con la memoria de su padre.
—Hizo una pausa, y algo brilló en sus ojos grises—.
Aunque, si me permite la honestidad completa, también hay algo de egoísmo en mi motivación.
Los Ashworth me despreciaron cuando llegué a Inglaterra sin nada más que mi inteligencia y mi voluntad de trabajar.
Me llamaron «el alemán» como si fuera un insulto, como si mi origen fuera una mancha que nunca podría lavar.
Ver cómo una mujer a la que subestimaron les demuestra su error…
bueno, confieso que hay cierta satisfacción en esa perspectiva.
Amelia no pudo evitar reír.
Era una risa pequeña, oxidada por el desuso, frágil como cristal recién soplado.
Pero era genuina.
La primera risa genuina en lo que parecían años.
—Entonces tenemos un enemigo común.
—Eso parece.
—Stefan extendió su mano hacia ella, grande y firme—.
¿Aliados?
Amelia miró aquella mano durante un largo momento.
Sabía que aceptarla significaba cruzar una línea invisible.
Ya no sería la esposa sumisa que los Ashworth habían moldeado durante tres años.
Ya no sería la mujer que agachaba la cabeza y soportaba en silencio.
Sería una mujer en guerra.
Pensó en Lilly.
En su sonrisa cuando pedía galletas.
En sus rizos castaños desparramados sobre la almohada.
En la posibilidad real y aterradora de perderla para siempre.
Estrechó la mano de Stefan con toda la firmeza que pudo reunir.
—Aliados.
Afuera, el sol comenzaba a ponerse sobre los jardines de la mansión Ashworth, tiñendo el cielo de rojo sangre y oro antiguo.
Los pájaros cantaban sus últimas canciones del día, ajenos a las guerras que libraban los humanos bajo sus alas.
Pero dentro del sobre que Amelia apretaba contra su pecho, había suficientes secretos para hacer arder un imperio construido sobre mentiras.
Y ella estaba lista para encender la primera cerilla.
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