Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 LA CALMA ANTES
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22: LA CALMA ANTES 22: LA CALMA ANTES Día veintiuno.
Tarde.
Quince días hasta la próxima audiencia.
La mesa del comedor de Stefan había sido transformada en escenario de celebración improvisada.
Helen había preparado el plato favorito de Lilly, pollo asado con puré de papas que la niña decoraba con entusiasmo formando montañas y valles imaginarios.
—Y entonces el dragón vivió en la montaña de puré para siempre.
—Lilly narraba su cuento mientras comía— Porque la princesa le enseñó que era mejor amigo que enemigo.
Amelia observaba a su hija con una mezcla de ternura y agotamiento que hacía difícil tragar.
Habían ganado.
Sir Edmund había visto a través de las mentiras de Cross, había rechazado la moción de Elizabeth, había confirmado que Lilly podía quedarse.
Pero la amenaza de Elizabeth al salir del tribunal resonaba como campana fúnebre: “Encontraré manera de quitarte a esa niña.
Aunque sea lo último que haga.” —Mamá, ¿por qué no comes?
—Lilly la miraba con esos ojos grandes que no perdían detalle— Helen hizo tu favorito también.
—Solo estoy muy feliz viéndote comer, mi amor.
—Amelia forzó una sonrisa y tomó su tenedor— Pero tienes razón, debo comer.
Stefan estaba sentado frente a ella, observándola con esa intensidad que ahora reconocía como preocupación apenas disfrazada.
Había estado inusualmente callado desde que regresaron del tribunal, respondiendo a las preguntas de Lilly con su paciencia habitual pero claramente procesando algo.
Cuando Lilly terminó y Helen se la llevó para el baño antes de dormir, el silencio que quedó fue denso.
—Dilo.
—Amelia dejó su servilleta— Sé que estás pensando algo desde que salimos del tribunal.
Stefan tomó su copa de vino, estudiando el líquido oscuro antes de responder.
—Elizabeth no esperará quince días para su próximo movimiento.
Atacará antes, cuando menos lo esperemos, con algo que no hayamos anticipado.
—Lo sé.
—Amelia se reclinó en su silla— Pero ganamos hoy.
Eso cuenta para algo.
—Cuenta para mucho.
Pero también la hicimos quedar como tonta frente a Sir Edmund.
Y Elizabeth Ashworth no tolera la humillación.
Un golpe en la puerta del comedor.
El mayordomo entró con expresión tensa que Amelia estaba aprendiendo a temer.
—Disculpen.
Ha llegado mensajero de los Ashworth.
Trae carta urgente para la señora Crane.
Amelia y Stefan intercambiaron mirada.
Ella extendió la mano.
—Dámela.
El sobre era de papel marfil costoso con el sello de los Ashworth en cera roja.
Amelia lo abrió con dedos que se negaba a dejar temblar.
La caligrafía era de Elizabeth.
Por supuesto.
“Querida Amelia: Felicitaciones por tu pequeña victoria de hoy.
Sir Edmund siempre ha sido…
susceptible a presentaciones emocionales.
Pero ambas sabemos que esto está lejos de terminar.
He decidido ofrecerte una última oportunidad de resolver esto civilizadamente.
Mañana a las tres de la tarde, mi abogado presentará propuesta formal de custodia compartida.
Cincuenta por ciento del tiempo con cada familia.
Es más de lo que mereces, pero estoy dispuesta a ser…
generosa.
Si rechazas esta oferta, procederemos con acciones que harán que la audiencia de hoy parezca un juego de niños.
Tengo recursos que ni siquiera has imaginado.
Y paciencia que se agota rápidamente.
La decisión es tuya.
Pero recuerda: una madre verdaderamente amorosa pondría las necesidades de su hija por encima de su orgullo personal.
Elizabeth Ashworth” Amelia arrugó la carta en su puño.
—Custodia compartida.
Quiere que divida a Lilly como si fuera propiedad que se reparte.
Stefan leyó por encima de su hombro.
—Es trampa.
Elizabeth nunca ofrece nada sin motivo oculto.
—Por supuesto que es trampa.
—Amelia dejó el papel sobre la mesa— La pregunta es qué tipo de trampa.
—Si aceptas custodia compartida, Lilly pasará la mitad del tiempo en la mansión Ashworth.
Bajo influencia directa de Elizabeth.
Siendo envenenada contra ti sistemáticamente.
—Y si rechazo, Elizabeth procede con sus “acciones” misteriosas que supuestamente me destruirán.
Hartley apareció en la puerta del comedor sin haber sido anunciado, su rostro mostrando urgencia.
—Disculpen la intrusión.
Acabo de recibir información de mis contactos en la corte.
—Respiraba con dificultad por haber corrido— Elizabeth presentó esta tarde, apenas horas después de perder la audiencia, una demanda civil separada.
—¿Demanda por qué?
—Difamación.
Alega que tus declaraciones públicas sobre Williams siendo criminal han dañado irreparablemente la reputación de la familia Ashworth.
Solicita compensación de cien mil libras.
El aire abandonó los pulmones de Amelia.
—Cien mil libras.
Eso es…
—Casi toda tu herencia líquida.
—Stefan terminó— Si gana, te deja sin recursos para continuar la batalla legal.
Hartley dejó documentos sobre la mesa.
—Peor aún.
En la demanda civil, puede forzar deposiciones.
Interrogatorios bajo juramento.
Sobre tus finanzas, tu relación con Stefan, cada detalle de tu vida privada.
Y todo será registro público.
—Entonces me destruye financieramente y me humilla públicamente simultáneamente.
—Amelia sintió que las paredes se cerraban— Mientras me ofrece “generosamente” custodia compartida como única salida.
—Exactamente.
—Hartley se sentó pesadamente— Es estrategia de presión múltiple.
Te golpea desde todos los ángulos hasta que no tengas opción excepto rendirte.
Stefan caminó hacia la ventana, observando la oscuridad creciente afuera.
—A menos que contraataquemos con algo igual de devastador.
—¿Qué propones?
—Los contratos comerciales.
—Se volvió— Los que tu padre dejó venciendo este año.
¿Cuándo expira el primero exactamente?
Amelia hizo el cálculo mental.
—En seis días.
El contrato de suministro textil que proporciona cuarenta por ciento de su cadena.
—¿Y si anuncias públicamente que no renovarás?
Que estás cortando todos los lazos comerciales con los Ashworth.
Hartley se enderezó inmediatamente.
—Eso causaría pánico entre sus inversores.
Los Ashworth Industries dependen de esos contratos para mantener sus márgenes de ganancia.
Si los pierden…
—Su valoración cae.
—Stefan completó— Y con Williams enfrentando cargos criminales, una caída en valoración podría desencadenar retiros de inversores, llamados de préstamos, colapso en cascada.
Amelia procesaba las implicaciones.
Tenía el poder de herir financieramente a los Ashworth de forma significativa.
Pero usarlo significaba guerra total, sin retorno posible.
—Si hago eso, Elizabeth escalará aún más.
Ya no será solo batalla legal.
Será personal.
Vengativa.
—Ya es personal y vengativa.
—Stefan se acercó a la mesa— Elizabeth amenazó explícitamente quitarte a Lilly “aunque sea lo último que haga”.
Eso no deja espacio para negociación civilizada.
Un grito desde arriba.
La voz de Lilly, no de pesadilla sino de sorpresa.
Los tres subieron escaleras corriendo.
Encontraron a Helen en el pasillo fuera de la habitación de Lilly, sosteniendo algo con expresión horrorizada.
—Estaba preparándola para dormir cuando encontré esto.
Debajo de su almohada.
Extendió una muñeca.
No cualquier muñeca.
La muñeca de porcelana francesa que Charlotte había traído días atrás, la que Amelia había guardado sin entregar.
Excepto que ahora estaba…
modificada.
La hermosa cara de porcelana había sido pintada con tinta roja formando lágrimas que corrían desde los ojos.
Y alrededor del cuello de la muñeca, alguien había atado una cinta con mensaje escrito en caligrafía infantil forzada: “Las niñas malas que aman a las mamás equivocadas sufren.” El horror helado que atravesó a Amelia fue absoluto.
—¿Cómo llegó esto aquí?
—Su voz apenas funcionaba— Esta casa está vigilada.
Nadie puede entrar sin…
—Alguien entró.
—Stefan tomó la muñeca, examinándola— Y dejó esto específicamente donde Lilly lo encontraría.
Helen temblaba visiblemente.
—La señorita Lilly me preguntó quién le había dado la muñeca bonita.
Le dije que no sabía porque estaba debajo de su almohada cuando vine a prepararla para dormir.
Amelia entró a la habitación donde Lilly estaba sentada en la cama, confundida por el alboroto.
—Mamá, ¿por qué la muñeca llora?
¿Está triste?
—La muñeca está…
rota, mi amor.
Alguien la rompió.
—Se arrodilló junto a la cama, tomando las manos pequeñas de su hija— ¿Viste quién la dejó?
—No.
Solo estaba ahí cuando volví del baño con Helen.
Amelia abrazó a su hija, sintiendo cómo el miedo se convertía en furia helada.
Alguien había violado la seguridad de esta casa.
Había entrado a la habitación de Lilly.
Había dejado un mensaje amenazante dirigido a una niña de tres años.
Stefan apareció en la puerta con dos de sus guardias de seguridad.
—Revisen toda la propiedad.
Cada puerta, cada ventana.
Encuentren cómo entraron.
Hartley miraba la muñeca con expresión sombría.
—Esto es más que intimidación.
Es amenaza directa contra la menor.
Podemos usar esto como evidencia de que los Ashworth representan peligro activo.
—O es exactamente lo que Elizabeth quiere.
—Stefan habló con voz controlada pero tensa— Que entremos en pánico, que reaccionemos precipitadamente, que cometamos error que pueda usar contra nosotros.
Amelia seguía abrazando a Lilly, meciendo suavemente mientras su mente trabajaba a velocidad frenética.
Elizabeth había escalado de guerra legal a amenaza física contra una niña.
Línea que no debería cruzarse jamás.
—Mañana responderemos la propuesta de custodia compartida.
—Se puso de pie con Lilly todavía en brazos— Y la respuesta será no.
No negocio con terroristas.
—Amelia…
—No, Stefan.
—Lo miró con fiereza que sorprendió incluso a ella misma— Elizabeth acaba de demostrar que no hay límites a lo que hará.
Ceder ahora solo le enseñará que las amenazas funcionan.
Y no permitiré que mi hija crezca aprendiendo que el miedo es razón para rendirse.
Stefan sostuvo su mirada durante largo momento antes de asentir.
—Entonces preparémonos para la guerra que viene.
Porque después de esto, Elizabeth no tendrá límites.
Después de acostar finalmente a Lilly, con Helen quedándose en la habitación para vigilarla, Amelia se encontró sola en el estudio revisando los contratos que su padre había dejado.
Seis días hasta que el primero venciera.
Seis días para decidir si realmente estaba dispuesta a destruir financieramente a los Ashworth y enfrentar las consecuencias.
Un golpe suave.
Stefan con dos copas de brandy.
—Pensé que podrías necesitar esto.
Aceptó la copa, dejando que el líquido quemara su garganta.
—Alguien entró a mi casa.
A la habitación de mi hija.
Dejó amenaza contra una niña de tres años.
—Las palabras salían planas, sin emoción porque la emoción real era demasiado grande para procesarla— ¿Qué clase de monstruo hace eso?
—El tipo que Elizabeth Ashworth cría.
—Stefan se sentó frente a ella— Pero cometió error.
Nos dio evidencia física de amenaza directa.
Eso cambia el juego legalmente.
—¿Cambió suficiente para proteger a Lilly durante los próximos quince días hasta la audiencia?
—Si aumentamos seguridad, si documentamos todo, si nos movemos rápido…
—Si, si, si.
—Amelia dejó la copa bruscamente— Estoy cansada de “si”.
Quiero certezas.
Quiero garantías de que mi hija estará segura.
—No puedo darte eso.
—Stefan habló con honestidad brutal— Nadie puede.
Pero puedo darte mi palabra de que haré todo lo humanamente posible para protegerlas a ambas.
El silencio se extendió entre ellos.
Amelia sentía el peso de las decisiones que debía tomar aplastándola.
—Los contratos.
Voy a cancelarlos.
Todos.
—¿Estás segura?
—No.
—Admitió— Pero Elizabeth necesita entender que atacar a mi hija tiene consecuencias.
Y la única forma de herirla donde realmente duele es golpear su dinero.
Stefan asintió lentamente.
—Entonces mañana, antes de responder su propuesta de custodia, anunciamos públicamente que estás cortando todos los lazos comerciales con Ashworth Industries.
Le quitamos su arma financiera antes de que pueda usarla.
—Y después enfrentamos lo que venga.
—Y después enfrentamos lo que venga.
—Stefan se puso de pie, extendiendo su mano— Juntos.
Amelia tomó su mano, dejando que la jalara suavemente hasta quedar de pie frente a él.
El espacio entre ellos era mínimo, cargado de todas las cosas no dichas que habían estado acumulándose durante semanas.
—Stefan, cuando todo esto termine…
—No.
—Él puso un dedo suave sobre sus labios— No promesas sobre después hasta que sepamos que hay un después.
Por ahora, sobrevivimos.
Protegemos a Lilly.
Ganamos.
—¿Y si no ganamos?
—No es opción.
La besó entonces.
No el beso apasionado de novelas románticas, sino algo más desesperado.
El beso de dos personas que sabían que el mundo podía arrebatarles todo en cualquier momento y querían tener este momento mientras pudieran.
Cuando se separaron, ambos respiraban irregular.
—Eso fue…
—Necesario.
—Stefan completó— Y probablemente imprudente dado el timing.
—Definitivamente imprudente.
—Amelia tocó sus labios— Pero no me arrepiento.
Un grito desde arriba rompió el momento.
Lilly, otra pesadilla.
Realidad regresando como siempre lo hacía.
Amelia corrió escaleras arriba, encontrando a su hija sollozando en brazos de Helen.
—La muñeca mala, mamá.
Soñé que la muñeca mala me perseguía.
—No hay muñecas malas, mi amor.
Ya no.
Mamá se aseguró de eso.
Mientras mecía a Lilly de regreso al sueño, Amelia miraba por la ventana hacia la oscuridad donde sabía que los guardias de Stefan patrullaban.
Quince días hasta la próxima audiencia.
Seis días hasta que expirara el primer contrato.
Y en algún lugar de Londres, Elizabeth Ashworth planeaba su próximo movimiento.
La guerra había comenzado oficialmente.
Y esta vez, una de las dos no sobreviviría.
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