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Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 3

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  3. Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta
  4. Capítulo 3 - 3 CAPÍTULO 3 TREINTA DÍAS
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3: CAPÍTULO 3: TREINTA DÍAS 3: CAPÍTULO 3: TREINTA DÍAS —Los términos son simples, señora Ashworth.

Tiene treinta días para abandonar la propiedad familiar.

Se le otorgará una compensación de cinco mil libras, cantidad que la familia considera más que generosa dadas las circunstancias.

El abogado Whitmore ni siquiera la miraba mientras pronunciaba cada palabra como si estuviera leyendo una lista de compras.

Sus ojos permanecían fijos en los papeles que tenía delante, como si Amelia fuera tan irrelevante como el mobiliario del despacho o el polvo que flotaba en los rayos de sol que entraban por la ventana.

—¿Generosa?

—La palabra escapó de sus labios antes de que pudiera contenerla, cargada de toda la incredulidad y la rabia que había estado acumulando—.

¿Llama generoso a echarme de mi hogar con una miseria mientras ustedes se quedan con todo lo que mi familia aportó a este matrimonio?

Oliver, sentado al otro lado del escritorio de caoba, suspiró con ese aire de paciencia forzada que había perfeccionado durante los últimos meses de su matrimonio.

El suspiro de un hombre que considera que está siendo extraordinariamente razonable con alguien que no merece tal consideración.

—Amelia, por favor.

No hagas esto más difícil de lo necesario.

—Su voz era suave, casi condescendiente, como si le hablara a una niña que no entiende las reglas de un juego de adultos—.

Cinco mil libras es más de lo que tu familia entera valía antes de que tu padre tuviera su golpe de suerte con aquella inversión afortunada.

El golpe fue certero, diseñado para doler exactamente donde más dolía.

Amelia sintió cómo el calor de la humillación subía por su cuello hasta sus mejillas, pero se obligó a mantener la compostura.

No les daría el gusto de verla derrumbarse.

No aquí.

No ahora.

No frente a estos hombres que la miraban como si fuera un problema menor que resolver antes del almuerzo.

—¿Y mi hija?

El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier respuesta que pudieran haber dado.

Whitmore intercambió una mirada con Oliver, una de esas miradas que los hombres de su clase comparten cuando creen que las mujeres no entienden las «complejidades» de sus asuntos importantes.

—La niña es una Ashworth —dijo finalmente el abogado, pronunciando el apellido como si fuera un título sagrado—.

Su lugar está con su padre y con la familia que puede proporcionarle el futuro que merece.

La ley es clara en estos asuntos, señora.

Los hijos pertenecen al padre.

Así ha sido siempre y así seguirá siendo.

—Lilly no es una propiedad que se pueda repartir en un contrato.

Es mi hija.

—Amelia se inclinó hacia adelante, clavando sus ojos en los de Whitmore hasta que el hombre tuvo que apartar la mirada—.

La cargué nueve meses en mi vientre.

La traje al mundo después de dieciocho horas de parto.

La he cuidado cada día de su vida, cada noche de fiebre, cada pesadilla, mientras su padre apenas la miraba cuando pasaba por el cuarto de juegos camino a sus clubes.

—Amelia.

—Oliver se inclinó hacia adelante, y por un momento, Amelia creyó vislumbrar algo en sus ojos.

¿Culpa?

¿Un resto de la persona que alguna vez fingió amarla?

Desapareció tan rápido que pudo haberlo imaginado—.

No tienes recursos para criarla.

No tienes casa, no tienes ingresos propios, no tienes posición social sin nuestro apellido.

¿Qué clase de vida podrías darle?

¿Quieres que crezca en la pobreza, avergonzada de su origen?

—Una vida con su madre.

—El amor no paga institutrices ni compra vestidos ni abre puertas en la sociedad que importa.

—Oliver se puso de pie, dando por terminada la conversación con ese gesto que Amelia había aprendido a reconocer durante tres años—.

Tienes treinta días para poner tus asuntos en orden y abandonar la propiedad.

Te sugiero que los uses sabiamente.

Y te aconsejo que no hagas nada…

imprudente.

Salió del despacho sin mirar atrás, dejando tras de sí el aroma de su colonia cara y el eco de sus pasos sobre el parquet.

Treinta días.

Setecientas veinte horas.

Cuarenta y tres mil doscientos minutos para encontrar la manera de no perder a lo único que le importaba en el mundo.

La cuenta regresiva había comenzado.

* * * Cuando Amelia regresó a la mansión esa tarde, el carruaje de Charlotte Bennett estaba estacionado frente a la entrada principal como una declaración de guerra.

Varios sirvientes cargaban baúles hacia el interior de la casa.

Baúles con iniciales doradas grabadas en el cuero.

Baúles que hablaban de una mudanza permanente, no de una simple visita de cortesía.

Helen la esperaba en el vestíbulo, el rostro pálido como la cera de las velas y los ojos llenos de una disculpa que no necesitaba palabras.

—Señora, yo…

lo siento mucho.

La señora Elizabeth ha ordenado que la señorita Bennett se instale en el ala este.

Me pidió que se lo comunicara.

El ala este.

Las habitaciones de invitados más lujosas de la mansión, con vistas a los jardines de rosas y balcones privados.

Las habitaciones que se reservaban para visitas de la realeza o de familias con títulos nobiliarios que se remontaban a la conquista normanda.

Y justo al lado de los aposentos de Oliver.

—¿Mientras yo sigo viviendo bajo este techo?

Helen bajó la mirada hacia sus zapatos gastados, incapaz de sostener los ojos de su señora.

—La señora Elizabeth dijo que…

que usted debería empezar a empacar sus pertenencias personales.

Para facilitar la transición, fueron sus palabras exactas.

Facilitar la transición.

Como si reemplazar a una esposa fuera tan simple como cambiar las cortinas de una habitación o rotar los arreglos florales de temporada.

Como si tres años de matrimonio, el parto difícil de Lilly, las noches en vela cuidando de la niña mientras Oliver asistía a sus clubes y a sus cenas, no significaran absolutamente nada.

Amelia caminó hacia la escalera principal con pasos que se negaban a temblar.

A mitad del camino, se encontró con Charlotte que bajaba del brazo de Elizabeth, como si ya fuera la señora de la casa.

La matriarca lucía una sonrisa de satisfacción que hizo que el estómago de Amelia se revolviera con náuseas.

—Ah, Amelia.

Qué conveniente que llegues precisamente ahora.

—Elizabeth ni siquiera fingió cordialidad, la máscara social completamente abandonada—.

Charlotte necesitará que alguien le muestre cómo se maneja esta casa.

Los horarios de los sirvientes, las preferencias del cocinero, ese tipo de detalles domésticos.

Supongo que podrías ser útil en algo durante el poco tiempo que te queda aquí.

Charlotte tuvo la decencia de parecer incómoda con la situación, aunque el brillo triunfante en el fondo de sus ojos la delataba ante quien supiera mirar.

—Elizabeth, quizás no sea lo más apropiado…

—Tonterías, querida.

Amelia entiende perfectamente su posición en este momento.

—Elizabeth pasó junto a ella rozándola deliberadamente con el hombro, un gesto calculado para humillar—.

Después de todo, siempre supo en el fondo que este día llegaría.

Una mujer de su cuna nunca perteneció realmente a esta familia.

Fue un experimento, querida.

Un experimento fallido que ahora corregimos.

Las dos mujeres continuaron su camino hacia el salón de té, dejando a Amelia sola en la escalera con el eco de sus risas suaves resonando en el mármol como campanas funerarias.

Subió a su habitación —¿por cuánto tiempo seguiría siendo suya?— y cerró la puerta tras de sí.

Se apoyó contra la madera de roble, respirando profundamente, contando hasta diez como le había enseñado su padre cuando era niña y el mundo parecía demasiado grande y aterrador para enfrentarlo.

Fue entonces cuando vio el sobre en su tocador.

Grueso, de papel color marfil de buena calidad, con su nombre escrito en una caligrafía firme que ahora reconocía perfectamente.

Stefan.

Lo abrió con manos que habían dejado de temblar.

Dentro encontró una nota breve, escrita con tinta negra, y una tarjeta con una dirección en el distrito financiero de Londres.

«Amelia: He organizado una reunión con un abogado que no está en el bolsillo de los Ashworth.

Se llama Thomas Hartley y es el mejor de Londres en casos de custodia complicados.

No tiene absolutamente nada que perder escuchando lo que tiene que decir.

Mañana a las tres de la tarde en la dirección adjunta.

Estaré esperándola en la entrada del edificio.

No está sola en esto.

Recuérdelo.

S.M.» Afuera, en algún lugar de la mansión, la risa de Charlotte se mezclaba con la de Oliver.

Una risa ligera, despreocupada, la risa de dos personas que creen haber ganado una batalla sin siquiera haber luchado realmente.

Y en algún lugar más cercano, en el cuarto de juegos del segundo piso, Lilly estaría con la niñera, probablemente cantando esa canción de cuna que Amelia le había enseñado durante sus primeros meses de vida.

«Duerme, mi niña, duerme ya, que tu mamá te cuidará.» ¿Y si no podía cumplir esa promesa?

¿Y si la ley, con toda su frialdad y su lógica escrita por hombres que nunca habían cargado a un hijo en su vientre, decidía que una madre sin fortuna no merecía a su propia hija?

Treinta días.

Guardó la nota de Stefan en el cajón secreto de su tocador, bajo el pañuelo de seda bordado que su madre le había regalado el día de su boda.

«Para las lágrimas de felicidad», le había dicho su madre con los ojos húmedos.

Qué irónico que ahora ese pañuelo guardara su última esperanza de mantener a su familia unida.

Se acercó a la ventana y contempló los jardines que se extendían hasta el horizonte.

Había sido feliz aquí alguna vez, en los primeros meses.

Cuando Oliver todavía fingía amarla con besos que parecían sinceros.

Cuando Elizabeth aún mantenía su máscara de suegra amable.

Cuando Lilly era solo una promesa creciendo en su vientre y todo el futuro parecía brillante y lleno de posibilidades.

Esa mujer había muerto.

La Amelia ingenua que creía en el amor y en las segundas oportunidades había sido enterrada bajo tres años de desprecios silenciosos.

Esta Amelia, la que ahora miraba su reflejo en el cristal frío de la ventana, tendría que ser alguien completamente diferente.

Más fuerte.

Más astuta.

Más despiadada si las circunstancias lo requerían.

Porque no iba a rendirse sin pelear con cada arma a su disposición.

Mañana a las tres en punto estaría en la oficina de Thomas Hartley.

Escucharía lo que tenía que decir.

Y allí, en ese despacho de un abogado que los Ashworth no controlaban, comenzaría a construir su contraataque.

Por Lilly.

Por ella misma.

Por todas las mujeres que alguna vez habían sido despojadas de sus hijos por leyes escritas por hombres que jamás conocerían el dolor de gestar una vida durante nueve meses solo para que se la arrebataran de los brazos.

Treinta días.

Tendría que ser suficiente.

No había otra opción.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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