Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 33

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta
  4. Capítulo 33 - 33 REFUGIO
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

33: REFUGIO 33: REFUGIO Día veintisiete.

Nueve días restantes.

La cocina de la residencia de Stefan no estaba diseñada para niños.

Superficies de mármol pulido.

Utensilios de cobre colgando en orden militar.

Cuchillos alineados por tamaño en un bloque magnético que brillaba como instrumental quirúrgico.

Todo era adulto, austero, impecable.

Y en medio de aquella perfección estéril, Lilly sentada sobre un cojín apilado en una silla demasiado alta, con las piernas colgando y migajas de pan esparcidas por su regazo como confeti diminuto.

—Más sopa, mamá.

Helen sirvió otro cucharón en el plato de porcelana que valía probablemente más que todo el vestuario infantil de Lilly.

Amelia observó a su hija comer con la voracidad de quien ha pasado días alimentándose de caldos insípidos de hospital.

Cada cucharada que Lilly tragaba era una pequeña victoria.

Cada segundo que pasaba junto a ella, un regalo robado al destino.

—Come despacio, cariño.

No hay prisa.

—Sí hay.

—Lilly la miró con esos ojos enormes que veían demasiado para sus tres años—.

Si como rápido, no me la quitan.

El silencio que cayó sobre la cocina fue brutal.

Helen se dio vuelta hacia los fogones, pero Amelia vio cómo sus hombros temblaban.

Joe, que traía leña desde el patio, se detuvo en el umbral con expresión de piedra.

Amelia tragó el nudo que le cerraba la garganta.

Se arrodilló junto a la silla de Lilly y tomó sus manitas manchadas de caldo.

—Nadie va a quitarte la comida.

Ni a mí.

Nunca más.

¿Entiendes?

Lilly la estudió con esa gravedad imposible que tienen los niños que han aprendido demasiado pronto que las promesas de los adultos se rompen.

—¿Lo juras por la luna?

—Por la luna y todas las estrellas.

Lilly asintió.

Volvió a su sopa.

Pero ahora comía más despacio, como si la promesa le hubiera dado permiso para creer que el plato seguiría ahí.

Amelia se puso de pie.

Las rodillas le dolían.

Todo le dolía.

Los músculos de los brazos, tensos de cargar a Lilly a través de la turba de periodistas.

La mandíbula, apretada durante horas.

Los ojos, secos de un llanto que se negaba a salir porque no había tiempo para lágrimas.

Stefan apareció en la puerta de la cocina.

Se había cambiado de ropa, pero las ojeras lo delataban.

Llevaba cuarenta y ocho horas sin dormir apropiadamente.

—Hartley está en el estudio.

Tiene novedades sobre Wickham.

—Voy.

—Amelia se volvió hacia Helen—.

¿Puedes…?

—Vaya tranquila, señora Crane.

—Helen ya estaba sentándose junto a Lilly con una servilleta—.

Lilly y yo vamos a encontrar dónde escondió el señor Stefan las galletas.

—¡Galletas!

—Los ojos de Lilly se iluminaron con una alegría tan simple, tan infantil, que Amelia sintió que algo se quebraba dentro de ella.

No lloró.

Caminó hacia el estudio.

Hartley tenía esa expresión que Amelia había aprendido a reconocer: la de un hombre que sostiene un arma cargada y está decidiendo hacia dónde apuntar.

—Wickham cantó todo.

—El abogado extendió documentos sobre el escritorio—.

Pagos directos de Elizabeth a través de un intermediario llamado Reeves.

Instrucciones escritas, Amelia.

Escritas.

Elizabeth fue lo suficientemente arrogante para poner sus órdenes en papel.

Amelia tomó las hojas.

La caligrafía era inconfundible.

Años recibiendo notas cortantes de su suegra le habían grabado esos trazos en la memoria.

“Asegúrese de que el informe del perito favorezca al padre.

Cualquier mención de negligencia materna debe quedar en actas.

No escatime recursos.” —Dios mío.

—Amelia dejó el papel sobre la mesa—.

Esto es obstrucción de justicia.

Manipulación de proceso judicial.

Cohecho.

—Es entre cinco y diez años de prisión.

—Hartley se reclinó—.

Si el tribunal superior ve esto mañana junto con el testimonio de Wickham y la declaración de Ava, la moción de Elizabeth contra Edmund se desmorona.

Y más que eso: abrimos la puerta para investigar cada caso que Thompson y Wickham tocaron bajo órdenes de los Ashworth.

Stefan estaba de pie junto a la ventana, su posición habitual cuando procesaba información estratégica.

Brazos cruzados.

Mandíbula tensa.

—El problema no es ganar mañana.

El problema es lo que Elizabeth haga esta noche cuando se entere de que Wickham confesó.

—¿Cómo se enteraría?

—preguntó Amelia.

—Porque tiene ojos en todas partes.

—Stefan se volvió hacia ellos—.

Wickham no era su único recurso.

Thompson tampoco.

Elizabeth lleva treinta años construyendo una red de influencia que penetra cada institución de esta ciudad.

Policía.

Tribunales.

Prensa.

Incluso hospitales, como vimos con Lilly.

Hartley asintió lentamente.

—Tiene razón.

Debemos asumir que Elizabeth sabrá de la confesión antes del amanecer.

La pregunta es: ¿cuál será su movimiento?

El silencio pesó como plomo.

Amelia se sentó.

Cerró los ojos.

Intentó pensar como Elizabeth.

Como la mujer que la había despreciado durante años.

Que había intentado quitarle a su hija.

Que había ordenado su arresto en el lecho de enferma de Lilly.

¿Qué haría una mujer así cuando supiera que sus propios soldados la habían traicionado?

—Lilly.

—Abrió los ojos de golpe—.

Su siguiente movimiento será Lilly.

Hartley frunció el ceño.

—Edmund restauró tu custodia completa.

Elizabeth tiene prohibido…

—Elizabeth no respeta prohibiciones.

Respeta el poder.

Y la custodia de Edmund es temporal, emitida por un magistrado cuya propia autoridad está siendo cuestionada por la moción que ella presentó.

—Amelia se puso de pie, la urgencia electrificando sus nervios—.

Si Elizabeth convence a otro juez de que Edmund actuó fuera de su jurisdicción al restaurar mi custodia, esa orden se invalida.

Y Lilly vuelve a ser territorio disputado.

Stefan descolgó los brazos.

—¿Puede hacer eso?

¿Encontrar otro juez a estas horas?

—Con su red, puede encontrar a alguien dispuesto a firmar una orden de emergencia antes del amanecer.

—Hartley ya estaba guardando documentos en su maletín—.

Maldición.

Amelia tiene razón.

La custodia temporal de Edmund es nuestro eslabón más débil precisamente porque él es el blanco de la moción.

—Entonces necesitamos blindarla.

—Stefan caminó hacia el escritorio—.

¿Cómo?

—Necesito una hora en mi despacho.

—Hartley se dirigió hacia la puerta—.

Hay un recurso procesal que podría funcionar: solicitar al Tribunal Superior que ratifique la orden de Edmund como medida cautelar independiente de su posición personal.

Si lo consigo antes de que Elizabeth mueva ficha, Lilly queda protegida sin importar lo que pase con Edmund.

—Ve.

—Amelia lo detuvo un segundo—.

Hartley.

Gracias.

Por todo.

El abogado la miró con algo que se parecía al respeto.

—Cuando su padre me contrató hace quince años, me dijo que algún día su hija necesitaría al mejor abogado de Londres.

—Ajustó su sombrero—.

Pretendo demostrar que tenía razón.

La puerta se cerró tras él.

El silencio regresó.

Más denso ahora.

Más íntimo.

Amelia se apoyó contra el escritorio.

La adrenalina de la estrategia legal se disipaba, dejando al descubierto el agotamiento que llevaba días acumulándose como deuda impagable.

Stefan no se movió.

Simplemente la observó.

—Deberías comer algo tú también.

—No tengo hambre.

—Esa frase está prohibida en esta casa.

—Una sombra de sonrisa cruzó su rostro—.

Nuevas reglas.

Nadie bajo mi techo se salta comidas.

Ni siquiera generales en medio de la guerra.

Amelia lo miró.

El hombre que había construido un imperio desde la nada.

Que había esperado años para cumplir una promesa.

Que había interpuesto su cuerpo entre ella y una turba furiosa esa misma mañana.

—¿Por qué esto se siente tan extraño?

—¿El qué?

—Esto.

—Hizo un gesto abarcando la habitación, la casa, todo—.

Seguridad.

Tener un lugar donde Lilly puede comer galletas sin miedo.

Donde alguien me dice que coma en lugar de decirme que no merezco la comida que tengo en el plato.

Stefan cruzó la distancia entre ellos.

No la tocó.

Solo se detuvo lo suficientemente cerca para que Amelia sintiera el calor que irradiaba su cuerpo.

—Se siente extraño porque llevas años siendo tratada como si no merecieras lo básico.

—Su voz era baja, controlada, pero algo ardía debajo—.

Elizabeth te convenció de que la amabilidad era un lujo.

De que la seguridad era un privilegio que debías ganar cada día.

—¿Y no lo es?

—No.

—La palabra fue definitiva—.

Es lo mínimo.

Y el hecho de que te sorprenda recibirlo dice más sobre ellos que sobre ti.

Amelia sintió la presión detrás de los ojos.

Las lágrimas que se había negado a derramar durante todo el día.

Pero no lloró.

En lugar de eso, enderezó la espalda.

Respiró profundo.

—Cuando esto termine, Stefan, te devolveré cada libra, cada recurso, cada favor.

No seré la deuda de nadie.

—No eres mi deuda.

—Algo cruzó sus ojos, algo que no era compasión ni estrategia—.

Eres mi causa.

El peso de esas palabras llenó el espacio entre ellos como humo.

Amelia no respondió.

No sabía cómo.

Un golpe urgente en la puerta rompió el momento.

Joe entró sin esperar permiso.

Su rostro estaba blanco.

—Señora Crane.

Señor Müller.

Hay un alguacil en la puerta principal.

Trae una orden judicial firmada hace una hora por el juez Hargrove del Tribunal de Familia.

El estómago de Amelia se hundió antes de que Joe terminara.

—Elizabeth ordena la devolución inmediata de Lilly a la residencia Ashworth.

—Joe tragó—.

Tenemos hasta el amanecer para entregarla o seremos acusados de desacato judicial y secuestro de menor.

El reloj del estudio marcó las nueve de la noche.

Faltaban ocho horas para el amanecer.

Y en la cocina, una niña de tres años comía galletas sin saber que el mundo estaba a punto de romperse otra vez.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo