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Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 34

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  4. Capítulo 34 - 34 LA DESPEDIDA
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34: LA DESPEDIDA 34: LA DESPEDIDA Día veintisiete.

Ocho horas para el amanecer.

El documento temblaba en las manos de Amelia.

No porque el papel pesara, sino porque sus dedos habían dejado de obedecerla.

“Por orden del Honorable Juez Hargrove, Tribunal de Familia de Londres, se ordena la devolución inmediata de la menor Lillian Charlotte Ashworth a la residencia de su padre legal, Oliver Ashworth, bajo custodia provisional de Lady Elizabeth Ashworth, hasta que el Tribunal Superior resuelva la moción pendiente sobre la competencia del Magistrado Edmund…” Las palabras se volvían borrosas.

No por las lágrimas.

Por la rabia.

—Una hora.

—Stefan le arrebató el documento con una precisión quirúrgica—.

Elizabeth tardó exactamente una hora después de que recuperaste a Lilly en conseguir esta orden.

Tenía a Hargrove preparado.

Esperando.

—Como una trampa con cebo.

—Amelia sentía que el suelo se licuaba bajo sus pies—.

Nos dejó recoger a Lilly del hospital sabiendo que nos la quitaría esta misma noche.

Joe permanecía en la puerta, rígido como un soldado esperando instrucciones.

—El alguacil dice que esperará una respuesta formal.

Está en el vestíbulo con dos agentes.

Stefan leyó el documento completo.

Línea por línea.

Su rostro se endurecía con cada párrafo como arcilla cociéndose en un horno.

—Es legítimo.

Hargrove tiene jurisdicción.

Y la orden está técnicamente fundamentada: argumenta que Edmund emitió la contraorden de custodia mientras su propia autoridad está siendo cuestionada, lo cual crea un “conflicto de interés procesal.” —Es basura legal y lo sabes.

—Es basura legal brillantemente redactada.

—Stefan dejó el documento sobre el escritorio—.

Alguien con mucho talento escribió esto.

No el abogado habitual de Elizabeth.

Amelia caminó hacia la ventana.

Afuera, la noche londinense era una mancha negra salpicada de faroles.

En algún lugar de esa oscuridad, Elizabeth Ashworth sonreía.

—¿Dónde está Hartley?

—En su despacho.

Intentando blindar la custodia de Edmund.

—Stefan ya caminaba hacia la puerta—.

Joe, envía un mensajero ahora mismo.

Que Hartley lo deje todo y venga inmediatamente.

La situación cambió.

Joe desapareció.

Amelia se quedó sola en el estudio.

Treinta segundos.

Quizás menos.

Treinta segundos durante los cuales el mundo se redujo a una sola imagen: Lilly en la cocina, con migajas de galleta en los labios, creyendo que estaba a salvo.

“Si como rápido, no me la quitan.” La frase de su hija le atravesó el pecho como un clavo ardiente.

Hartley llegó en veintitrés minutos.

Entró al estudio con el abrigo torcido, el cabello desordenado y una expresión que Amelia no le había visto antes.

Miedo.

—Leí la orden en el carruaje.

—Dejó caer su maletín sobre la mesa—.

Es sólida.

Hargrove es conservador, respetado, y tiene un historial impecable.

No es un Thompson.

No podemos desacreditarlo.

—¿Entonces no hay nada que hacer?

—La voz de Amelia salió plana.

Muerta.

—No dije eso.

—Hartley se sentó, frotándose las sienes—.

Hay opciones.

Pero ninguna es buena.

—Habla.

—Opción uno: desafiamos la orden.

No entregamos a Lilly.

—Levantó un dedo—.

Consecuencia: nos acusan de desacato judicial y secuestro de menor.

Amelia va a prisión, esta vez sin fianza.

Stefan es cómplice.

Yo pierdo mi licencia.

Y Lilly termina con Elizabeth de todas formas, pero ahora con una madre en la cárcel y sin abogado.

El silencio fue respuesta suficiente.

—Opción dos: huimos.

Stefan tiene recursos para sacarte del país esta noche con Lilly.

—Segundo dedo—.

Consecuencia: orden de captura internacional.

Pierdes todo derecho legal sobre Lilly para siempre.

Te conviertes en fugitiva.

Elizabeth gana sin necesidad de juicio.

Amelia sintió que algo frío le recorría la columna.

La tentación de tomar a Lilly y correr era tan fuerte que podía saborearla.

Cobre y desesperación en la lengua.

—Opción tres.

—Hartley bajó la voz—.

Cumplimos la orden.

Entregamos a Lilly esta noche.

—No.

—Escúchame.

—Hartley se inclinó hacia adelante—.

Cumplimos la orden, lo cual demuestra al Tribunal Superior que respetamos el proceso legal.

Mañana, presentamos la evidencia de Wickham, el testimonio de Ava, y las pruebas de que Elizabeth manipuló el sistema judicial.

Cuando los tres jueces vean que la mujer que obtuvo esta orden de custodia es la misma que sobornó magistrados y espió tribunales, la orden de Hargrove se desmorona.

Y Lilly vuelve.

Pero esta vez, con una custodia que Elizabeth no podrá tocar.

—¿Cuánto tiempo?

—Si todo sale bien mañana, cuarenta y ocho horas.

Quizás setenta y dos.

—Tres días.

—Amelia cerró los ojos—.

Quieres que entregue a mi hija durante tres días a la mujer que la dejó enfermar de fiebre en un hospital mientras me esposaban.

—Quiero que ganes la guerra, no una batalla.

—Hartley la miró directamente—.

Sé lo que estoy pidiendo.

Sé lo que cuesta.

Pero si desafías esta orden, Elizabeth gana todo.

Para siempre.

Y Lilly crece en esa casa sin ti.

La habitación giró.

Amelia abrió los ojos.

Miró a Stefan.

Él no había hablado.

Estaba de pie junto a la chimenea, inmóvil, con los puños cerrados a los costados.

Cada músculo de su cuerpo irradiaba una tensión que parecía a punto de hacer estallar las costuras de su camisa.

—Stefan.

Él la miró.

—Si me dices que huyamos, lo hago.

Esta noche.

Sin mirar atrás.

—Su voz era roca partida—.

Tengo un barco en Dover que puede estar listo en tres horas.

Casas en Suiza que nadie conoce.

Dinero que ningún tribunal británico puede rastrear.

—¿Pero?

—Pero Hartley tiene razón.

—Las palabras le salieron como si cada una le costara sangre—.

Si huyes, dejas de ser la madre que lucha y te conviertes en la criminal que Elizabeth siempre dijo que eras.

Y Lilly paga ese precio.

Amelia se dejó caer en la silla.

El reloj del estudio marcaba las nueve y cuarenta y un minutos.

Siete horas y diecinueve minutos para el amanecer.

Subió las escaleras sola.

Les pidió a ambos que no la siguieran.

Necesitaba hacer esto sin testigos.

Sin la fortaleza prestada de Stefan.

Sin la lógica implacable de Hartley.

Solo ella y su hija.

La cocina estaba vacía.

Helen había llevado a Lilly a la habitación que habían improvisado como cuarto infantil: la antigua biblioteca del segundo piso, donde Stefan había ordenado instalar una cama pequeña, cortinas gruesas para bloquear la luz de la calle, y una alfombra suave donde Lilly pudiera jugar.

Empujó la puerta.

Lilly estaba en la cama, con su muñeca bajo el brazo y un libro de ilustraciones abierto sobre las rodillas.

Helen la estaba peinando con una suavidad que hizo que los ojos de Amelia ardieran.

—¿Mamá?

—Lilly levantó la vista y sonrió.

Una sonrisa completa.

Sin miedo.

Sin reservas.

La sonrisa de una niña que creía que estaba a salvo.

—Helen, ¿puedes dejarnos un momento?

Helen la miró.

Entendió.

Sus ojos se humedecieron, pero asintió sin palabras y salió cerrando la puerta con cuidado.

Amelia se sentó en el borde de la cama.

Tomó la mano de Lilly.

Era tan pequeña.

Tan tibia.

—Cariño, necesito contarte algo.

Y necesito que seas muy valiente.

Lilly cerró el libro.

—¿Valiente como tú?

El cuchillo giró dentro del pecho de Amelia.

—Más valiente que yo.

—Le acarició el pelo—.

Mañana vas a ir a visitar la casa de la abuela Elizabeth un tiempo.

Los ojos de Lilly se agrandaron.

La sonrisa se evaporó como vapor sobre agua fría.

—No.

—Lilly…

—No quiero.

—Su labio inferior tembló—.

La abuela Elizabeth es mala.

No me deja verte.

Me dice cosas feas de ti.

—Lo sé, mi amor.

Lo sé.

—¿Entonces por qué tengo que ir?

—Las lágrimas empezaron a caer, silenciosas, rodando por mejillas que todavía tenían color de fiebre—.

¿Hice algo malo?

Amelia la tomó en brazos.

La apretó contra su pecho con una fuerza que probablemente era demasiada, pero no podía evitarlo.

Necesitaba sentir el latido de su corazón.

Memorizar su peso.

El olor de su pelo recién lavado.

La forma en que sus bracitos se aferraban a su cuello como si el mundo dependiera de ello.

Porque dependía.

—No hiciste nada malo.

Nada.

Escúchame bien.

—Se separó lo suficiente para mirarla a los ojos—.

Mamá tiene que luchar una batalla muy importante.

Y para ganarla, necesito que tú estés en esa casa unos pocos días.

Solo unos pocos.

—¿Cuántos?

—Tres.

Quizás menos.

—¿Y después vienes a buscarme?

—Después voy a buscarte.

Y cuando lo haga, nadie volverá a separarnos.

Te lo prometo.

—¿Por la luna?

La garganta de Amelia se cerró.

—Por la luna.

Por las estrellas.

Por todo lo que existe.

Lilly la abrazó de nuevo.

Amelia sentía las lágrimas de su hija empapándole el cuello del vestido.

Calientes.

Saladas.

Cada una un recordatorio de lo que Elizabeth Ashworth le estaba costando.

—Mamá.

—¿Sí?

—¿El señor Stefan va a cuidarte mientras yo no estoy?

Algo se rompió dentro de Amelia.

Algo definitivo.

No un hueso ni un músculo.

Algo más profundo.

La última capa de la armadura que había construido para sobrevivir a los Ashworth.

—Sí, cariño.

El señor Stefan me va a cuidar.

—Bien.

—Lilly se limpió la nariz con la manga—.

Porque tú también necesitas que alguien te cuide.

Aunque no lo digas.

Tres años.

Su hija tenía tres años y veía con más claridad que todos los adultos que la rodeaban.

Amelia la meció.

Largo rato.

Minutos que se estiraban como chicle y se contraían como puños.

Cantó bajito la canción que siempre le cantaba para dormir, esa melodía sin nombre que su propia madre le había cantado antes de morir.

Cuando Lilly finalmente se quedó dormida, su respiración acompasándose en ese ritmo lento y confiado de la infancia, Amelia no la soltó.

Se quedó sosteniéndola en la oscuridad.

Escuchando su respiración.

Contando los latidos de su corazón.

Grabándolos en la memoria como quien archiva un documento que no puede permitirse perder.

A las cinco de la mañana, el carruaje de los Ashworth llegó.

No Elizabeth.

No Oliver.

Un cochero y una institutriz que Amelia no reconoció.

Mujer de mediana edad, rostro cerrado, uniforme impecable.

Probablemente contratada esa misma noche.

Stefan abrió la puerta principal.

Su expresión habría hecho retroceder a un ejército.

—La niña sale por esta puerta cuando la señora Crane lo decida.

Ni un segundo antes.

La institutriz asintió sin emoción.

Había sido entrenada para no reaccionar.

Amelia bajó las escaleras con Lilly en brazos.

Su hija estaba despierta, vestida con el abrigo azul, abrazando su muñeca con una fuerza que blanqueaba sus nudillos.

No lloraba.

Su rostro tenía esa expresión que ningún niño debería tener jamás.

Resignación.

Helen lloraba abiertamente en el pasillo, tapándose la boca con el delantal.

Joe estaba junto a ella, su mandíbula trabajando como si masticara vidrio.

Amelia se detuvo frente a la puerta.

El aire de la madrugada era cortante.

El cielo empezaba a clarear por el este, una línea pálida que separaba la noche de un día que Amelia no quería que llegara.

—Tres días.

—Le susurró a Lilly—.

Cuenta los amaneceres.

Cuando cuentes tres, estaré ahí.

—Uno.

—Lilly levantó un dedo diminuto—.

Este es el primero.

Amelia la besó en la frente.

En las mejillas.

En la punta de la nariz.

En cada lugar donde podía imprimir la promesa de que volvería.

Luego la entregó.

Sus brazos se vaciaron.

El peso desapareció.

El calor desapareció.

Todo desapareció.

La institutriz tomó a Lilly con eficiencia mecánica.

La niña no gritó.

No pataleó.

Solo miró a Amelia por encima del hombro de la mujer con esos ojos enormes que decían todo lo que las palabras no podían.

Vuelve por mí.

El carruaje se cerró.

Las ruedas crujieron sobre el empedrado.

El sonido se fue haciendo más débil hasta que la calle quedó en silencio.

Amelia permaneció en la puerta.

El amanecer avanzaba.

La línea pálida se volvía rosa, luego naranja, luego un dorado cruel que iluminaba una ciudad que seguía funcionando como si nada hubiera pasado.

Los pájaros cantaban.

El mundo no se había detenido.

Pero algo dentro de Amelia sí.

No supo cuánto tiempo pasó.

Minutos.

Quizás más.

Stefan apareció a su lado.

No habló.

No la tocó.

Simplemente se paró junto a ella en la puerta abierta, mirando la calle vacía.

Fue Amelia quien rompió el silencio.

—Voy a destruirla.

Su voz no tembló.

No se quebró.

Sonó como algo nuevo.

Algo que no existía ayer.

Metal templado en el fuego de lo imperdonable.

—Voy a destruir a Elizabeth Ashworth con tanta precisión y tanta frialdad que cuando termine, no quedará piedra sobre piedra de todo lo que construyó.

No solo su reputación.

No solo su fortuna.

Su nombre.

Su legado.

La memoria que el mundo tenga de ella.

Stefan la miró.

—Lo sé.

—No quiero compasión.

No quiero consuelo.

—Se volvió hacia él.

Sus ojos estaban secos.

Completamente secos—.

Quiero el plan.

Cada detalle.

Cada ángulo.

Cada debilidad que hayas encontrado en treinta años odiando a esa familia.

Los quiero todos.

Ahora.

—Están en el estudio.

Esperándote.

—Entonces vamos.

Amelia entró a la casa.

La puerta se cerró tras ella con un golpe que resonó en el vestíbulo vacío.

No miró hacia atrás.

Porque la mujer que miraba hacia atrás, la que dudaba, la que pedía permiso, la que aceptaba migajas de dignidad como si fueran festines, esa mujer había salido por la puerta con Lilly en el carruaje.

La que quedaba era otra.

Y Elizabeth Ashworth no tenía la menor idea de lo que se acercaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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