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Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 36

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  4. Capítulo 36 - 36 EL TRIBUNAL DE LA VERDAD
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36: EL TRIBUNAL DE LA VERDAD 36: EL TRIBUNAL DE LA VERDAD Día veintiocho.

Ocho días restantes.

El vestido era azul marino.

Casi negro.

Sin adornos.

Amelia lo había elegido anoche con la precisión de un general seleccionando armadura.

No el color de una víctima.

No el blanco virginal que sugería inocencia desesperada.

Azul oscuro.

El color de la autoridad.

De la competencia.

De una mujer que no pedía piedad.

Se lo abrochó hasta el cuello.

Cada botón era una declaración de guerra.

Helen apareció en la puerta con té que Amelia no había pedido pero que bebió de todas formas.

El líquido estaba demasiado caliente.

Quemaba.

Bien.

Necesitaba estar despierta.

Alerta.

Sin un solo segundo de debilidad.

—El señor Stefan la espera abajo.

—Bajo en cinco minutos.

Cuando Helen se fue, Amelia se miró al espejo.

La mujer que le devolvió la mirada no era la esposa Ashworth que había aceptado migajas de dignidad durante tres años.

Era otra cosa.

Más afilada.

Más peligrosa.

Tenía ojeras que el maquillaje no podía ocultar completamente.

Pero eso estaba bien.

Que vieran el costo.

Que vieran que una madre sin dormir por su hija era más formidable que cualquier aristócrata descansada.

Se puso los guantes.

Negros.

De cuero fino.

Bajó las escaleras.

Stefan esperaba en el vestíbulo con Hartley.

Ambos vestidos de negro formal.

Parecían abogados de un funeral.

Apropiado.

Hoy enterrarían la credibilidad de Elizabeth Ashworth.

—¿Lista?

—Stefan le ofreció el brazo.

—Nací lista.

El carruaje que esperaba afuera era diferente al usual.

Más sobrio.

Sin el escudo de armas de Stefan grabado en la puerta.

Anónimo.

Estratégico.

—La prensa estará en la entrada del tribunal.

—Hartley revisaba documentos mientas hablaba—.

No respondas ninguna pregunta.

Camina directo.

Cabeza alta.

Sin expresión.

—Entendido.

El trayecto fue silencio absoluto.

Amelia miraba por la ventana sin ver realmente Londres.

Su mente repasaba cada detalle.

Cada testimonio.

Cada documento.

El orden de presentación.

Las objeciones anticipadas de Whitmore.

Y bajo todo eso, como corriente subterránea constante: Lilly.

Dos amaneceres.

Uno ya contado.

Faltaba uno más después de hoy.

El Tribunal Superior de Justicia se alzaba como catedral secular.

Columnas de piedra gris.

Escaleras que parecían diseñadas para que los suplicantes llegaran jadeando, ya derrotados por el ascenso.

La multitud rugió al verla descender del carruaje.

Flashes.

Gritos.

Preguntas que se mezclaban en cacofonía indistinguible.

Amelia no corrió.

No se cubrió el rostro.

Caminó con Stefan a su derecha, Hartley a su izquierda, como flancos de una formación militar atravesando territorio hostil.

Las escaleras parecían interminables.

Finalmente, las puertas de roble macizo.

Silencio.

La Sala Tres del Tribunal Superior olía a cera de vela apagada y ambición contenida.

Tres jueces presidían desde un estrado elevado.

El del centro era Lord Pemberton, sesenta y tantos años, expresión que sugería que había visto demasiadas mentiras para impresionarse con una más.

A su izquierda, Lady Ashford, primera mujer juez del Tribunal Superior, conocida por su desdén hacia el sentimentalismo.

A su derecha, Sir George Cavanaugh, el más joven de los tres, con reputación de ser implacable con la corrupción.

Elizabeth estaba sentada al otro lado de la sala.

Vestido gris perla.

Perlas en el cuello.

Postura perfecta.

Máscara imperturbable.

Whitmore ordenaba papeles con la eficiencia de quien ya había ganado en su mente.

Pero cuando Amelia entró, algo cambió en el aire.

Elizabeth la vio.

Sus ojos se encontraron.

Y por primera vez en todas estas semanas, Amelia no apartó la mirada.

La sostuvo.

Cinco segundos.

Diez.

Hasta que fue Elizabeth quien parpadeó primero.

Victoria microscópica.

Pero victoria al fin.

Lord Pemberton golpeó su martillo.

—Tribunal en sesión.

Caso número 1847-SC.

Moción de emergencia presentada por Lady Elizabeth Ashworth solicitando la invalidación de órdenes judiciales emitidas por Sir Edmund Blackwell, Magistrado de la Corona, bajo alegación de conflicto de interés y prejuicio personal.

Su voz llenaba la sala sin esfuerzo.

—Señor Whitmore, su apertura.

Whitmore se puso de pie.

Impecable.

Seguro.

—Su Señoría, este caso es simple.

Un magistrado con enemistad personal documentada hacia mi clienta ha abusado de su posición para perseguir venganza disfrazada de justicia.

Las órdenes emitidas por Sir Edmund deben ser invalidadas y…

—Ahorrémonos el teatro.

—Lady Ashford lo interrumpió con voz que cortaba como bisturí—.

Hemos leído su moción.

Presente evidencia o siéntese.

Whitmore se tensó imperceptiblemente.

—Por supuesto, Su Señoría.

La defensa llama a…

—Un momento.

—Hartley se puso de pie—.

Antes de que el señor Whitmore presente su caso contra Sir Edmund, este tribunal debe escuchar evidencia de por qué esa moción existe en primer lugar.

Pemberton se reclinó.

—Explíquese.

—La moción de Lady Ashworth no es defensa legítima de proceso judicial.

Es maniobra desesperada para ocultar su propia manipulación sistemática del sistema legal.

—Hartley extendió documento—.

Solicitamos presentar evidencia de conspiración criminal antes de proceder.

Whitmore se levantó de golpe.

—¡Objeción!

Esto no es juicio criminal.

Es audiencia sobre competencia judicial.

—Y nosotros argumentamos que la competencia de Sir Edmund es irrelevante si quien la cuestiona es criminal convicta.

—Hartley no cedió—.

El tribunal tiene derecho a conocer el carácter de quien solicita invalidación.

Silencio.

Los tres jueces intercambiaron miradas.

Sir George habló primero.

—Es…

irregular.

Pero no sin precedente.

—Miró a sus colegas—.

Moción Carlisle versus la Corona, 1823.

Lady Ashford asentía lentamente.

—Si hay evidencia de que la parte solicitante actuó de mala fe, podemos considerarla antes de proceder con el mérito de la moción.

Pemberton golpeó el martillo.

—Permitido.

Señor Hartley, tiene una hora.

Use su tiempo sabiamente.

Elizabeth palideció.

Apenas.

Pero Amelia lo vio.

Hartley abrió su carpeta como si estuviera revelando cartas ganadoras.

—Llamamos a Joseph Wright.

Joe entró con el traje que Stefan le había comprado ayer.

Demasiado nuevo.

Demasiado formal para un mayordomo.

Pero su postura era digna mientras tomaba asiento en el estrado de testigos.

Hartley comenzó suave.

—Señor Wright, ¿cuánto tiempo trabajó para la familia Ashworth?

—Veinticuatro años, señor.

—¿Y por qué dejó su empleo?

Joe miró directamente a Elizabeth.

—Porque descubrí que estaba sirviendo a criminales.

Murmullo en la sala.

Pemberton golpeó para silencio.

—Explique.

Joe explicó.

Los documentos ocultos.

Las transacciones fraudulentas.

Las conversaciones que había escuchado “accidentalmente” durante años.

La orden de asesinato contra un testigo que Williams había firmado en su propia sala.

Whitmore objetó seis veces.

Todas fueron denegadas.

Cuando Joe terminó, el aire de la sala había cambiado.

Denso.

Cargado.

Hartley llamó a su segundo testigo.

—Thomas Wickham.

El secretario judicial entró como hombre caminando al patíbulo.

Treinta kilos más delgado que en las fotografías.

Ojeras profundas.

Manos temblando.

—Señor Wickham, ¿conoce a Lady Elizabeth Ashworth?

—Sí.

—¿Cómo?

Wickham tragó saliva.

—Ella me contrató.

Hace dos años.

Para informarle sobre casos que pasaban por la oficina del Magistrado Collins.

Silencio absoluto.

—¿Qué tipo de información?

—Mociones presentadas por adversarios de los Ashworth.

Fechas de audiencia.

Evidencia presentada bajo sello.

Todo.

—Su voz se quebró—.

Me pagaba mil libras al mes.

—¿Y cómo pagaba?

Hartley presentó los documentos bancarios.

Cuenta tras cuenta.

Transferencias regulares desde empresa fantasma controlada por Elizabeth.

Lady Ashford estudió los papeles con expresión de granito.

—Esto es…

extraordinariamente grave.

Sir George miraba a Elizabeth con algo que se parecía al asco.

—Continúe, señor Hartley.

El testimonio de Wickham duró cuarenta minutos.

Cada pregunta era clavo en el ataúd de Elizabeth.

Cada respuesta, confesión de corrupción sistemática.

Whitmore intentó contrainterrogar.

Atacó la credibilidad de Wickham.

Su motivación para confesar.

Su propio papel en el esquema.

Pero el daño estaba hecho.

Los tres jueces habían visto suficiente.

Hartley llamó a su testigo final.

—Ava Ashworth.

Elizabeth se puso de pie violentamente.

—¡Esa mujer no tiene autoridad para testificar contra su propia familia!

Pemberton la miró con frialdad que haría temblar piedra.

—Siéntese, Lady Ashworth.

O será removida.

Elizabeth se sentó.

Pero algo salvaje brillaba en sus ojos ahora.

Ava entró vestida de negro simple.

Sin joyas.

Sin maquillaje.

Parecía monja arrepentida.

Tomó asiento.

Juró decir la verdad.

Hartley fue directo.

—Señorita Ashworth, ¿su madre le ordenó contratar a Thomas Wickham?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Hace dos años.

Cuando yo tenía diecinueve.

—Ava miraba sus manos—.

Me dijo que era para “proteger los intereses familiares.” No pregunté más.

—¿Sabía para qué lo usaría?

—Sospechaba.

Pero no quise ver.

—¿Por qué testifica ahora?

Ava levantó la vista.

Miró a Elizabeth.

—Porque estoy cansada.

Cansada de ser herramienta.

Cansada de que mi valor dependa de a quién puedo lastimar.

Cansada de despertarme cada día sabiendo que soy cómplice de monstruosidades.

Las palabras colgaban en el aire como sentencia.

Whitmore intentó destrozarla en el contrainterrogatorio.

Atacó cada inconsistencia.

Cada mentira que había dicho.

Cada traición que había cometido.

Ava no se quebró.

—Tiene razón.

He mentido.

He traicionado.

He sido exactamente el monstruo que mi madre me entrenó para ser.

—Voz firmemente—.

Pero ya no.

Cuando terminó, Hartley cerró su carpeta.

—No tenemos más testigos, Su Señoría.

Pemberton miró a Whitmore.

—¿Desea presentar su caso?

Whitmore se puso de pie.

Pero la confianza había desaparecido.

—Su Señoría, la evidencia presentada, aunque…

perturbadora…

no cambia el hecho de que Sir Edmund tiene conflicto de interés documentado…

—Señor Whitmore.

—Lady Ashford lo interrumpió—.

Acabamos de escuchar testimonio de conspiración criminal organizada por su clienta para manipular el sistema judicial.

¿Realmente desea argumentar que el magistrado que la investigó es quien tiene conflicto de interés?

Silencio.

—Receso de treinta minutos para deliberación.

—Pemberton golpeó el martillo.

La espera fue agonía condensada.

Amelia se quedó en su asiento.

No podía moverse.

Stefan estaba junto a ella.

Hartley organizaba documentos con movimientos mecánicos.

Elizabeth había salido de la sala.

Whitmore con ella.

Veintinueve minutos.

Los jueces regresaron.

Pemberton habló sin preliminares.

—Hemos revisado la evidencia presentada.

El testimonio de Joseph Wright, Thomas Wickham y Ava Ashworth, combinado con documentación bancaria, establece patrón claro de manipulación judicial sistemática por parte de Lady Elizabeth Ashworth.

Pausa.

—La moción para invalidar las órdenes de Sir Edmund Blackwell es DENEGADA.

Las órdenes permanecen en pleno efecto.

Adicionalmente, este tribunal está remitiendo evidencia presentada hoy al Fiscal de la Corona para investigación criminal contra Lady Elizabeth Ashworth por cohecho, obstrucción de justicia y conspiración.

El martillo cayó.

—Tribunal levantado.

Amelia no se movió.

Había ganado.

Hartley la tomó del brazo.

—Lo hiciste.

Ganaste.

Pero algo estaba mal.

Elizabeth no estaba en la sala.

Whitmore tampoco.

Amelia se volvió hacia la puerta justo cuando un mensajero entraba corriendo, buscando entre la multitud hasta que la vio.

—¿Señora Crane?

—Sí.

Le extendió sobre sellado.

Amelia lo abrió con dedos que de repente no querían funcionar.

La nota era breve.

La caligrafía de Elizabeth.

“Victoria hueca, querida.

Porque mientras celebrabas en tu tribunal, yo tomé lo que realmente importa.

Lilly y yo hemos partido.

A un lugar donde tus órdenes judiciales no significan nada.

Disfruta tu papel vacío.” El mundo se detuvo.

Stefan leyó sobre su hombro.

—Maldita sea.

Hartley ya estaba corriendo hacia la salida, gritando algo sobre órdenes de localización.

Pero Amelia sabía.

Elizabeth había jugado su última carta.

Y era la única que importaba.

Había ganado la batalla legal.

Pero Lilly había desaparecido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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