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Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 4

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  4. Capítulo 4 - 4 CAPÍTULO 4 VENENO DULCE
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4: CAPÍTULO 4: VENENO DULCE 4: CAPÍTULO 4: VENENO DULCE Día tres de la cuenta regresiva.

Veintisiete días para encontrar la manera de no perder a Lilly.

La reunión con Thomas Hartley había sido un rayo de luz atravesando la oscuridad: «Difícil, pero no imposible».

Los documentos que Stefan le había entregado —fraude, evasión, secretos enterrados— podían ser la clave que abriera una puerta que todos creían sellada para siempre.

Pero todo requería tiempo.

Tiempo para investigar cada documento, para construir un caso sólido que ningún juez pudiera ignorar.

Y el tiempo se escurría entre sus dedos como arena en un reloj que nadie podía detener.

Esta mañana, Amelia se había propuesto pasar cada minuto disponible con su hija.

Elizabeth había impuesto nuevas «reglas» sobre las visitas maternas —como si Amelia necesitara permiso para ver a su propia sangre—, pero la institutriz había hecho la vista gorda cuando apareció en el cuarto de juegos antes del horario permitido.

Lilly estaba sentada en el suelo alfombrado, rodeada de muñecas de porcelana francesa que costaban más de lo que muchas familias ganaban en un año.

Al ver a su madre aparecer en el umbral, su rostro se iluminó con esa sonrisa que hacía que todo el dolor del mundo valiera la pena soportarlo.

—¡Mamá!

—Corrió hacia ella con los brazos abiertos y las piernas todavía torpes de la infancia—.

¡Viniste!

Amelia la levantó en brazos con una fuerza que no sabía que todavía poseía, respirando profundamente el aroma a lavanda de su cabello, memorizando el peso exacto de su pequeño cuerpo contra el suyo, grabando en su memoria cada detalle de este momento por si fuera uno de los últimos que pudieran compartir.

—Siempre vendré, mi amor.

Siempre.

No importa lo que pase.

Se sentaron juntas en la alfombra persa.

Lilly le mostró cada una de sus muñecas con la seriedad de una coleccionista presentando tesoros invaluables, inventó historias elaboradas sobre princesas que luchaban contra dragones, preguntó por centésima vez por qué el cielo era azul y por qué los pájaros podían volar.

Momentos ordinarios que ahora se sentían extraordinarios, preciosos, frágiles como cristal fino.

—Mamá.

—La voz de Lilly se volvió seria de repente, sus ojos grandes buscando los de Amelia—.

¿Por qué la abuela dice cosas feas de ti?

El corazón de Amelia se detuvo en seco.

—¿Qué cosas, cariño?

¿Qué te ha dicho la abuela?

Lilly jugueteó con el vestido de una muñeca, evitando los ojos de su madre con esa evasión instintiva de los niños que saben que están tocando un tema prohibido.

—Dice que no eres una buena mamá.

Que no sabes cuidarme bien porque no naciste en una familia importante.

—Su labio inferior comenzó a temblar—.

Dice que la señorita Charlotte va a ser mi nueva mamá pronto, y que ella sí sabe hacer las cosas como una señora de verdad.

Elizabeth.

Por supuesto que era Elizabeth.

Envenenando a una niña de tres años con mentiras calculadas, plantando semillas de duda en un corazón demasiado joven para entender la crueldad de los adultos.

—Lilly, mírame.

—Amelia tomó el rostro de su hija entre sus manos con toda la gentileza que pudo reunir—.

¿Tú crees que soy una mala mamá?

La niña negó con la cabeza con vehemencia, los ojos brillantes de lágrimas contenidas.

—No, mamá.

Eres la mejor mamá del mundo entero.

—Entonces eso es lo único que importa.

Lo único.

—La abrazó con fuerza, quizás demasiada fuerza, pero no podía evitarlo—.

La gente a veces dice cosas que no son verdad, cariño.

A veces los adultos hacen cosas que están mal, incluso los adultos que deberían saber comportarse mejor.

—¿Como la abuela?

Amelia vaciló.

¿Cómo explicarle a una niña de tres años que su propia abuela era un monstruo envuelto en seda y perlas?

—A veces las personas están muy confundidas sobre lo que está bien y lo que está mal.

Pero tú y yo sabemos la verdad.

Te amo más que a nada en el mundo, y absolutamente nada va a cambiar eso jamás.

La puerta del cuarto de juegos se abrió de golpe, sin aviso.

Elizabeth entró como si el lugar fuera exclusivamente suyo, seguida de Charlotte, que al menos tuvo la decencia de parecer incómoda con la situación.

—Ah, aquí estás.

La institutriz me informó que estabas visitando.

Creí que habíamos acordado horarios específicos para tus encuentros con la niña.

—Es mi hija, Elizabeth.

No necesito cita previa para verla.

—Por ahora.

—La amenaza en la voz de la matriarca fue clara como el cristal—.

Charlotte, querida, ¿por qué no te sientas con Lilly?

Es importante que vayan creando un vínculo.

Charlotte avanzó con pasos vacilantes, su sonrisa forzada dirigida a la niña.

—Hola, Lilly.

¿Te gustaría que jugáramos juntas con tus muñecas?

Lilly se apretó más contra el cuerpo de su madre, escondiendo el rostro en su cuello, sus pequeños dedos aferrándose al vestido de Amelia.

—No quiero.

Quiero estar con mi mamá.

Ella es mi mamá, no tú.

El rostro de Elizabeth se endureció como el mármol que pisaba.

—Lilly, no seas maleducada.

Charlotte será parte de esta familia muy pronto.

—Elizabeth.

—La voz de Amelia salió acerada, cortante como una hoja—.

Tiene tres años.

Es una niña.

Déjala en paz.

—¿Y tú qué sabes de criar a una Ashworth?

—Elizabeth se acercó y bajó la voz hasta convertirla en un susurro venenoso—.

Escúchame bien.

Esa niña lleva nuestro apellido.

Vivirá en nuestra casa.

Será criada según nuestros estándares.

Tú no eres más que un error lamentable que mi hijo cometió cuando estábamos desesperados por dinero.

Un error que ahora corregiremos.

Monstruo.

La palabra ardía en la garganta de Amelia, luchando por salir.

Quería gritar hasta quedarse sin voz.

Quería abofetear esa sonrisa satisfecha.

Quería tomar a Lilly en brazos y huir de esta mansión maldita.

Pero no podía.

Todavía no.

No sin las armas adecuadas.

—Lilly, cariño.

—Se separó suavemente de su hija, limpiándole una lágrima que había escapado por su mejilla—.

Mamá tiene que irse ahora, pero volveré muy pronto.

¿Me prometes que serás valiente?

La niña asintió con solemnidad, aunque su labio inferior seguía temblando.

—Te quiero, mamá.

Te quiero hasta la luna.

—Y yo a ti, mi vida.

Hasta la luna y de vuelta.

Más de lo que nunca podrás imaginar.

Amelia salió del cuarto de juegos con la cabeza alta.

Caminó por el pasillo alfombrado hasta que dobló la esquina y estuvo fuera de cualquier vista.

Entonces se derrumbó.

Se apoyó contra la pared empapelada de seda y lloró.

Lloró por su hija confundida y asustada.

Por su matrimonio que había sido una mentira desde el primer día.

Por la vida que había imaginado y que se había derrumbado como un castillo de naipes.

—Señora.

La voz de Joe la sobresaltó.

El mayordomo estaba de pie a unos metros, su expresión mezclando preocupación genuina y determinación.

—No tiene que explicar nada, señora.

—Miró a su alrededor para asegurarse de que estaban solos—.

Tengo algo importante para usted.

Helen y yo hemos estado observando.

Escuchando.

Tomando notas.

Le extendió un papel cuidadosamente doblado.

Era una lista.

Nombres que no reconocía.

Fechas que se remontaban años atrás.

Cantidades de dinero considerables.

Pagos realizados a personas desconocidas, transacciones que claramente alguien quería mantener ocultas.

—¿Qué es exactamente esto, Joe?

—Registros que el señor Williams guarda bajo llave en el cajón secreto de su escritorio.

Helen los copió esta mañana mientras limpiaba.

—Joe la miró directamente a los ojos con una intensidad que Amelia nunca había visto en él—.

No sé qué significan, señora, pero sé con certeza que la familia no querría que nadie los viera jamás.

Pensé que quizás su amigo podría encontrarles uso.

Stefan.

Por supuesto que se refería a Stefan.

—Joe…

si los descubren haciendo esto…

—Helen y yo llevamos veinte años sirviendo en esta casa, señora.

Veinte años viendo cómo los Ashworth tratan a quienes consideran inferiores.

—La mandíbula del mayordomo se tensó visiblemente—.

Usted fue la primera persona que nos trató como seres humanos dignos de respeto.

La primera que recordó nuestros nombres, que preguntó por nuestras familias.

Eso no se olvida, señora.

Algunas deudas no se pagan con dinero.

Amelia guardó el papel en el bolsillo oculto de su falda, sintiendo cómo algo fundamental cambiaba en su interior.

El llanto había limpiado parte de la desesperación que la ahogaba, y en el espacio vacío comenzaba a crecer algo completamente diferente.

Algo más fuerte y más peligroso.

Determinación pura y cristalina.

Elizabeth podía envenenar la mente de su hija con mentiras elaboradas.

Oliver podía instalar a su amante bajo el mismo techo sin vergüenza alguna.

Los abogados podían citar leyes escritas hace siglos por hombres que consideraban a las mujeres como propiedades.

Pero Amelia tenía algo que ninguno de ellos esperaba.

Tenía aliados en los lugares más inesperados.

Tenía secretos que podrían hacer temblar los cimientos del imperio Ashworth.

Y tenía una razón para luchar que valía más que todo el oro de Inglaterra.

Veintisiete días.

Era tiempo suficiente para encender un fuego que consumiría todo a su paso.

Y Amelia estaba completamente lista para ver arder el mundo de quienes la habían subestimado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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