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Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 40

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  4. Capítulo 40 - 40 SANGRE NUEVA
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40: SANGRE NUEVA 40: SANGRE NUEVA Día treinta.

Seis días restantes.

El carruaje traqueteaba hacia Londres mientras el cielo se teñía de púrpura.

Lilly no soltaba a Amelia.

Tres horas de viaje y sus brazos pequeños seguían aferrados al cuello de su madre como si el mundo fuera a arrebatársela nuevamente.

Amelia la sostenía.

Sin moverse.

Sin hablar demasiado.

Solo respirando el olor de su cabello.

Sintiendo el peso cálido contra su pecho.

Prueba de que era real.

De que había ganado.

Stefan observaba desde el asiento opuesto.

Su expresión era algo que Amelia no podía descifrar.

Suave.

Casi vulnerable.

Como si estuviera viendo algo que le recordaba por qué peleaba.

Lilly finalmente habló.

Voz pequeña contra el hombro de Amelia.

—La abuela dijo que estabas enferma.

El cuerpo de Amelia se tensó.

—¿Qué más dijo?

—Que las mamás enfermas no pueden cuidar niñas.

—Lilly se separó lo suficiente para mirarla—.

Pero tú no pareces enferma.

—No lo estoy, mi amor.

—Entonces la abuela mintió.

La palabra salió tan natural.

Tan clara.

Amelia intercambió mirada con Stefan.

—A veces los adultos dicen cosas que no son verdad porque tienen miedo.

—¿De qué tiene miedo la abuela?

—De perderte.

Lilly consideró esto con seriedad de anciana atrapada en cuerpo de tres años.

—Pero yo no soy de ella.

Soy tuya.

Algo se rompió y se recompuso simultáneamente en el pecho de Amelia.

—Sí.

Eres mía.

—¿Y nunca más me dejarás ir?

La promesa era imposible.

El mundo no funcionaba así.

Pero Amelia la hizo de todas formas.

—Nunca más.

Lilly asintió.

Satisfecha.

Y finalmente, por primera vez en tres días, cerró los ojos.

Se durmió en segundos.

El silencio que cayó era sagrado.

Stefan habló en voz baja.

—Es fuerte.

—Tuvo que serlo.

—Como su madre.

Amelia miró por la ventana.

Las luces de Londres comenzaban a aparecer en la distancia.

—No sé si soy fuerte o si simplemente no tuve opción.

—La fortaleza es exactamente eso.

Seguir cuando no tienes opción.

El carruaje entró a la ciudad mientras la noche se instalaba completamente.

La residencia de Stefan olía a cera de vela y algo que Helen había cocinado.

Cuando entraron, la mujer esperaba en el vestíbulo con expresión que mezclaba alivio y algo parecido a la ternura materna.

—Señorita Lilly.

—Su voz era susurro—.

Bienvenida a casa.

Lilly se aferró más fuerte a Amelia.

—¿Dónde está mi habitación?

—Arriba.

—Helen señaló—.

La misma donde dormiste antes.

Con tu muñeca esperando.

Los ojos de Lilly se iluminaron.

—¿Lady Penélope?

—Exactamente donde la dejaste.

Amelia subió las escaleras con Lilly todavía en brazos.

Stefan y Helen los seguían.

La habitación del tercer piso estaba exactamente como la habían dejado.

La cama hecha.

La muñeca contra las almohadas.

El libro de ilustraciones en la mesita.

Como si el tiempo se hubiera detenido esperándola.

Lilly se bajó finalmente.

Corrió hacia la cama.

Tomó a Lady Penélope y la apretó contra su pecho.

—Estás aquí.

Estás aquí.

Hablaba con la muñeca.

Pero Amelia sabía que hablaba consigo misma.

Confirmando que esto era real.

Helen trajo leche tibia y galletas que Lilly comió sentada en la cama, con las piernas cruzadas, contándole a Lady Penélope sobre “la casa grande y fría donde la abuela no sonreía nunca.” Amelia se quedó en la puerta.

Observando.

Memorizando.

Este momento donde su hija estaba a salvo.

Alimentada.

En casa.

Stefan apareció junto a ella.

—Deberías descansar.

—Después.

—Amelia no apartaba la vista de Lilly—.

Todavía no.

Cuando Lilly finalmente bostezó, Helen la ayudó a cambiarse al camisón.

La metió bajo las mantas con la delicadeza de quien había sido niñera en otra vida.

—¿Mamá se queda?

—Lilly preguntó con ojos ya cerrándose.

—Estoy aquí.

—Amelia se sentó en el borde de la cama—.

No voy a ningún lado.

—Promételo.

—Te lo prometo.

Lilly durmió en minutos.

Amelia permaneció ahí.

Mano sobre la manta.

Sintiendo la respiración subir y bajar.

No sabía cuánto tiempo pasó.

Pero cuando finalmente se puso de pie, sus piernas protestaron.

Stefan esperaba en el pasillo.

—Ven.

Necesitas comer algo.

—No tengo hambre.

—No es negociable.

La guió hacia el comedor donde Helen había dejado platos cubiertos.

Sopa.

Pan.

Queso.

Amelia comió mecánicamente mientras Stefan bebía vino en silencio.

—Gracias.

—Las palabras salieron finalmente—.

Por todo.

—No me agradezcas todavía.

—¿Por qué no?

Stefan giró la copa entre sus dedos.

—Porque Elizabeth no se rinde.

Recuperaste a Lilly.

Pero la guerra no ha terminado.

Como si sus palabras hubieran invocado la tormenta, Joe entró con sobre sellado.

—Llegó mensajero.

Urgente.

Stefan lo abrió.

Leyó.

Su expresión se endureció.

—¿Qué?

—Amelia dejó la cuchara.

Stefan le pasó el papel.

Era anuncio público.

Impreso en papel costoso con letras elegantes.

“Lord y Lady Ashworth se complacen en anunciar el esperado embarazo de Charlotte Ashworth, esposa de su amado hijo Oliver.

La familia celebra la llegada del futuro heredero Ashworth, previsto para la primavera de 1848.

La boda formal entre Oliver y Charlotte se adelantará al próximo mes para asegurar la legitimidad del niño.” Amelia leyó las palabras dos veces.

Tres.

Su mente procesaba implicaciones como ajedrecista calculando tablero.

—Un heredero.

—Conveniente.

—Stefan tomó el anuncio de sus manos—.

Justo cuando Elizabeth necesitaba desesperadamente buenas noticias.

—Demasiado conveniente.

—¿Crees que es falso?

Amelia consideró.

Charlotte había anunciado el embarazo hace días según el contexto.

Pero esto era diferente.

Esto era declaración pública.

Apuesta masiva.

—No lo sé.

—Admitió finalmente—.

Pero el timing…

—Es perfecto para ellos.

—Stefan completó—.

Las acciones se estabilizarán.

La sociedad se ablandará.

Un bebé en camino genera simpatía automática.

—Y Elizabeth puede presionar para que Lilly pase tiempo con su “futuro hermanito.” —Amelia sintió el cansancio aplastándola—.

Argumento de “familia unida.” —Que cualquier juez con sentido común rechazará dado el historial de Elizabeth.

—A menos que el juez sea comprado.

Silencio.

Stefan llenó su copa nuevamente.

—¿Qué quieres hacer?

Amelia miró el anuncio.

Las letras danzaban frente a sus ojos.

Un heredero.

Un hijo de Oliver.

El hijo que ella nunca le había dado.

El vacío que Charlotte ahora llenaba.

—Quiero…

—Su voz se quebraba—.

Quiero tomar a Lilly y desaparecer.

Ir donde Elizabeth nunca nos encuentre.

Donde los Ashworth sean solo pesadilla que olvidamos.

—Pero no lo harás.

—No.

—Amelia endureció la columna—.

Porque huir enseñaría a Lilly que los monstruos ganan.

Que la única respuesta al abuso es esconderse.

Se puso de pie.

—Voy a verificar ese embarazo.

Si es real, encontraré forma de neutralizar su impacto.

Si es falso…

—Si es falso, los destruyes.

—Exacto.

Stefan sonrió.

Frío.

Apreciativo.

—Ahí está.

La estratega que necesitaba ver.

Amelia tomó el anuncio.

Lo dobló con precisión militar.

—Mañana empezamos.

Investigación completa.

Médico de Charlotte.

Registros.

Testigos.

—Ya estoy en ello.

—Stefan señaló hacia el estudio—.

Hartley está redactando solicitudes discretas.

Tendremos información en cuarenta y ocho horas.

—Bien.

Amelia caminó hacia las escaleras.

En el umbral, se detuvo.

—Stefan.

—¿Sí?

—Cuando esto termine.

Cuando Elizabeth sea destruida y Lilly esté a salvo permanentemente…

—Hizo pausa—.

¿Qué harás?

La pregunta colgaba en el aire como humo.

Stefan la miró.

Realmente la miró.

—No lo sé.

—Honestidad brutal—.

Nunca pensé más allá de ganar.

—Yo tampoco.

—Pero quizás…

—Se detuvo.

Reinició—.

Quizás deberíamos empezar a pensar.

Algo pasó entre ellos.

Invisible pero tangible.

Una promesa no dicha.

Un futuro posible.

Amelia asintió.

—Buenas noches, Stefan.

—Buenas noches, Amelia.

Subió las escaleras.

En la habitación de Lilly, se detuvo en la puerta.

Su hija dormía pacíficamente.

Lady Penélope abrazada.

Cabello esparcido sobre la almohada.

A salvo.

En casa.

Amelia cerró los ojos.

Contó los días desde que todo había comenzado.

Treinta días.

De esposa sumisa a estratega en guerra.

De víctima a jugadora.

De ceniza a brasas que esperaban el momento de convertirse en llamas.

Pensó en el anuncio de Charlotte.

Un heredero.

Elizabeth creía que esto cambiaría el juego.

Que un bebé en camino la salvaría.

Pero Amelia sabía algo que Elizabeth había olvidado.

Los herederos podían ser armas.

Y ella estaba aprendiendo a usar cada arma disponible.

En una mansión al oeste de Londres, Elizabeth Ashworth leía la misma carta que había enviado a la prensa.

El anuncio del embarazo.

Su última carta.

Su salvación.

Charlotte estaba junto a ella.

Pálida.

Silenciosa.

—¿Estás segura?

—Elizabeth no la miraba.

—Sí.

—Porque si esto es mentira…

—No es mentira.

—La voz de Charlotte era firme—.

Estoy embarazada.

Elizabeth finalmente levantó la vista.

Estudió a su nuera con ojos que veían demasiado.

—Bien.

Entonces mañana visitamos al médico.

Confirmaremos públicamente.

Y Amelia Crane descubrirá que recuperar a su hija fue victoria hueca.

Charlotte asintió.

Pero cuando se fue, Elizabeth permaneció sola en su estudio.

Mirando el anuncio.

Y en algún lugar bajo la máscara perfecta, una duda pequeña se retorcía.

Porque Charlotte había tardado tres segundos en responder.

Tres segundos demasiado largos.

Y Elizabeth Ashworth no había llegado donde estaba ignorando detalles.

Pero no importaba.

Real o falso, el anuncio estaba hecho.

El juego continuaba.

Y esta vez, Elizabeth no perdería.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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