Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 5

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta
  4. Capítulo 5 - 5 CAPÍTULO 5 EL HOMBRE QUE NO SE VENDE
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

5: CAPÍTULO 5: EL HOMBRE QUE NO SE VENDE 5: CAPÍTULO 5: EL HOMBRE QUE NO SE VENDE Día cuatro.

Veintiséis días restantes.

El despacho de Thomas Hartley no se parecía en nada a los que Amelia había conocido durante su matrimonio con los Ashworth.

No había paneles de caoba importada ni retratos de antepasados mirando con desdén desde las paredes.

Solo estantes repletos de libros gastados por el uso, pilas de expedientes que amenazaban con derrumbarse, y un escritorio de roble que había visto mejores décadas.

Stefan la esperaba en la entrada del edificio, tal como había prometido en su nota.

No dijo nada cuando ella bajó del carruaje alquilado —ya no tenía acceso a los vehículos Ashworth—, simplemente le ofreció su brazo y la guió escaleras arriba.

—¿Nervios?

—preguntó mientras subían al tercer piso.

—Terror —admitió Amelia—.

Pero el terror ya no me paraliza.

Ahora me impulsa.

Stefan la miró con algo que parecía admiración.

—Su padre estaría orgulloso.

Thomas Hartley resultó ser exactamente lo opuesto a lo que Amelia esperaba de un abogado capaz de enfrentarse a los Ashworth.

Era un hombre de unos sesenta años, con una barba canosa que necesitaba un recorte, chaleco arrugado, y unos ojos color avellana que parecían haber visto demasiado del mundo y aún así no haberse rendido.

—Señora Ashworth.

—Se levantó para recibirla, ignorando deliberadamente el apellido de casada—.

O debería decir, señora…

¿cuál era el apellido de su padre?

—Crane.

Amelia Crane.

—Señora Crane, entonces.

—Hartley sonrió por primera vez—.

Siéntese.

Tenemos mucho de qué hablar y poco tiempo para hacerlo.

Amelia tomó asiento frente al escritorio mientras Stefan se quedaba de pie junto a la ventana, observando la calle como un centinela silencioso.

—Stefan me ha contado los aspectos generales de su situación —comenzó Hartley, abriendo una carpeta—.

Divorcio unilateral.

Amenaza de pérdida de custodia.

Familia poderosa con conexiones en todos los niveles del sistema judicial.

¿Es correcto?

—Correcto.

—Y también me ha proporcionado ciertos documentos que su padre aparentemente recopiló antes de su muerte.

—Hartley la miró por encima de sus anteojos—.

Documentos que, si son auténticos, podrían cambiar completamente el panorama de este caso.

El corazón de Amelia se aceleró.

—¿Podrían?

—Permítame ser brutalmente honesto con usted, señora Crane.

Es lo único que sé ser.

—Hartley se reclinó en su silla—.

En circunstancias normales, su caso sería imposible de ganar.

La ley inglesa es clara: los hijos pertenecen al padre.

Una mujer divorciada tiene menos derechos que un criminal convicto cuando se trata de sus propios hijos.

Los Ashworth tienen dinero, influencia, y un ejército de abogados que podrían enterrarla en papel legal durante años.

Amelia sintió cómo el frío se extendía por su pecho.

—Pero…

—Pero.

—Hartley levantó un dedo—.

Estos documentos cambian las reglas del juego.

Si puedo verificar su autenticidad, y creo que puedo, tenemos evidencia de fraude sistemático, evasión fiscal a gran escala, y lo que parece ser soborno a funcionarios del Ministerio de Comercio.

Cualquiera de estos cargos bastaría para destruir la reputación de los Ashworth.

Combinados, podrían significar prisión.

—¿Y eso cómo me ayuda a mantener a mi hija?

—Porque un hombre enfrentando cargos criminales difícilmente puede argumentar que es el padre más apto para criar a una niña.

—Hartley sacó otro documento de la carpeta—.

Además, Stefan me informó que usted tiene nuevos registros.

¿Pagos ocultos?

Amelia sacó el papel que Joe le había dado la noche anterior.

Sus manos temblaban ligeramente al entregarlo.

Hartley estudió el documento durante un largo momento.

Su expresión, que hasta entonces había sido profesionalmente neutral, cambió.

Primero sorpresa.

Luego algo más oscuro.

—¿Sabe qué es esto, señora Crane?

—Pagos a personas desconocidas.

Transacciones que querían mantener ocultas.

—Es más que eso.

—Hartley señaló una de las columnas—.

Estos nombres que no reconoce…

yo sí los reconozco.

Son jueces.

Miembros del Parlamento.

Un inspector de Scotland Yard.

—La miró directamente—.

Los Ashworth no solo han cometido fraude comercial.

Han estado comprando al sistema judicial británico durante al menos una década.

El silencio que siguió fue tan denso que Amelia pudo escuchar su propio corazón latiendo.

—¿Está diciendo que los jueces que decidirán mi caso…?

—Podrían estar en su nómina.

Sí.

—Hartley se puso de pie y caminó hacia la ventana—.

Esto complica las cosas enormemente, pero también nos da una ventaja inesperada.

Si podemos demostrar que el sistema está corrompido, podemos exigir que el caso sea trasladado a una jurisdicción diferente.

Un tribunal donde los Ashworth no tengan influencia.

—¿Eso es posible?

—Difícil.

Pero no imposible.

Esas palabras otra vez.

Las mismas que le había dicho en su primera mención.

Difícil, pero no imposible.

Stefan se acercó al escritorio por primera vez.

—¿Qué necesita de nosotros, Hartley?

—Tiempo.

Investigación.

Y más pruebas si es posible obtenerlas.

—Hartley miró a Amelia—.

También necesito que entienda algo fundamental, señora Crane.

El camino que está a punto de tomar no tiene retorno.

Si exponemos a los Ashworth, ellos contraatacarán con todo lo que tienen.

Y tienen mucho.

¿Está preparada para eso?

Amelia pensó en Lilly.

En su sonrisa cuando la llamaba «mamá».

En la forma en que se aferraba a ella cuando tenía pesadillas.

En la promesa que le había hecho junto a su cuna.

—Estoy preparada para lo que sea necesario.

Hartley asintió lentamente.

—Entonces comencemos.

Tenemos veintiséis días para construir un caso que destruya a una de las familias más poderosas de Inglaterra.

—Abrió un cajón y sacó un cuaderno nuevo—.

Cuénteme todo.

Desde el principio.

Cada humillación, cada amenaza, cada momento en que la hicieron sentir que no valía nada.

Todo es evidencia.

Todo es munición.

Durante las siguientes dos horas, Amelia habló.

Contó los tres años de matrimonio como nunca los había contado antes.

Las palabras de Elizabeth.

Los desprecios de Oliver.

Las risas de Ava.

Las miradas de Williams como si ella fuera un mueble con precio pero sin valor.

Cuando terminó, tenía la garganta seca y los ojos húmedos, pero también sentía algo que no había sentido en años.

Esperanza.

Hartley cerró su cuaderno y la miró con una expresión que combinaba compasión y determinación.

—Señora Crane, he llevado muchos casos difíciles en mi carrera.

He defendido a los indefendibles y he luchado contra los intocables.

Pero pocas veces he visto a alguien con tanta razón de su lado y tan pocas herramientas para defenderla.

—Hizo una pausa—.

Hasta ahora.

—¿Qué quiere decir?

—Quiero decir que con estos documentos, con su testimonio, y con el tiempo suficiente para investigar, no solo podemos ganar su caso de custodia.

Podemos hacer algo mucho más grande.

—Sus ojos brillaron—.

Podemos hacer justicia.

Amelia y Stefan salieron del despacho cuando el sol comenzaba a descender sobre Londres.

En la calle, el bullicio de la ciudad parecía lejano, como si perteneciera a otro mundo.

—¿Cómo se siente?

—preguntó Stefan.

—Como si acabara de despertar de un sueño de tres años.

—Amelia respiró profundamente—.

Un sueño horrible del que no sabía que podía escapar.

Stefan la miró de una manera que hizo que algo se moviera en el pecho de Amelia.

Algo que no tenía nombre todavía, pero que era cálido y peligroso.

—Esto apenas comienza —dijo él—.

Los Ashworth no se rendirán fácilmente.

—Lo sé.

—¿Tiene miedo?

Amelia consideró la pregunta mientras observaba el cielo teñirse de naranja y púrpura.

—Sí.

Pero el miedo ya no me controla.

—Se volvió hacia él—.

Ahora tengo algo más fuerte que el miedo.

—¿Qué?

—Un propósito.

Se despidieron en la esquina, y Amelia tomó un carruaje de regreso a la propiedad de Stefan donde ahora vivía temporalmente.

El trayecto fue largo, pero su mente estaba demasiado ocupada para notarlo.

Hartley había mencionado algo que no podía quitarse de la cabeza.

Los pagos a jueces y funcionarios.

Si los Ashworth habían comprado al sistema judicial, ¿cuántas otras mujeres habrían perdido a sus hijos por decisiones corrompidas?

¿Cuántas otras Amelias había en Inglaterra, llorando en silencio porque la ley las había traicionado?

Cuando llegó a la casa, encontró una carta esperándola en la mesa del vestíbulo.

El sello era inconfundible: el escudo de los Ashworth.

La abrió con dedos firmes.

«Querida Amelia: Sé que has estado ocupada estos días.

Reuniones con abogados.

Visitas a despachos en el distrito financiero.

Crees que nadie te observa, pero te equivocas.

Tienes veinticinco días para firmar los documentos de renuncia a la custodia de Lillian.

Si no lo haces, me aseguraré de que nunca vuelvas a verla.

Ni siquiera en visitas supervisadas.

Y si crees que tus nuevos amigos pueden protegerte, recuerda esto: los Ashworth llevamos siglos destruyendo a quienes se atreven a desafiarnos.

Tú no serás la excepción.

Elizabeth Ashworth» Amelia leyó la carta tres veces.

La tercera vez, una sonrisa lenta se extendió por su rostro.

Elizabeth la estaba vigilando.

Elizabeth tenía miedo.

Y el miedo de Elizabeth era la mejor noticia que había recibido en semanas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo