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Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 50

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  4. Capítulo 50 - 50 El día en que todo empieza
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50: El día en que todo empieza 50: El día en que todo empieza La mañana de la boda amaneció gris.

Amelia lo vio desde la ventana.

El cielo color ceniza.

Las nubes bajas.

El tipo de día que parecía diseñado para funerales.

Apropiado, pensó.

Se apartó del vidrio.

Helen entró a las siete en punto con el vestido.

Azul oscuro.

Casi negro.

Seda italiana que costaba lo que Amelia antes no habría osado gastar en sí misma.

—Stefan pregunta si necesita algo —dijo Helen, colgando el vestido con cuidado.

—No.

—También dice que puede enviar el carruaje a las diez si— —Helen.

La mujer mayor se detuvo.

—Estoy bien.

—Amelia tocó la tela—.

Mejor que bien.

Helen la miró.

Esos ojos viejos que habían visto demasiado.

—Lo sé, señora.

—Dijo suavemente—.

Por eso me preocupa.

El vestido le sentaba como una armadura.

Amelia lo observó en el espejo.

Hombros rectos.

Cintura definida.

El azul oscuro contra su piel como tinta sobre papel en blanco.

No era el tipo de mujer que Oliver había enterrado hace dos meses.

Esa mujer estaba muerta.

Esta otra no tenía nombre todavía.

Pero lo tendría.

El carruaje la dejó a media cuadra de la iglesia.

No quería que la vieran llegar.

Quería que la vieran aparecer.

Diferente.

Caminó por la acera adoquinada.

Lenta.

Sin prisa.

Como si el tiempo le perteneciera.

Dos mujeres de la sociedad la vieron desde la entrada.

Susurros.

Amelia no escuchó las palabras.

No necesitó hacerlo.

El efecto era lo que importaba.

La iglesia era imponente.

St.

Margaret’s.

Donde los Ashworth celebraban todo lo que consideraban digno de Dios.

Bodas.

Bautizos.

Funerales de enemigos.

Amelia subió los escalones sin vacilar.

El ujier la recibió con expresión confusa.

—Señora Crane.

No esperábamos— —Recibí invitación.

—Amelia le entregó el sobre sellado con el escudo Ashworth—.

Supongo que fue descuido de Lady Ashworth.

Esas cosas pasan.

Pausa.

El ujier no podía contradecirla sin crear escena.

—Por supuesto.

—Se hizo a un lado—.

Bienvenida.

El interior olía a flores blancas y cera caliente.

Cuatrocientas personas.

La élite de la ciudad.

Vestidos que valían fortunas.

Joyas que contaban historias de generaciones.

Y en el momento en que Amelia cruzó el umbral, algo cambió en el aire.

Como electricidad antes de la tormenta.

Las cabezas se giraron.

Una.

Dos.

Diez.

Veinte.

Amelia caminó por el pasillo lateral sin apresurarse.

Encontró un asiento en la tercera fila del lado derecho.

Vista perfecta del altar.

Vista perfecta de todo.

Se sentó.

Cruzó las manos sobre el regazo.

Y esperó.

Elizabeth la vio desde el otro lado del pasillo.

El momento fue milimétrico.

Un destello de algo en esos ojos grises.

Cálculo furioso detrás de la sonrisa perfecta.

Amelia inclinó la cabeza levemente.

Buenos días, Lady Ashworth.

Elizabeth no respondió.

Pero sus dedos apretaron el programa de la ceremonia hasta arrugarlo.

La música comenzó.

Primero las damas de honor.

Mujeres jóvenes de apellidos conocidos, vestidas en lavanda.

Luego Lilly.

Amelia la vio y el mundo se detuvo.

Su hija.

Con un vestido blanco con lazos dorados.

El cabello recogido con flores pequeñas.

Caminando con esa seriedad de cuatro años que a veces rompía el corazón.

Lilly llegó al final del pasillo.

Levantó la vista.

La encontró.

Los ojos de la niña se iluminaron.

Fue instinto.

Fue amor.

Fue lo más honesto que Amelia había visto en meses.

Lilly alzó la mano y agitó los dedos en un saludo pequeño y secreto.

Amelia respondió igual.

Apenas.

Solo para ella.

Después miró al frente.

El pecho apretado.

El sabor a hierro en la garganta.

Estrategia sobre impulso.

Charlotte entró del brazo de su padre.

El vestido era espectacular.

Blanco marfil.

Cola larga.

Encaje de Bruselas que debía haber costado más de lo que muchos ganaban en un año.

El vientre perfectamente liso bajo la tela.

Amelia lo observó.

Pensó en la investigación de Stefan.

Las fotografías.

El médico sin licencia.

El certificado falso.

Pensó en Victoria Blackwood y su lista de tres semanas.

Sintió algo frío y satisfactorio instalarse en su pecho.

Charlotte caminó hacia el altar.

Radiante.

Triunfante.

Creyendo que había ganado.

Amelia dejó que la creyera.

Por ahora.

Oliver la vio durante los votos.

No fue intencional.

Nadie cruza los ojos con su ex-esposa durante la ceremonia de su propia boda.

Pero sucedió.

Un segundo.

Quizás dos.

Oliver parpadeó primero.

Amelia no parpadeó en absoluto.

Mantuvo la mirada hasta que él la rompió.

Hasta que volvió a Charlotte.

A los votos.

A la actuación que estaba montando ante cuatrocientas personas.

Amelia volvió la vista al altar.

Sin expresión.

Sin triunfo visible.

Solo…

certeza.

La recepción fue en la mansión.

Por supuesto.

Los salones que Amelia había decorado.

Los jardines que había supervisado.

Las flores que había elegido cada primavera durante seis años.

Ahora adornados para festejar su reemplazo.

Amelia tomó una copa de champán de una bandeja que pasaba.

No lo bebió.

Solo lo sostuvo.

Observó.

Ava Whitmore se materializó a su lado diez minutos después de la llegada.

—Amelia.

—La voz tenía esa dulzura calculada—.

Qué…

sorprendente verte aquí.

—Ava.

—Amelia sonrió—.

Qué amable que te preocupes.

—Todos están…

hablando.

—¿De la boda?

Es natural.

Es un evento importante.

Ava bajó la voz.

—De ti.

De que hayas venido.

—¿Y qué dicen?

—Que es…

inusual.

Que tal vez sea un error de tu parte.

Amelia inclinó la cabeza.

Consideró las palabras.

—¿Sabes qué es realmente un error, Ava?

—¿Qué?

—Confundir la ausencia con la derrota.

—Amelia bebió por fin un sorbo de champán—.

Disfruta la celebración.

Se alejó antes de que Ava pudiera responder.

Lilly la encontró junto al jardín.

Escapada de sus guardianes por exactamente tres minutos.

—Mamá.

—La niña tiró de su mano—.

¿Por qué no te sientas con nosotros?

—Porque tengo mi propio lugar, mi amor.

—¿Cuál?

Amelia se arrodilló.

Ignoró el vestido de seda.

Ignoró la gente que observaba.

Le tocó la mejilla a su hija.

—Uno que estoy construyendo.

—Dijo suavemente—.

¿Recuerdas lo que hablamos?

¿Que mamá está trabajando muy duro?

—Para que estemos juntas.

—Exacto.

Lilly frunció el ceño.

—La señorita Charlotte no tiene bebé en la barriga.

Lo sé porque escucho cuando no saben que escucho.

Amelia sostuvo la expresión neutra con un esfuerzo considerable.

—Los adultos a veces tienen conversaciones complicadas.

—Pero mienten.

—A veces.

—Tú no mientes.

—No a ti.

Lilly la miró con esa seriedad antigua.

—¿Cuándo estamos juntas de verdad?

Amelia la abrazó.

Un segundo.

Dos.

Suficiente para guardar el aroma de su cabello en algún lugar permanente del pecho.

—Muy pronto.

La encontró en el extremo del jardín.

Victoria Blackwood.

No había sido invitada.

Nadie la había invitado.

Pero estaba allí como si perteneciera, con un vestido gris plata y una copa en la mano y esa sonrisa de quien sabe exactamente lo que viene.

Amelia se acercó sin prisa.

—Condesa.

—Señora Crane.

—Victoria no la miró directamente.

Ambas miraban al frente, al jardín, a la celebración—.

¿Disfrutando la velada?

—Estudiándola.

—Diferencia importante.

—Victoria bebió—.

El primer artículo sale mañana.

El estómago de Amelia no se movió.

Lo había esperado.

Lo había planeado.

Lo había aprobado.

—¿El periódico acordado?

—El mismo.

Sección de sociedad.

Cuatro párrafos.

Sin nombres completos todavía.

—¿El tono?

—Preguntas.

Solo preguntas.

—Victoria sonrió hacia el jardín—.

“¿Puede verificarse el estado del embarazo anunciado por la familia Ashworth?” Nada más.

La semilla está plantada.

Amelia sintió algo frío expandirse por su pecho.

No miedo.

Certeza.

—¿Y Elizabeth?

—Está a doce metros de nosotras —murmuró Victoria—.

Observando.

Calculando.

Tratando de entender qué hacemos juntas.

—Déjala que calcule.

—Exactamente.

—Victoria giró levemente la cabeza.

Sus ojos encontraron los de Amelia por un instante—.

Mañana empieza la guerra de verdad, señora Crane.

Amelia miró hacia el salón.

Oliver y Charlotte al centro de la pista.

Riendo.

Brillando.

Creyéndolo todo.

Elizabeth al borde.

Siempre al borde.

Siempre controlando.

Y Lilly, pequeña y perfecta, sentada en una silla demasiado grande para ella, mirando hacia el jardín.

Buscándola.

Amelia alzó una mano.

Lilly sonrió.

—Mañana.

—Confirmó Amelia en voz baja.

Victoria Blackwood ya no estaba.

Solo había desaparecido en la multitud como humo.

Amelia salió de la recepción a las nueve en punto.

Sin despedirse.

Sin drama.

Sin mirada final hacia Oliver.

No lo necesitaba.

El carruaje la esperaba en la calle.

Subió.

La ciudad pasó por las ventanas mientras avanzaban hacia la casa de Stefan.

Las luces.

El movimiento.

El rumor sordo de una ciudad que no sabía que acababa de presenciar el último momento de paz que los Ashworth tendrían.

Amelia abrió su bolso.

Sacó un papel doblado.

Lo leyó una vez más.

La lista de Victoria.

Las tres semanas.

Las fases.

Lo dobló de nuevo.

Lo guardó.

Cerró los ojos.

Dos meses atrás, Oliver Ashworth había anunciado su divorcio ante medio Londres.

Le habían dado treinta días para desaparecer.

No había desaparecido.

Había aprendido.

Había construido.

Había esperado.

Y ahora, mientras Charlotte Ashworth bailaba en los salones que alguna vez fueron de Amelia, un periodista estaba escribiendo cuatro párrafos.

Solo cuatro.

Con una pregunta al centro.

Una pregunta que mañana por la mañana Elizabeth Ashworth leería con el café.

Y en ese momento, aunque todavía no lo supiera, la caída habría comenzado.

Amelia abrió los ojos.

Miró la ciudad pasar.

Respiró despacio.

La estrategia sobre el impulso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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