Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 54
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Capítulo 54: El regalo perfecto
La catedral de St. George abría sus puertas a las once.
Amelia lo sabía porque la invitación lo decía.
También sabía que los bancos de la izquierda estarían llenos de familias Ashworth. Los de la derecha, de los Sinclair. Que Elizabeth habría elegido personalmente las flores —rosas blancas y lirios, nada que sugiriera pasión, todo que sugiriera respetabilidad. Que Charlotte llevaría encaje importado de Bruselas porque Oliver se lo había mencionado como preferencia en una carta que Amelia había encontrado, doblada, en el cajón de su escritorio tres años atrás.
Lo había vuelto a doblar.
Lo había devuelto al cajón.
Nunca había dicho nada.
Eso también era información.
Amelia llegó a la oficina a las ocho y media.
Cuarto piso. Luces encendidas por ella misma. Abrigo colgado. Té humeando a la izquierda.
El regalo ya había salido.
Lo había mandado el miércoles. Cuatro días de anticipación. El tiempo suficiente para que llegara sin parecer apresurado y sin que nadie pudiera devolvérselo antes de que lo abrieran.
Stefan llegó a las nueve menos cuarto.
Se detuvo un momento al verla.
—La boda es hoy.
—Sí.
—¿Estás bien?
Amelia levantó la vista de los registros de proveedores.
—Completamente. ¿Tiene los expedientes del norte de Escocia?
Stefan los depositó sobre su escritorio sin más preguntas.
Eso era lo que Amelia apreciaba de él.
Sabía cuándo no insistir.
Trabajaron hasta el mediodía.
Londres afuera estaba gris y denso. El tipo de cielo que no promete lluvia pero tampoco promete sol. Amelia encontró dos anomalías más en los registros del proveedor escocés. Las documentó. Las presentó.
Stefan las revisó en silencio.
—Cuatro años —dijo finalmente.
—Cuatro años y tres meses. El primer documento alterado es de septiembre del ochenta y nueve.
—¿Quién estaba a cargo de aprobaciones en esa fecha?
—Un contador llamado Reeves. Dejó la empresa en el noventa y uno.
—¿Con buenas referencias?
—Con excelentes referencias firmadas por usted mismo.
El silencio que siguió tenía filo.
—Voy a necesitar localizarlo. —Stefan cerró la carpeta—. Discretamente.
—Por supuesto.
Afuera, en algún lugar de la ciudad, las campanas de St. George empezaban a sonar.
Amelia no las miró. No giró la cabeza hacia la ventana. Continuó con el expediente.
Pero las escuchó.
Once campanadas.
La ceremonia había comenzado.
Pensó en el regalo mientras las campanas se apagaban.
Lo había elegido con la misma precisión con que elegía números en una columna. Sin rabia. Sin prisa. Con la frialdad de quien sabe exactamente qué efecto quiere producir.
Un juego de escritura. Pluma, tintero y secador de plata maciza. Grabado con iniciales. Hermoso. El tipo de regalo que se exhibe, que se menciona, que llama la atención sobre la mesa de obsequios.
El problema —o la perfección, dependiendo del punto de vista— estaba en la nota adjunta.
Dieciséis palabras en tarjeta de cartulina marfil, caligrafía de Amelia, tinta negra.
“Para escribir el primer capítulo de la nueva historia Ashworth-Sinclair. Que sea honesto.”
Solo eso.
Inocente para cualquiera que lo leyera.
Devastador para Charlotte Sinclair, quien sabía exactamente qué documentos había firmado, qué acuerdos había sellado en privado con Elizabeth Ashworth antes de que Oliver supiera siquiera que existía la conversación.
Honesto.
Una sola palabra haciendo el trabajo de un expediente entero.
La asistente dejó el almuerzo en silencio.
Stefan comió leyendo correspondencia.
Amelia comió revisando el último expediente.
A los veinte minutos, él habló sin levantar la vista.
—¿Qué les mandaste?
Amelia tomó un sorbo de té.
—Un juego de escritura.
—¿Con?
—Una nota de felicitación.
Stefan la miró.
Amelia sostuvo su mirada con total inocencia.
—Es lo que se hace —dijo—. Cuando te invitan a una boda y no asistes, mandas un regalo.
Stefan bajó la correspondencia.
—Amelia.
—¿Señor Müller?
Pausa.
Una comisura de su boca se movió. Apenas.
—Nada —dijo, y volvió a su correspondencia.
A las dos de la tarde, Amelia dejó los expedientes.
Fue al ventanal.
Londres seguía gris. Los carruajes circulaban. La gente caminaba. La ciudad era perfectamente indiferente a que en algún salón de la mansión Ashworth, Oliver y Charlotte abrían regalos rodeados de cristalería y aplausos.
Pensó en la primera vez que había entrado a esa mansión.
Veinte años. Vestido azul. Su padre a su lado, serio como siempre, diciendo que se comportara con dignidad porque los Ashworth medían todo.
Comportarse con dignidad.
Lo había hecho durante seis años.
Lo había hecho hasta que dignidad significaba quedarse callada mientras la destruían.
Ya no.
El mensajero llegó a las cuatro.
Nota sin firma. Letra que Amelia reconoció inmediatamente: la caligrafía redonda y presurosa de Helen.
“La recepción terminó temprano. Hubo un incidente con un regalo. No sé los detalles pero escuché a la señora mayor pedir que retiraran algo de la mesa antes de que los fotógrafos lo vieran. Charlotte estaba pálida. Más noticias cuando pueda.”
Amelia dobló la nota.
La guardó en el bolsillo.
Continuó trabajando.
Stefan se fue a las cinco y media con reunión en el club.
—Mañana los registros completos del segundo trimestre —dijo desde el umbral—. Y necesito tu análisis del contrato con los molinos de Birmingham antes del viernes.
—Los tendrá.
—¿Cómo llegas a casa?
—En carruaje. —Amelia señaló la ventana—. Contraté uno esta semana.
Algo cruzó la expresión de Stefan. Aprobación, quizás. El reconocimiento de alguien que valora la autonomía.
—Bien —dijo.
Y se fue.
Amelia terminó a las seis y cuarto.
Organizó los expedientes. Apagó las lámparas. Bajó las escaleras.
En la calle, el carruaje la esperaba puntual.
Subió.
Mientras Londres desfilaba por la ventana, pensó en Charlotte abriendo la caja. Sacando la pluma plateada. Leyendo la tarjeta.
Procesando la palabra honesto.
Pensando en qué sabía Amelia.
Preguntándose cuánto.
Eso era lo que el regalo hacía.
No acusaba. No probaba nada. No podía usarse en su contra.
Solo plantaba una semilla.
Una duda.
¿Cuánto sabe?
Y la duda, Amelia lo había aprendido de su padre, era el arma más eficiente que existía.
Costaba cero. Duraba indefinido. Y hacía el trabajo sola.
En casa, Lilly corrió hacia ella desde el salón.
—Mamá, hoy Helen me enseñó a hacer nudo marinero y lo hice bien a la primera.
—¿Sí?
—Bueno, a la cuarta. Pero la cuarta vez lo hice perfectamente.
Amelia la levantó. La abrazó. Olió su cabello de niña, jabón y algo dulce que no supo identificar.
—La cuarta vez es suficiente —dijo.
Esa noche llegó segunda nota de Helen.
Más detallada.
“Charlotte pidió hablar en privado con la señora mayor antes de que terminara el baile. Estuvieron veinte minutos. Cuando salieron, la señora mayor tenía esa cara. Ya sabe cuál. La cara que pone cuando algo no salió como planeó. Nadie más pareció notar nada. Pero yo llevo veinticuatro años aprendiendo a leer esa cara.”
Amelia leyó la nota dos veces.
La dobló.
La guardó junto a la primera.
Después apagó la lámpara.
La oscuridad del cuarto era tranquila. Sin peso. Del tipo que permite dormir.
Durmió.
A tres kilómetros de distancia, en el dormitorio nupcial de la mansión Ashworth, Charlotte Sinclair —ahora Charlotte Ashworth— estaba sentada frente al espejo.
La pluma de plata estaba sobre el tocador.
Brillaba bajo la lámpara.
Charlotte la miraba sin tocarla.
Oliver dormía detrás de ella, ajeno.
La tarjeta había desaparecido. Elizabeth la había tomado antes de que nadie más pudiera leerla. La había doblado. La había guardado en su propia cartera con una expresión que Charlotte no supo descifrar completamente.
¿Rabia?
¿Miedo?
Las dos cosas a la vez, quizás.
Que sea honesto.
Charlotte apartó los ojos de la pluma.
Amelia Crane no había asistido a la boda.
No había hecho escena. No había lanzado acusaciones. No había enviado abogados ni periodistas.
Solo había mandado un regalo precioso y dieciséis palabras.
Y Charlotte, que no era estúpida aunque todos la trataran como si lo fuera, entendía exactamente lo que eso significaba.
Amelia sabía algo.
La pregunta era cuánto.
Y la respuesta la mantendría despierta mucho más tiempo que el vestido de Bruselas doblado sobre la silla.
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