Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 6
- Inicio
- Todas las novelas
- Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta
- Capítulo 6 - 6 CAPÍTULO 6 LO QUE EL DINERO ENTIERRA
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
6: CAPÍTULO 6: LO QUE EL DINERO ENTIERRA 6: CAPÍTULO 6: LO QUE EL DINERO ENTIERRA Día cinco.
Veinticuatro días restantes.
La biblioteca de la residencia de Stefan se había convertido en el centro de operaciones de guerra de Amelia.
Donde antes había estantes ordenados con volúmenes encuadernados en cuero, ahora había pilas de documentos, mapas de conexiones entre nombres y empresas, y un tablero donde iba clavando cada pieza del rompecabezas Ashworth.
Stefan observaba desde el umbral, una taza de café humeando entre sus manos.
—No has dormido.
No era una pregunta.
—No puedo permitirme el lujo de dormir.
—Amelia no levantó la vista de los papeles—.
Cada hora que paso descansando es una hora que Elizabeth usa para planear cómo destruirme.
—Y cada hora que pasas sin dormir es una hora más cerca del colapso.
—Stefan entró y dejó la taza junto a ella—.
No le sirves de nada a Lilly si te derrumbas antes del juicio.
Amelia finalmente lo miró.
Tenía razón, por supuesto.
Las ojeras bajo sus ojos eran tan profundas que parecían moretones, y sus manos temblaban ligeramente cuando sostenía los documentos.
—Encontré algo —dijo en lugar de responder a su preocupación—.
Algo grande.
Stefan se acercó al tablero donde Amelia había estado trabajando.
En el centro estaba el nombre «Williams Ashworth», rodeado de líneas que se extendían como una telaraña hacia docenas de otros nombres y empresas.
—Cuando mi padre trabajaba con los Ashworth hace quince años, era solo un comerciante de telas tratando de expandir su negocio.
Ellos le ofrecieron una sociedad que parecía demasiado buena para ser verdad.
—Amelia señaló un documento amarillento—.
Porque lo era.
—¿Qué encontraste?
—Los Ashworth no solo evadían impuestos.
Tenían un sistema completo para lavar dinero a través de empresas fantasma.
—Señaló una serie de nombres en el tablero—.
Estas compañías no existen.
Son fachadas.
Y mi padre, sin saberlo, fue usado como una de ellas.
Stefan frunció el ceño.
—¿Tu padre era parte del fraude?
—No conscientemente.
—Amelia sacó otra carta del montón—.
Pero cuando lo descubrió, lo chantajearon.
Le dijeron que si hablaba, lo hundirían con él.
Que nadie creería que un simple comerciante no sabía lo que estaba firmando.
—Su voz se quebró ligeramente—.
Por eso nunca dijo nada.
Por eso me dejó casarme con Oliver sin advertirme.
Creía que si yo era parte de la familia, estaría protegida.
—Y en cambio, te convirtieron en otra prisionera.
—Exactamente.
Amelia caminó hacia la ventana.
El jardín de Stefan era hermoso a esta hora de la mañana, con rosas que empezaban a florecer y pájaros que cantaban ajenos a las guerras humanas.
Un mundo completamente diferente a la jaula dorada de los Ashworth.
—Mi padre murió creyendo que me había fallado —dijo sin volverse—.
Los últimos meses de su vida los pasó reuniendo estos documentos, construyendo un caso contra ellos, preparando las armas que yo necesitaría.
Y nunca me lo dijo.
Murió con ese peso sobre su conciencia.
Stefan se acercó hasta quedar justo detrás de ella, lo suficientemente cerca para que Amelia pudiera sentir el calor de su cuerpo, pero sin tocarla.
—Tu padre hizo lo que pudo con las opciones que tenía.
No lo juzgues con la perspectiva que tienes ahora.
—No lo juzgo.
—Amelia se volvió hacia él—.
Lo extraño.
Y estoy furiosa de que los Ashworth me quitaran la oportunidad de decirle que lo perdonaba.
El momento se extendió entre ellos, cargado de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
Fue Stefan quien finalmente rompió el silencio.
—¿Qué más encontraste?
Amelia regresó al tablero, agradecida por la distracción.
—Esto es lo más interesante.
—Señaló un nombre en la esquina inferior—.
Lord Pemberton.
—¿El padre de Isla?
¿La prometida de James?
—El mismo.
Aparece en varios de estos pagos.
Cantidades considerables, fechadas justo antes de que se anunciara el compromiso entre James e Isla.
Stefan entendió inmediatamente.
—Compraron el matrimonio.
—Más que eso.
—Amelia sacó otro documento—.
Los Pemberton estaban en bancarrota hace tres años.
Completamente arruinados.
Y de repente, sin explicación, recuperaron toda su fortuna.
Las fechas coinciden exactamente con estos pagos de Williams.
—Entonces el compromiso de James…
—Es una transacción comercial disfrazada de romance.
Igual que mi matrimonio con Oliver.
—Amelia dejó escapar una risa amarga—.
Los Ashworth no saben amar.
Solo saben comprar.
La puerta de la biblioteca se abrió y entró el mayordomo de Stefan con una bandeja de desayuno que ninguno de los dos había pedido.
—El señor Hartley ha enviado un mensaje, señor.
Dice que necesita ver a la señora Crane esta tarde.
Es urgente.
Stefan y Amelia intercambiaron una mirada.
¿Urgente?
Apenas habían pasado doce horas desde su reunión.
—¿Dijo algo más?
—preguntó Amelia.
—Solo que ha encontrado algo que cambia todo.
Y que debe verlo en persona.
El carruaje llegó al despacho de Hartley poco después del mediodía.
El abogado los esperaba en la puerta, lo cual era inusual.
Su expresión era indescifrable.
—Pasen.
Rápido.
Los guió no hacia su oficina habitual, sino a una habitación trasera que Amelia no había visto antes.
Era más pequeña, sin ventanas, y olía a papel viejo y secretos guardados demasiado tiempo.
Sobre la mesa había un solo documento.
—¿Qué es eso?
—preguntó Stefan.
—Es una confesión —dijo Hartley—.
Firmada hace ocho años por un hombre llamado George Whitmore.
Amelia sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—¿Whitmore?
¿El padre del abogado que llevó mi audiencia de divorcio?
—El mismo.
George Whitmore fue socio de Williams Ashworth durante veinte años.
Manejaba los aspectos más oscuros de sus negocios.
—Hartley señaló el documento—.
Antes de morir, dejó esta confesión sellada con instrucciones de que solo se abriera si alguien presentaba una demanda seria contra los Ashworth.
—¿Y cómo la consiguió usted?
—Tengo contactos en lugares que los Ashworth no han podido comprar.
Todavía quedan algunos.
—Hartley empujó el documento hacia Amelia—.
Léalo.
Amelia tomó las páginas con manos que habían dejado de temblar.
Sus ojos recorrieron las líneas de caligrafía apretada, y con cada párrafo, sentía cómo el mundo que conocía se desmoronaba y reconstruía al mismo tiempo.
La confesión detallaba treinta años de crímenes.
Fraude.
Extorsión.
Soborno.
Y algo peor.
Mucho peor.
—Dios mío —susurró cuando llegó a la última página.
—¿Qué dice?
—Stefan se acercó.
Amelia levantó la vista.
Su rostro estaba pálido, pero sus ojos ardían con una furia fría que Stefan no había visto antes.
—Williams Ashworth no solo es un criminal financiero.
—Su voz era apenas un hilo—.
Es responsable de la muerte de al menos tres personas que amenazaron con exponerlo.
Incluyendo…
—tuvo que detenerse para tomar aire— incluyendo al primer esposo de Elizabeth.
El silencio que siguió fue absoluto.
—Elizabeth no es viuda por accidente —continuó Amelia—.
Williams eliminó a su primer marido para quedarse con ella.
Y Elizabeth lo sabe.
Lo ha sabido durante treinta años.
Hartley asintió gravemente.
—Ahora entiende por qué esto lo cambia todo.
No estamos luchando solo contra una familia rica y poderosa.
Estamos luchando contra asesinos que han escapado de la justicia durante décadas.
Amelia dejó el documento sobre la mesa con un cuidado casi reverencial.
Era una bomba.
Una bomba que podía destruir a los Ashworth para siempre.
Pero también era peligrosa.
Mortalmente peligrosa.
—Si ellos descubren que tenemos esto…
—Harán lo que sea necesario para silenciarnos —completó Hartley—.
Lo sé.
Por eso nadie más puede saber que existe.
Ni sus aliados en la casa, ni nadie.
Esto queda entre nosotros tres hasta que estemos listos para usarlo.
Stefan se acercó a Amelia y, por primera vez, tomó su mano.
El contacto fue breve, pero cargado de significado.
—¿Estás segura de que quieres continuar?
—preguntó—.
Podríamos encontrar otra manera.
Una que no implique enfrentarse a asesinos.
Amelia miró el documento.
Pensó en Lilly.
En su padre.
En todas las víctimas que los Ashworth habían dejado a su paso durante generaciones.
—No hay otra manera —dijo finalmente—.
Si me detengo ahora, si dejo que el miedo me controle, no seré mejor que todos los que miraron hacia otro lado durante treinta años.
—Apretó la mano de Stefan antes de soltarla—.
Además, ya es demasiado tarde para retroceder.
Elizabeth me está vigilando.
Saben que estoy buscando algo.
Si me detengo ahora, sospecharán que encontré algo demasiado grande.
—Entonces seguimos adelante —dijo Hartley—.
Pero con extrema precaución.
A partir de ahora, cada movimiento debe ser calculado.
Cada palabra, medida.
Un error podría costarnos la vida.
Amelia asintió.
—¿Cuál es el siguiente paso?
Hartley caminó hacia un mapa clavado en la pared.
—Necesitamos corroborar la confesión de Whitmore.
Encontrar testigos.
Evidencia física si es posible.
—Señaló un punto en el mapa—.
Hay una propiedad abandonada de los Ashworth en las afueras de la ciudad.
Según la confesión, ahí es donde Williams guardaba sus documentos más comprometedores.
—¿Una propiedad abandonada?
—Stefan frunció el ceño—.
¿Por qué no la habrían limpiado?
—Porque nadie sabe que existe.
Está registrada bajo un nombre falso que solo Whitmore conocía.
Y ahora, nosotros.
Amelia miró el punto en el mapa.
Una propiedad secreta llena de secretos aún más oscuros.
Veinticuatro días para encontrar la verdad.
Veinticuatro días para construir un caso.
Veinticuatro días para salvar a su hija de una familia de monstruos.
—Iremos mañana —dijo—.
Al amanecer.
Stefan abrió la boca para protestar, pero algo en la expresión de Amelia lo detuvo.
Ya no era la mujer que había conocido semanas atrás, la esposa rota que lloraba en los jardines de la mansión Ashworth.
Esta era alguien completamente diferente.
Esta era una madre dispuesta a descender al infierno si eso significaba proteger a su hija.
Y el infierno, descubriría pronto, era exactamente donde los Ashworth habían construido su imperio.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com