Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 64

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta
  4. Capítulo 64 - Capítulo 64: LO QUE NO SE DICE
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 64: LO QUE NO SE DICE

El viernes llegó antes de lo que debería.

O eso le pareció a Amelia cuando Helen entró al cuarto a las cinco de la tarde con el vestido azul marino que había pedido planchar y la información de que el carruaje de lord Pemberton llegaría a las seis en punto.

—¿El azul marino o el gris perla? —preguntó Helen.

—El azul.

Helen asintió y salió.

Amelia se quedó frente al espejo.

No pensando en Marcus Pemberton.

Pensando en los últimos dos días.

El miércoles había sido normal.

Trabajo. Contratos. El silencio bueno del estudio compartido.

Excepto que Stefan había reorganizado los documentos sobre su escritorio tres veces en una hora sin razón aparente, y había pedido café a las tres de la tarde cuando nunca tomaba café después del mediodía, y había hecho dos preguntas sobre los acuerdos de Pemberton padre que ya sabía la respuesta porque los había leído él mismo la semana anterior.

Amelia lo había notado todo.

No había dicho nada.

El jueves fue diferente.

Stefan había llegado al desayuno antes que ella, lo cual no era inusual, pero se había quedado después de terminar, lo cual sí lo era.

Leyó el periódico de pie junto a la ventana mientras Amelia tomaba su té.

Leyó la misma página durante veinte minutos.

—¿Vas a la exposición mañana —dijo. Sin signo de interrogación. Como si ya lo supiera y solo estuviera colocando el dato en el espacio entre los dos.

—Sí.

—¿A qué hora vuelves?

Amelia dejó la taza.

Lo miró.

Stefan tenía los ojos en el periódico.

—No lo sé —dijo ella—. ¿Por qué?

—Tengo documentos que necesito que revises antes del lunes.

—Puedo revisarlos el sábado por la mañana.

—Bien.

Dobló el periódico.

Salió del comedor.

Amelia se quedó con su té y con la certeza absoluta de que los documentos del lunes no tenían ninguna urgencia particular.

Ahora Helen le abrochaba la parte posterior del vestido azul y Amelia miraba su propio reflejo con la misma atención clínica con que miraba un balance.

Todo en orden.

El vestido correcto. El pelo correcto. La expresión correcta.

Lo que no estaba completamente en orden era el peso específico de saber que Stefan estaba en algún lugar de esta casa y que cuando ella saliera por esa puerta con Marcus Pemberton ese peso iba a hacer algo que todavía no podía predecir exactamente.

Bajó a las cinco cincuenta y cinco.

Stefan estaba en el recibidor.

Sin abrigo. Sin sombrero. Sin ninguna razón visible para estar en el recibidor a las cinco cincuenta y cinco de un viernes.

Tenía un sobre en la mano.

—Correspondencia de Aldric Pemberton —dijo cuando la vio bajar—. Llegó hace una hora. Pensé que querrías verla antes del fin de semana.

—Puedo verla mañana.

—Son los borradores de enmienda de Howell.

—Stefan. —Su voz tranquila—. Puedo verla mañana.

Él asintió.

Dejó el sobre sobre la mesa del recibidor.

Y entonces la miró.

No un vistazo. La miró. Con esa capacidad suya de ver las cosas completas que a veces era exactamente lo que necesitabas y a veces era exactamente lo que no.

—El azul marino —dijo.

—Sí.

—Es bueno.

Tres palabras. Completamente neutrales. Completamente inútiles como información porque ella ya sabía que el vestido era bueno, no necesitaba que nadie se lo confirmara, y sin embargo algo en cómo lo dijo hizo que el aire en el recibidor cambiara de densidad de una manera que no tenía nombre preciso.

Llamaron a la puerta.

Marcus entró con el tipo de presencia fácil que llenaba los espacios sin esfuerzo.

Abrigo oscuro. Sin sombrero. Una sonrisa que fue primero para Amelia y luego, un segundo después, para Stefan.

—Crane. —Un gesto de cabeza. Cordial. El tipo de cordialidad que tienen los hombres que han aprendido a ser agradables en todas las situaciones—. No sabía que estarías aquí.

—Vivo aquí —dijo Stefan.

Dos palabras.

Completamente innecesarias como respuesta porque Marcus evidentemente lo sabía, era la casa de Stefan, y sin embargo las dos palabras ocuparon el recibidor de una manera que Amelia catalogó en silencio y guardó.

—Por supuesto. —Marcus se giró hacia ella—. ¿Lista?

—Sí.

Tomó su abrigo de manos de Helen.

Se lo estaba poniendo cuando sintió que Stefan daba un paso.

No hacia ella. Solo un paso. Un desplazamiento pequeño y completamente innecesario desde su posición junto a la mesa hasta una posición ligeramente más cercana.

Como si ajustara la geometría de la habitación sin decirlo.

—¿A qué hora vuelves? —preguntó.

Amelia se volvió.

Sus ojos en los de él.

Los de él en los suyos.

—Te lo dije ayer —dijo con voz completamente uniforme—. No lo sé.

Stefan asintió.

Una vez. Lento.

—Que lo disfrutes.

El carruaje de Marcus olía a cuero nuevo y a algo levemente especiado que Amelia no identificó de inmediato.

Marcus hablaba con facilidad, sin llenar el silencio por ansiedad sino porque tenía cosas reales que decir. Le contó sobre la exposición. Arte japonés del período Edo. Grabados en madera, lacas, cerámica. Su hermana Isla los había visto la semana anterior y había vuelto con la expresión de alguien que ha encontrado algo que no esperaba encontrar.

—¿Su hermana tiene buen ojo? —preguntó Amelia.

—Para el arte, sí. Para los contratos, ya le dije que huye de la habitación. —Una sonrisa—. Isla es de las personas que saben exactamente lo que les importa y no pierden tiempo en lo demás.

—Eso es una virtud.

—Yo creo que sí. Mi madre no está de acuerdo.

Amelia lo miró.

—¿Qué cree su madre?

—Que una mujer con criterio propio es una mujer difícil de colocar. —Una pausa breve, sin amargura—. Isla tiene veintidós años y mi madre lleva tres hablando de colocarla.

—¿E Isla?

—Isla lleva tres años sonriendo en la cena y haciendo exactamente lo que quiere durante el resto del día.

Amelia pensó en eso.

—Me cae bien su hermana y todavía no la conozco.

Marcus la miró con esa expresión suya de genuina atención.

—Se van a llevar bien —dijo. Y lo dijo como quien enuncia un hecho verificable, no como quien hace una predicción.

La Galería Whitmore era una sala larga de techos altos y luz dorada que caía en ángulo sobre las piezas como si hubiera sido calculada para eso.

Había poca gente. El tipo de exposición que no anuncia demasiado porque no necesita.

Caminaron despacio.

Marcus no hablaba de cada pieza. Solo de las que tenían algo que decir. Y cuando hablaba lo hacía con brevedad, señalando lo específico, sin el barniz de quien quiere parecer cultivado sino de quien realmente ha mirado las cosas.

Amelia miraba las piezas y lo miraba a él.

Calibrando.

Siempre calibrando.

Frente a un grabado de madera —una figura sola en un puente sobre agua quieta— Marcus se detuvo.

—¿Qué ve? —le preguntó.

Amelia lo estudió.

—Alguien que está entre dos lugares —dijo—. Sin terminar de cruzar.

—Yo veo lo mismo.

—¿Y eso le parece triste o le parece interesante?

Marcus la miró.

—Interesante —dijo—. Tristeza y movimiento no son compatibles. Si está en el puente todavía es porque todavía está eligiendo.

Amelia volvió los ojos al grabado.

La figura en el puente. El agua abajo. Los dos lados de orilla, igualmente lejos.

Pensó, sin haberlo planeado, en el recibidor de la casa de Stefan. En el paso que no tenía ninguna razón funcional. En tres palabras sobre un vestido azul que no añadían ninguna información nueva.

Volvió a Marcus.

—¿Siempre hace preguntas así en las exposiciones?

—Solo cuando estoy con alguien que va a responder algo real.

A las ocho y media el carruaje la dejó de vuelta en la puerta de la casa de Stefan.

Marcus bajó con ella.

No para entrar. Solo para despedirse con la formalidad exacta que la situación requería y con algo más debajo, visible pero sin urgencia.

—Gracias por esta tarde —dijo.

—Gracias por la invitación.

—¿Puedo volver a invitarla?

Amelia lo miró a los ojos.

Ojos claros. Paciencia real. La pregunta sin el peso de quien necesita la respuesta ahora mismo.

—Puede —dijo.

Una sonrisa.

—Entonces lo haré.

Subió al carruaje.

Amelia entró a la casa.

El recibidor estaba vacío.

Dejó el abrigo con Helen y caminó hacia el estudio porque tenía la costumbre y porque había trabajo real esperando y porque era la única habitación de la casa donde las cosas eran siempre lo que parecían.

Stefan estaba ahí.

A las ocho y media de un viernes, con los documentos del lunes que no tenían ninguna urgencia, leyendo algo que dejó sobre la mesa cuando ella entró.

La miró.

—¿Cómo fue?

—Bien. —Se sentó frente a sus papeles—. La exposición es buena. Arte del período Edo.

—¿Pemberton?

Una pausa de medio segundo.

—También.

Stefan asintió.

No preguntó más.

Se levantó de su silla.

Caminó hacia la ventana.

Estaba de espaldas a ella cuando habló.

—Los Pemberton tienen una reputación sólida —dijo—. La familia. —Una pausa—. El padre, concretamente.

Amelia levantó la vista de los papeles.

—Lo sé. Trabajo con él.

—Marcus es diferente al padre.

—Lo sé también.

Stefan no dijo nada.

Siguió mirando por la ventana.

Afuera, Londres en su versión nocturna. Luces y ruido sordo y el movimiento constante de una ciudad que no descansa.

—Stefan.

Se giró.

Amelia lo miró desde la mesa.

Lo miró de verdad, con la misma atención que había dedicado al grabado del puente y a la figura que seguía eligiendo.

—¿Hay algo que quieras decir? —preguntó. Sin filo. Sin provocación. Solo la pregunta, directa y limpia.

El silencio duró cuatro segundos.

Cinco.

Stefan la miró.

Algo cruzó su cara que era demasiado específico para no tener nombre y sin embargo él no le puso ninguno.

—No —dijo.

—Bien.

Volvió a sus papeles.

Él volvió a la ventana.

Y el estudio quedó en silencio otra vez, el tipo de silencio que ya no era bueno del todo, que tenía textura y temperatura y el peso preciso de todas las cosas que dos personas deciden simultáneamente no decir.

Esa noche, mucho después de que Amelia subiera a su cuarto, Stefan siguió junto a la ventana.

Londres afuera.

Los documentos del lunes sobre la mesa, sin leer.

Y en algún lugar de esa casa, a dos pisos y un número incalculable de palabras no dichas de distancia, el sonido de una puerta cerrándose con suavidad.

Stefan puso la mano en el cristal de la ventana.

Frío.

Completamente frío.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo