Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 65
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Capítulo 65: Uñas y Dientes
El salón de Victoria Blackwood olía a rosas tardías y política no dicha.
Era una de esas reuniones vespertinas que la condesa organizaba con destreza quirúrgica: el número exacto de personas para que la conversación fluyera, el número exacto de ausencias para que los rumores también lo hicieran. Porcelana fina. Luz dorada filtrándose entre cortinas de damasco. El tintineo suave de tazas que costaban más que el salario mensual de un empleado de banca.
Amelia había aprendido a moverse en estos espacios.
No como antes, cuando era la señora Ashworth y su única función era sonreír y no opinar. Ahora llegaba con un nombre propio. Con un portafolio real bajo el brazo —metafóricamente hablando. Con la forma en que Victoria la presentaba: “Mi protegida. Una mujer extraordinaria.”
Hacía tres semanas que esas palabras dejaron de sonarle extrañas.
Se había instalado junto a la ventana, escuchando a dos baronesas debatir sobre la reciente restructuración ferroviaria, cuando lo sintió.
Una mirada.
No la de Stefan —esa la reconocía en la nuca, cálida y levemente irritada desde que Marcus Pemberton había vuelto a aparecer en el radio de dos metros de Amelia esa tarde.
Esta era otra.
Más fría.
Se giró despacio.
Charlotte Ashworth —Charlotte Crane, se corrigió, aunque el apellido seguía sin encajarle— estaba al otro lado del salón. Vestida en azul marino, perfecta como siempre. Una taza en la mano que no había tocado. Ojos fijos en Amelia con una expresión que mezclaba desdén y algo más difícil de nombrar.
Cálculo.
Ah. Amelia depositó su taza con suavidad. Aquí vamos.
Charlotte no tardó.
La encontró en el corredor que llevaba a la terraza lateral, ese espacio entre el bullicio del salón y el frío del jardín donde las conversaciones difíciles siempre encontraban su camino.
—Sabía que estarías aquí. —La voz de Charlotte era melosa. Demasiado. Como azúcar cubriendo vidrio molido.— Victoria Blackwood se ha convertido en tu nueva protectora, ¿verdad? Qué conveniente.
Amelia no aceleró el paso.
Se detuvo. Se giró. Y la miró con la misma expresión que usaría para examinar una columna de números que no cuadraba.
—Charlotte. —Una sola palabra. Ni hostil ni cordial. Simplemente un reconocimiento, como anotar la presencia de un mueble.
El músculo en la mandíbula de Charlotte se tensó.
—No tienes que fingir conmigo. Aquí no hay audiencia.
—No estoy fingiendo nada. —Amelia ladeó la cabeza levemente.— ¿Qué quieres?
—Advertirte. —Charlotte dio un paso hacia ella, bajando la voz.— Esto que estás haciendo, esta pequeña… reinvención, tiene límites. Y los estás alcanzando.
—¿Cuáles límites?
—Los que yo establezco. —Sonrió, y la sonrisa no llegó a los ojos.— Soy la señora Ashworth ahora, Amelia. Lo que eso significa en los círculos que importan, en los contratos que se firman, en las invitaciones que se extienden o se retiran… eso pasa por mí. Y por Oliver. Y por la familia.
El corredor estaba silencioso salvo por el murmullo lejano del salón.
Amelia dejó pasar tres segundos.
—Continúa.
Charlotte parpadeó. Había esperado otra cosa. Miedo, quizás. O indignación. No esa calma que se sentía como pared de piedra.
—La gente habla. —Retomó el hilo, más rápido ahora.— Müller apareció de la nada, con ese pasado oscuro en Alemania, y tú lo seguiste como si fuera tu salvavidas. Algunos ya se preguntan si hay algo más entre ustedes. Si eso se confirma… —Dejó la frase incompleta a propósito, dejando que la implicación llenara el espacio.— Una mujer divorciada viviendo bajo el techo de un hombre soltero de reputación cuestionable. Lilly en medio. Los jueces notan esas cosas.
Ahí está. El pecho de Amelia se apretó, pero no en el lugar de miedo. En el lugar frío donde guardaba información útil.
—¿Estás amenazando la custodia de mi hija?
—Estoy describiendo realidades. —Los ojos de Charlotte eran vidrio.— Si quieres seguir teniendo acceso a Lilly sin complicaciones legales, necesitas recordar dónde está tu lugar. Y tu lugar no es aquí, jugando a ser empresaria con la condesa y recibiendo flores de un lord inglés que claramente no sabe con quién está coqueteando.
Silencio.
Amelia procesó cada palabra.
Las pesó.
Las archivó.
Y luego habló.
—Charlotte. —La voz era suave. Casi amable.— ¿Cuánto tiempo llevas casada con Oliver?
La pregunta era tan inesperada que Charlotte tardó en responder.
—¿Qué tiene que ver—?
—Siete semanas. —Amelia respondió por ella.— Siete semanas de matrimonio. Y ya estás aquí, en el corredor de la casa de otra persona, intentando recordarme cuál es mi lugar.
Dio un paso hacia Charlotte.
Solo uno.
Suficiente para que el espacio entre ellas dejara de ser seguro.
—Me pregunto qué diría Oliver si supiera que su nueva esposa invierte energía en perseguirme. Si le genera nostalgia o simplemente incomodidad. —Pausa.— Aunque supongo que tú sabes mejor que nadie cuánto espacio ocupa en sus pensamientos.
El color en las mejillas de Charlotte cambió.
—No te atrevas a—
—No te estoy amenazando. —Amelia la interrumpió con una suavidad que era más cortante que cualquier grito.— Te estoy describiendo realidades. Que es exactamente lo que acabas de hacer tú.
Charlotte abrió la boca.
La cerró.
—Mis abogados están muy ocupados en este momento —continuó Amelia, como si estuviera comentando el tiempo—. Muy ocupados revisando documentos de los últimos años. Contratos. Transferencias. Comunicaciones. El tipo de cosas que acumulan polvo hasta que alguien decide sacudirlas. —Inclinó la cabeza.— Sería una lástima que ese polvo aterrizara en lugares inconvenientes justo cuando tú y Oliver intentan establecerse.
Charlotte no dijo nada.
No porque no tuviera palabras.
Sino porque, por primera vez en esta conversación, parecía estar calculando.
—Puedes usar tu posición para complicarme la vida. —Amelia dio un paso atrás, restaurando la distancia como si fuera un favor.— O puedes usar tu posición para construir algo propio. Que me parece que es lo que realmente necesitas, aunque todavía no lo sabes.
Giró sobre sus talones.
—Amelia. —La voz de Charlotte sonó diferente. El filo seguía ahí, pero algo debajo crujía.
Amelia se detuvo. No se giró.
—Si sigues acercándote a Müller de esa manera… si sigues dejando que ese lord te pasee por los salones… te haré la vida imposible. Te lo juro.
Tres segundos de silencio.
—Lo anoto. —Amelia reanudó el paso hacia la terraza.
El aire de la tarde le golpeó el rostro.
Frío. Limpio. Con olor a tierra húmeda y hojas viejas.
Amelia apoyó las manos en la balaustrada de piedra y dejó que los dedos se enfriaran. Eso era lo que necesitaba ahora mismo. Enfriar las manos. Enfriar el ritmo del corazón que latía más rápido de lo que quería admitir.
Charlotte tenía miedo.
No era ira lo que había visto en esos ojos. No era poder.
Era miedo con ropas de seda.
Lo que significaba que Charlotte sabía cosas. Sabía que su matrimonio era frágil. Sabía que Oliver no estaba completamente blindado. Sabía que Amelia tenía información peligrosa en algún lugar, aunque no supiera exactamente cuánta ni dónde.
El miedo de Charlotte era un mapa.
Amelia lo estudiaba mentalmente, registrando cada coordenada, cuando escuchó pasos detrás. Reconoció la cadencia antes de que la voz llegara.
—Llevas diez minutos aquí sola. —Stefan se detuvo a su lado, sin tocarla, mirando el jardín.— Vi a Charlotte salir del corredor hace un momento.
—Tuvimos una conversación.
—¿Necesito preocuparme?
Amelia consideró la pregunta con honestidad.
—No. —Y luego, después de una pausa.— Ella sí.
Stefan no respondió de inmediato. En su perfil, la luz de la tarde dibujaba líneas serias. Pero en la comisura de su boca había algo que no era exactamente una sonrisa.
Más bien la sombra de una.
—¿Qué le dijiste?
—Lo suficiente. —Amelia levantó la mirada hacia el jardín.— Lo justo.
Un silencio cómodo se instaló entre ellos.
Stefan tenía la costumbre de no llenar el silencio con ruido innecesario. Era una de las cosas que Amelia había aprendido a valorar en él, en estas semanas de trabajo compartido y cenas tardías y conversaciones que empezaban sobre estrategia y terminaban en otro lugar.
—Marcus Pemberton te buscó dos veces esta tarde. —Lo dijo sin inflexión. Completamente neutro.
Demasiado neutro.
—Lo sé.
—¿Y?
Amelia lo miró de reojo.
—Y nada. —Hizo una pausa.— ¿Hay alguna razón por la que eso te interese?
El músculo en la mandíbula de Stefan se contrajo levemente.
No respondió.
Lo cual era, pensó Amelia, exactamente una respuesta.
Volvió la vista al jardín. Las hojas tardías se movían en el viento con esa pereza del otoño avanzado. Abajo, en el camino de grava, un coche de caballos esperaba sin prisa.
Dentro de ella, algo se ordenaba.
Charlotte tenía miedo.
Stefan tenía celos que no se permitía nombrar.
Y ella tenía más piezas de las que había tenido hace tres semanas.
Bien, pensó.
Muy bien.
Las visitas supervisadas ocurrían los miércoles.
De dos a cinco de la tarde. En un salón neutral que los abogados de ambas partes habían acordado con la frialdad de quien negocia un armisticio. Una habitación en la residencia de una mediadora familiar llamada señora Potts, que tenía cara de haber visto demasiado y la discreción suficiente para no comentarlo.
Tres horas.
Ciento ochenta minutos.
Amelia los contaba desde que se despertaba.
Lilly llegó con las mejillas coloradas y un dibujo doblado en la mano.
Entró corriendo, como siempre. Sin protocolo. Sin la rigidez que los Ashworth intentaban instalarle como si fuera mueble de época. Tres años y medio de pura energía sin filtro, con el pelo castaño escapándose de las trenzas que alguien había hecho esa mañana con más intención que habilidad.
—¡Mamá!
El impacto contra las rodillas de Amelia fue suficiente para desestabilizar a cualquiera.
Amelia no se desestabilizó.
Se dobló hacia ella y la levantó en un solo movimiento, enterrando la nariz en su cuello, en ese lugar que olía a jabón de lavanda y a algo que no tenía nombre pero que era, sin ninguna duda, el olor más importante del mundo.
—Hola, mi niña.
—Te traje algo. —Lilly empujó el dibujo contra su cara con urgencia de quien entrega un documento oficial.— Lo hice ayer. La señorita Harper dijo que era muy bueno pero que los caballos no son morados.
Amelia desplegó el papel con cuidado.
Había una figura grande con pelo amarillo —ella, presumiblemente— y una figura pequeña con pelo castaño —Lilly, sin duda— y entre las dos, algo que podría ser un caballo o podría ser una mesa con patas irregulares.
—Es perfecto. —Y lo decía en serio.— Los mejores caballos son morados.
Lilly asintió con la seriedad de quien acaba de recibir confirmación científica.
La señora Potts se instaló en su sillón habitual junto a la ventana con su labor de punto y su presencia discreta que no era exactamente ausencia pero lo simulaba con elegancia profesional.
Stefan esperaba en el vestíbulo.
Había insistido en acompañarla. No con argumentos elaborados sino con esa forma suya de simplemente estar presente en el umbral con el abrigo puesto y las llaves en la mano, como si la discusión ya hubiera ocurrido y él la hubiera ganado.
Amelia no había discutido.
Lo cual, reconocía, era información sobre ella misma que prefería no examinar demasiado de cerca.
La señora Potts había levantado una ceja al verlo entrar.
—El señor Müller puede esperar en el salón adjunto si lo desea.
Stefan había mirado a Amelia.
—Que pase —había dicho ella, antes de poder pensarlo dos veces.
Así que ahora Stefan estaba sentado en el extremo opuesto del sofá, con una taza de té que no había tocado, observando a Lilly con la expresión de alguien que intenta parecer relajado y no termina de lograrlo.
Lilly no tardó en descubrirlo.
—Tú eres el señor Stefan. —No era pregunta. Era identificación.
Levantó la vista de su dibujo con la mirada directa que solo tienen los niños pequeños y los jueces experimentados.
Stefan se inclinó ligeramente hacia ella.
—El mismo. ¿Nos conocemos?
—Mamá habla de ti. —Lilly lo anunció con total despreocupación.— Dice tu nombre cuando piensa que no escucho. Pero yo siempre escucho.
Amelia sintió calor en el cuello.
—Lilly…
—¿Sabes hacer nudos de marinero? —Lilly ignoró la interrupción con la impunidad soberana de los tres años.— La señorita Harper dice que son difíciles pero yo creo que ella no sabe hacerlos y por eso dice que son difíciles.
Stefan consideró la pregunta con seriedad aparente.
—Sé hacer tres tipos distintos.
Los ojos de Lilly se abrieron.
—¿Tres?
—Tres.
—¿Me enseñas uno?
Amelia observó cómo Stefan sacaba el pañuelo del bolsillo superior de su chaqueta —lino blanco, perfectamente doblado— y lo extendía sobre la mesita de centro con la concentración de alguien que negocia un contrato de siete cifras.
—Este se llama nudo de ballestrinque. —Sus manos eran grandes pero se movían con precisión.— Mira. Así, y luego así.
Lilly se deslizó del sofá sin pedir permiso y se instaló frente a él en el suelo, con los codos apoyados en la mesita, el mentón en las manos, absorta.
Amelia no dijo nada.
Miraba.
Había algo en la imagen que le apretaba el pecho de una manera que no sabía clasificar todavía. Stefan con su chaqueta impecable, arrodillándose levemente para que Lilly pudiera ver mejor, explicando el nudo con una paciencia que Amelia no le había visto usar nunca en reuniones de negocios.
La señora Potts seguía con su labor de punto.
Su aguja no se detuvo.
Pero su mirada sí se desplazó, brevemente, hacia la escena. Y algo en su expresión se suavizó antes de volver a su posición neutral.
Lilly aprendió el nudo en cuatro intentos.
O algo que se parecía suficientemente al nudo para que Stefan lo declarara técnicamente válido.
—Eres la alumna más rápida que he tenido. —Stefan recuperó su pañuelo, ahora levemente arrugado.
—Lo sé. —Lilly se sentó con las piernas cruzadas, mirándolo con esa fijeza evaluadora que a veces la hacía parecer mucho mayor.— ¿Por qué no tienes hijos?
Amelia cerró los ojos un segundo.
—Lilly.
—Es una pregunta. —Lilly la miró con genuina incomprensión.— La señorita Harper dice que las preguntas son buenas.
Stefan no parecía incomodado.
—No los tengo todavía —respondió con la misma sencillez con que había explicado el nudo.
—¿Por qué todavía?
—Porque no he encontrado la familia correcta todavía.
Lilly procesó esto con el ceño fruncido de quien trabaja un problema matemático.
—Nosotras podríamos ser tu familia. —Lo dijo con la misma lógica casual con que podría ofrecer compartir una galleta.— Mamá y yo. Ya somos dos, pero podría ser tres.
El silencio que siguió tenía peso.
Amelia sentía el calor subir desde el cuello hasta las sienes. La señora Potts había dejado de mover la aguja. Stefan tenía una expresión que Amelia no le había visto antes, algo que se parecía a sorpresa genuina mezclada con algo más oscuro, más serio, que no terminaba de caber en su cara habitual.
—Lilly… —empezó Amelia.
—¿Vas a ser el nuevo papá de mamá?
La pregunta aterrizó en el centro de la habitación como una piedra en agua quieta.
Perfecta. Directa. Sin malicia ninguna y con todo el peso del mundo.
Amelia no supo qué hacer con sus manos. Las juntó en el regazo. Las separó. Miró a su hija, que seguía esperando respuesta con la paciencia práctica de quien ha hecho una pregunta razonable y aguarda información.
—Los papás y las mamás son… —buscó palabras que tuvieran sentido para tres años y medio— es algo complicado, mi amor.
—¿Por qué complicado?
—Porque los adultos somos complicados.
Lilly consideró esto.
—Yo no soy complicada.
—No. —Amelia sonrió a pesar de todo.— Tú no lo eres.
—Entonces tú podrías ser menos complicada. —Lilly se giró hacia Stefan con la conclusión lógica ya formada.— ¿Tú quieres ser menos complicado?
Stefan bajó la mirada hacia ella.
Y la respuesta que dio no fue la que Amelia esperaba.
—Sí —dijo. Sin adornos. Sin calificativos.— Creo que sí quiero.
A las cuatro y media Lilly se quedó dormida.
Había ocurrido de golpe, como siempre ocurrían las cosas en ella. Un minuto estaba organizando sus dibujos en una pila con una seriedad administrativa envidiable, y al siguiente estaba recostada en el sofá con la mejilla aplastada contra el cojín y la respiración profunda y regular de quien no tiene deudas con el mundo.
Amelia le puso la manta pequeña que la señora Potts guardaba en el cajón de abajo.
La señora Potts salió discretamente con su labor de punto y una excusa sobre el té.
La habitación quedó en silencio.
Solo Lilly durmiendo.
Solo Stefan de pie junto a la ventana.
Solo Amelia con la manta todavía en las manos, mirando la cara de su hija, memorizando esa expresión de paz absoluta que los niños tienen cuando duermen y que los adultos pierden en algún momento del camino sin darse cuenta exactamente cuándo.
—Tengo que devolverla en media hora. —Su propia voz le sonó extraña.
—Lo sé.
Silencio.
—Lo que dijiste antes. —Amelia no levantó la vista de Lilly todavía.— Que quieres ser menos complicado.
Stefan no respondió de inmediato.
Amelia escuchó sus pasos. Lentos. Acercándose.
Se detuvo a su lado.
Lo suficientemente cerca para que Amelia sintiera el calor de su presencia pero sin tocarla. Sin presionar. Con esa forma suya de ocupar el espacio que nunca era invasión sino algo más parecido a oferta.
—Era una respuesta honesta. —Su voz era baja, calibrada para no despertar a Lilly.— No pretendía complicar más las cosas.
—No las has complicado. —Amelia dejó escapar el aire despacio.— Las has nombrado. Que es diferente.
Stefan guardó silencio un momento.
—¿Eso te incomoda?
Amelia miró a su hija. Las pestañas largas contra la mejilla. La boca levemente abierta. El dibujo del caballo morado en el suelo, cerca de su mano como si incluso dormida quisiera tenerlo cerca.
—Me incomoda —dijo finalmente— lo mucho que no me incomoda.
Sintió más que vio cómo Stefan se giraba hacia ella.
Sintió su mirada como algo tangible.
Y entonces su mano encontró la de ella, sin drama, sin urgencia. Solo los dedos de él cerrándose sobre los suyos en un gesto que era demasiado pequeño para ser declaración y demasiado deliberado para ser accidente.
Amelia no retiró la mano.
Lilly respiraba despacio.
Afuera, el viento movía las últimas hojas del otoño contra el cristal.
Y en ese salón neutral que olía a lavanda y a decisiones pendientes, algo que llevaba semanas tomando forma finalmente encontró el nombre que le faltaba.
Aunque ninguno de los dos lo dijera todavía en voz alta.
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