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Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 66

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Capítulo 66: Lo que saben los niños

Las visitas supervisadas ocurrían los miércoles.

De dos a cinco de la tarde. En un salón neutral que los abogados de ambas partes habían acordado con la frialdad de quien negocia un armisticio. Una habitación en la residencia de una mediadora familiar llamada señora Potts, que tenía cara de haber visto demasiado y la discreción suficiente para no comentarlo.

Tres horas.

Ciento ochenta minutos.

Amelia los contaba desde que se despertaba.

Lilly llegó con las mejillas coloradas y un dibujo doblado en la mano.

Entró corriendo, como siempre. Sin protocolo. Sin la rigidez que los Ashworth intentaban instalarle como si fuera mueble de época. Tres años y medio de pura energía sin filtro, con el pelo castaño escapándose de las trenzas que alguien había hecho esa mañana con más intención que habilidad.

—¡Mamá!

El impacto contra las rodillas de Amelia fue suficiente para desestabilizar a cualquiera.

Amelia no se desestabilizó.

Se dobló hacia ella y la levantó en un solo movimiento, enterrando la nariz en su cuello, en ese lugar que olía a jabón de lavanda y a algo que no tenía nombre pero que era, sin ninguna duda, el olor más importante del mundo.

—Hola, mi niña.

—Te traje algo. —Lilly empujó el dibujo contra su cara con urgencia de quien entrega un documento oficial.— Lo hice ayer. La señorita Harper dijo que era muy bueno pero que los caballos no son morados.

Amelia desplegó el papel con cuidado.

Había una figura grande con pelo amarillo —ella, presumiblemente— y una figura pequeña con pelo castaño —Lilly, sin duda— y entre las dos, algo que podría ser un caballo o podría ser una mesa con patas irregulares.

—Es perfecto. —Y lo decía en serio.— Los mejores caballos son morados.

Lilly asintió con la seriedad de quien acaba de recibir confirmación científica.

La señora Potts se instaló en su sillón habitual junto a la ventana con su labor de punto y su presencia discreta que no era exactamente ausencia pero lo simulaba con elegancia profesional.

Stefan esperaba en el vestíbulo.

Había insistido en acompañarla. No con argumentos elaborados sino con esa forma suya de simplemente estar presente en el umbral con el abrigo puesto y las llaves en la mano, como si la discusión ya hubiera ocurrido y él la hubiera ganado.

Amelia no había discutido.

Lo cual, reconocía, era información sobre ella misma que prefería no examinar demasiado de cerca.

La señora Potts había levantado una ceja al verlo entrar.

—El señor Müller puede esperar en el salón adjunto si lo desea.

Stefan había mirado a Amelia.

—Que pase —había dicho ella, antes de poder pensarlo dos veces.

Así que ahora Stefan estaba sentado en el extremo opuesto del sofá, con una taza de té que no había tocado, observando a Lilly con la expresión de alguien que intenta parecer relajado y no termina de lograrlo.

Lilly no tardó en descubrirlo.

—Tú eres el señor Stefan. —No era pregunta. Era identificación.

Levantó la vista de su dibujo con la mirada directa que solo tienen los niños pequeños y los jueces experimentados.

Stefan se inclinó ligeramente hacia ella.

—El mismo. ¿Nos conocemos?

—Mamá habla de ti. —Lilly lo anunció con total despreocupación.— Dice tu nombre cuando piensa que no escucho. Pero yo siempre escucho.

Amelia sintió calor en el cuello.

—Lilly…

—¿Sabes hacer nudos de marinero? —Lilly ignoró la interrupción con la impunidad soberana de los tres años.— La señorita Harper dice que son difíciles pero yo creo que ella no sabe hacerlos y por eso dice que son difíciles.

Stefan consideró la pregunta con seriedad aparente.

—Sé hacer tres tipos distintos.

Los ojos de Lilly se abrieron.

—¿Tres?

—Tres.

—¿Me enseñas uno?

Amelia observó cómo Stefan sacaba el pañuelo del bolsillo superior de su chaqueta —lino blanco, perfectamente doblado— y lo extendía sobre la mesita de centro con la concentración de alguien que negocia un contrato de siete cifras.

—Este se llama nudo de ballestrinque. —Sus manos eran grandes pero se movían con precisión.— Mira. Así, y luego así.

Lilly se deslizó del sofá sin pedir permiso y se instaló frente a él en el suelo, con los codos apoyados en la mesita, el mentón en las manos, absorta.

Amelia no dijo nada.

Miraba.

Había algo en la imagen que le apretaba el pecho de una manera que no sabía clasificar todavía. Stefan con su chaqueta impecable, arrodillándose levemente para que Lilly pudiera ver mejor, explicando el nudo con una paciencia que Amelia no le había visto usar nunca en reuniones de negocios.

La señora Potts seguía con su labor de punto.

Su aguja no se detuvo.

Pero su mirada sí se desplazó, brevemente, hacia la escena. Y algo en su expresión se suavizó antes de volver a su posición neutral.

Lilly aprendió el nudo en cuatro intentos.

O algo que se parecía suficientemente al nudo para que Stefan lo declarara técnicamente válido.

—Eres la alumna más rápida que he tenido. —Stefan recuperó su pañuelo, ahora levemente arrugado.

—Lo sé. —Lilly se sentó con las piernas cruzadas, mirándolo con esa fijeza evaluadora que a veces la hacía parecer mucho mayor.— ¿Por qué no tienes hijos?

Amelia cerró los ojos un segundo.

—Lilly.

—Es una pregunta. —Lilly la miró con genuina incomprensión.— La señorita Harper dice que las preguntas son buenas.

Stefan no parecía incomodado.

—No los tengo todavía —respondió con la misma sencillez con que había explicado el nudo.

—¿Por qué todavía?

—Porque no he encontrado la familia correcta todavía.

Lilly procesó esto con el ceño fruncido de quien trabaja un problema matemático.

—Nosotras podríamos ser tu familia. —Lo dijo con la misma lógica casual con que podría ofrecer compartir una galleta.— Mamá y yo. Ya somos dos, pero podría ser tres.

El silencio que siguió tenía peso.

Amelia sentía el calor subir desde el cuello hasta las sienes. La señora Potts había dejado de mover la aguja. Stefan tenía una expresión que Amelia no le había visto antes, algo que se parecía a sorpresa genuina mezclada con algo más oscuro, más serio, que no terminaba de caber en su cara habitual.

—Lilly… —empezó Amelia.

—¿Vas a ser el nuevo papá de mamá?

La pregunta aterrizó en el centro de la habitación como una piedra en agua quieta.

Perfecta. Directa. Sin malicia ninguna y con todo el peso del mundo.

Amelia no supo qué hacer con sus manos. Las juntó en el regazo. Las separó. Miró a su hija, que seguía esperando respuesta con la paciencia práctica de quien ha hecho una pregunta razonable y aguarda información.

—Los papás y las mamás son… —buscó palabras que tuvieran sentido para tres años y medio— es algo complicado, mi amor.

—¿Por qué complicado?

—Porque los adultos somos complicados.

Lilly consideró esto.

—Yo no soy complicada.

—No. —Amelia sonrió a pesar de todo.— Tú no lo eres.

—Entonces tú podrías ser menos complicada. —Lilly se giró hacia Stefan con la conclusión lógica ya formada.— ¿Tú quieres ser menos complicado?

Stefan bajó la mirada hacia ella.

Y la respuesta que dio no fue la que Amelia esperaba.

—Sí —dijo. Sin adornos. Sin calificativos.— Creo que sí quiero.

A las cuatro y media Lilly se quedó dormida.

Había ocurrido de golpe, como siempre ocurrían las cosas en ella. Un minuto estaba organizando sus dibujos en una pila con una seriedad administrativa envidiable, y al siguiente estaba recostada en el sofá con la mejilla aplastada contra el cojín y la respiración profunda y regular de quien no tiene deudas con el mundo.

Amelia le puso la manta pequeña que la señora Potts guardaba en el cajón de abajo.

La señora Potts salió discretamente con su labor de punto y una excusa sobre el té.

La habitación quedó en silencio.

Solo Lilly durmiendo.

Solo Stefan de pie junto a la ventana.

Solo Amelia con la manta todavía en las manos, mirando la cara de su hija, memorizando esa expresión de paz absoluta que los niños tienen cuando duermen y que los adultos pierden en algún momento del camino sin darse cuenta exactamente cuándo.

—Tengo que devolverla en media hora. —Su propia voz le sonó extraña.

—Lo sé.

Silencio.

—Lo que dijiste antes. —Amelia no levantó la vista de Lilly todavía.— Que quieres ser menos complicado.

Stefan no respondió de inmediato.

Amelia escuchó sus pasos. Lentos. Acercándose.

Se detuvo a su lado.

Lo suficientemente cerca para que Amelia sintiera el calor de su presencia pero sin tocarla. Sin presionar. Con esa forma suya de ocupar el espacio que nunca era invasión sino algo más parecido a oferta.

—Era una respuesta honesta. —Su voz era baja, calibrada para no despertar a Lilly.— No pretendía complicar más las cosas.

—No las has complicado. —Amelia dejó escapar el aire despacio.— Las has nombrado. Que es diferente.

Stefan guardó silencio un momento.

—¿Eso te incomoda?

Amelia miró a su hija. Las pestañas largas contra la mejilla. La boca levemente abierta. El dibujo del caballo morado en el suelo, cerca de su mano como si incluso dormida quisiera tenerlo cerca.

—Me incomoda —dijo finalmente— lo mucho que no me incomoda.

Sintió más que vio cómo Stefan se giraba hacia ella.

Sintió su mirada como algo tangible.

Y entonces su mano encontró la de ella, sin drama, sin urgencia. Solo los dedos de él cerrándose sobre los suyos en un gesto que era demasiado pequeño para ser declaración y demasiado deliberado para ser accidente.

Amelia no retiró la mano.

Lilly respiraba despacio.

Afuera, el viento movía las últimas hojas del otoño contra el cristal.

Y en ese salón neutral que olía a lavanda y a decisiones pendientes, algo que llevaba semanas tomando forma finalmente encontró el nombre que le faltaba.

Aunque ninguno de los dos lo dijera todavía en voz alta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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