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Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 7

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  4. Capítulo 7 - 7 CAPÍTULO 7 LA CASA DE LOS SECRETOS
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7: CAPÍTULO 7: LA CASA DE LOS SECRETOS 7: CAPÍTULO 7: LA CASA DE LOS SECRETOS Día seis.

Veintitrés días restantes.

El amanecer pintaba el cielo de gris perla cuando el carruaje se detuvo frente a una verja de hierro oxidado.

Más allá, medio oculta por robles centenarios y maleza descuidada, se alzaba una casa que parecía haber sido olvidada por el tiempo.

Amelia descendió del carruaje antes de que Stefan pudiera ofrecerle la mano.

El aire de la mañana era frío y húmedo, con ese olor a tierra mojada y hojas en descomposición que hablaba de abandono prolongado.

—¿Estás segura de esto?

—Stefan se colocó a su lado, observando la propiedad con cautela—.

Todavía podemos volver.

Enviar a alguien en tu lugar.

—No.

—Amelia caminó hacia la verja—.

Si hay algo ahí dentro que pueda ayudarme a recuperar a Lilly, necesito verlo con mis propios ojos.

La cerradura cedió con sorprendente facilidad bajo la llave que Hartley les había proporcionado, una llave que el difunto George Whitmore había guardado durante décadas junto con su confesión.

El metal chirrió cuando empujaron la verja, un sonido que pareció despertar a los cuervos que anidaban en los árboles cercanos.

El sendero hacia la casa estaba cubierto de hierbas que llegaban hasta las rodillas.

Nadie había caminado por aquí en años, quizás en décadas.

Y sin embargo, según los registros que Hartley había encontrado, Williams Ashworth pagaba puntualmente los impuestos de esta propiedad cada año.

Un fantasma de papel que existía solo para guardar los pecados de una familia.

La puerta principal estaba hinchada por la humedad, pero Stefan logró abrirla con un empujón firme.

El interior olía a polvo, moho y algo más.

Algo dulzón y desagradable que Amelia prefirió no identificar.

—Quédate cerca de mí —murmuró Stefan, encendiendo una lámpara de aceite que habían traído.

La luz reveló un vestíbulo que alguna vez había sido elegante.

Papel tapiz descolorido colgaba de las paredes en tiras, como piel muerta.

Muebles cubiertos con sábanas blancas se alineaban como fantasmas esperando órdenes.

Y sobre todo, una capa de polvo tan gruesa que sus pisadas dejaban huellas claras en el suelo.

—Por aquí.

Amelia siguió las instrucciones que Hartley les había dado, basadas en la confesión de Whitmore.

Pasaron el vestíbulo, atravesaron un salón donde las cortinas se habían convertido en harapos, y llegaron a una puerta que parecía diferente a las demás.

Más nueva.

Más sólida.

—El estudio —dijo Amelia.

Esta puerta tenía una cerradura moderna, completamente fuera de lugar en aquella casa abandonada.

Stefan probó varias llaves del manojo hasta que una encajó con un clic satisfactorio.

Lo que encontraron al otro lado les robó el aliento.

El estudio no estaba abandonado.

Estaba inmaculadamente conservado, como una cápsula del tiempo protegida del deterioro que consumía el resto de la casa.

Estantes de archivadores metálicos cubrían las paredes.

Un escritorio de caoba ocupaba el centro, con una lámpara de gas y materiales de escritura ordenados como si alguien fuera a usarlos en cualquier momento.

—Williams viene aquí —susurró Stefan—.

Regularmente, por el aspecto de todo.

Amelia se acercó a los archivadores.

Las etiquetas estaban escritas en un código que no reconocía, pero cuando abrió el primer cajón, encontró carpetas organizadas por años.

Décadas de carpetas.

—Esto es…

esto es todo.

—Sus manos temblaban mientras sacaba una carpeta al azar—.

Contratos.

Cartas.

Recibos de pagos.

Todo lo que Hartley necesita para construir el caso.

Stefan se acercó a otro archivador.

—Amelia.

Mira esto.

El tono de su voz hizo que ella se detuviera.

Era el tono de alguien que acaba de ver algo terrible.

Se acercó y miró por encima de su hombro.

La carpeta que Stefan sostenía no contenía documentos financieros.

Contenía fotografías.

Decenas de fotografías de personas que Amelia no reconocía, cada una con una fecha y una anotación escrita con la caligrafía precisa de Williams Ashworth.

«Frederick Holloway.

Problema resuelto.

Marzo 1862.» «Sarah Whitmore.

Problema resuelto.

Agosto 1869.» «Thomas Crane.» Amelia sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Thomas Crane?

—Su voz sonó lejana, como si viniera de otra persona—.

Ese era…

ese era el nombre de mi abuelo.

Stefan pasó a la siguiente fotografía.

Un hombre de mediana edad, con bigote y ojos que Amelia reconoció porque los veía cada vez que miraba a su padre en los retratos de su infancia.

«Thomas Crane.

Problema resuelto.

Enero 1855.» —Tu abuelo murió en 1855 —dijo Stefan suavemente—.

¿Cómo murió?

—Un accidente.

—Las palabras salieron automáticamente, el relato que había escuchado toda su vida—.

Una caída de caballo.

Mi padre tenía solo diez años cuando…

Se detuvo.

La verdad cayó sobre ella como un bloque de hielo.

—No fue un accidente.

—Amelia…

—Mi abuelo descubrió algo.

Algo sobre los Ashworth.

Y ellos lo mataron.

—Las lágrimas corrían por sus mejillas, pero su voz era de acero—.

Mataron a mi abuelo.

Chantajearon a mi padre durante toda su vida.

Y luego me compraron a mí como esposa para su hijo, como si fuera ganado.

Stefan la tomó por los hombros, obligándola a mirarlo.

—Escúchame.

Esto es horrible.

Es monstruoso.

Pero también es exactamente lo que necesitamos.

Con esto, no solo ganarás la custodia de Lilly.

Con esto, los Ashworth irán a prisión por el resto de sus vidas.

Amelia respiró profundamente, una vez, dos veces.

El dolor no desapareció, pero lo empujó hacia un rincón de su mente donde pudiera examinarlo después.

Ahora no había tiempo para el duelo.

Ahora había trabajo que hacer.

—Tenemos que llevarnos todo lo que podamos cargar.

Trabajaron en silencio durante la siguiente hora, seleccionando los documentos más incriminatorios, las fotografías más reveladoras, las pruebas más sólidas.

Llenaron dos bolsas de cuero que habían traído para este propósito.

Fue cuando estaban a punto de salir que Amelia vio algo que la detuvo en seco.

En un rincón del escritorio, medio oculto bajo otros papeles, había un sobre con su nombre.

«Amelia Ashworth.» La caligrafía era de Williams.

Lo abrió con dedos que habían vuelto a temblar.

«Querida nuera: Si estás leyendo esto, significa que has sido más lista de lo que esperaba.

Felicidades.

Pocos han llegado tan lejos.

Pero déjame ser claro: no importa lo que hayas encontrado aquí.

No importa cuántas pruebas creas tener.

Los Ashworth hemos sobrevivido a amenazas mucho mayores que una esposa despechada con delirios de justicia.

Si continúas por este camino, no solo perderás a tu hija.

Perderás todo.

Incluyendo, quizás, tu vida.

Esta es tu última advertencia.

W.A.» Stefan leyó la carta por encima de su hombro.

—Sabía que alguien vendría eventualmente.

Dejó esto como trampa.

—No es una trampa.

—Amelia dobló la carta y la guardó en su bolsillo—.

Es una confesión de arrogancia.

Williams está tan seguro de su poder que ni siquiera se molestó en destruir las pruebas.

Simplemente asumió que nadie se atrevería a usarlas.

—¿Y tú te atreves?

Amelia lo miró directamente a los ojos.

—Mi abuelo murió por atreverse.

Mi padre vivió aterrorizado por no atreverse.

—Su voz era firme como roca—.

Yo no voy a cometer ninguno de esos errores.

Voy a atreviéndome y voy a ganar.

El viaje de regreso fue silencioso pero cargado de electricidad.

Las bolsas llenas de documentos descansaban entre ellos como un tesoro robado de la guarida de un dragón.

Porque eso era exactamente lo que habían hecho.

Cuando llegaron a la residencia de Stefan, el sol ya estaba alto.

Hartley los esperaba en el estudio, paseando nerviosamente frente a la chimenea.

—¿Y bien?

—preguntó apenas entraron.

Amelia dejó caer las bolsas sobre el escritorio.

—Williams Ashworth no solo es un estafador y un asesino.

Es un coleccionista.

Ha guardado evidencia de cada crimen que ha cometido durante cuarenta años, como si fueran trofeos.

Hartley abrió una de las bolsas y comenzó a revisar los documentos.

Su expresión pasó de la curiosidad al asombro y finalmente a algo que parecía casi alegría.

—Esto es…

esto es más de lo que esperaba.

Mucho más.

—Levantó la vista hacia Amelia—.

Con esto, no necesitamos un juicio de custodia.

Con esto, podemos exigir una investigación criminal completa.

El peso de la evidencia es tan abrumador que ningún juez, por corrupto que sea, podrá ignorarlo sin destruir su propia carrera.

—¿Cuánto tiempo necesita para preparar el caso?

—Dos semanas.

Quizás menos si trabajo día y noche.

Amelia hizo los cálculos.

Veintitrés días restantes.

Dos semanas de preparación.

Eso dejaba nueve días de margen.

Era ajustado, pero posible.

—Hágalo.

Esa noche, mientras la casa dormía, Amelia se sentó junto a la ventana de su habitación y sacó la carta de Williams.

La leyó una vez más bajo la luz de la luna.

«Esta es tu última advertencia.» Una sonrisa lenta se extendió por su rostro.

No era una sonrisa de felicidad.

Era la sonrisa de alguien que finalmente ha encontrado el arma que necesitaba.

—No, Williams —susurró al silencio—.

Esta es la tuya.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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