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Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 70

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Capítulo 70: El Hombre de dos Caras

La tarjeta de Marcus Pemberton seguía sobre la mesita del vestíbulo.

Amelia la había dejado ahí la noche anterior sin pensarlo dos veces. Un gesto pequeño. Casi descuidado.

Ahora, a la luz fría de la mañana, la miraba desde el umbral del comedor y sentía algo que no sabía nombrar exactamente.

No era sospecha.

Todavía no.

Era la sensación de un hilo suelto en un tejido que hasta hace doce horas creía perfecto.

Victoria llegó antes del desayuno.

No mandó carta esta vez. Apareció directamente, con la urgencia contenida de alguien que ha aprendido que el pánico es un lujo que no puede permitirse.

El mayordomo la anunció. Amelia ya estaba de pie.

—Siéntate. —Victoria no saludó. Extendió un sobre sobre la mesa—. Llegó esta mañana a través de mi contacto en el banco Whitfield. Anónimo. Pero el sello interior es del despacho legal de Pemberton and Associates.

Amelia abrió el sobre.

Dentro había una sola hoja. Membrete de transferencia bancaria. Fecha: tres semanas atrás. Emisor: una cuenta numerada sin nombre que Victoria había subrayado en rojo. Receptor: Lord Marcus Pemberton. Cantidad: cuatrocientas libras.

Una nota al margen, manuscrita:

“Segundo pago. Informe mensual. Próxima entrega: fin de mes.”

El papel no tembló en las manos de Amelia.

Eso era lo que más le costaba. Que no temblara.

—¿La cuenta numerada? —preguntó.

—Pertenece a una empresa fantasma registrada en Dublín. —Victoria se sentó, cruzó las manos—. Empresa que fue constituida hace cuatro años por el mismo notario que maneja los activos personales de Elizabeth Ashworth.

Silencio.

El reloj del vestíbulo marcó las ocho.

—¿Cuánto tiempo llevas sabiendo esto? —La voz de Amelia era completamente plana.

—Lo confirmé anoche. Después de que Marcus se fue. —Victoria no esquivó la mirada—. Necesitaba prueba documental antes de decírtelo. No acuso sin evidencia. Tú me enseñaste eso.

Amelia dejó el papel sobre la mesa.

Lo miró un momento más.

Luego lo giró boca abajo.

—¿Qué sabe Elizabeth de lo que hice ayer?

—Todo lo que Marcus presenció. —Victoria fue directa—. Que contraatacamos socialmente. Que la señora Whitmore-Bell y la condesa de Surrey fueron visitadas. Que la narrativa giró.

—También sabe que fui a hablar con Lady Pemberton.

—Sí.

—La madre de su espía. —Amelia procesó las capas—. Elizabeth sabía exactamente adónde iría. Marcus le recomendó a su propia madre como puerta de entrada.

Victoria no respondió.

No hacía falta.

Stefan entró al comedor diez minutos después.

Leyó la situación en la postura de ambas mujeres antes de que nadie hablara. Se acercó a la mesa, vio el papel, lo leyó.

Su expresión no cambió.

Pero sus ojos sí.

—¿Cuándo lo supiste? —le preguntó a Victoria.

—Anoche. Después de que se fue.

—Y no me avisaste.

—Te aviso ahora.

Stefan levantó la vista hacia Amelia. Había algo en su mirada que ella no supo clasificar del todo. No era te lo dije. Era algo más parecido a alivio de que el daño no hubiera sido peor, mezclado con una rabia que guardaba para sí mismo.

—¿Qué le dijiste ayer? —preguntó con calma.

—Nada que no supiera ya por los rumores de Elizabeth. —Amelia repasó la conversación con precisión quirúrgica—. Que vivía aquí. Que había contraatacado socialmente. Que tenía apoyo de su madre.

—¿Tus planes legales?

—No. Nunca mencioné a Hartley. —Hizo pausa—. Aunque sí sabe que Victoria es mi aliada. Eso no es secreto desde el cap 57.

Stefan asintió.

El daño era contenido. No perfecto, pero contenido.

—¿Qué quieres hacer? —le preguntó.

Amelia tomó su café. Bebió despacio.

—Por ahora, nada.

Victoria arqueó una ceja.

—¿Nada?

—Si movemos contra Marcus hoy, Elizabeth sabe que descubrimos a su hombre. —Amelia dejó la taza—. Mientras Marcus crea que sigue siendo invisible, podemos controlarlo. Darle información que queremos que llegue a Elizabeth. Convertir su canal en nuestro canal.

El silencio que siguió tenía una textura diferente.

Victoria sonrió. No era una sonrisa cálida. Era la sonrisa de alguien que reconoce a un aprendiz que acaba de superar al maestro.

—Cuatro meses —dijo—. Eso tardé yo en aprender esa lección. Tú tardaste una noche.

—Aprendí de los mejores. —Amelia no sonrió—. Y de los peores.

A las once, Marcus Pemberton mandó flores.

Rosas blancas. Tarjeta escrita a mano: “Para la mujer más valiente de Londres. Con admiración sincera. M.P.”

Helen las recibió en la puerta. Las llevó a la cocina sin preguntar.

Cuando Amelia las vio sobre la mesa de la cocina, sintió algo frío recorrerle el esternón. No era miedo. Era el reconocimiento preciso de lo que era Marcus Pemberton.

Alguien que mentía con elegancia completa.

Que enviaba flores con la misma mano con la que firmaba informes.

Que había tomado partido públicamente —a su favor— porque una alianza visible con ella era exactamente lo que Elizabeth necesitaba para tener ojos dentro de su círculo.

Cada gesto generoso había sido una inversión.

—¿Qué hago con esto? —preguntó Helen, señalando las flores con la misma expresión con que señalaría una rata muerta.

—Ponlas en el vestíbulo. —Amelia se volteó—. Si Marcus viene a visitarnos, quiero que las vea en el lugar de honor.

Helen parpadeó.

—¿Segura?

—Completamente.

Esa tarde, Amelia escribió una nota.

Breve. Cordial. Completamente calculada.

“Lord Pemberton: Su gesto de ayer fue generoso y no pasó desapercibido. Me gustaría corresponder con una invitación a cenar la próxima semana. Hay asuntos sobre los que apreciaría su opinión. Sinceramente, A. Crane.”

La selló y la entregó al mensajero.

Stefan la observó desde el umbral del estudio.

—Lo estás invitando.

—Lo estoy controlando. —Amelia guardó la pluma—. Hay diferencia.

—¿Y si en la cena decide que ya eres más problema que valor?

—Entonces aprenderé qué le reportó a Elizabeth esta semana por la forma en que reaccione. —Amelia se puso de pie—. De cualquier manera, gano información.

Stefan cruzó los brazos.

—¿Cuándo dejaste de tenerle miedo a las personas peligrosas?

Amelia recogió sus papeles del escritorio.

—Cuando me di cuenta de que las personas peligrosas también le tienen miedo a algo.

La noche cayó sobre Londres con su gris habitual.

Lilly cenó con entusiasmo sobre un cuento que Helen le había leído sobre una princesa que vivía en un castillo de nubes. Stefan escuchó cada detalle con la seriedad que la historia merecía. Amelia comió sin probar realmente lo que comía.

Cuando Lilly se durmió, Stefan encontró a Amelia en el estudio.

No estaba trabajando.

Estaba de pie frente a la ventana, con los brazos cruzados, mirando la calle oscura.

—¿En qué piensas? —preguntó él.

—En máscaras. —Pausa—. En cuántas personas en esta guerra llevan una que no he visto todavía.

Stefan se detuvo junto a ella. No demasiado cerca. La distancia exacta de alguien que respeta el espacio de otra persona pero no quiere que ese espacio sea demasiado grande.

—Marcus no es el último —dijo con honestidad.

—Lo sé.

—Elizabeth lleva cuarenta años construyendo esta red. Tiene piezas que nosotros no hemos encontrado aún.

—Lo sé. —Amelia no apartó la vista de la calle—. Por eso mañana quiero revisar cada alianza que hemos construido desde el principio. Cada persona. Cada conexión. Cada favor recibido y de quién.

—Es mucho trabajo.

—Es trabajo necesario. —Giró la cabeza hacia él—. ¿Empezamos por la mañana?

Stefan la miró un momento.

Había algo en su expresión que Amelia no supo leer del todo. Algo que llevaba ahí varios días y que él guardaba con la misma disciplina con que ella guardaba sus propias cosas.

—Por la mañana —confirmó.

Se quedaron en silencio un momento más.

La calle estaba vacía. Las farolas pintaban círculos amarillos sobre el adoquín mojado.

—Stefan. —La voz de Amelia era más baja—. ¿Hay algo que yo no sepa sobre ti? ¿Algo de antes, de esta guerra, de los Ashworth, que debería saber?

La pregunta llegó sin acusación.

Solo con la claridad de alguien que acaba de aprender que los secretos no esperan a ser convenientes.

Stefan no respondió de inmediato.

Eso, en sí mismo, ya era una respuesta.

—Hay cosas. —Su voz fue igual de baja—. Nada que te ponga en peligro. Nada que cambie en qué lado estoy.

—Pero hay cosas.

—Sí.

Amelia asintió.

No presionó.

Pero el hilo que había sentido suelto esa mañana, cuando miraba la tarjeta de Marcus sobre la mesita, ahora tenía un nombre diferente.

No era sospecha.

Era certeza de que la guerra tenía más capas de las que había visto hasta ahora.

Y que algunas de esas capas llevaban el nombre de personas en quienes confiaba.

Afuera, Londres dormía sin saber nada de esto.

Adentro, Amelia Crane seguía de pie junto a la ventana, mirando la oscuridad con los ojos de alguien que ya no espera que la luz llegue sola.

La enciende ella.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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