Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 8
- Inicio
- Todas las novelas
- Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta
- Capítulo 8 - 8 CAPÍTULO 8 EL PRECIO DE LA SANGRE
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
8: CAPÍTULO 8: EL PRECIO DE LA SANGRE 8: CAPÍTULO 8: EL PRECIO DE LA SANGRE Día ocho.
Veintiún días restantes.
El carruaje de los Ashworth apareció sin aviso frente a la residencia de Stefan a media mañana.
Negro como un cuervo, con el escudo familiar brillando en la puerta como una advertencia.
Amelia lo vio desde la ventana del estudio donde había estado trabajando con los documentos.
Su primer instinto fue esconderse, correr, desaparecer.
El segundo instinto, más fuerte, la mantuvo exactamente donde estaba.
Ya no huía de los Ashworth.
—Señora.
—El mayordomo de Stefan apareció en la puerta, visiblemente incómodo—.
El señor Oliver Ashworth solicita una audiencia con usted.
Dice que es urgente y que no se irá hasta hablar.
Stefan, que había estado revisando contratos en el escritorio contiguo, se puso de pie inmediatamente.
—Dile que no está disponible.
—No.
—Amelia levantó la mano—.
Déjalo pasar.
—Amelia…
—Necesito ver qué quiere.
—Lo miró con una calma que no sentía del todo—.
Y necesito que él vea que ya no me intimida.
Stefan apretó la mandíbula, pero asintió.
Se movió hacia la puerta, pero Amelia lo detuvo.
—Quédate.
Quiero que escuche todo lo que tenga que decir.
Y quiero un testigo.
Oliver entró en el estudio como si fuera el dueño del lugar.
Llevaba un traje impecable y ese aire de superioridad que Amelia había aprendido a odiar durante tres años de matrimonio.
Pero había algo diferente en él hoy.
Algo en sus ojos que parecía casi…
desesperación.
—Amelia.
—Su voz intentaba ser suave, conciliadora—.
Gracias por recibirme.
—No tengo mucho tiempo, Oliver.
Di lo que tengas que decir.
Oliver miró a Stefan con disgusto apenas disimulado.
—¿Podríamos hablar a solas?
Es un asunto familiar.
—Stefan se queda.
—Amelia no se movió de su posición junto a la ventana—.
Ya no somos familia, Oliver.
Tú te encargaste de eso frente a cien testigos.
El golpe dio en el blanco.
Oliver palideció ligeramente, pero se recuperó rápido.
—Vine a hacerte una oferta.
Una oferta generosa, considerando las circunstancias.
—¿Más generosa que cinco mil libras y visitas supervisadas ocasionales a mi propia hija?
—Mucho más generosa.
—Oliver sacó un sobre del bolsillo interior de su chaqueta—.
Cincuenta mil libras.
Una propiedad en el campo, completamente amueblada.
Y visitas mensuales con Lillian, sin supervisión.
Amelia no se movió para tomar el sobre.
—¿A cambio de qué?
—A cambio de que firmes la renuncia definitiva a la custodia.
Y de que dejes de…
—hizo una pausa, buscando las palabras— de que dejes de investigar asuntos que no te conciernen.
Ahí estaba.
La verdadera razón de su visita.
No era generosidad ni arrepentimiento.
Era miedo.
—¿Qué asuntos serían esos, Oliver?
—Sabes perfectamente de qué hablo.
—Su tono se endureció—.
Mis padres están al tanto de tus movimientos.
Las visitas a abogados.
Las expediciones a propiedades que no deberías conocer.
—Dio un paso hacia ella—.
Esto no es un juego, Amelia.
Estás metiéndote en aguas muy profundas.
—¿Me estás amenazando?
—Te estoy advirtiendo.
Como el padre de tu hija.
Como alguien que, a pesar de todo, no quiere verte destruida.
Amelia rio.
Fue un sonido breve y sin humor que pareció desconcertar a Oliver más que cualquier grito.
—¿Destruida?
Oliver, tu familia ya me destruyó.
Destruyeron mi matrimonio, mi reputación, mi acceso a mi propia hija.
—Se acercó a él hasta que apenas los separaba un metro—.
La diferencia es que ahora estoy reconstruyéndome.
Y lo que estoy construyendo es mucho más peligroso que lo que ustedes demolieron.
—Amelia, sé razonable…
—¿Razonable?
—La palabra salió cargada de veneno—.
¿Quieres que sea razonable?
Está bien.
Seamos razonables.
Tu padre es un asesino.
Ha matado a por lo menos tres personas que yo sepa, incluyendo a mi propio abuelo.
Tu madre ha encubierto esos crímenes durante treinta años.
Y tú, Oliver, tú te casaste conmigo sabiendo exactamente en qué clase de familia me estabas metiendo.
El color abandonó completamente el rostro de Oliver.
—No sabes de qué estás hablando.
—Sé exactamente de qué estoy hablando.
Tengo pruebas.
Documentos.
Fotografías.
Confesiones.
—Amelia disfrutó cada palabra como si fuera un trago de vino fino—.
Todo lo que tu padre ha guardado tan cuidadosamente durante cuarenta años, creyendo que nadie se atrevería a usarlo.
Bueno, yo me atrevo.
—Si haces esto…
—Oliver retrocedió un paso, su compostura desmoronándose—.
Si expones a mi familia, te destruirán.
Tienen conexiones que ni siquiera puedes imaginar.
—¿Las mismas conexiones que compraron con sobornos?
¿Los jueces y políticos cuyos nombres aparecen en los registros de pagos de tu padre?
—Amelia negó con la cabeza—.
Esas conexiones van a hundirse con ustedes cuando todo salga a la luz.
Oliver se quedó en silencio durante un largo momento.
Cuando habló de nuevo, su voz había cambiado.
Ya no era el aristócrata arrogante.
Era algo más pequeño.
Algo casi humano.
—¿Qué quieres, Amelia?
Dime qué quieres y lo conseguiré.
—Quiero a mi hija.
Custodia completa.
Sin condiciones.
—Mi madre nunca lo permitirá.
—Entonces tu madre tendrá que explicarle a la Corona por qué su esposo ha estado asesinando gente durante cuatro décadas.
—Amelia se cruzó de brazos—.
La decisión es tuya, Oliver.
Puedes ir a casa ahora mismo y convencer a tus padres de que me devuelvan a Lilly pacíficamente.
O puedes esperar tres semanas y ver cómo todo lo que conoces se derrumba en un tribunal.
—Tres semanas no es suficiente tiempo para…
—Tres semanas es todo el tiempo que tienes.
—Amelia caminó hacia la puerta y la abrió—.
Ahora, si me disculpas, tengo trabajo que hacer.
Oliver no se movió inmediatamente.
La miró con una expresión que Amelia no supo interpretar.
¿Respeto?
¿Miedo?
¿Arrepentimiento tardío?
—Te equivocas en una cosa —dijo finalmente mientras caminaba hacia la puerta—.
No me casé contigo sabiendo en qué clase de familia te metía.
No supe la verdad sobre mi padre hasta hace cinco años.
—¿Y qué hiciste cuando lo supiste?
El silencio fue respuesta suficiente.
—Eso pensé.
—Amelia sostuvo la puerta abierta—.
Adiós, Oliver.
Cuando el carruaje negro desapareció al final del camino, Stefan se acercó a Amelia.
Ella seguía de pie junto a la ventana, observando el punto donde el vehículo había desaparecido.
—¿Estás bien?
—No lo sé.
—Era la verdad—.
Acabo de amenazar a la familia más poderosa de Inglaterra con destruirlos completamente.
O estoy a punto de ganar la guerra, o acabo de firmar mi sentencia de muerte.
—No estás sola en esto.
Amelia se volvió hacia él.
Stefan estaba más cerca de lo que había esperado, lo suficiente para que pudiera ver las pequeñas motas doradas en sus ojos grises, lo suficiente para sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
—¿Por qué haces esto, Stefan?
—La pregunta salió antes de que pudiera detenerla—.
Y no me digas que es por una promesa a mi padre o por una galleta que compartí contigo hace veinte años.
Nadie arriesga tanto por deudas antiguas.
Stefan no respondió inmediatamente.
Levantó una mano y, con una gentileza que contrastaba con su apariencia imponente, apartó un mechón de cabello que había caído sobre el rostro de Amelia.
—Porque cuando te vi en aquel salón, rodeada de personas que te despreciaban, mantuviste la cabeza alta.
No suplicaste.
No te derrumbaste.
Desafiaste a todos ellos con nada más que tu dignidad.
—Su voz se suavizó—.
En ese momento supe que eras la mujer más valiente que había conocido.
Y supe que haría lo que fuera necesario para ayudarte a ganar.
El aire entre ellos se volvió denso, cargado de posibilidades no dichas.
—Stefan…
—No tienes que decir nada.
—Él bajó la mano y dio un paso atrás, rompiendo el momento—.
Sé que ahora mismo lo único que importa es Lilly.
Y eso es exactamente como debe ser.
Pero quería que supieras…
quería que supieras que no estoy aquí solo por obligación.
Amelia sintió algo cálido expandirse en su pecho.
Algo que había creído muerto después de años de matrimonio frío y humillaciones constantes.
Algo que se parecía peligrosamente a la esperanza de un tipo diferente.
—Cuando todo esto termine —dijo suavemente—, cuando Lilly esté conmigo y los Ashworth hayan pagado por lo que hicieron…
quizás entonces podamos hablar de otras cosas.
Stefan sonrió.
Era la primera sonrisa genuina que Amelia le había visto, y transformó completamente su rostro severo.
—Esperaré.
La puerta del estudio se abrió de golpe.
El mayordomo entró con expresión alarmada.
—Señora, señor.
Ha llegado un mensaje urgente del señor Hartley.
Amelia tomó el sobre y lo abrió.
El mensaje era breve, escrito con la caligrafía apresurada de alguien que no tiene tiempo que perder.
«Han descubierto que faltan documentos de la propiedad.
Williams ha puesto precio a cualquier información sobre quién los tomó.
Debemos acelerar el plan.
Vengan inmediatamente.
T.H.» Amelia miró a Stefan.
La calidez de hacía un momento fue reemplazada por la urgencia helada de la realidad.
—Se acabó el tiempo de planificación —dijo—.
La guerra acaba de comenzar de verdad.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com