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Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 87

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Capítulo 87: Dos mujeres, un monstruo  

Día cuarenta y ocho.

Cinco días hasta la próxima audiencia.

El recibo de la transferencia bancaria estuvo encima del escritorio de Hartley durante toda la noche.

Amelia lo encontró a la mañana siguiente con tres hojas de análisis escritas a su lado y a Hartley dormido en el sillón del rincón con los brazos cruzados y la expresión de alguien que se durmió procesando información y no tuvo tiempo de cambiar de posición.

Joe le llevó café.

Hartley se despertó.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí?

—No lo sé. Ya estaba cuando bajé a las seis.

—Bien. —Se incorporó. Tomó el café. Señaló las tres hojas—. El recibo es el eslabón que necesitábamos. Con la firma de Reeves en el recibo y los testimonios de Rose y el notario, tenemos una cadena de evidencia que va desde Williams hasta Oliver, pasando por el intermediario, que demuestra que esto no fue un incidente sino una operación planificada y financiada.

—¿Qué le hace falta para completarlo?

—Confirmar la identidad completa de Reeves a través de los registros de la empresa. Stefan me dijo anoche que tiene el nombre completo: Robert Reeves, agente externo en nómina de Ashworth Industries desde hace diez años.

—¿Y si Reeves ya no es localizable?

—Entonces usamos el recibo con su firma y los testimonios existentes. No es tan limpio pero es suficientemente sólido. —Hartley bebió el café de un trago—. Aunque si Reeves puede confirmar en persona quién le dio las instrucciones, la diferencia es considerable.

Stefan entró al estudio a las ocho con un sobre en la mano.

—Reeves.

Lo abrió sobre el escritorio.

Robert Reeves. Cincuenta y dos años. Último domicilio conocido: una calle en Lambeth. Pero había una nota al margen escrita con letra diferente: embarcado a Australia, septiembre de este año.

Australia.

Hartley leyó la nota.

—¿Quién lo embarcó?

—Eso es lo interesante. —Stefan señaló el segundo papel del sobre—. El pasaje fue comprado tres semanas después de que empezara a circular la noticia de la investigación sobre Williams. Un pasaje de primera clase, pagado en efectivo, con equipaje suficiente para no volver.

—Elizabeth.

—O alguien actuando en su nombre. —Stefan cerró el sobre—. Reeves no está disponible. Pero el hecho de que alguien lo embarcara a Australia en el momento exacto en que la investigación se intensificó es en sí mismo evidencia de que había algo que ocultar.

—¿Podemos demostrar quién compró el pasaje?

—Estoy en ello. Hay un empleado de la naviera que recuerda el nombre de la persona que pagó en efectivo. Hoy a mediodía sé más.

Hartley hizo una nota.

—Entonces sin Reeves, la cadena sigue siendo: Williams a través de los documentos de Joe, la cesión forzada a través del testimonio de Rose y el notario, el patrón de pagos a través del recibo. Y si conseguimos probar que Elizabeth compró el pasaje de Reeves, añadimos obstrucción activa por eliminación de testigos.

—Eso último —dijo Amelia— es lo más grave.

—Sí. —Hartley asintió—. Pero también lo más difícil de probar en el tiempo que tenemos. Puede que necesitemos usarlo en una fase posterior.

—Prioridades entonces. —Amelia tomó el control de la conversación—. Primero: el testimonio de Rose formalizado y listo. Segundo: el notario de Cheltenham confirmado. Tercero: lo de Reeves y el pasaje como argumento de apoyo. ¿Cuándo tengo el testimonio escrito de Rose para revisarlo?

—Esta tarde. —Hartley ya se levantaba—. Voy a Clerkenwell a las once.

—Bien.

Hartley salió.

Stefan y Amelia quedaron solos en el estudio.

Por un momento, ninguno habló.

El fuego de la chimenea necesitaba alimentarse. Stefan lo hizo mientras Amelia ordenaba los papeles sobre el escritorio: una tarea mecánica que daba a las manos algo que hacer mientras la mente procesaba la cantidad de variables que seguían en movimiento.

—¿Cómo estás? —preguntó Stefan sin volverse desde la chimenea.

—Funcionando.

—Eso no es lo que pregunté.

Amelia dejó los papeles.

—Estoy en ese punto donde el agotamiento ya no se siente como agotamiento sino como un estado permanente al que te adaptas. —Fue honesta—. Y al mismo tiempo estoy más cerca que en ningún momento anterior de tener lo que necesito para recuperar a Lilly.

—Cinco días.

—Cinco días.

Stefan puso la última leña en el fuego. Se limpió las manos. Se volvió hacia ella.

—Cuando esto termine. —Lo dijo con la calma de quien ha pensado bien las palabras antes de usarlas—. Cuando Lilly esté de vuelta y el caso esté cerrado y puedas respirar sin que haya una audiencia en el horizonte. Hay algo que quiero decirte.

Amelia lo miró.

—¿No puedes decirlo ahora?

—Podría. Pero merece un momento en que ninguno de los dos esté pensando en estrategia legal o en documentos bancarios.

El aire entre ellos tenía la cualidad específica de los momentos que se reconocen solo en retrospectiva como decisivos. Amelia lo notó. Lo registró.

—¿Es urgente?

—No. —Stefan la miró directamente—. Es importante. Que es diferente.

El reloj de la chimenea marcó las nueve.

Amelia sostuvo esa mirada un segundo más de lo estrictamente necesario.

Luego cogió los papeles del escritorio.

—Cinco días —repitió—. Después me lo dices.

—Después te lo digo.

Volvieron al trabajo.

Pero algo en el aire del estudio había cambiado de manera sutil e irreversible. La temperatura no. El sonido no. Solo esa presencia nueva de algo que ya no podía ser ignorado porque había sido nombrado, aunque sin palabras todavía.

Amelia puso el primer documento frente a ella.

Stefan abrió su carpeta.

Cinco días.

Después de cinco días, habría tiempo para lo demás.

A las diez, Joe trajo un telegrama.

Era de la condesa Victoria Blackwood.

Amelia lo leyó de pie, en el pasillo, antes de volver al estudio. Cuatro líneas en la caligrafía precisa de una mujer que usaba las palabras como instrumentos y nunca desperdiciaba ninguna.

“He sabido de los movimientos recientes de Elizabeth en el tribunal. Hay algo que debería conocer antes de la próxima audiencia. Almuerzo hoy, una de la tarde, Claridge’s. Solo si puede.”

—¿Victoria? —Stefan la leyó sobre su hombro.

—Sí. Dice que hay algo que necesito saber antes de la audiencia.

—¿Va?

—Sí. —Amelia dobló el telegrama—. Victoria Blackwood lleva treinta años en los salones de esta ciudad. Si dice que hay algo que necesito saber, hay algo que necesito saber.

Claridge’s quedaba a veinte minutos en carruaje.

Amelia llegó dos minutos antes de la una.

Victoria ya estaba sentada, con té delante y esa postura que tenía, de reina que ha elegido una silla de restaurante pero la convierte en trono por la sola razón de que es ella quien se sienta en ella.

La vio entrar. La saludó con un movimiento de cabeza.

Amelia se sentó.

—Gracias por venir. —Victoria esperó a que la camarera se retirara—. Lo que tengo que decirle no es cómodo. Pero prefiero que lo sepa de mí que descubrirlo de otra manera.

—Dígame.

—Elizabeth ha estado contactando a jueces. No a través de Whitmore esta vez. Directamente. —Victoria puso la taza sobre el platillo—. Tengo información de tres fuentes distintas que confirman que en los últimos cuatro días ha habido conversaciones privadas entre representantes de Lady Ashworth y al menos dos miembros del tribunal que va a presidir la próxima audiencia.

Amelia no mostró nada en la cara.

Por dentro, la rabia de la que había hablado ayer se afiló dos puntos.

—¿Tiene nombres?

—De uno sí. Lord Cavanaugh. Del otro solo tengo descripción física. —Victoria mantuvo el tono bajo y uniforme—. Lo que no sé es qué les ofreció. Dinero, favores, presión sobre algo que saben de ellos. Con Elizabeth puede ser cualquiera de las tres cosas.

—¿Por qué me lo dice a mí? ¿Por qué no al fiscal?

—Porque el fiscal necesita evidencia. Yo tengo información. —Una pausa—. Y porque lo que le pasó a mi hermana hace treinta años, lo que le están haciendo a usted ahora, y lo que Amelia Crane representa para cierto tipo de mujeres en este país que no tienen a nadie más en quien mirarse, son razones suficientes para que use lo que sé en lugar de guardarlo por prudencia.

Amelia la miró.

Victoria Blackwood no era el tipo de persona que hacía declaraciones vacías.

—¿Qué recomienda?

—Que llegue a la audiencia sin asumir que el tribunal es neutral. Que el argumento sea tan sólido que incluso un juez con instrucciones de fallar en contra no pueda hacerlo sin que quede en registro para siempre que ignoró evidencia incontestable. —Victoria tomó su taza—. No le digo que vaya a perder. Le digo que no puede depender de la buena fe de quienes van a presidir.

—Ya no dependo de la buena fe de nadie.

—Lo sé. —Victoria la miró directamente—. Por eso va a ganar.

El almuerzo duró cuarenta minutos.

Amelia volvió a la residencia de Stefan con el telegrama de Victoria en el bolso y una nueva capa de urgencia encima de todas las urgentes que ya existían.

Cuatro días, ahora.

No cinco.

Porque Elizabeth no estaba esperando. Elizabeth nunca esperaba.

Y si había aprendido algo de estas semanas era que la única forma de ganarle a alguien que juega constantemente era no dejar nunca de jugar tú también.

—¿Cómo fue? —preguntó Stefan cuando entró al estudio.

Amelia cerró la puerta.

—Elizabeth está comprando el tribunal.

Stefan dejó los papeles.

—¿Cuánto sabe Victoria?

—Suficiente para que tengamos que estar preparados para ganar aunque el terreno no sea plano. —Amelia colgó el abrigo—. Necesito hablar con Hartley esta tarde cuando vuelva de Clerkenwell. Y mañana quiero revisar todo el argumento de principio a fin, no para ajustar, sino para encontrar cualquier grieta por donde un juez con instrucciones pueda colarse.

Stefan la miró.

—Amelia.

—¿Qué?

—Lo que dije esta mañana. Lo de después.

—Lo recuerdo.

—Sigue en pie.

Una pausa breve. Un segundo exacto de mirar sin calcular.

—Lo sé —dijo Amelia.

Se sentó.

Y volvió a trabajar.

El taxi la dejó frente a la mansión de Stefan a las once de la noche.

Amelia no recordaba haber pedido el taxi.

No recordaba haber salido del apartamento de Rose, ni haber dicho adiós, ni haber bajado las escaleras. El mundo había ocurrido alrededor de ella durante las últimas dos horas como algo que le pasaba a otra persona.

Pero ahí estaba. De pie en el frío de octubre, con los dedos entumecidos y la garganta quemando.

Stefan abrió la puerta antes de que ella tocara el timbre.

La miró. Una sola vez. Y no dijo nada.

Eso fue lo que la rompió.

No las palabras. No las preguntas. Solo ese silencio que la conocía mejor que cualquier cosa que hubiera dicho.

—Necesito un momento —susurró ella.

—Tómate los que necesites.

Amelia entró. El calor de la casa la golpeó como algo físico. Se quitó el abrigo. Las manos no le respondían bien. Stefan lo tomó sin preguntar y lo colgó él mismo.

En la sala, el fuego de la chimenea estaba encendido. Lilly dormía arriba — Stefan siempre se aseguraba de eso primero. Había dos tazas de té sobre la mesa, como si hubiera sabido exactamente cuándo volvería.

Quizás lo sabía.

Amelia se sentó en el suelo, de espaldas al sofá, frente al fuego. No en el sofá. En el suelo. Porque el suelo era sólido y real y en ese momento necesitaba algo que no se moviera.

Stefan se sentó a su lado.

El fuego crepitaba.

Afuera, el viento empujaba las ramas del jardín.

—Williams la violó —dijo Amelia finalmente.

Su voz salió plana. No rota. Plana, como algo que hubiera necesitado todas sus fuerzas para mantener así.

—Lo sé. —Stefan no fingió sorpresa. Su información siempre iba un paso adelante—. Desde hace tres días.

—¿Y no dijiste nada?

—No era mi verdad para decir. —Pausa—. Era de Rose.

Amelia miró las llamas. Naranjas. Azules en el centro. Ese azul que solo existe cuando el fuego está completamente convencido de lo que hace.

—Tiene veintitrés años. Cuando ocurrió, tenía diecinueve. —La presión en su pecho era física, una cosa con peso y temperatura—. Él era su jefe. Ella necesitaba el trabajo para pagar los estudios de su hermano pequeño.

Stefan no dijo nada.

Era exactamente lo correcto.

—Oliver lo sabía. —Amelia cerró los ojos—. No todo. Pero sabía que Lilly no era hija mía biológica. Que venía de… de una situación que su padre no quería que se hiciera pública. Por eso me eligieron a mí. La esposa conveniente. La que haría preguntas pero aceptaría las respuestas equivocadas porque necesitaba creer que su matrimonio era real.

—Amelia.

—No. —Abrió los ojos—. Déjame terminar. Necesito decirlo en voz alta o no voy a poder cargarlo.

Stefan asintió.

—Tres años. Tres años crié a esa niña convencida de que era mía. Y lo es. —Su voz se endureció ahí—. No importa la biología. No importa lo que digan los Ashworth ni lo que digan los tribunales. Lilly es mía porque yo estaba ahí cuando tuvo fiebre a las dos de la madrugada. Porque yo soy la cara que busca cuando tiene miedo. Porque yo soy…

Se detuvo.

La presión en la garganta era demasiado.

Stefan extendió la mano. No la tomó. Solo la puso sobre la alfombra entre los dos, disponible.

Amelia la miró durante tres segundos.

Luego puso su mano sobre la de él.

Los dedos de Stefan se cerraron.

Gentiles. Firmes. Como algo que había estado esperando exactamente eso.

—Rose también la ama —dijo Amelia en voz muy baja—. Eso fue lo más difícil de escuchar. No el odio. El amor. La forma en que habló de Lilly sin haberla visto nunca, solo por los fragmentos que yo le compartí esta noche sin saber que le estaba hablando de su propia hija.

—¿Qué decidieron?

—Que yo soy su madre. —Sin duda, sin vacilación—. Que Rose formará parte de su vida de la manera que sea posible y que Lilly lo sabrá algún día, cuando esté lista. Pero que yo soy su madre.

—Bien.

Dos sílabas. Todo el peso del mundo dentro de ellas.

El fuego crepitó.

Amelia se volvió a mirarlo.

Stefan Crane tenía treinta y cuatro años y una historia que incluía haber sido desechado por los Ashworth cuando era demasiado joven para entender que eso diría más sobre ellos que sobre él. Tenía ojos grises con motas doradas que nadie notaba porque él nunca dejaba que lo miraran durante suficiente tiempo.

Ella los había estado mirando durante meses.

—¿Por qué sigues aquí? —preguntó Amelia—. No el aliado estratégico. No el amigo de mi padre. Tú. ¿Por qué sigues aquí?

Él no respondió de inmediato.

Eso también era parte de lo que hacía que Stefan fuera Stefan. No decía las cosas antes de estar seguro de que eran verdad.

—Porque en algún momento durante estas semanas —dijo finalmente—, dejé de estar aquí por promesas o por deudas o por estrategia. Y no supe cuándo ocurrió exactamente. Solo que ya era así.

El fuego.

El viento.

El corazón de Amelia golpeando demasiado fuerte para las circunstancias.

—Stefan —empezó ella.

—No tienes que decir nada.

—Quiero decirlo.

Él esperó.

—He pasado tres años aprendiendo a no necesitar a nadie. —Amelia buscó las palabras con cuidado, como quien busca pie firme en terreno que podría ceder—. Aprendí a funcionar sola porque Oliver demostró que apoyarse en alguien es solo crear una nueva forma de caer. Y entonces apareciste tú, y llevas meses siendo exactamente lo contrario de todo lo que aprendí a esperar.

—Amelia —dijo él, y su nombre en su boca sonó diferente a como lo decía el resto del mundo.

—No me interrumpas. Llevo ochenta y ocho capítulos interrumpida.

Él se detuvo.

Y entonces ella lo besó.

No fue como el primero — ese beso desesperado de noches atrás que había sido impulso y miedo y la necesidad de aferrarse a algo cuando todo se desmoronaba.

Este fue diferente.

Este fue una decisión.

Sus manos encontraron la mandíbula de él. Los de Stefan fueron a su cintura, luego a su espalda, acercándola como si hubiera estado calculando la distancia exacta durante semanas.

Cuando se separaron, el fuego seguía ardiendo.

El mundo seguía girando.

Pero algo había cambiado de forma permanente e irreversible en el eje de las cosas.

—Después —susurró Amelia contra sus labios—. Cuando Lilly esté a salvo. Cuando esto termine. Hablamos sobre lo que esto significa.

—Después. —Stefan tenía los ojos cerrados todavía—. Pero que conste que ya sé lo que significa.

Amelia apoyó la frente contra la de él.

Arriba, en el cuarto de la niña, Lilly dormía sin saber que su mundo estaba a punto de cambiar una vez más.

Y en algún lugar de Londres, Oliver Ashworth acababa de descubrir algo que lo cambiaría todo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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