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Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 88

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Capítulo 88: El Peso de Elegir

El taxi la dejó frente a la mansión de Stefan a las once de la noche.

Amelia no recordaba haber pedido el taxi.

No recordaba haber salido del apartamento de Rose, ni haber dicho adiós, ni haber bajado las escaleras. El mundo había ocurrido alrededor de ella durante las últimas dos horas como algo que le pasaba a otra persona.

Pero ahí estaba. De pie en el frío de octubre, con los dedos entumecidos y la garganta quemando.

Stefan abrió la puerta antes de que ella tocara el timbre.

La miró. Una sola vez. Y no dijo nada.

Eso fue lo que la rompió.

No las palabras. No las preguntas. Solo ese silencio que la conocía mejor que cualquier cosa que hubiera dicho.

—Necesito un momento —susurró ella.

—Tómate los que necesites.

Amelia entró. El calor de la casa la golpeó como algo físico. Se quitó el abrigo. Las manos no le respondían bien. Stefan lo tomó sin preguntar y lo colgó él mismo.

En la sala, el fuego de la chimenea estaba encendido. Lilly dormía arriba — Stefan siempre se aseguraba de eso primero. Había dos tazas de té sobre la mesa, como si hubiera sabido exactamente cuándo volvería.

Quizás lo sabía.

Amelia se sentó en el suelo, de espaldas al sofá, frente al fuego. No en el sofá. En el suelo. Porque el suelo era sólido y real y en ese momento necesitaba algo que no se moviera.

Stefan se sentó a su lado.

El fuego crepitaba.

Afuera, el viento empujaba las ramas del jardín.

—Williams la violó —dijo Amelia finalmente.

Su voz salió plana. No rota. Plana, como algo que hubiera necesitado todas sus fuerzas para mantener así.

—Lo sé. —Stefan no fingió sorpresa. Su información siempre iba un paso adelante—. Desde hace tres días.

—¿Y no dijiste nada?

—No era mi verdad para decir. —Pausa—. Era de Rose.

Amelia miró las llamas. Naranjas. Azules en el centro. Ese azul que solo existe cuando el fuego está completamente convencido de lo que hace.

—Tiene veintitrés años. Cuando ocurrió, tenía diecinueve. —La presión en su pecho era física, una cosa con peso y temperatura—. Él era su jefe. Ella necesitaba el trabajo para pagar los estudios de su hermano pequeño.

Stefan no dijo nada.

Era exactamente lo correcto.

—Oliver lo sabía. —Amelia cerró los ojos—. No todo. Pero sabía que Lilly no era hija mía biológica. Que venía de… de una situación que su padre no quería que se hiciera pública. Por eso me eligieron a mí. La esposa conveniente. La que haría preguntas pero aceptaría las respuestas equivocadas porque necesitaba creer que su matrimonio era real.

—Amelia.

—No. —Abrió los ojos—. Déjame terminar. Necesito decirlo en voz alta o no voy a poder cargarlo.

Stefan asintió.

—Tres años. Tres años crié a esa niña convencida de que era mía. Y lo es. —Su voz se endureció ahí—. No importa la biología. No importa lo que digan los Ashworth ni lo que digan los tribunales. Lilly es mía porque yo estaba ahí cuando tuvo fiebre a las dos de la madrugada. Porque yo soy la cara que busca cuando tiene miedo. Porque yo soy…

Se detuvo.

La presión en la garganta era demasiado.

Stefan extendió la mano. No la tomó. Solo la puso sobre la alfombra entre los dos, disponible.

Amelia la miró durante tres segundos.

Luego puso su mano sobre la de él.

Los dedos de Stefan se cerraron.

Gentiles. Firmes. Como algo que había estado esperando exactamente eso.

—Rose también la ama —dijo Amelia en voz muy baja—. Eso fue lo más difícil de escuchar. No el odio. El amor. La forma en que habló de Lilly sin haberla visto nunca, solo por los fragmentos que yo le compartí esta noche sin saber que le estaba hablando de su propia hija.

—¿Qué decidieron?

—Que yo soy su madre. —Sin duda, sin vacilación—. Que Rose formará parte de su vida de la manera que sea posible y que Lilly lo sabrá algún día, cuando esté lista. Pero que yo soy su madre.

—Bien.

Dos sílabas. Todo el peso del mundo dentro de ellas.

El fuego crepitó.

Amelia se volvió a mirarlo.

Stefan Crane tenía treinta y cuatro años y una historia que incluía haber sido desechado por los Ashworth cuando era demasiado joven para entender que eso diría más sobre ellos que sobre él. Tenía ojos grises con motas doradas que nadie notaba porque él nunca dejaba que lo miraran durante suficiente tiempo.

Ella los había estado mirando durante meses.

—¿Por qué sigues aquí? —preguntó Amelia—. No el aliado estratégico. No el amigo de mi padre. Tú. ¿Por qué sigues aquí?

Él no respondió de inmediato.

Eso también era parte de lo que hacía que Stefan fuera Stefan. No decía las cosas antes de estar seguro de que eran verdad.

—Porque en algún momento durante estas semanas —dijo finalmente—, dejé de estar aquí por promesas o por deudas o por estrategia. Y no supe cuándo ocurrió exactamente. Solo que ya era así.

El fuego.

El viento.

El corazón de Amelia golpeando demasiado fuerte para las circunstancias.

—Stefan —empezó ella.

—No tienes que decir nada.

—Quiero decirlo.

Él esperó.

—He pasado tres años aprendiendo a no necesitar a nadie. —Amelia buscó las palabras con cuidado, como quien busca pie firme en terreno que podría ceder—. Aprendí a funcionar sola porque Oliver demostró que apoyarse en alguien es solo crear una nueva forma de caer. Y entonces apareciste tú, y llevas meses siendo exactamente lo contrario de todo lo que aprendí a esperar.

—Amelia —dijo él, y su nombre en su boca sonó diferente a como lo decía el resto del mundo.

—No me interrumpas. Llevo ochenta y ocho capítulos interrumpida.

Él se detuvo.

Y entonces ella lo besó.

No fue como el primero — ese beso desesperado de noches atrás que había sido impulso y miedo y la necesidad de aferrarse a algo cuando todo se desmoronaba.

Este fue diferente.

Este fue una decisión.

Sus manos encontraron la mandíbula de él. Los de Stefan fueron a su cintura, luego a su espalda, acercándola como si hubiera estado calculando la distancia exacta durante semanas.

Cuando se separaron, el fuego seguía ardiendo.

El mundo seguía girando.

Pero algo había cambiado de forma permanente e irreversible en el eje de las cosas.

—Después —susurró Amelia contra sus labios—. Cuando Lilly esté a salvo. Cuando esto termine. Hablamos sobre lo que esto significa.

—Después. —Stefan tenía los ojos cerrados todavía—. Pero que conste que ya sé lo que significa.

Amelia apoyó la frente contra la de él.

Arriba, en el cuarto de la niña, Lilly dormía sin saber que su mundo estaba a punto de cambiar una vez más.

Y en algún lugar de Londres, Oliver Ashworth acababa de descubrir algo que lo cambiaría todo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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