Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 91
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Capítulo 91: La Cacería comienza
La sala de operaciones improvisada en el estudio de Stefan tenía seis personas trabajando simultáneamente.
Dos analistas de su empresa. Un investigador privado con conexiones en la policía de tráfico. Hartley coordinando el frente legal. Davies enlazando desde la comisaría vía teléfono seguro. Y Stefan en el centro de todo, sin perder nunca el hilo de ninguna conversación.
Amelia observaba desde la puerta.
Llevaba tres horas mirando pantallas y mapas y listas de propiedades Ashworth que Stefan había obtenido de fuentes que nunca mencionaría en un tribunal. Tres horas y todavía no sabían dónde estaba Oliver.
Pero sabían lo que no era.
No estaba en ninguna propiedad Ashworth registrada al sur de Oxford.
No había cruzado ningún control de carretera mayor — lo que significaba rutas secundarias.
No había usado su tarjeta de crédito personal desde las dos y cuarto, cuando compró gasolina en una estación al norte de Barnet.
Al norte de Barnet.
—Stefan. —Amelia se acercó al mapa—. Gasolina al norte de Barnet. Y la cámara de tráfico lo colocaba en la A1 hace cuatro horas. Si sigue por la A1…
—Puede ir a cualquier parte entre aquí y Edimburgo. —Stefan no levantó la vista de los documentos.
—No a cualquier parte. Oliver no improvisa. —Amelia tocó el mapa—. Tiene que tener destino. Un lugar que conozca, que se sienta seguro. No algo de la familia porque eso es lo primero que verificaríamos. Algo personal.
—Su adicción al juego —dijo Hartley—. Hay varios casinos fuera de Londres que frecuentaba. Tengo registros de asistencia en Northampton, en…
—No es casino. —Amelia sacudió la cabeza—. No en esto. Con Lilly presente no va a casino.
—¿Casa de amigos?
—Oliver no tiene amigos. Tiene contactos de negocios y compañeros de apuesta. Ambos grupos lo habrán abandonado ya cuando los Ashworth empezaron a caer.
Stefan levantó la vista finalmente.
—¿Qué sabe de su infancia? ¿Lugares que la familia frecuentara?
—Hablamos de esto durante el matrimonio. —Amelia buscó en su memoria—. Los Ashworth tienen la mansión principal. La casa de campo en Dorset. La propiedad en Cornwall que raramente usan. Y… —Se detuvo.
—¿Qué?
—Una vez, muy al comienzo, Oliver mencionó que de niño pasaba los veranos con un tío en Northumberland. Tío paterno que murió antes de que yo conociera a Oliver. La propiedad pasó a manos de alguna rama lateral de la familia.
Stefan ya estaba buscando.
—Northumberland es consistente con la A1. —Uno de sus analistas habló sin levantar la vista—. Si toma la desviación correcta pasado Newcastle…
—Que alguien verifique si hay propiedad en nombre de familia Ashworth en Northumberland. Cualquier rama. —Stefan señaló al investigador privado—. Y no solo registros públicos. Registros notariales, herencias, traspasos de los últimos veinte años.
—Va a tomar tiempo.
—Entonces empiece ya.
Amelia regresó a la ventana.
Afuera, Londres seguía con su vida normal e indiferente. Taxis amarillos. Peatones con paraguas. Un mundo que no sabía que una niña de cuatro años estaba en un coche con su padre desesperado en algún lugar al norte.
Helen Wright entró al estudio con bandeja de café.
Había estado en la cocina desde que llegó la noticia, incapaz de quedarse quieta, canalizando la angustia en la única forma que conocía: alimentar a las personas que trabajaban.
Sus ojos estaban rojos.
—Helen. —Amelia tomó una taza—. ¿Cuándo fue la última vez que Joe vio a Oliver?
Helen parpadeó.
—Joe no ha visto a Oliver desde que dejamos la mansión Ashworth. Meses.
—¿Y durante el tiempo que trabajaron en la mansión? ¿Alguna vez mencionó Oliver un lugar al norte? ¿Northumberland, o algo así?
Helen pensó.
Esa pausa larga de quien registra cosas en silencio durante años sin saber que algún día importarían.
—Una vez. —Su voz era cuidadosa—. Hace dos inviernos, cuando Oliver estaba muy mal por las deudas y bebió más de la cuenta en la biblioteca. Joe lo escuchó hablar solo sobre un lugar. Dijo algo sobre el norte. Sobre la cabaña del tío David donde “nadie podía encontrarle.”
Silencio absoluto en la sala.
Stefan y Amelia se miraron.
—Tío David —dijo Amelia lentamente.
—David Ashworth, hermano menor de Williams. —Hartley ya estaba buscando—. Murió en 2019. Sin hijos directos. Sus propiedades…
Teclado.
Segundos.
—Aquí. —Hartley mostró la pantalla—. Cabaña de caza en los páramos de Northumberland. Registrada a nombre de la herencia de David Ashworth, que nunca fue liquidada completamente. Técnicamente propiedad de los herederos generales de Williams Ashworth, que incluye a Oliver como descendiente directo.
La dirección exacta apareció en la pantalla.
—Eso es. —Amelia sintió la certeza física, un calor diferente al del pánico—. Ahí es donde fue.
—Hay que confirmarlo antes de actuar. —Stefan ya marcaba en su teléfono—. Si mandamos a la policía y no están ahí, Oliver sabrá que lo rastreamos y moverá a Lilly.
—Si esperamos a confirmarlo, puede decidir moverse de todas formas.
Los dos se miraron.
La misma ecuación. Variables imposibles.
—Manda a alguien discreto. —Amelia habló primero—. Alguien que pueda acercarse sin ser reconocido. Solo verificación. Nada más.
Stefan asintió.
—Tengo a alguien. —Hizo la llamada.
Mientras hablaba, Amelia volvió al mapa.
Northumberland era largo. La cabaña estaba en los páramos, a kilómetros de cualquier pueblo grande. Lugar perfecto para esconderse. Lugar perfecto para un hombre que creía que el aislamiento resolvía los problemas que había creado la desesperación.
Oliver tenía a Lilly en un lugar sin vecinos cercanos.
La imagen hizo que el frío volviera.
Pero debajo del frío, algo más firme.
Lilly sabía su número de teléfono. Lo había aprendido en verano, insistencia de Amelia disfrazada de juego — “¿cuántos números puedes memorizar, mi amor, gana quien recuerda más.”
Lilly lo sabía.
Si Oliver le daba acceso a teléfono, aunque fuera un segundo, aunque fuera accidental…
—El hombre sale en veinte minutos. —Stefan colgó—. Tendremos confirmación en cuatro horas.
—Cuatro horas.
—Puedes dormir.
—No voy a dormir.
Él no discutió.
Se sentó a su lado frente al mapa, con café que ninguno de los dos bebería, y empezaron a esperar de la única manera posible.
Juntos.
Hartley, que había salido un momento, regresó con expresión que Amelia aprendió a temer.
—¿Qué pasa?
—Oliver llamó. —Hartley mostró su teléfono—. No a usted. A mí. Hace quince minutos.
—¿Qué quería?
—Dijo que está bien. Que Lilly está bien. Que solo necesita tiempo para hablar con usted directamente, sin intermediarios. —Pausa—. Y que si la policía se acerca al lugar donde está, no responde de las consecuencias.
El silencio fue breve y denso.
Amelia extendió la mano.
—Dame el número desde el que llamó.
Hartley se lo entregó.
Era un móvil prepago. Sin registro. Pero el número en sí decía una cosa importante.
Oliver había llamado.
Lo que significaba exactamente lo que Amelia había predicho.
No tenía plan. Tenía pánico. Y el pánico siempre termina en contacto.
—Bien —dijo ella—. Mañana le llamo.
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