Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 95
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Capítulo 95: Hacia el Norte
La dirección llegó a las dos de la tarde del día siguiente.
Stefan la encontró en los movimientos financieros: transferencias periódicas a una empresa de mantenimiento registrada en Perth, Escocia. La empresa, investigada, resultó ser cáscara. El único cliente registrado era una propiedad en los páramos de Perthshire — cuatrocientas hectáreas compradas en 1987 a nombre de fideicomiso familiar que llevaba décadas sin aparecer en ningún otro documento.
Cuatrocientas.
El número de Joe.
—Es esta. —Hartley señaló el mapa en la pantalla—. Propiedad llamada Glenhaven. Sin ocupantes registrados. Sin actividad de servicios regulares hasta hace ocho meses.
—Ocho meses. —Amelia calculó—. Justo cuando empezó el divorcio.
—Exactamente justo. —Hartley señaló la columna de fechas—. Las transferencias de mantenimiento aumentaron significativamente en septiembre del año pasado. Climatización. Suministro de agua. Seguridad privada.
—Está preparándola para usarla.
—Está preparándola para quedarse en ella. —Stefan miró el mapa—. Glenhaven está a cuatro kilómetros del pueblo más cercano y a doce kilómetros de la carretera principal. Sin vía de entrada visible en los mapas públicos.
—¿Pero la hay?
—Tiene que haber. —Stefan señaló el contorno del terreno—. Propiedad con servicio activo tiene acceso. Solo que no está catalogado.
—¿Cuándo salimos?
Stefan la miró.
—¿Lilly?
—Se queda con Helen y Joe. Y con dos de tus guardias. —Amelia había pensado esto ya—. La escuela cierra esta semana de todas formas. Helen la llevará a casa de la hermana de Helen en Croydon. Sin dirección conocida, sin rutina predecible.
—Bien. —Stefan asintió—. Salimos esta noche. Llegamos a Perthshire mañana por la mañana.
—¿Cuántos vamos?
—Tú, yo, Hartley. Dos hombres de mi seguridad. Y Davies coordina desde Londres — quiere ser la persona que haga el arresto si llegamos a ese punto.
—¿Solo si llegamos?
—Davies necesita que Elizabeth esté en propiedad identificada cometiendo acción delictiva para arrestarla sin que sus abogados derrumben el caso en cuarenta y ocho horas. —Hartley explicó con paciencia de quien ha navegado ese laberinto antes—. Tener recursos en Escocia no es crimen por sí solo.
—¿Y si está moviendo fondos de forma ilegal?
—Eso es. Pero necesitamos documentarlo en el momento.
Amelia asintió.
Lo entendía. La ley era así. La ley de los Ashworth especialmente era así — capas y capas de burocracia diseñada para proteger a las personas con suficiente dinero para pagarla.
Pero ella había aprendido a moverse dentro de esas capas.
—De acuerdo. Esta noche.
La despedida de Lilly fue practicada con el tono casual de quien no quiere que un niño absorba el miedo de los adultos.
—¿Cuándo vuelves? —preguntó Lilly, con la muñeca recuperada apretada contra el pecho.
—En unos días. —Amelia la miró a los ojos directamente, porque Lilly siempre detectaba cuando los adultos miraban a un lado—. Voy a resolver algo importante.
—¿Sobre la abuela?
Amelia tardó un segundo.
—¿Por qué preguntas eso?
Lilly se encogió de hombros con la naturalidad de quien no sabe que ha dicho algo significativo.
—Papá dijo que la abuela estaba enojada con todos. Y que las personas enojadas hacen cosas malas. —Consideró esto—. ¿Vas a arreglarlo?
—Voy a asegurarme de que no pueda hacer más cosas malas.
—Bien. —Lilly extendió la muñeca—. Lleva a Rosie.
Amelia miró la muñeca. La muñeca de porcelana con la cara pintada — no, no esa. Era la muñeca de trapo favorita de Lilly. La que olía a lavanda porque Lilly dormía con ella.
—No puedo llevar a Rosie, mi amor. Rosie te necesita a ti.
—Rosie es valiente. —Lilly la evaluó con seriedad—. Más que yo, creo. La llevas para que te recuerde que hay que ser valiente aunque des miedo.
Amelia tomó la muñeca.
El nudo en la garganta era familiar ya. Lo conocía desde hacía meses. Había aprendido a funcionar con él.
—Gracias, Lilly.
—De nada. —Lilly ya estaba mirando a Helen, distrayéndose con la velocidad de los cuatro años—. Helen, ¿en casa de tu hermana hay perro?
La última imagen que Amelia tuvo de su hija fue esa: de espaldas, caminando hacia la cocina con Helen, preguntando sobre perros.
Normal.
Completamente normal.
Exactamente como debería ser.
El coche salió de Londres a las nueve de la noche.
Stefan manejaba las primeras horas. Amelia en el asiento del copiloto, mapa en la rodilla aunque tenían GPS — los mapas físicos eran hábito que le había enseñado su padre. El GPS puede fallar. El papel no.
La A1 al norte.
Hartley dormía en el asiento trasero, cosa que Stefan le había ordenado con la misma firmeza con que ordenaba todo lo demás: “Necesitas estar alerta mañana. Duerme ahora.”
El coche de seguridad seguía detrás con los dos hombres de Stefan.
La noche escocesa empezó a cambiar el paisaje alrededor de Newcastle. Las colinas se volvieron más oscuras, más anchas. El cielo más vasto. Las luces de las ciudades quedaron atrás y el negro fue genuino, el tipo de negro que no existe cerca de Londres.
—¿Estás bien? —preguntó Stefan.
—Estoy preparada. —Era diferente. Él lo entendía.
—¿Sabes lo que vas a decirle?
—Todavía no. —Amelia miró por la ventana hacia la oscuridad—. Pero sé lo que no voy a decirle.
—¿Qué?
—Que me rindo. Que la perdono. Que entiendo sus razones. —Su voz era firme—. Lleva años esperando que yo encuentre el límite de lo que puedo aguantar. No voy a darle la satisfacción.
Stefan asintió sin desviar los ojos de la carretera.
A las tres de la madrugada pararon en una pequeña posada al sur de Perth. Cuatro horas de sueño — Stefan fue inflexible sobre eso. “El cansancio mata la claridad. Necesitamos claridad mañana.”
Amelia durmió cuatro horas exactas.
No soñó.
O si soñó, no lo recordó cuando despertó.
Los páramos de Perthshire en la mañana temprana eran algo que no preparaba el sur de Inglaterra.
Niebla baja sobre colinas que parecían haber estado ahí antes de que existiera el lenguaje para describirlas. El verde era diferente al verde inglés — más oscuro, más honesto, sin la amabilidad cultivada de jardines con jardineros pagados.
El camino sin catalogar era exactamente donde Stefan esperaba que estuviera: detrás de una tranquera sin señal visible, entre dos grupos de árboles que lo ocultaban desde la carretera principal.
Abrieron la tranquera.
Cuatro kilómetros de tierra compacta.
Y luego.
Glenhaven.
Piedra gris. Dos plantas. Construida para durar siglos porque las personas que la construyeron pensaban en siglos. Chimeneas trabajando — el humo era visible aunque la niebla intentaba absorberlo.
Ventanas iluminadas.
Alguien estaba ahí.
Stefan detuvo el coche a trescientos metros, donde los árboles todavía cubrían la línea de visión.
Llamó a Davies. Brevemente. Confirmación de ubicación. Confirmación de que el equipo de Davies estaba en la carretera principal esperando su señal.
Colgó.
Se volvió hacia Amelia.
—¿Lista?
Amelia miraba la casa de piedra gris con sus ventanas iluminadas y su humo tranquilo de chimenea, como si fuera simplemente el retiro de una mujer mayor que había elegido el campo para sus últimos años.
Elizabeth Ashworth.
Setenta y dos años de controlar todo lo que tocaba.
Y ahí estaba ella, Amelia Crane, treinta y cuatro años y una niña de cuatro que preguntaba sobre perros y le prestaba su muñeca más valiente para que recordara cómo ser valiente.
—Lista —dijo Amelia.
Abrió la puerta del coche.
El frío escocés la golpeó de frente. Limpio, sin la suciedad del aire londinense. Honesto, como todo en este páramo.
La hierba crujió bajo sus pies.
Y Amelia Crane caminó hacia la casa de piedra gris que guardaba la última batalla de esta guerra.
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