Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 96
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Capítulo 96: La Aliada Inesperada
Escocia llegó como una herida abierta en el horizonte.
No era metáfora.
Era el cielo negro partido por relámpagos lejanos, las colinas convertidas en masas oscuras que la lluvia borroneaba, el camino de tierra golpeando los ejes del carruaje con un ritmo sordo que llevaba horas siendo el único sonido constante del viaje.
Amelia miraba por la ventana sin ver nada.
Sus manos estaban entrelazadas sobre su regazo. Tan apretadas que los nudillos habían perdido el color hace kilómetros. No lo sentía. Lo notó solo cuando Stefan extendió la mano y cubrió las suyas sin decir nada, sin pedirle que las aflojara, simplemente cubriendo el frío con calor.
No lo soltó.
—Según el mapa de Joe, faltan menos de cinco kilómetros —dijo Stefan en voz baja, para no romper el silencio de forma innecesaria.
—Lo sé.
—El portón tendrá guardia. No podemos llegar directo.
—Lo sé, Stefan.
Él calló.
No porque se rindiera. Sino porque llevaba horas entendiendo que en este viaje específico, a esta hora específica, presionar a Amelia no producía respuestas más rápidas sino solo más silencio.
Lo que producía era útil de otra manera.
Le daba espacio para pensar sin interferencia.
El carruaje frenó de pronto.
El cochero golpeó el techo dos veces. Señal acordada para obstáculo en el camino.
Stefan bajó la ventanilla. El viento escocés entró como cuchillo, cargado de lluvia y olor a tierra mojada y turba. La linterna del carruaje iluminaba apenas diez metros de camino embarrado.
Y en el centro de ese camino, sosteniendo un farol con una mano y sujetándose el capote mojado con la otra, había una figura que no debería estar ahí.
—Dios mío —murmuró Stefan.
Amelia ya abría la puerta.
Sus botas golpearon el barro antes de que el carruaje terminara de detenerse. La lluvia le azotó el rostro inmediatamente, empapándole el cabello en segundos. No se detuvo.
Charlotte Ashworth la miraba desde el centro del camino con una expresión que Amelia tardó un momento en identificar porque no la había visto nunca en esa cara.
No había arrogancia.
No había la compostura perfectamente mantenida de esposa Ashworth que se había instalado en su matrimonio, en su casa, en la vida que Amelia había construido durante tres años.
Solo había lluvia. Y vergüenza. Y algo debajo de la vergüenza que era más difícil de nombrar pero que Amelia reconoció de todas formas porque lo había sentido ella misma muchas veces en el último año.
Miedo de llegar demasiado tarde para que algo importe.
—Sabía que vendrías por este camino —dijo Charlotte sin preámbulo. Su voz era extraña, despojada de todo el barniz social habitual. Más joven de alguna forma. Más real—. Es la única ruta directa a Glenhaven que evita los controles que Oliver pagó al sheriff del pueblo hace dos semanas.
Stefan había bajado también. Estaba a dos pasos detrás de Amelia, con los brazos cruzados y los ojos leyendo la situación con esa frialdad calculada que nunca abandonaba del todo.
—¿Qué haces en este camino? —preguntó Amelia. Sin suavidad. Sin la cortesía que hubiera empleado hace un año con cualquier invitada.
—Esperarte.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Desde las ocho de la tarde. —Charlotte no desvió la vista—. Sabía que saldrías de Londres cuando te enteraras de la ubicación. Calculé cuántas horas de camino y tomé el tren rápido por separado.
—¿Para qué?
Charlotte no respondió de inmediato.
La lluvia golpeaba el capote oscuro con ese sonido uniforme que tiene cuando ya no importa porque todo está completamente empapado. Detrás de ellos, el cochero esperaba con la discreción de los empleados de Stefan que habían aprendido que las conversaciones de este tipo no necesitaban testigos.
—Para ayudarte —dijo Charlotte finalmente.
—¿Por qué haría eso?
—Porque estuve en esa propiedad el verano pasado. Conozco el plano. Conozco cuántos guardias hay normalmente, cuáles son los que Oliver soborna de sus bolsillos y cuáles obedecen a Elizabeth. Conozco qué puerta no tiene cerradura desde hace dos años porque Oliver nunca mandó arreglarla a pesar de que los encargados lo solicitaron tres veces.
Cada dato era preciso.
No el tipo de información que se inventa en el camino.
El tipo que viene de haber estado ahí, de haber prestado atención, de haber notado cosas que tal vez en ese momento no parecían importantes.
—Entra al carruaje —dijo Amelia—. Me cuentas mientras avanzamos.
Charlotte exhaló.
Un sonido pequeño, casi inaudible bajo la lluvia.
Como si hubiera tenido los pulmones comprimidos durante las últimas horas y acabaran de liberarse con esas dos palabras.
Los tres subieron. El cochero reanudó la marcha. La lluvia golpeaba el techo con insistencia.
Charlotte habló sin que nadie le pidiera que se acomodara primero o esperara que el carruaje tomara velocidad. Habló como alguien que lleva horas ensayando esto y sabe que no hay tiempo para protocolo.
—Glenhaven tiene dieciséis habitaciones pero Oliver usa solo el ala norte. Es la única con calefacción activa. —Su voz era plana, informativa, sin adornos—. Tiene cuatro guardias en total. Dos rotan en el portón principal. Uno cubre la entrada de servicio lateral que da al jardín trasero. El cuarto patrulla el perímetro, pero solo el frente, nunca la parte trasera de la propiedad.
—¿Y el de la entrada de servicio? —preguntó Stefan.
—Se llama Mackinnon. Lleva cuatro años con los Ashworth pero lleva seis meses con el salario incompleto. Elizabeth recortó pagos cuando las acciones de la empresa empezaron a caer. —Una pausa—. Le dije que vendría con usted esta noche. Le prometí que recibiría lo que le deben más el doble si simplemente no estaba en su puesto cuando llegaran.
Stefan ya tenía la billetera en la mano.
—¿Cuánto?
Charlotte le dio la cifra.
Stefan la dobló sin discutir.
Amelia miraba a Charlotte durante este intercambio. Buscaba la trampa. La capa debajo de la capa. El ángulo que Elizabeth le habría dado junto con las instrucciones de interceptarlos aquí, en este camino, con esta información demasiado conveniente.
No encontró trampa.
Encontró a una mujer que había pasado horas parada bajo la lluvia en un camino escocés en octubre esperando a alguien que tenía razones legítimas para no confiar en ella.
—Las habitaciones del ala norte —dijo Amelia—. ¿Cuál usa Oliver para Lilly?
Charlotte no necesitó pensar.
—Segunda planta, tercera puerta a la derecha al subir la escalera de servicio. Es la habitación pequeña con empapelado azul. La llamaban la habitación azul cuando Lilly era bebé. Tiene una chimenea pequeña y una cama con dosel de madera oscura que es demasiado grande para ella pero que Oliver insistió en usar porque era de cuando él era niño.
La información llegó con el peso específico de la verdad verificable.
No era descripción de planos de arquitecto.
Era memoria de alguien que había estado en ese pasillo, que había visto esa puerta, que sabía que la habitación olía a madera vieja y que el empapelado tenía nubes pintadas en los bordes superiores porque la última vez que lo renovaron fue hace veinte años.
Amelia miró hacia la ventana del carruaje.
Las luces del portón de Glenhaven aparecieron entre la niebla a lo lejos. Dos puntos amarillos. Dos sombras de guardias.
—Si esto es trampa —dijo Amelia con voz que no subía ni bajaba, completamente plana—, no hay lugar en este país donde puedas esconderte de mí.
—Lo sé. —Charlotte no lo desvió ni lo suavizó—. Y no es trampa.
—¿Entonces qué es?
Charlotte tardó en responder.
Miró sus manos, que tenían el color extraño de quien las ha tenido mojadas durante horas y recién empieza a sentirlas de nuevo.
—Es lo único que puedo hacer que tenga algún valor real después de todo lo que hice. —Su voz no buscó compasión. Solo dijo lo que era—. No puedo deshacer haberme casado con Oliver. No puedo devolver el tiempo que Lilly pasó sin su madre porque yo ocupaba el espacio equivocado. Pero puedo abrir esa puerta trasera. —Levantó la vista—. Así que eso es lo que hago.
El carruaje desvió hacia el este, bordeando la propiedad por el camino lateral que Charlotte había señalado en el mapa que Stefan sostenía.
Sin luces.
Sin ruido.
Solo el barro y la lluvia y los cuatro kilómetros que quedaban entre Amelia y la habitación azul con la chimenea pequeña.
Stefan cubrió la linterna del carruaje con la mano.
Y en la oscuridad húmeda de esa noche escocesa, tres personas que no tenían ninguna razón obvia para confiar las unas en las otras avanzaron juntas hacia una puerta sin cerradura que era la única manera de que una madre llegara a su hija antes del amanecer.
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