Chef en el Apocalipsis - Capítulo 119
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119: Jefe final (3) 119: Jefe final (3) Colin miró su escudo con sorpresa, y luego su nuevo cuerpo que parecía tener el doble de su poder original.
Se miró el equipo, que parecía quedarle cinco tallas grande, haciéndolo parecer un espantapájaros vestido con ropa de guerrero.
Maldijo para sus adentros, horrorizado por su nueva estética.
Sin embargo, pronto lo superó, reflexionando para sí que preferiría estar así a estar muerto, aunque solo marginalmente.
Jayce aprovechó esta oportunidad para reunir a los miembros de su grupo y darles una seria advertencia.
—Esta es mi nueva habilidad, Hora Punta de la Cena.
Nos da un aumento del 100 % en las estadísticas durante treinta minutos.
Ante estas palabras, los ojos del grupo se abrieron de par en par.
—¡Está rotísimo!
—dijo Amber, con un tono cargado de incredulidad.
Antes de que el grupo pudiera seguir alabando la habilidad, Jayce los interrumpió con autoridad, su voz ronca transmitía una sensación de urgencia.
—Solo tenemos treinta minutos antes de que termine.
Después, seremos prácticamente incapaces de movernos.
Ante estas palabras, Colin asintió.
—Entonces, ¿tenemos treinta minutos para acabar con este pelele?
No debería ser demasiado difícil ahora que nos hemos potenciado.
Jayce intervino.
—No estoy seguro de cómo vamos a acabar con esto.
Idealmente, me gustaría encargarme de las cabezas una por una, pero me preocupa que, como en la historia de Hércules, a la Hidra le salgan dos cabezas por cada una que cortemos.
Ben ladeó la cabeza.
—¿Pero tenemos una maga de fuego, no podemos hacer lo que hizo Hércules para derrotarla?
—preguntó.
Los ojos de Jayce se abrieron de par en par.
—¿Ben, qué hizo para derrotar a la Hidra?
—preguntó con desesperación.
Llevaba un rato atascado en ese punto, pero no podía recordar toda la historia.
Sobresaltado, Ben respondió: —Cauterizó las heridas después de cortar cada una de las cabezas.
De esa forma, la Hidra no pudo regenerar más cabezas.
—¡Perfecto!
—El relato empezó a volver a su memoria de repente tras el recordatorio de Ben, dándole una oleada de esperanza.
Sin embargo, cuando giró la cabeza y vio a la Hidra cabreada, sus expectativas decayeron un poco.
La única espada que tenían a mano era la de Ben, pero el pobre diablo no tenía un arma lo bastante decente para su nivel.
Fue entonces cuando recordó de repente la espada de Paul, que había recuperado tras derrotar al monstruo Jefe Mantis.
Se giró hacia Ben, con una expresión seria en el rostro, mientras sacaba la espada Épica de su Inventario.
—Tómala.
Paul habría querido que la tuvieras —dijo Jayce solemnemente, antes de volverse de nuevo hacia el monstruo.
Parecía que ya había superado su ataque de dolor y estaba listo para descargar su ira contra el grupo.
Ben sostuvo la espada en sus manos con profunda emoción.
Su mejor amigo y rival dentro del grupo siempre había alardeado de esta espada, usándola para cabrearlo cada vez que se peleaban.
Su mano se cerró sobre la empuñadura, aceptándola de todo corazón.
—Esto va por ti, hermano —murmuró para sus adentros.
—Amber, sigue a Ben y haz todo lo posible por cauterizar la herida después de que le corte la cabeza.
Los demás, nuestro trabajo es distraer a las otras cabezas mientras esos dos hacen el verdadero daño —ordenó Jayce, sosteniendo con fuerza la Daga Colmillo Sangriento en su mano.
—¡Sí, Líder!
—dijo el grupo al unísono, sus rostros mostrando coraje y determinación.
—Ah, casi lo olvido.
—Jayce abrió una vez más su menú de habilidades y se detuvo sobre una de ellas antes de seleccionarla despreocupadamente.
[Dominio de Habilidad ha sido activado]
Unas llamas oscuras, que parpadeaban con una intensidad de otro mundo, brotaron alrededor de Jayce como un infierno salido de las profundidades del averno.
El fuego embravecido se extendió hacia el exterior en un radio de trescientos metros, bañando todo el campo de batalla con su ominoso resplandor.
Colin y el resto del grupo, ya elevados a niveles casi sobrehumanos por la Hora Punta de la Cena, soltaron un rugido colectivo y dolorido mientras un nuevo poder recorría sus cuerpos.
Sus cuerpos, previamente llevados al límite, se llenaron ahora de una reserva de fuerza aún mayor.
Era como si la esencia misma de su ser hubiera sido avivada por las malévolas llamas del Dominio de Jayce.
Jayce se quedó desconcertado.
Nunca se había imaginado que su habilidad de Dominio, empleada casi como si nada, pudiera manifestarse con un poder tan aterrador.
La energía que se arremolinaba a su alrededor era como una fuerza imparable, un aura oscura que había trascendido los reinos de los mortales.
Su habilidad de Dominio era una versión mejorada de su habilidad de Chef Ejecutivo, lo que significaba que otorgaba pasivamente a los miembros de su facción sus mejoras temporales.
Pensando en esto, sus ojos se abrieron de par en par al darse cuenta.
—¿N-no es eso demasiado ridículo?
—murmuró en estado de shock.
Tanto su habilidad de Dominio como Hora Punta de la Cena eran extremadamente poderosas por sí solas, lo que quedaba demostrado por el hecho de que ambas estaban etiquetadas como habilidades únicas.
Sin embargo, cuando se usaban juntas…
Hora Punta de la Cena no solo duplicaba sus estadísticas base, sino que también duplicaba sus mejoras permanentes y temporales.
Esto significaba que una vez que activara su Dominio, el grupo recibiría sus mejoras permanentes y temporales duplicadas, además de la mejora inicial.
El cerebro de Jayce se hizo un lío mientras intentaba comprender la lógica que se escondía bajo la sinergia de estas dos habilidades.
Analizó rápidamente a Colin y confirmó que sus mejoras temporales eran un 50 % más altas que las suyas propias.
Decidió dejarlo para otro momento, ya que había peces más gordos que freír, o en este caso, serpientes.
—¿Listos?
—gritó Jayce con voz ronca, ignorando las miradas inquisitivas que le lanzaban una vez más.
—¡Sí, Líder!
—respondió el grupo una vez más, sintiéndose más vigorizados que antes.
Dicho esto, Colin, Jayce, Jackie y Zane fueron todos a la izquierda mientras que Ben y Amber corrieron a la derecha.
Colin gritó a pleno pulmón, lanzando una potente provocación que atrajo la atención de las ocho cabezas de la Hidra.
Jackie hizo lo que pudo para lanzar ataques de sondeo, para distraer al menos a una de las cabezas y que Ben y Amber tuvieran más posibilidades de completar su misión.
Para sorpresa de ella y de Jayce, los ataques de sondeo atravesaron la dura y correosa piel de la serpiente, algo que era imposible hacía apenas cinco minutos.
—¡Está debilitada!
—gritó Jayce, exultante.
Había olvidado que su habilidad de Dominio también afectaba a los monstruos enemigos dentro del radio de trescientos metros.
Aunque los ataques acertaron, no le hicieron ningún daño real a la gigantesca Hidra.
Esta lanzó la primera cabeza hacia abajo, con la boca llenándose de llamas rojas, lista para reducirlos a cenizas.
Colin sacó su gran escudo, listo para recibir una vez más el torrente de llamas, sin embargo, Jackie tenía otras ideas.
Entrelazando las manos, conjuró una lanza de hielo gigante, similar a la que atravesó al Alto Troll, pero mucho más poderosa.
Con unos pocos gestos de las manos, envió el gran carámbano volando hacia la boca abierta de la cabeza de fuego de la Hidra.
Le atravesó la boca y salió por la parte posterior de la cabeza, haciendo que la sangre y la carne salpicaran por todas partes.
—¡Joder!
—exclamó Colin, con la boca abierta de par en par por la sorpresa—.
¡Esa es mi chica!
—la piropeó, lanzándole un guiño a su mujer con una mirada de orgullo.
Ella lo miró, recorriendo su cuerpo de arriba abajo, antes de resoplar con asco.
A Colin se le abrió la boca, sintiéndose profundamente herido.
«¡Maldita sea!
Espero recuperar pronto mis músculos», se lamentó para sus adentros.
Pero parecía que era demasiado pronto para celebrarlo.
Una de las cabezas del lado opuesto flotó y abrió la boca hacia la cabeza de fuego caída.
Su piel era de un color blanco pálido, en marcado contraste con las escamas casi negras de las otras cabezas.
Exhaló una luz suave sobre la cabeza caída, que llovió sobre ella como chispas.
Jayce vio cómo las heridas de la cabeza de serpiente derribada comenzaban a curarse al instante, lo que hizo que se le erizaran los pelos de la nuca.
—¡Matad a esa primero!
—gritó, intentando no atraer la atención hacia Ben y Amber.
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