Chef en el Apocalipsis - Capítulo 130
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130: ¿Alianza?
130: ¿Alianza?
Jayce se puso de pie, mirando a todos los que ya habían terminado de comer con una cálida sonrisa en el rostro.
—¿Ahora que todos hemos llenado el estómago, por qué no tenemos una buena charla?
Tras probar la increíble comida y ver la notificación aparecer frente a ellos, casi todos estaban experimentando cierto nivel de conmoción.
Se limitaron a asentir como pollos picoteando, incapaces de responder de otra manera.
—Muy bien.
Antes que nada, me gustaría presentarme —dijo Jayce, con voz tranquila y amable—.
Me llamo Jayce, y estos son los miembros de mi facción: Colin, Zane, Jackie, Amber, Ben, Heath, Macie y Lianna.
—Hizo un gesto hacia atrás, nombrando a cada uno por orden de proximidad a él.
—El resto de mi facción está de vuelta en nuestro hogar, llamado Bastión —continuó—.
Actualmente tenemos casi 3000 residentes.
—Ante estas palabras hubo algunas exclamaciones y susurros, claramente intimidados por la cifra.
—Pueden estar tranquilos, solo hemos venido a ofrecer una rama de olivo.
Después de todo, todos somos humanos —reiteró Jayce, y su cálida sonrisa logró calmar a algunos de los jugadores más débiles de los alrededores.
Miró expectante a Agni y a Sombra, respectivamente, como si esperara sus respuestas.
Tras una breve mirada entre ellos, Sombra se puso de pie, apreciando la vitalidad extra que recorría su cuerpo tras la improvisada comida.
Hizo una respetuosa reverencia antes de decir en tono educado: —Me llamo Tai, pero la mayoría me llama Sombra por mi clase y… mi ocupación.
—Tai hizo una pausa en la última palabra y levantó la cabeza, haciendo un gesto hacia las personas con atuendos similares al suyo—.
Estos son los miembros de mi facción, el Jardín de Sombras, y no tenemos una residencia fija.
Jayce asintió, satisfecho con la presentación.
Su mirada se dirigió a Agni, que parecía un poco incómodo.
En realidad, estaba estupefacto por el gran respeto que Sombra había mostrado hacia el chef, hasta el punto de revelar su verdadero nombre, que él mismo no había conocido antes a pesar de su acuerdo.
Agni se había puesto en contacto con Sombra y había organizado una emboscada para Jayce y su grupo en este campo, planeando secuestrarlo y extraerle información.
A juzgar por la información que Jayce le había dado sobre la Mazmorra, creía que el chef tenía información privilegiada de Rubick debido a su posición entre los partidarios.
Sin embargo, a pesar de esta asociación, Sombra siempre lo había tratado como un mero socio, sin ocultar nunca su desdén ni su actitud arrogante.
Por eso estaba tan sorprendido por el repentino cambio de carácter del taimado asesino, que parecía un gatito obediente delante de este hombre.
Se aclaró la garganta, intentando recobrar la compostura.
—Soy Agni, y estos son los miembros de mi facción, el Infierno de Dante.
Actualmente residimos al norte de Delhi, cerca de la Mazmorra.
—Fue breve y conciso, pero contenía la información necesaria y recibió un asentimiento de aprobación por parte de Jayce.
—Bien.
Ahora que ya nos conocemos, quería sacar un tema —dijo Jayce con calma; sin embargo, sus ojos parecían portar una feroz determinación.
Todos parecieron sentir cómo el ambiente se tensaba, lo que hizo que contuvieran el aliento.
Tragaron saliva, a la espera de las siguientes palabras que salieran de su boca.
—¿Qué les parecería formar una alianza con nosotros?
—Sus palabras cortaron la tensión y, como respuesta, recibió algunas miradas de confusión.
El propio Agni no daba crédito a sus oídos, preguntándose si había oído bien.
«¿Una alianza?», pensó para sus adentros, sin encontrarle ningún sentido a la situación.
Estaba claro que Jayce y su grupo eran inmensamente fuertes, por no hablar de que tenían casi 3000 personas en su hogar.
No solo poseían una gran fuerza individual, sino que también parecían tener una enorme ventaja numérica.
Esto planteaba la pregunta: si ya tenía tanta fuerza a su disposición, ¿por qué razón querría formar una alianza con ellos?
Los pensamientos de Agni volaron al instante hacia la mazmorra que había estado farmeando periódicamente durante los últimos seis meses.
Su expresión vaciló por un momento.
«Este cabrón quiere robarme todo el botín de la mazmorra», pensó, sintiendo cómo una sensación de impotencia le calaba hasta los huesos.
Si Jayce quería robarle sus objetos e incluso apoderarse de la mazmorra con el pretexto de una «alianza», no había nada que pudiera hacer.
«Mierda», maldijo para sus adentros, lamentando su falta de fuerza.
Jayce vio el vaivén de emociones en el rostro de Agni y soltó una risa seca.
—No te preocupes, no te pediré nada que no estuviera dispuesto a hacer yo mismo.
—Podía adivinar lo que el taimado cabrón estaba pensando solo con mirarle la cara.
Al sentirse aludido, el rostro de Agni se descompuso por un momento antes de responder: —¿Entonces, te importaría explicar a qué te refieres con una alianza?
—En realidad, es simple.
Mi objetivo es crear una gran alianza alrededor del mundo… la Alianza Humana —respondió Jayce sin mucha fanfarria, con un tono que no se correspondía con la gravedad de su sugerencia.
—¿La Alianza Humana?
—Tanto Tai como Agni pronunciaron esas palabras en voz alta, y sus rostros mostraban emociones distintas.
Sin embargo, ambos llegaron a la misma conclusión: la idea era demasiado absurda.
Incluso si tuvieran acceso a la misma tecnología de viaje que tenían antes de que llegara el Apocalipsis, el mundo era demasiado grande para ser gestionado por una sola alianza.
—Lo siento, Jayce, pero no veo cómo sería posible crear una alianza con todo el mundo.
Estoy seguro de que tienes grandes intenciones, pero es imposible.
—Fue Tai el primero en hablar, compartiendo su opinión al respecto.
Jayce se limitó a sonreír, mirando a Agni con expectación, a la espera de su respuesta.
Agni frunció el ceño; sus pensamientos eran similares a los de Tai, pues sentía que era un asunto inútil.
Sin embargo, el talante tranquilo y sereno del chef lo hacía sentir incómodo, como si la conversación se estuviera desarrollando exactamente como él esperaba.
Finalmente respondió, sacudiéndose la incómoda sensación: —Mira, a menos que tengas una forma de viajar libremente por todo el globo, no veo cómo podrías completar un objetivo tan ambicioso.
La sonrisa de Jayce se ensanchó, como si esperara precisamente ese argumento.
Levantó dos dedos al aire con despreocupación, y entonces unas motas de luz aparecieron de repente alrededor de ellos, como si estuviera invocando un objeto de su inventario.
Una lámina apareció entre sus dedos, mostrando un complicado círculo mágico en su superficie.
—Sí, moverse libremente por todo el globo.
¿La teletransportación encajaría en esa descripción?
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