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Chef en el Apocalipsis - Capítulo 139

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139: Retiro del Bosque 139: Retiro del Bosque En medio de un bosque de árboles imponentes y enredaderas serpenteantes, el espacio parpadeó un instante, enviando ondas expansivas.

Un momento después, dos figuras aparecieron desde el espacio distorsionado y se desplomaron en el suelo con poca gracia.

Se oyó el crujido de las ramas al romperse, seguido de un fuerte golpe sordo de los cuerpos al chocar contra el suelo del bosque.

—¡Uf!

—resonó un quejido de dolor, como si se hubieran quedado sin aire en los pulmones.

Jayce sintió el impacto de caer al suelo desde una gran altura, lo que le revolvió los pensamientos y provocó que una oleada de dolor le atenazara el cuerpo.

Se quejó, sintiendo un peso sobre el pecho, pero le costaba abrir los ojos para ver de qué se trataba.

Se sentía mareado, como si lo hubieran metido a dar vueltas en una secadora durante mucho tiempo.

Levantó la cabeza y abrió los ojos despacio, con la esperanza de aliviar las náuseas.

Al abrirlos, vio a Lianna tumbada sobre su pecho, con una respiración pausada y regular, como si estuviera dormida.

Jayce se detuvo un instante, intentando comprender lo que había ocurrido.

Sin embargo, le resultaba muy difícil pensar con la feérica Lianna durmiendo sobre su pecho.

Su aliento suave y cálido contra su piel le enviaba un hormigueo por todo el cuerpo, provocando que cierta reacción ocurriera allí abajo.

Tampoco ayudaba que su generoso pecho estuviera presionado contra su estómago; su textura, suave pero elástica, era suficiente para dispararle las hormonas.

Sintió que su amiguito empezaba a apretar contra Lianna, que dormía.

El contacto no hizo más que empeorar las cosas, acelerando tanto su erección como su dureza.

Jayce se encogió de vergüenza, con la cara roja como un tomate.

«Por favor, que no se despierte», se repetía en su mente, intentando reunir fuerzas para mover a Lianna antes de que lo hiciera.

Sin embargo, ya era demasiado tarde.

Lianna, al sentir un objeto rígido clavándosele en el estómago, empezó a removerse.

Sus pestañas se agitaron y luego frunció el ceño con una sensación de incomodidad.

Medio dormida, su reacción instintiva fue apartar el objeto que la incomodaba.

Al fin y al cabo, sentía que estaba durmiendo mejor que en toda su vida, llena de una sensación de seguridad y confort, hasta que fue bruscamente interrumpida.

Su mano se desplazó hacia el estómago, localizando aquello que se le clavaba.

Agarró el objeto e intentó apartarlo, pero resultó ser más difícil de lo que había previsto.

Jayce contuvo el aliento, el cuerpo se le tensó como respuesta y la vergüenza alcanzó su punto álgido.

El objeto volvió a su sitio de un resorte, como si estuviera fijo.

Lianna refunfuñó, molesta, y movió un poco el cuerpo para poder agarrar mejor la maldita cosa.

Ahora que tenía un mejor ángulo, se dio cuenta de que, a pesar de estar duro como una piedra, su exterior parecía un poco suave y carnoso.

Su mano lo recorrió, intentando recabar más información, y al final encontró una hebilla.

Esta vez estaba realmente confundida, y decidió abrir los ojos para ver mejor cuál era la situación.

Lianna por fin abrió los ojos, revelando unos ojos verde esmeralda, curiosos y a la vez confusos, que habían estado ocultos.

Lo primero que vio fue la fuente de su anterior incomodidad: un bulto enorme que su mano aferraba con fuerza.

Parpadeó un par de veces, intentando asimilar qué era, antes de dirigir la mirada a la hebilla que había descubierto.

Pertenecía a un cinturón negro que estaba bien abrochado.

Su mirada subió un poco más y vio la familiar chaquetilla de chef de doble botonadura que había visto tantas veces.

Fue entonces cuando su curiosa mirada se encontró con los límpidos ojos azules de Jayce, que se la devolvía con el rostro sonrojado por la vergüenza.

Su mente se quedó en blanco un instante, insegura de lo que había ocurrido tan de repente.

Al ver que sus rostros estaban tan cerca, Lianna se tensó asustada, lo que provocó que su mano, que todavía envolvía el rígido objeto, se contrajera.

Un espasmo recorrió a Jayce de pies a cabeza al sentir cómo la sensación viajaba desde su amiguito por todo su cuerpo tenso.

Fue entonces cuando ató cabos.

Lianna abrió la boca, pero no emitió ningún sonido; la absoluta vergüenza y el bochorno que sentía se vieron superados por la conmoción de lo que había hecho con total inocencia.

—¡AHHHHHHH!

***
El crepitar del fuego se mezclaba con el canto de los insectos y el sonido rítmico de un cuchillo al golpear una tabla de cortar.

Jayce y Lianna estaban sentados en extremos opuestos de la hoguera mientras él hacía lo único que podía distraerlo del tenso ambiente.

Lianna tenía las rodillas abrazadas contra el pecho y la mirada fija en las llamas, que parpadeaban y lamían el fondo de la olla que colgaba sobre el fuego.

Estaba muerta de vergüenza por lo que había hecho y no había dicho ni una palabra desde el incidente, a pesar de las disculpas de Jayce.

«¿Por qué tienen que pasarme estas cosas a mí?», pensó, desesperada.

Por fin se había decidido a romper el hielo entre ella y Jayce cuando volvieran a Bastión y, en lugar de eso, había ocurrido algo así, lo que tensaba aún más el ambiente.

Recordó el incidente y sintió cómo la invadía una nueva oleada de vergüenza que le tiñó la cara de un rojo intenso una vez más.

Su mirada se desvió hacia Jayce, que preparaba la comida afanosamente con un rostro indescifrable.

En realidad, Jayce se sentía tan incómodo como la persona que había provocado la situación.

Era culpa suya que su amiguito hubiera reaccionado de esa manera, por lo que se sentía responsable de lo que había venido después.

Por un momento, deseó seguir teniendo la afección de la Impotencia, pero rápidamente sacudió la cabeza, aterrorizado.

«Nada sería peor que eso», comentó para sus adentros.

Los dos permanecieron en silencio, incluso después de que Jayce sirviera la comida, lo que tensó el ambiente todavía más.

No fue hasta que Jayce terminó de guardar sus utensilios de cocina que se decidió a hablar.

—Ah, siento lo que ha pasado antes.

S-solo ha sido una reacción natural —balbuceó, intentando aligerar el ambiente.

Los ojos de Lianna se abrieron como platos por un momento, mirando al sincero Jayce.

—Y-yo también lo siento.

No sabía que era tu… —dijo, antes de fruncir el ceño—.

¿Qué quieres decir con «reacción natural»?

Jayce tragó saliva, sin saber qué decir por un momento.

—Bueno, ya sabes… —dijo, intentando evitar el tema.

Lianna ladeó la cabeza, confundida.

—No, no lo sé.

No sé mucho sobre los h-hombres —admitió, un poco avergonzada.

Por lo que había leído en sus novelas románticas, a un hombre se le ponía dura cuando quería… tener sexo.

Al ver la expresión de confusión en su rostro feérico, Jayce sintió que le empezaba a doler la cabeza.

Se masajeó el entrecejo, sintiéndose como uno de esos profesores de educación sexual que daban charlas en el colegio.

Sin embargo, la chica que tenía delante ya tenía 18 años, más o menos la misma edad que él en esta vida.

Jayce se aclaró la garganta.

Tenía la sensación de que, si se negaba a darle una explicación, su relación no se recuperaría, y eso era algo que no iba a permitir.

No solo era la sanadora de su grupo, sino también una querida amiga por la que sentía algo.

—Bueno, cuando esa cosa se pone dura, significa que la persona está excitada —dijo Jayce, avergonzándose de sus propias palabras.

Al ver que ella seguía con cara de confusión, añadió—: Ah, excitación significa que… que le pone, supongo.

La cara de Lianna se sonrojó y sus pensamientos se volvieron un caos con esta nueva información.

«¿Le he puesto a Jayce?», pensó para sus adentros, y una mezcla de vergüenza y alegría la invadió.

—¿E-eso significa que te he puesto?

—preguntó, luchando contra la vergüenza que amenazaba con desbordarla.

A Jayce se le desencajó el rostro; de repente se sintió muy incómodo y con ganas de salir corriendo en dirección contraria.

Sin embargo, al final se impuso su buen juicio.

Soltó un suspiro y decidió afrontar el asunto de cara, como un hombre.

—Sí.

Lianna, eres muy amable, atenta y atractiva.

Cualquier hombre sería afortunado de tenerte en su vida —dijo, mirándola con seriedad.

—¿Cualquier hombre?

¿Y tú qué?

—Lianna no estaba segura de qué bicho le había picado ese día; era como si hubiera tomado prestada la confianza de otra persona.

Normalmente le costaba mantener una conversación personal en condiciones con Jayce, y mucho menos sobre un tema como aquel.

—¿Yo?

—Jayce se quedó desconcertado por un momento, pues no se esperaba esa pregunta—.

S-sí.

Soy un hombre, ¿no?

—consiguió decir, manteniendo a raya la vergüenza.

Al oír estas palabras, Lianna sintió mariposas en el estómago y una oleada de calidez y felicidad la recorrió por dentro.

Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro, una que delataba la auténtica alegría que estaba experimentando.

—Entonces, ¿por qué no eres tú mi hombre?

—preguntó con un hilo de voz.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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