Chef en el Apocalipsis - Capítulo 159
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159: Lo siento 159: Lo siento Jayce se vio forzado a observar mientras era transportado a través de los recuerdos de Lianna.
Aunque los que había experimentado al principio habían sido traumáticos, su estado mental parecía haber mejorado después de que el Apocalipsis descendiera.
Las escenas se desarrollaban frente a él, pero aún podía oír la voz interior de Lianna en su mente, la cual le revelaba cómo se sentía en cada momento.
Como la vez que se desmayó y fue enviado a aquel misterioso reino para conocer a Rubick por primera vez.
Vio el pánico y la confusión absolutos que la invadieron cuando su cuerpo se desplomó en el suelo.
El impacto fue tal que casi retrocedió por completo a su anterior estado mental, lista para encerrarse de nuevo en sí misma.
«Está pasando otra vez.
No quiero estar sola».
Lloró para sus adentros, sujetándose la cabeza con las manos.
Jayce, por supuesto, escuchó esas palabras y suspiró profundamente.
No pudo evitar sentir que se estaba inmiscuyendo en los asuntos personales de ella al presenciarlo.
Sin embargo, al instante siguiente sacudió la cabeza con fuerza y se abofeteó con ambas manos, sobresaltando a todos los que estaban cerca.
Lianna corrió hacia el cuerpo desmayado de él y empezó a comprobarle los signos vitales antes de lanzarle sus hechizos de curación.
«Gracias a Dios, sigue respirando.
¿Se habrá desmayado por el agotamiento?».
Lianna se mordió el labio y canalizó más maná hacia sus manos.
Jayce se sentía incómodo con la situación, por lo que agradeció que la habitación se oscureciera una vez más.
Vio a su yo del pasado despertarse de su episodio anterior, al volver de la primera reunión de apoyo.
Vio cómo los ojos de Jackie y Lianna se iluminaban cuando salía de su estado de inconsciencia.
Un sonrojo de vergüenza le tiñó las mejillas al ver a su yo del pasado mirar fijamente a Lianna durante demasiado tiempo.
—Joder, tío, sácale una foto —dijo en voz alta, muriéndose de la vergüenza por dentro.
Ella posó su suave mano sobre la de él, a lo que reaccionó como un niño avergonzado.
—Has estado trabajando sin parar, Jayce.
Debes de haberte esforzado demasiado.
Su rostro estaba preocupado, demostrando lo mucho que le importaba.
«Sus manos se sienten como las de mi hermana.
¿Significa eso que es una buena persona?».
La voz de Lianna interrumpió el bochorno de Jayce.
—Ah, mierda, ojalá esto terminara pronto… Ah, supongo que es mejor que la tortura hasta los huesos que estaba recibiendo —reflexionó.
Luego añadió—: Apenas.
Sin embargo, esto era solo el principio de su paseo por el camino de los recuerdos.
Como Lianna estaba en su grupo, a menudo era transportado a escenas de sus combates, o simplemente a momentos de ocio en los que todos estaban sentados junto al fuego, charlando.
Era partícipe de todos los pensamientos de Lianna, de sus preocupaciones y de su tormento interior.
Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, ella empezó a salir de su caparazón y a abrirse a Jackie y a los demás.
Esto pareció aliviar su soledad y la hizo sentir necesaria.
Entonces apareció la pelea contra el Lobo Colmillo Sangriento.
Vio cómo su propia figura derrotada caminaba con desgana hasta la cúpula de hielo y se sentaba contra ella, sumido en la depresión.
Ella lo observaba con lágrimas en los ojos.
«Por favor, no lo hagas… Eres nuestro pilar, nuestra esperanza.
Si te rindes, yo no podré seguir adelante».
La voz de Lianna le tocó la fibra sensible; sintió un torbellino de emociones en su interior.
No se había dado cuenta de lo mucho que ella dependía de él, de cuánto le importaba todo en realidad.
Jayce estaba emocionalmente agotado, inseguro de poder continuar con la experiencia.
No sabría cómo mirarla a la cara en el futuro.
Sin embargo, no tenía ni idea de cómo detener la habilidad; esta simplemente continuaba reproduciendo una escena tras otra.
Se vio forzado a observar cómo los sentimientos de Lianna hacia él empezaban a florecer.
Sus conversaciones con Jackie eran especialmente reveladoras y lo hacían sonrojarse profusamente.
Le pareció que habían pasado horas dentro de aquel sueño.
Jayce se sintió el mayor de los imbéciles al verse a sí mismo tratar a Lianna con frialdad durante la batalla de la Marea de Bestias.
Ver las lágrimas que ella derramó por su culpa fue lo peor de todo, después de saber lo que sentía por él y por todo lo que había pasado.
Esto lo obligó a hacer introspección y a darse cuenta de que, aunque creía estar haciendo lo correcto, tal vez no era así.
Si le hubiera explicado todo como es debido, sin tratarla como a una niña, quizá no habría tenido que sentir ese dolor.
Jayce suspiró.
—Vaya, esto es una mierda.
Tengo que disculparme con ella cuando salgamos de esto —dijo, masajeándose el entrecejo.
La escena cambió una vez más, arrancándole otro suspiro a Jayce.
Abrió a la fuerza sus ojos, cansados y doloridos, solo para ver la escena dentro del árbol gigante.
Necesitó toda su fuerza de voluntad para no gritar de alegría.
—Esta debería ser la última escena antes de poder volver.
Observó con absorta atención los sucesos que tenían lugar, cotejándolos con la historia que Lianna le había contado antes.
Escuchó los gritos que resonaban en la mente de ella, que lo obligaron a sujetarse la cabeza por el dolor.
«¡EMPÚJALO!
¡EMPÚJALO!»
«¡EMPÚJALO!
¡EMPÚJALO!»
«¡IDIOTA, NO ENTRES AHÍ!»
A Jayce le martilleaba la cabeza, escuchando los agudos gritos que amenazaban con hacerle pedazos la mente.
Vio el cuerpo de Lianna estremecerse un instante antes de empujarlo al túnel e inclinar la cabeza.
—L-lo siento, Jayce.
¡Sé que es duro, pero, por favor, perdóname!
«Lo siento, Jayce.
Sé que es duro, pero por favor, perdóname»
Las dos voces se entrelazaron: una era la de Lianna y la otra, la que ahora reconocía como la de la Dríada en su mente.
Y tras esto, ella echó a correr.
«JAJAJA»
Una carcajada salvaje resonó en la mente de Jayce, como celebrando su victoria.
Y entonces, la habitación se oscureció.
Esperó un momento a que reapareciera otra escena; sin embargo, al abrir los ojos, vio el techo de la cueva.
Ya no había dolor ni visiones; por fin estaba de vuelta en el mundo real.
Sintió un peso en el pecho que lo hizo mirar hacia abajo.
De nuevo era Lianna, acurrucada sobre él, pero esta vez no estaba dormida.
Sus ojos se encontraron con los de él y empezaron a llenarse de lágrimas, avivando una profunda emoción en su interior.
Jayce la rodeó con sus brazos, la atrajo hacia su pecho y la abrazó con fuerza antes de susurrar…
—Lo siento.
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