Chef en el Apocalipsis - Capítulo 181
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181: ¿Cómo hacerse más fuerte?
181: ¿Cómo hacerse más fuerte?
Jayce se marchó sonriendo.
Aunque había dicho que quería unas vacaciones, no significaba que le sobrara el tiempo.
Había pasado casi un año desde que el Apocalipsis había descendido, lo que quería decir que Rubick no tardaría en asignar la nueva Misión Mundial.
Si alguien le hubiera preguntado antes de la Marea de Bestias si confiaba en poder completar la Misión Mundial, sin duda habría respondido que sí.
Sin embargo, con la forma en que esos tres seres habían intervenido, tanto creando a la Hidra como intentando eliminarlo, ahora tenía menos confianza.
Aunque era cierto que se había vuelto mucho más fuerte desde entonces, de alguna manera sentía que no era suficiente.
Cuanto más pensaba en ello, más sentía Jayce que había algo más en toda aquella situación.
Tendría que intentar sondear a Rubick si quería información adicional.
Pero el solo hecho de pensar en ese psicópata le daba dolor de cabeza.
Sin embargo, por ahora, solo había una cosa que podía hacer, y era volverse más fuerte.
Había dos maneras de lograrlo, y ambas giraban en torno al maná.
No obstante, eran dos métodos muy distintos.
Una de las formas en que podía ampliar su arsenal era crear nuevos hechizos para que el sistema los registrara como habilidades.
Esto mejoraría su versatilidad en los combates, y ya no se vería limitado a solo dar órdenes o a correr por el frente de batalla.
El otro método era explorar nuevas formas de utilizar el maná, desde potenciar sus ataques hasta su propio cuerpo.
Ambas eran vías que nunca antes había explorado, pero en lugar de sentirse abrumado, Jayce estaba emocionado.
La creación de hechizos sería un proceso largo y arduo, pero al menos tendría resultados garantizados.
Aunque había tenido éxito las dos veces que intentó crear un hechizo, no confiaba en poder replicarlo de forma regular.
Ni siquiera los magos tenían garantizado crear una habilidad con facilidad dentro de su propio elemento de especialización, y mucho menos Jayce, que no tenía ninguna afinidad elemental.
Por eso se inclinaba finalmente por la segunda opción.
En solo un día había conseguido aumentar el multiplicador estático de su habilidad de golpe crítico al utilizar su maná.
También estaba su teoría de que este poder podría llegar a funcionar sin el sistema.
Estas revelaciones habían empezado a moldear su mente, haciéndole cuestionar el pensamiento fundamental que se había grabado en el cerebro durante sus casi once años totales en el Apocalipsis.
¿Qué era el sistema?
¿Era omnipotente y omnisciente como un dios?
¿O era algo establecido por una forma de vida superior para vigilarlos y controlarlos mientras les otorgaba poder?
Estas preguntas y dudas empezaron a aflorar después de que le negaran las recompensas de la Misión de Evento de la Marea de Bestias.
Nada de aquello tenía sentido para él.
En resumen, empezó a perder la confianza en el sistema.
Aunque se aseguraría de utilizarlo cuando fuera necesario, no quería depender por completo de algo que tenía la capacidad de retener las recompensas que tanto le había costado ganar.
Por lo tanto, la opción de explorar sus teorías sobre el maná se volvió mucho más tentadora.
Si pudiera volverse lo suficientemente poderoso por su cuenta, sin necesidad de usar el sistema, le daría mucha más tranquilidad.
Después de todo, si un día todo el mundo perdiera su sistema, serían como corderos perdidos camino del matadero.
Jayce se rio entre dientes, sintiendo que empezaba a convertirse en un conspiranoico.
Apartó esos pensamientos; no tenía sentido darle demasiadas vueltas a lo que no sabía.
Tenía la información justa para tomar la decisión prudente, y esa era continuar explorando las técnicas de utilización del maná.
Con una mirada decidida, se dirigió a las puertas de la ciudad.
Una vez más, antes de que llegara, resonó el crujido de la madera y el traqueteo de las cadenas, señal de que las puertas se estaban abriendo.
Intentando no reírse, Jayce saludó con la mano al joven guardia que, una vez más, había tomado la iniciativa de abrirle las puertas.
Al principio, el joven guardia pareció un poco asustado, pero luego vio la sonrisa amable en el rostro del hombre y empezó a relajarse.
—Que tenga un buen día, señor —logró articular entre jadeos mientras seguía accionando la polea.
De buen humor, Jayce sacó de su inventario un onigiri, una bola de arroz envuelta en algas, y se la lanzó al joven.
—¡OH, MIERDA, UNA GRANADA!
—gritó el hombre del sombrero de vaquero y se lanzó a un lado frenéticamente.
Los otros guardias hicieron lo mismo; parecía que tenían algún tipo de entrenamiento militar.
El joven guardia se quedó paralizado mientras la bola de arroz caía directamente en sus manos abiertas, con el rostro pálido como un fantasma.
Miró trágicamente el objeto que tenía en las manos y tragó saliva, listo para aceptar su horrible muerte.
—¿Eh?
—.
Cuando la explosión no llegó, palpó la bola y sintió que era blanda.
Su mirada se posó en Jayce, que se sujetaba los costados mientras se reía.
—Oh, tío, desayuno y espectáculo.
Hoy va a ser un gran día —dijo entre risas, lanzándole un guiño al joven guardia antes de cruzar las puertas sin más.
El joven guardia percibió un intenso aroma que emanaba del objeto en sus manos, lo que hizo que se le hiciera la boca agua.
Instintivamente, se lo llevó a la boca y le hincó el diente, liberando un sabor maravilloso.
—¡Uf, qué bueno está esto!
—chilló el joven de gusto mientras seguía dando grandes mordiscos a la bola de arroz.
En pocos segundos la había devorado por completo.
Un momento después, sintió de repente cómo una pequeña oleada de fuerza brotaba de su estómago, llenándolo de vitalidad.
Ya había recuperado el aliento después de abrir las puertas y se sentía fuerte como un toro.
—¡Gracias, señor!
—gritó, pero Jayce ya se había perdido de vista.
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