Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 Capitulo 9 - Dos Caminos Hacia la Guerra
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10: Capitulo 9 – Dos Caminos Hacia la Guerra 10: Capitulo 9 – Dos Caminos Hacia la Guerra La noche envolvía la ciudad periférica como una seda densa, sin viento y sin esperanza.
Las farolas de aceite chispeaban en las esquinas, y las sombras se alargaban como si el mundo contuviera la respiración.
Hikaru, con su andar torpe y su abrigo deshilachado, salía de una taberna modesta donde no pudo pagar nada.
El dueño se apiadó de él al verlo sonreír tan tontamente… o quizás por la forma en que las cicatrices de su espalda le recordaban a un soldado olvidado.
—Hikaru… —susurró el viento.
No era el viento.
Era una voz.
Entonces los vio.
Cuatro figuras rodeaban la calle.
De los tejados, del suelo y de la niebla, emergieron como fantasmas vestidos con túnicas oscuras.
No llevaban insignias, pero sus ojos brillaban con crueldad entrenada.
Asesinos del Reino de Sabaku.
No necesitaban presentación.
Uno de ellos tenía el rostro completamente vendado, salvo los ojos: era un usuario de Hizumi, y su presencia hacía que la luz se retorciera a su alrededor.
Otro portaba dos lanzas y flotaba ligeramente, rodeado de polvo de energía: un usuario de Ketsuho, capaz de manipular la gravedad.
El tercero, una mujer de cabello blanco corto y mirada muerta, mantenía el Soukei en constante flujo: su campo sensorial abarcaba calles enteras.
El último, enmascarado, no emitía sonido: ni siquiera los perros de la calle lo olfateaban.
—¿Quién los manda?
—dijo Hikaru, sin perder la sonrisa.
—Eres un peligro, aunque no lo parezcas —gruñó el de la lanza—.
Y un insulto viviente para el ejército de Hokori.
—Y eso me convierte en… ¿un objetivo?
—se rascó la cabeza—.
Qué halago.
Entonces, comenzó.
El de las lanzas se lanzó primero.
Con un chasquido de dedos, la gravedad en el área se alteró: Hikaru fue empujado contra el suelo con fuerza brutal.
Pero ya no era nuevo en esto.
Rodó en el momento exacto, y una lanza se clavó donde antes estaba su cuello.
Contraatacó con una patada torpe…
que falló y lo hizo girar como trompo.
Pero su giro terminó en un codazo perfecto al rostro del asesino, quien cayó hacia atrás por el impacto.
—¿¡Cómo rayos haces eso sin querer!?
—gritó el segundo asesino antes de que una ráfaga de viento oscuro lo empujara hacia Hikaru.
El Hizumi se activó.
El aire mismo se distorsionó como si fuese un espejo roto.
El asesino del rostro vendado atacaba con sombras líquidas que cortaban el espacio como cuchillas afiladas.
Una de ellas le rozó el brazo a Hikaru, arrancándole parte de la manga y dejando ver marcas quemadas.
“Maldita sea…
este tipo puede desgarrar el tejido mismo de la realidad.” Hikaru esquivó como pudo, bailando más que luchando.
Su cuerpo caía, se levantaba, se tropezaba… pero siempre por poco, esquivando la muerte.
Sin embargo, ya no era suficiente.
La mujer de Soukei ya lo tenía atrapado: cada intento de esquiva era previsto, cada impulso adivinado.
La presión aumentaba.
Uno, dos, tres enemigos al mismo tiempo.
Un tajo en la espalda.
Una patada en las costillas.
Una lanza perforó su costado.
Cayó de rodillas, jadeando.
Sangre goteaba de su frente, mezclándose con el polvo.
El Hizumi se concentraba para deshacer su cuerpo desde dentro.
El asesino ya había activado el sello.
Hikaru bajó la cabeza.
Por primera vez, su sonrisa desapareció.
Su aliento se calmó.
“Ya no me queda otra…” —Perdón… Reiji… —susurró—.
No quería usarlo todavía… Extendió su brazo hacia el cielo.
En su pecho, algo comenzó a brillar.
Un fulgor rojo, cálido y devastador.
Su Shinkon comenzaba a despertar.
Las venas se iluminaron, y el suelo tembló levemente.
—¡Retrocedan!
—gritó la mujer Soukei, percibiendo algo…
antiguo.
Bestial.
¡BASTA!
Una voz retumbó como un trueno.
No un grito, sino una orden dictada por una voluntad que no aceptaba réplica.
El Hizumi se deshizo.
La gravedad volvió a su lugar.
El Soukei se disipó.
El cielo se volvió más oscuro.
Desde un tejado, una figura descendió.
No cayó.
Aterrizó.
Al pisar el suelo, el polvo se detuvo.
El mundo pareció pausar el tiempo.
Kenshiro Gai, el Rey de la Guerra.
Un hombre alto, envuelto en una capa que parecía hecha de cuero curtido en batallas.
Su torso desnudo mostraba cicatrices más antiguas que los clanes.
Su mirada era la de un depredador milenario.
—¿Qué hacen aquí, escoria de Sabaku?
—gruñó.
Los asesinos callaron.
Bajaron la cabeza.
Uno de ellos temblaba.
El de la lanza intentó hablar, pero sus labios no se movieron.
El aire era demasiado denso para formar palabras.
Kenshiro miró a Hikaru, que aún estaba en el suelo, sangrando.
—¿Y tú?
¿Así piensas morir?
Hikaru levantó la cabeza.
Su sonrisa volvió, aunque rota.
—Morir… sería demasiado fácil.
Pero gracias por arruinar mi entrada dramática.
—¿Entrada?
—Iba a usar mi Shinkon y quedar como un héroe.
Ahora solo parezco un trapo sucio y moribundo.
Kenshiro entrecerró los ojos.
Algo en él parecía analizar cada célula del cuerpo de Hikaru.
—Veo en ti un gran potencial.
Te ofrezco una segunda oportunidad.
Únete al ejército.
Te daré fama, rango, recursos, y un batallón que te respalde.
Hikaru lo miró en silencio.
Luego rió.
Una risa sincera, infantil, casi musical.
—¿Y convertirme en su mascota?
¿En su bandera?
¿En una estatua más para el salón de gloria?
—Obtendrás gloria verdadera ¿no crees que es un buen trato?.
—No.
Aquella gloria a la que llamas verdadera es solo una moda con fecha de expiración.
El día que muera, me olvidarán.
La gloria no me interesa si no perdura.
Se levantó tambaleante… y tropezó.
Cayó de cara frente a Kenshiro.
El silencio fue total.
Uno de los asesinos contuvo la risa.
Kenshiro apretó los dientes.
—…Esos pensamientos solo los tendría alguien tan patético como tú.
No entiendo como el capitán fue derrotado por un hombre que a duras penas y se mantiene en pie.
El rey se interesa en gente extrana y estúpida.
—gruñó.
—Tomare esas palabras como un cumplido gracias… —murmuró Hikaru desde el suelo, sin levantarse.
Kenshiro se dio la vuelta.
—Lárgate.
Antes de que cambie de idea.
Hikaru, aún sonriendo, se arrastró fuera de escena.
—¿Esto cuenta como una victoria?
—preguntó a nadie en particular.
Y así, bajo la luna, el hombre que no quería fama vivía un poco más.
El murmullo de la ciudad fue tragado por la noche.
Las nubes cubrieron la luna, ocultando la sangre en el suelo y la dignidad rota de los que aún respiraban.
Kenshiro desapareció como una sombra más, y los asesinos, humillados, se desvanecieron con el viento de Sabaku.
Solo quedó el eco de una risa torpe en los callejones de piedra.
Mientras tanto, a cientos de kilómetros al oeste, la mañana acariciaba las montañas que rodeaban el pueblo de Tsuyoi.
Un cielo despejado anunciaba algo más que buen clima: era el preludio de un cambio inevitable.
Las aves cantaban con timidez, como si intuyeran que el pueblo despedía a algunos de los suyos hacia un destino incierto.
Frente a la pequeña plaza, los aldeanos se reunieron en silencio para observar a Donyoku, Chisiki, Aika y Reiji preparar sus mochilas.
—¡Cuídense mucho!
—gritó una anciana agitando un pañuelo—.
¡No olviden de dónde vienen!
Donyoku abrazó con fuerza a su madre, quien apenas lograba contener las lágrimas.
Sus hermanos, uno en cada brazo, trataban de hacerse los fuertes, aunque uno de ellos tenía los ojos rojos.
—Van a estar bien sin mí —dijo Donyoku con una sonrisa forzada, acariciando sus cabezas—.
Entrenen como les enseñé.
Protejan a mamá.
Su madre lo abrazó con toda la fuerza que pudo.
—Prométeme que volverás… no importa cómo.
—Lo prometo.
Con una última mirada al pueblo, el grupo emprendió su viaje.
…
Pasaron varios días cruzando ríos, montañas y pueblos intermedios.
Reiji aprovechó cada noche para entrenarlos en silencio, haciéndolos rotar turnos de guardia, analizar mapas y reflexionar sobre la historia del reino.
El sol declinaba tras las altas murallas de Kinzoku no Hana, la ciudad más próspera del Reino de Hokori.
Sus calles eran un desfile constante de comerciantes, artistas callejeros, nobles y mercenarios.
Cúpulas doradas reflejaban la luz como si toda la ciudad estuviera bañada por la gracia de los dioses.
Para cualquier viajero, era un paraíso.
Para Reiji y sus discípulos, era un campo minado disfrazado de santuario.
—Bienvenidos a la Flor de Metal —murmuró Reiji, cruzando los brazos mientras contemplaba la ciudad desde una colina cercana—.
Su belleza esconde podredumbre… como todo lo que brilla en este reino.
Donyoku, con su mochila colgando al hombro, frunció el ceño.
—Y pensar que venimos a buscar respuestas.
¿No podríamos simplemente quemar la biblioteca real?
—Eficaz, pero poco práctico —respondió Chisiki, ajustándose los lentes con una sonrisa torcida—.
Esta ciudad esconde algo más valioso que libros: información viva.
Reiji cree que si entendemos el pasado del reino… tal vez podamos entender cómo romper su futuro.
Aika, que observaba la ciudad con los ojos brillantes, preguntó con cautela: —¿Creen que eso nos llevará a una solución?
Reiji miró a los tres.
Su rostro estaba serio.
—No lo sé.
Pero si queremos terminar con esta era de guerra, tenemos que saber cómo comenzó.
Chisiki tomó la iniciativa y comenzó a conversar con un par de comerciantes.
En poco tiempo, encontró una posada discreta y barata, aunque sorprendentemente limpia y acogedora.
Las camas estaban bien tendidas, el comedor olía a pan recién horneado y la dueña era amable, aunque silenciosa.
—Vaya, Chisiki, ¿también tienes talento como guía turístico?
—bromeó Donyoku.
—Multifuncional.
Como todo genio —replicó él, ajustándose los lentes.
Esa noche, Aika y Donyoku compartieron un rato en el balcón.
Ella observaba las luces de la ciudad con el mentón apoyado en sus manos.
Él la miraba de reojo, nervioso.
—¿Qué pasa?
—preguntó ella sin girar el rostro.
—Nada… solo pensaba en lo mucho que has cambiado desde que llegaste a Tsuyoi —dijo él, rascándose la nuca.
—¿Para bien o para mal?
—Para mucho mejor… Aika lo miró, sonriendo.
—Eres más torpe cuando intentas ser amable.
—Y tú más cruel cuando sonríes —respondió Donyoku, haciendo que ambos rieran suavemente.
Cerca de la medianoche, Donyoku y Chisiki, que aún no dormían, notaron a varias figuras encapuchadas dirigirse hacia los barrios bajos.
Sin decir palabra, se miraron y comenzaron a seguirlos a distancia.
Los persiguieron por callejones cada vez más estrechos, donde la oscuridad parecía tragar incluso los pasos.
El aire olía a sangre seca y óxido, como si el pasado aún supurara desde las paredes agrietadas.
Finalmente llegaron a un antiguo matadero abandonado.
Las puertas, abiertas de par en par, revelaban una escena silenciosa pero escalofriante: mercenarios y nobles observaban impasibles cómo varios esclavos eran descargados en jaulas.
Algunos guardias masticaban carne seca, otros jugaban a los dados, como si todo aquello fuera rutinario.
Los cuerpos de los prisioneros estaban cubiertos de cicatrices y golpes.
Sus ojos, apagados.
Pero uno de ellos alzó la mirada.
Tenía el rostro demacrado y un grillete aún colgaba de su cuello.
A pesar de las heridas, su mirada no era de súplica ni miedo.
Era tranquila.
Letal.
—¿Qué clase de esclavos son estos?
—susurró Chisiki.
Antes de que pudieran moverse, fueron descubiertos.
Tres guardaespaldas se lanzaron sobre ellos.
Donyoku y Chisiki pelearon hombro con hombro, utilizando sus técnicas con precisión.
En segundos, dejaron inconscientes a dos de ellos, pero el tercero logró silbar.
Los mercenarios retrocedieron y uno de los esclavos fue liberado.
Su cuerpo parecía devastado, sus labios, secos y agrietados, murmuraron algo ininteligible.
Chisiki, agudizando el oído, solo logró captar una palabra: —…liberación.
En ese instante, la temperatura descendió abruptamente.
El aire se volvió cristalino.
El esclavo cerró los ojos.
Una grieta helada se formó bajo sus pies y su Shinkon estalló: un aura azul pálido cubrió el matadero, congelando incluso la respiración.
Columnas de escarcha se alzaron como lanzas, apuntando al cielo.
El ambiente se volvió irrespirable.
—¡Retirada!
—gritó Chisiki, tirando de Donyoku.
Corrieron por callejones, esquivando ráfagas de hielo que congelaban paredes enteras al contacto.
Cuando creyeron que serían alcanzados, una ráfaga de energía los envolvió.
—“…¡Ketsuhō: Vórtice Reverso!” Una poderosa onda gravitacional los arrastró hacia atrás justo a tiempo, levantándolos sobre una pared de hielo que se estaba derrumbando.
Cayeron de forma brusca sobre el techo de un edificio, tosiendo y temblando.
Reiji se puso al borde, con una mano extendida, los ojos afilados como cuchillas.
—“Les dije a ustedes dos que se mantuvieran en silencio hasta tener información sólida,” dijo sin levantar la voz, pero el peso de sus palabras era más pesado que el hielo del que acababan de escapar.
Chisiki tosió, ajustándose las gafas.
—“Lo siento… la curiosidad es una cruel dueña.” Reiji no respondió.
Su mirada estaba fija en el matadero, ahora sepultado bajo lanzas de escarcha y un silencio mortal.
—“Ese Shinkon… no era solo hielo.
Era algo más profundo,—murmuró.—Un grito de libertad, convertido en arma.
Donyoku se sujetó un costado, todavía respirando con dificultad.
—Entonces acabamos de despertar algo terrible.
Reiji asintió lentamente.
—Sí.
Y ahora no tenemos más opción que adentrarnos aún más.
Muy abajo, el esclavo que había desatado la tormenta abrió los ojos una vez más.
La sangre se congeló en sus labios.
Las cadenas alrededor de sus brazos crujieron y se rompieron.
No sonrió.
No habló.
Pero la guerra ya había comenzado…
Gracias por leer este capítulo de Chi no Yakusoku.
Si te gustó, no olvides seguir para el próximo paso en este oscuro juramento de sangre.
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