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Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 Capitulo 10 - El Eco de la Verdad Arrancada
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11: Capitulo 10 – El Eco de la Verdad Arrancada 11: Capitulo 10 – El Eco de la Verdad Arrancada El cielo comenzaba a teñirse de azul intenso, y el canto de los pájaros marcaba el inicio de un nuevo día.

Reiji y sus alumnos se preparaban para ir en busca de las verdades del Reino.

Llegando así a un edificio gigantesco.

La biblioteca central de Kinzoku no Hana era una de las más grandes del continente, y por dentro parecía más un templo del saber que un simple archivo.

Columnas de mármol sostenían bóvedas altísimas cubiertas de vitrales, y miles de estanterías se extendían como laberintos.

Había zonas restringidas tras puertas de hierro, libros sellados con cadenas y bibliotecarios que se movían en silencio, con túnicas negras que les cubrían hasta los ojos.

Los protagonistas caminaron con reverencia entre las estanterías.

—Esto es…

inmenso —dijo Aika, girando lentamente sobre sí misma.

—Es un mapa del conocimiento —murmuró Chisiki, con ojos brillantes—.

Y el 80% seguro está censurado.

Durante horas buscaron registros útiles.

Reiji hojeaba libros de historia general, Donyoku se aburría fácilmente y se distraía con ilustraciones, mientras Aika analizaba textos religiosos.

Pero nada parecía acercarlos a los secretos que buscaban: el pasado del reino, los orígenes de los Shinkon, el linaje de los reyes.

Frustrado, Chisiki se apartó en silencio, cerró los ojos y activó su Shinkon.

Una onda imperceptible se extendió por el lugar.

Tras unos minutos, abrió los ojos con una sonrisa discreta.

—Encontré algo…

hay una anomalía mágica en la sección norte del ala oeste.

Detrás de una pared falsa.

Y hay guardias.

Se dirigieron allí con cautela.

La supuesta pared resultó ser la entrada a una sala secreta, oculta tras una estantería.

Dos guardias con armaduras oscuras y semblante severo custodiaban la entrada.

—Déjenmelo a mí —dijo Reiji, y sus ojos brillaron por un instante.

Los guardias se miraron confundidos… luego uno de ellos vio una figura gigantesca detrás de Reiji, el otro creyó que su piel ardía en llamas.

Ambos cayeron desmayados por el terror.

—Soukei no Kyoufu (Ilusión del Miedo Profundo) —susurró Reiji con indiferencia.

Dentro de la sala, el aire era más denso.

Las estanterías contenían libros sin títulos, grabados con símbolos extraños y cubiertos de polvo.

Allí encontraron fragmentos de información prohibida: —Una tablilla con los nombres de los primeros portadores de Shinkon… muchos tachados.

—Registros sobre reyes que usaban esclavos bendecidos con Shinkon para experimentos.

—Un retrato tallado en piedra con una figura idéntica a Reiji, aunque bajo otro nombre: “Sōzetsu no Mikazuki” (Mikazuki el Trágico).

—¿Reiji…?

—preguntó Aika, apuntando al grabado.

—Coincidencia —respondió él sin inmutarse.

Pero lo más importante fue un registro casi destruido, con partes ilegibles, titulado “Kigen no Jidai” (La Era Ancestral).

Aika lo tomó con cuidado.

—Este libro es vital, aunque tengamos que restaurarlo letra por letra.

Fue entonces que Donyoku, distraído, tiró un libro con un título imposible de leer, compuesto por símbolos arcanos que cambiaban mientras lo miraban.

Al abrirlo, una energía negra se liberó como un soplo maldito.

Una figura emergió de entre las sombras del techo, expandiéndose en todas direcciones.

No tenía forma definida: una masa oscura de ojos, zarcillos flotantes, y extremidades que no obedecían leyes naturales.

—¡Atrás!

—gritó Reiji.

El monstruo se lanzó con velocidad antinatural.

Reiji intentó usar una ilusión, pero la criatura parecía inmune.

Donyoku contraatacó con un embiste de fuerza brutal, golpeando su núcleo visible, pero solo logró que el monstruo se adaptara, endureciendo su cuerpo como roca viva.

Aika lanzó proyectiles de luz concentrada, y Chisiki usó una trampa espacio-temporal para ralentizarlo por segundos, pero la criatura mutaba, se regeneraba, y respondía con látigos que rompían estanterías enteras.

Un zarcillo atravesó la defensa de Donyoku y lo arrojó contra una columna.

Aika fue derribada por un rugido sónico.

Reiji intervino, cubriéndolos con una barrera invisible, pero empezó a sangrar por la nariz.

La criatura no solo resistía su Soukei: también afectaba su mente.

Chisiki temblaba.

Todos estaban heridos.

Y cuando vio a Aika inconsciente, y Donyoku apenas moviéndose, recordó a su madre siendo asesinada por el ejército del reino, a sus amigos sufriendo, a su padre luchando hasta en su último suspiro.

Fue entonces cuand algo estalló dentro de él.

—¡No va a suceder otra vez, no…

aún no podemos morir aquí!

—gritó.

Su cuerpo se envolvió en un remolino de energía.

El espacio se rasgó frente a él.

Con un grito visceral, activó su Hizumi.

—Hizumi: Iwaku no Tobira (Puerta del Desgarro).

Un pequeño portal se abrió en medio de la batalla, absorbiendo parte del entorno.

Chisiki lo mantuvo con todo su poder, y Reiji cargó a Aika mientras Donyoku se arrastraba.

Uno a uno cruzaron el portal, justo antes de que la criatura los alcanzara.

El grupo cayó sobre los adoquines de un callejón lejano, jadeando y cubiertos de sangre, pero vivos.

—Nunca… vuelvas a abrir un libro sin saber qué es… —susurró Reiji, tirado boca arriba.

Donyoku rió, aunque le dolía todo el cuerpo.

—Lo tendré en cuenta… La noche había caído sobre Kinzoku no Hana con una bruma espesa, como si la ciudad quisiera envolver los secretos en silencio.

El grupo regresó a la posada tambaleándose, con las ropas rasgadas, sangre seca en los bordes de sus labios y la respiración aún pesada por la batalla que acababan de sobrevivir.

La dueña de la posada los recibió sin hacer demasiadas preguntas.

En lugar de sorprenderse o escandalizarse, como lo haría cualquier anfitrión ante huéspedes cubiertos de heridas, les preparó pociones curativas con la precisión de quien ha hecho esto mil veces antes.

Los atendió en silencio, con una mirada que parecía leer más de lo que mostraba.

Mientras ella les aplicaba unas pociones curativas, Aika no pudo evitar romper el silencio.

—Disculpe —comenzó tímida—, ¿por qué nos atiende con tanta amabilidad?

No somos clientes comunes, y ni siquiera hemos tenido muchas charlas.

La mujer la miró con una leve sonrisa.

—A veces, en este mundo, la amabilidad es una forma de guardar silencio —respondió, depositando una venda sobre la herida de Donyoku—.

Además, no vienen muchos visitantes… y eso, a veces, es una bendición.

Aika frunció el ceño, intrigada.

—¿Por qué no vienen muchos clientes?

¿Es peligroso?

¿O simplemente es un secreto de la ciudad?

La dueña bajó la voz, casi como si confesara un secreto.

—A veces, es mejor no ser demasiado curiosos.

Hay cosas que el silencio cuida mejor que las palabras.

—Entonces… ¿cuál es su nombre?

Nunca lo mencionó.

Hubo una pausa.

La mujer dejó de mezclar.

Luego, levantó la vista con una sonrisa leve, pero sus ojos reflejaban algo insondable.

—Enma.

Aika repitió el nombre en su mente.

Sintió un escalofrío suave recorrerle la espalda, aunque la sonrisa de la mujer no había cambiado en lo más mínimo.

—¿Gracias por todo, Enma?

—No hay de qué.

Descansen mientras puedan —respondió con voz calmada—.

Las preguntas más peligrosas… suelen buscar sus propias respuestas.

Aika iba a decir algo más, pero algo en la calma inquietante de su anfitriona le indicó que no era el momento.

Mientras tanto, en uno de los rincones del salón, Chisiki y Donyoku discutían a media voz.

O al menos lo intentaban.

—¡¡Eres un idiota!!

—espetó Chisiki, sacudiendo una venda—.

¡¿Quién demonios abre un libro con título en un idioma extinto y con un aura maldita!?

¿¡Qué esperabas!?

¿¡Una receta de estofado ancestral!?

—¡Oh, lo siento por no tener un título universitario en letras muertas!

—replicó Donyoku—.

No tenía un Shinkon superintelectual que me gritara “¡PELIGRO, ABRIR ESO TE MATARÁ!” —¡Era OBVIO, Donyoku!

El libro chillaba “¡SOY UNA AMENAZA EXISTENCIAL!” con cada página.

—Bueno, también tú chillaste y mírate, sigues vivo.

Ambos se quedaron en silencio por un momento antes de reír entre resoplidos.

—Eres como un hermano menor que no pedí —dijo Chisiki.

—Y tú como un hermano mayor con complejo de mártir —respondió Donyoku.

Mientras ellos se burlaban entre gruñidos de dolor, Reiji se había escabullido a la azotea de la posada.

Desde allí, las luces de Kinzoku no Hana titilaban como luciérnagas atrapadas bajo una cúpula de bruma.

Observó en silencio, la mirada perdida en las torres más altas.

El cielo nocturno parecía una sábana opaca, pesada, como si la luna también estuviera cansada de mirar tanto misterio sin resolver.

El viento traía el olor a acero, incienso y secretos.

Un leve susurro alteró el silencio.

No fue un sonido concreto, sino la sensación de que alguien más estaba allí.

De entre las sombras emergió Kagenami, como si hubiera estado allí todo el tiempo, latente.

No había hostilidad en su tono, solo una calma sepulcral.

—Y tú sigues apareciendo cuando todo parece estar a punto de desmoronarse —dijo Reiji, sin voltear.

Kagenami se sentó a su lado, contemplando el mismo horizonte.

—El conocimiento, Reiji, siempre se arrastra desde la oscuridad hacia la luz.

Pero a veces… la luz lo quema.

—¿Y bien?

—preguntó Reiji al fin, sin apartar la vista del horizonte—.

¿Que te a traído hasta este lugar?

Kagenami desvió la mirada hacia abajo, observando la ciudad que latía como un organismo vivo.

Tardó en responder.

Su silencio no era de duda, sino de profundidad.

—Tú… pareces frustrado —dijo por fin, sin responder directamente—.

Como si hubieras entrado a un océano con sed… y salido aún más seco.

Reiji apretó los dientes.

No lo negó.

—Lo que vimos en esa biblioteca no era solo conocimiento perdido… era el eco de una verdad arrancada.

Y apenas tocamos la superficie.

Kagenami asintió despacio, como quien comparte una herida.

—Si lo que buscas son respuestas sobre este mundo, sobre los Shinkon, sobre el Reino de Hokori… entonces llegaste justo a tiempo.

Reiji lo miró por primera vez.

—¿A qué te refieres?

—A que en estos días comienza un evento especial aquí en la ciudad —explicó Kagenami—.

Lo llaman La Noche de las Mil Miradas.

Aunque los nobles lo ven como un centro de entretenimiento, apuestas y gloria, en el fondo es un laberinto de intereses mucho más oscuros.

—¿Un torneo?

—Reiji arqueó una ceja.

—Sí, pero no solo eso.

Durante el evento, se concederán audiencias con una figura única: el Omnipresente.

Alguien que sabe más que cualquier otro ser vivo sobre la historia, los Shinkons prohibidos, y las guerras que aún no han comenzado.

Reiji frunció el ceño, reconociendo de inmediato el valor de esa oportunidad.

—¿Y qué hay que hacer para conseguir una de esas audiencias?

Kagenami se encogió de hombros con una sonrisa enigmática.

—Ganar, destacar, impresionar… sobrevivir.

A los nobles no les interesa la justicia, solo el espectáculo.

Pero tú ya sabes cómo infiltrarte, ¿no es así?

Reiji bajó la vista.

Recordó el ataque a Chisiki y Donyoku, el uso cruel de los esclavos como herramientas.

Sabía que el acceso a ese mundo costaría caro… pero ya estaba demasiado lejos como para dar marcha atrás.

—Entonces tal vez allí encontremos lo que buscamos —sentenció, con voz baja pero firme.

Kagenami asintió.

Por fin, las piezas comenzaban a moverse.

Gracias por leer este capítulo de Chi no Yakusoku.

Si te gustó, no olvides seguir para el próximo paso en este oscuro juramento de sangre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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