Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 Capítulo 11 La Noche de las Mil Miradas
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12: Capítulo 11: La Noche de las Mil Miradas 12: Capítulo 11: La Noche de las Mil Miradas El amanecer en Kinzoku no Hana llegó como una herida lenta: apenas luz, apenas calor, apenas consuelo.
En la posada, la atmósfera era espesa.
Aika bebía un té amargo.
Donyoku observaba por la ventana con el ceño fruncido, y Chisiki leía un antiguo papel rescatado de la biblioteca, aunque no entendía la mitad de los símbolos.
Reiji se paró frente a ellos, serio.
Tenía los brazos cruzados y su voz arrastraba un tono distinto, más calculador.
—He escuchado rumores —comenzó—.
En esta ciudad existe un evento que no todos conocen… Un espectáculo nocturno reservado solo para nobles, traficantes de información y buscadores de poder.
Chisiki alzó la vista, con los ojos entrecerrados.
—¿Rumores?
¿De qué tipo?
Reiji los miró uno a uno.
—Una reunión oculta.
Le llaman La Noche de las Mil Miradas.
Se celebra cada cierto tiempo… y por coincidencia, ocurre esta semana.
Donyoku frunció el ceño.
—¿Una reunión de nobles?
¿Qué tiene de especial?
—Allí se comercian secretos —explicó Reiji—.
No solo información política o económica.
Estoy hablando de cosas que nadie debería saber.
Verdades sobre el mundo, sobre los Shinkon… e incluso sobre el origen del Reino.
Aika dejó la taza sobre la mesa.
—¿Y cómo sabes todo eso?
Reiji se limitó a encogerse de hombros.
—Escuchar y observar en silencio es parte de sobrevivir.
No todos los secretos se gritan.
Algunos se susurran en el momento justo.
Chisiki desvió la mirada, molesto.
—Y seguro ya sabes cómo colarnos también, ¿verdad?
—En parte.
Ese evento incluye peleas clandestinas.
Participantes voluntarios se registran como propiedad de nobles o comerciantes… esclavos, gladiadores.
Solo así pueden acceder.
Aika suspiró.
—Entonces… ¿volveremos a fingir que somos esclavos?
Reiji no respondió.
Solo les lanzó una mirada que decía: ¿acaso tenemos otra opción?
Luego, caminó hacia la puerta, con la capa sobre el hombro.
—Prepárense.
La Noche de las Mil Miradas no es un simple torneo.
Es una caja de secretos, una jaula de bestias, y nosotros… estamos por entrar sin saber qué ruge ahí dentro.
Las calles se volvían cada vez más sombrías a medida que descendían por los pasadizos ocultos del distrito inferior de Kinzoku no Hana.
Lo que parecía una simple tienda de armas resultó tener una trampilla secreta.
Detrás, un túnel húmedo, custodiado por figuras encapuchadas, los condujo al inframundo.
El aire estaba impregnado de sangre seca, incienso y codicia.
Finalmente, emergieron en un amplio salón subterráneo bañado por antorchas azules.
Escalones de piedra conectaban múltiples niveles, con estatuas talladas en hueso y metal.
A su alrededor, nobles ataviados con capas ostentosas reían entre sí, acompañados por esclavos encadenados, gladiadores con tatuajes rituales, y mercenarios armados hasta los dientes.
“La Noche de las Mil Miradas” no era solo un evento: era un reino.
Un infierno teatral.
Gente con máscaras de aves, dioses, cadáveres.
Gente sin ropa, sin alma.
Cuerpos tatuados, cicatrizados, bendecidos o malditos.
Cada mirada era una apuesta.
Cada voz, un juicio.
Cada combate, un espectáculo religioso.
Algunos golpeaban a sus siervos solo por diversión.
Otros los arrastraban de una cuerda, como si llevaran perros.
—Esto es grotesco —susurró Aika.
—Y necesario —respondió Reiji sin mirarla—.
Entre los participantes, alguien conoce el paradero del Omnipresente.
Y para acceder a él, hay que probar que merecemos el pecado.
Los ojos de Aika ardían de rabia, pero apretó los dientes.
Donyoku fingió mirar al suelo.
Chisiki bajó la cabeza, pero sus pupilas escaneaban todo, alerta.
—Recuerden —susurró Reiji con tono seco, pero firme—.
Desde este punto, somos presas disfrazadas de fieras.
No olviden actuar.
—¡Alto ahí!
—gritó un registrador con una máscara de zorro.
Reiji dio un paso al frente, la voz arrogante, pausada.
—Soy el comerciante independiente Reikuro.
Estos tres son mi inversión personal.
No tienen nombres.
No los necesitan.
El funcionario revisó una tablilla flotante.
—¿Desea registrarlos como unidades de combate?
—Como herramientas —respondió Reiji—.
Usaré lo que me sirva.
Deseche lo que no.
Chisiki apretó los puños con tanta fuerza que su aura chispeó por un segundo.
Aika tuvo que contener a Donyoku con un leve roce del codo.
—Registrado.
Usted será llevado al salón de observadores VIP.
Ellos serán llevados a las secciones de contención.
Sin decir más, guardias de armadura negra los separaron sin miramientos.
Donyoku forcejeó un segundo, pero Reiji ni siquiera lo miró.
Los pasillos por donde llevaron a los “esclavos” olían a hierro y desesperación.
Gritos amortiguados surgían de otras celdas.
Chisiki contó al menos cinco figuras sin ojos encadenadas a la pared.
Aika apenas podía respirar del hedor.
Sin embargo, debían soportarlo.
No había otra forma de entrar.
Mientras tanto, Reiji caminaba entre pasarelas doradas, flanqueado por cortinas carmesí.
El salón VIP parecía un teatro: comida exótica, mujeres enmascaradas danzando, y un palco con vista directa al centro de combate, aún vacío.
Fue entonces cuando un noble de barba afilada y ojos de fiera se le acercó, copa en mano.
—Tu cara no me suena —dijo con tono venenoso—.
Pero a tus dos “perros” sí.
Los vi la otra noche.
Husmeaban por los callejones, siguiéndonos.
Una ofensa, ¿no crees?
Reiji lo miró sin pestañear, y respondió con una reverencia seca.
—Mis disculpas.
Son rebeldes aún.
No estaban domados del todo.
Pero ya se les disciplinó… como corresponde.
—¿Sí?
—el noble se acercó, su rostro a centímetros del de Reiji—.
Porque si uno solo de ellos vuelve a mirarme como humano… haré que te los comas.
Vivos.
Una pausa.
Reiji sonrió, apenas.
—Entonces esperemos que no me dé hambre antes de eso.
El noble se alejó, con una carcajada sorda.
No era aprobación.
Era amenaza disfrazada de broma.
Reiji tomó asiento, sin cambiar el rostro.
Pero por dentro, su Soukei escaneaba la sala completa.
Cada noble, cada sirviente, cada guardia.
El espectáculo no había comenzado… Pero la carnicería estaba a punto de abrir sus cortinas.
Un estruendo metálico sacudió las rejas.
La arena se encendió con antorchas de flama negra.
Desde los balcones, los nobles aplaudían como bestias civilizadas.
La voz del anunciador, distorsionada por un Soukei de amplificación, rugió sobre el espacio subterráneo: Un gong sonó.
El presentador, un hombre vestido con una túnica negra y una máscara sonriente, alzó los brazos.
—¡Bienvenidos a una nueva noche… de mil miradas!
¡Donde la sangre canta, los secretos mueren y las armas respiran!
Los vítores estallaron como latigazos.
En el centro del escenario, dos combatientes ya se enfrentaban: uno parecía controlar hilos invisibles; el otro, espinas que brotaban de su piel como bestias en celo.
Desde la celda, Aika tragó saliva.
Estaba sola.
Le habían quitado hasta su capa y la habían vestido con una túnica áspera, como a los demás esclavos.
Chisiki y Donyoku habían sido separados.
Al otro lado de las rejas, un niño de no más de doce años lloraba abrazado a una lanza rota.
—Primera ronda.
¡Combate abierto, sin reglas, sin misericordia!
¡La favorita de los comerciantes de órganos!
¡Aika, esclava sin clasificación… contra Tamon, el Toro de Sabaku!
Se abrió el portón.
Un gigantesco hombre con el torso cubierto de cicatrices y cuernos injertados entró rugiendo, golpeando su hacha contra el suelo.
Su Shinkon se manifestaba en su piel como hierro oxidado y vapor saliendo de su nariz como una caldera viviente.
Aika tragó saliva.
Dio un paso… y sus rodillas temblaron.
Ella no era una luchadora.
Y entonces lo sintió.
Kagenami.
Su Shinkon.
Una presencia que se deslizaba como perfume entre su piel y su alma.
Elegante.
Fría.
Decidida.
“Presta tu cuerpo.
Yo haré el resto.” Aika asintió en silencio.
Pero en su mente, algo gritaba: ¿Hasta dónde llega él dentro de mí?
¿Y cuándo dejará de fingir que es mi aliado?” Desde el palco, Reiji entrecerró los ojos.
—Empezamos bien —murmuró, disimulando su tensión con una copa de vino.
Aika esquivó el primer golpe con una gracia antinatural, girando como un hilo en el viento.
Tamon rugió, su hacha rebotó contra el suelo.
En un parpadeo, ella ya estaba a sus espaldas.
Una daga cayó de su manga —no suya, sino de Kagenami— y fue directo a la espalda del coloso.
Pero Tamon gritó y su Shinkon estalló en una muralla de vapor.
Aika voló por los aires.
Aterrizó… pero con un giro felino que no era suyo.
Desde lo alto, algunos nobles aplaudieron.
—Parece que esta perra sabe bailar.
Kagenami no hablaba, pero guiaba cada movimiento con precisión quirúrgica.
Aika se volvió una extensión de sus pensamientos.
No era una pelea justa.
Era una ejecución desde las sombras.
Tres minutos después, Aika se paraba sobre el cuerpo derrotado de Tamon.
Su pecho subía y bajaba.
Las venas le ardían, su piel sudaba sangre ajena.
La audiencia rugió.
Pero Aika no celebró.
Kagenami se retiró de su cuerpo como una sombra que besa antes de irse.
Su respiración era un espasmo.
No lloró… no porque no quisiera, sino porque no sabía cómo.
Tenía las manos manchadas de una vida que no era suya, y el estómago lleno de un vacío que no podía nombrar.
Donyoku cerró los puños.
No por miedo, sino por la rabia de no poder romper esas rejas con pura voluntad.
Chisiki apretó los dientes.
“Así que así se ve el precio del conocimiento.” —¡Una favorita inesperada!
—gritó el anunciador—.
¡El esclavo sin clasificación tiene alma de cazadora!
Aika fue arrastrada a una celda distinta, pero antes de irse, sintió una mirada fría… no desde el público.
Desde arriba.
En algún rincón, entre las sombras talladas en roca, una figura con capucha cerró un cuaderno y se desvaneció.
Enma, sin que nadie lo supiera, los estaba observando.
— Batallas paralelas: En otras secciones del coliseo, los combates eran aún más brutales.
Un guerrero con un Shinkon de espinas que brotaban al ser herido destripaba a una mujer sin alma que seguía luchando aún sin cabeza.
Otro, un niño encadenado, usaba solo sus reflejos y una piedra para evadir ataques de una bestia mutada cuyo Shinkon deformaba su cuerpo con cada golpe.
En una arena lateral, un esclavo helado —de mirada vacía y piel azulada— congelaba lentamente a su oponente al simplemente acercarse.
Lo llamaban Yukito, “el cadáver que respira”.
Nadie sabía si seguía con vida o era guiado por una voluntad antigua.
Desde su palco, Reiji observaba cada escena.
Cada grito.
Cada Shinkon.
—Esta ciudad está podrida —susurró—.
Pero aquí… está la verdad.
El palco VIP olía a incienso denso y tabaco caro.
Reiji no se sentía cómodo, pero mantenía la máscara de indiferencia que esperaba la nobleza.
Había que adaptarse.
Una voz áspera interrumpió su observación: —¿Puedo sentarme aquí, o los verdaderos nobles necesitan todo el banco para su ego?
Reiji giró el rostro, apenas ladeando la copa.
Frente a él estaba un hombre de unos cuarenta años, túnica negra desaliñada, ojos rojos como brasas sin fuego.
Llevaba un anillo de esclavista, pero ningún símbolo de familia noble.
A su lado, un joven pálido y de expresión neutral lo seguía como una sombra.
Su cabello blanco le caía hasta la mandíbula, y su brazo izquierdo estaba encadenado… sin embargo, caminaba con dignidad.
—Claro, hay espacio de sobra —respondió Reiji, sonriendo con un tono cortés.
—Gracias.
Pocos nobles saben ser tan…
hospitalarios.
—El hombre se sentó con un gruñido y estiró las piernas como si estuviera en una taberna—.
Me llamo Bokusatsu, aunque me conocen por otros nombres que no vale la pena repetir.
Él es… bueno, legalmente es mi esclavo, pero no nos gusta fingir lo que no somos.
El joven se inclinó ligeramente.
—Seimei, un placer.
—¿Un amo que no da órdenes y un esclavo que no las obedece?
—comentó Reiji, ladeando la cabeza con curiosidad.
Bokusatsu rió, un sonido grave como el eco de una caverna vacía.
—En este lugar, todos los papeles son máscaras.
Sólo las cicatrices son verdaderas.
Reiji no respondió de inmediato.
Analizó sus posturas, su lenguaje no verbal.
No actuaban como enemigos.
Ni como amigos.
Como dos hombres que compartían un propósito.
—¿Qué los trajo aquí?
Seimei bajó la mirada.
Fue Bokusatsu quien respondió.
—Él quiere saber qué ocurrió en la Frontera Nibanku, ese pedazo de mundo que ni los dioses ni los reyes quieren tocar.
Su aldea desapareció.
No destruida… desaparecida.
Sin restos.
Sin almas.
Sin historia.
Reiji sintió un estremecimiento.
Sabía bien lo que significaba que algo fuese borrado del mapa… incluso de la memoria colectiva.
—¿Y tú?
Bokusatsu sonrió, pero su sonrisa no llegó a sus ojos.
—Venganza.
Nada glorioso, pero muy…
motivador.
Me dijeron que La Noche de las Mil Miradas concede audiencia con quien puede revelar cualquier secreto.
Si esa persona realmente es el o la Omnipresente…
entonces tiene algo que necesito.
—¿Y creen que pueden ganar?
—preguntó Reiji, con un tono sin juicio.
—¿Importa eso?
—replicó Seimei con voz baja—.
Mientras vivamos… luchamos.
Silencio.
El estruendo de otra batalla interrumpió brevemente la conversación.
Desde una arena lateral, un esclavo sin piernas degollaba a tres oponentes a la vez, utilizando solo su boca y el Soukei alojado en su lengua.
La audiencia deliraba.
—¿Y tú?
—preguntó Bokusatsu, observando a Reiji con más atención—.
¿Qué busca alguien como tú en un lugar como este?
Reiji pensó en Enma, en la biblioteca, en los secretos entre las ruinas del Reino de Hokori… y en la promesa que había hecho tiempo atrás.
—Algo que sólo el mundo prohibido parece guardar con tanto celo: verdad.
Los tres hombres quedaron en silencio.
Como si entre ellos, sin decirlo, entendieran que habían cruzado la línea de los formalismos.
Y ahora… caminaban el mismo borde.
Desde las alturas, en una galería velada tras un velo de humo púrpura, Enma los observaba.
Sin expresión.
Sin juicio.
Una sonrisa apenas insinuada apareció en sus labios.
—Interesantes elecciones, Reiji —murmuró para sí, anotando algo en un pergamino antiguo—.
El juego empieza a tomar forma.
___ “En un lugar donde las máscaras dictan la verdad y el dolor se aplaude como arte, los caminos rotos comenzaron a entrelazarse…
no por destino, sino por necesidad.” Gracias por leer este capítulo de Chi no Yakusoku.
Si te gustó, no olvides seguir para el próximo paso en este oscuro juramento de sangre.
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