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Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 14

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  4. Capítulo 14 - 14 Capitulo 13 - Sombras Hielo y Sangre
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14: Capitulo 13 – Sombras, Hielo y Sangre 14: Capitulo 13 – Sombras, Hielo y Sangre La voz del presentador retumbó por toda la arena subterránea: —¡Con esto concluye la primera etapa de La Noche de las Mil Miradas!

Los esperamos nuevamente esta noche.

Recuerden: solo los fuertes y sabios tienen el derecho de seguir avanzando… Los nobles comenzaron a retirarse.

Algunos entre carcajadas, celebrando sus victorias y ganancias.

Otros, cabizbajos, maldiciendo su suerte por haber apostado todo en esclavos mediocres.

No faltaban los que arrastraban a sus siervos heridos a patadas o los azotaban con sus látigos de energía.

Reiji avanzó entre la multitud con paso lento y firme.

Su mirada se mantenía fija en el fondo del corredor, donde Donyoku, cubierto de vendas improvisadas, yacía recostado junto a Aika, quien no dejaba de sostener su mano.

—Vamos.

Es hora de irnos —murmuró Reiji al llegar.

Pero una lanza se interpuso entre él y sus discípulos.

Un guardia con armadura carmesí lo miró con desdén.

—Los esclavos deben permanecer aquí.

Nadie sale hasta que finalice el evento.

Reiji tragó saliva con calma, pero sus nudillos se pusieron blancos sobre la empuñadura de su espada.

No era el momento de hacer escándalos.

—Resistan un poco más —les susurró—.

Hicieron todo lo que tenían que hacer… y más.

Estoy orgulloso.

Luego caminó hasta donde estaba encerrado Chisiki, quien se aferraba a los barrotes de su celda.

—¿Cómo están ellos?

—preguntó con voz áspera.

—Donyoku está roto, física y mentalmente.

Aika… parece más callada que nunca.

No quiso comer.

No durmió.

No llora, pero…

la veo desaparecer lentamente —respondió Reiji, bajando la voz.

Chisiki cerró los ojos, con la mandíbula apretada.

—Tendré que esperar —dijo con frustración contenida.

—Te traje esto —añadió Reiji, sacando un libro con las tapas negras—.

No es mucho, pero al menos podrás distraerte un rato.

Es sobre los antiguos pactos de almas del Reino del Norte.

Quizá encuentres algo útil.

Chisiki asintió y recibió el libro en silencio.

Reiji se marchó sin más palabras.

Al llegar a la salida, Bokusatsu lo esperaba de pie, con los brazos cruzados.

—No me agrada este lugar.

Huele a muerte y negocio.

—Eso es exactamente lo que es —respondió Reiji.

—¿Y el chico del hielo?

Ese tal Seita…

—Lo vi —Reiji asintió—.

Su dueño lo maltrata por no haber hecho sufrir a su oponente.

Hoy tampoco comió.

Y aun así…

Seita no se queja.

Acepta todo como si no hubiera otra forma de existir.

—Eso es monstruoso —gruñó Bokusatsu.

—Pregunté por qué no se rebelaba.

Me contó que su madre fue esclava también, que lo vendió para salvarse.

Y a pesar de todo, él la amaba.

Hasta que ya no.

Ahora está vacío, o eso intenta hacer parecer.

—¿Y Seimei?

—Se quedó investigando.

Quiere entender mejor cómo funciona esta red.

Dice que hay algo más grande detrás.

Caminaron hasta una plaza adoquinada donde el sol comenzaba a descender.

Allí, entre comerciantes cerrando sus puestos, un hombre alto, bien vestido, con cabello recogido en una coleta de seda, levantó la mano con entusiasmo.

—¡Reiji Mikazuki!

¿Ese es el espadachín que huía de las reuniones nobles?

¡No puede ser!

—exclamó con una risa contagiosa.

—Shirota —dijo Reiji, sonriendo con calidez—.

Veo que el oro te sigue favoreciendo.

—Y a ti los problemas, por lo que noto.

¿Te persiguen o los provocas tú solo?

Se abrazaron con un gesto fraternal.

Shirota observó a Bokusatsu con desconfianza educada.

—¿Y este caballero con cara de querer matarme?

—Un amigo.

Su humor no es el mejor antes del té —respondió Reiji.

—¡Entonces vámonos a mi casa!

Está cerca.

Comida caliente, buen vino, y no tantos gritos como en este circo sangriento.

Bokusatsu frunció el ceño mientras caminaban.

—No me fío de esa sonrisa tan perfecta.

—Siempre ha sido así —dijo Reiji en voz baja—.

Demasiado encantador, demasiado peligroso… si dejas que vea tu debilidad.

La mansión de Shirota era un palacio en miniatura.

Sirvientes los recibieron con reverencias y una mesa repleta de carnes, frutas exóticas y postres bañados en licor.

Durante la comida, el comerciante habló sin parar.

—El Reino está cambiando.

Las rutas comerciales del este están plagadas de saqueadores.

Los clanes ya no controlan como antes.

Y el Rey…

bueno, digamos que no está interesado en más que sus propias guerras.

—¿Y tú?

—preguntó Reiji—.

¿Sigues comerciando con armas o ya vendes almas también?

—¡Bah!

Yo vendo paz mental, Reiji.

El problema es que cada vez cuesta más conseguirla…

y a veces, para dar paz a uno, hay que destruir a otros.

Pero eso ya lo sabes, ¿no?

La desesperación de los nobles es una mina de oro.

—No me sorprende que aún sobrevivas aquí.

—Pude haber sido general, o incluso un maestro espiritual.

Mi Soukei era considerado brillante.

Pero preferí los negocios.

No hay gloria, pero hay control —dijo Shirota, entre risas suaves.

Ya casi al anochecer, mientras las luces se encendían en los balcones, Reiji y Bokusatsu se prepararon para marcharse.

—Gracias por la hospitalidad —dijo Reiji.

—Siempre será tu casa.

Solo no me traigas más asesinos, ¿vale?

Al salir, Bokusatsu comentó en voz baja: —Su Shinkon…

¿aún funciona?

—Sí.

Puede manipular las voluntades débiles.

Si percibe que flaqueas emocionalmente, puede doblarte sin que lo notes.

—¿Y tú confías en él?

—No.

Pero tampoco lo odio.

Solo hay que recordar no pensar en rendirse cuando estás cerca de él…

o él lo hará por ti.

La noche caía nuevamente, y las sombras de la ciudad volvieron a extenderse.

— La oscuridad comenzaba a devorar los últimos vestigios de un cielo dorado.

Reiji caminaba con pasos serenos por la empedrada calle que lo conducía de regreso a La Noche de las Mil Miradas.

Sus pensamientos se entrelazaban con las sombras de los edificios, recordando los rostros de sus alumnos, las heridas, las miradas rotas… y el peso de su decisión.

A su lado, Bokusatsu se mantenía en silencio, pero en sus ojos se notaba la preocupación.

—No has visto a Seimei desde esta mañana, ¿verdad?

—preguntó Reiji con una voz que rompía el aire espeso.

—No.

Y me preocupa.

Ese lugar… oculta más de lo que muestra.

Reiji asintió.

No respondió.

Su instinto también le decía que esta segunda noche sería diferente.

— En lo profundo de los calabozos donde los esclavos eran encerrados como bestias, Aika sostenía con ambas manos el brazo vendado de Donyoku.

La habitación estaba húmeda, y las antorchas colgaban temblorosas.

—¿Cómo puedes seguir sonriendo…?

—preguntó ella, rompiendo el silencio con un hilo de voz.

—No estoy sonriendo.

Estoy aguantando.

—respondió Donyoku, jadeante.

Aika bajó la mirada.

—Pensé que eras tonto…

Pero eras valiente.

No sabía que dolía tanto ver sufrir a alguien.

Donyoku giró con dificultad su rostro hacia ella.

—¿Sabes qué es lo peor del dolor?

Que uno se acostumbra.

Que lo acepta.

Pero si tú…

si tú todavía sientes miedo o tristeza por lo que me pasó, entonces es porque todavía no estás rota, Aika.

Ella apretó los labios, aguantando el llanto.

Por primera vez, alguien no le exigía fuerza… sino humanidad.

— Unos pasillos más allá, Chisiki hojeaba con calma el libro que Reiji le había dejado.

La lectura lo mantenía centrado, cuerdo.

Sin embargo, el chirrido de la puerta lo sobresaltó.

—¡Tú!

Prepárate.

Peleas esta noche.

Chisiki cerró el libro con lentitud.

No respondió.

Lo guiaron hasta la antesala del coliseo subterráneo.

Frente a él, un muchacho de su misma edad, de rostro demacrado y ojeras profundas, temblaba como una hoja.

—¡No… no quiero hacer esto!

¡No quería venir aquí!

¡Yo…

no sabía!

¡Tengo miedo!

¡Por favor, no me mates…!

¡Por favor!

Chisiki no dijo nada.

Sólo lo observaba.

Los ojos de aquel joven no tenían odio.

Sólo desesperación.

En las gradas, Reiji y Bokusatsu acababan de llegar.

Al fondo, se escuchó la voz aguda y sarcástica del presentador: —¡Bienvenidos nuevamente a este infierno que tanto aman!

¡Que comience la segunda etapa!

¡Que corra la sangre!

¡Que hablen los Shinkons!

¡Y que las lágrimas, como siempre, no valgan nada!

Bokusatsu miraba a su alrededor, inquieto.

—¿Dónde demonios está Seimei?

— En un túnel oculto, tras una compuerta secreta, Seimei se mantenía oculto en la penumbra.

Su respiración era imperceptible, sus ojos atentos.

Frente a él, sin saber que estaba siendo observado, el anfitrión apodado La Víbora conversaba con una figura envuelta en un manto de seda negra.

—La Omnipresente te ha dado carta blanca —susurró La Víbora, con una sonrisa venenosa—.

Mientras sigan entreteniendo, puedes elegir los esclavos que quieras para “los fines especiales”.

—¿Incluso los tres del señor Mikazuki?

—Especialmente esos.

Uno de ellos… el chico de los ojos tranquilos… esconde algo.

Lo siento.

Y tú sabes que mi veneno no sólo mata… también revela.

El brazo derecho de La Víbora crujió grotescamente.

Un hueso blanco se asomó por su palma, alargándose como una lanza natural.

Goteaba un líquido oscuro que chispeaba al tocar el suelo.

—Tú decides cuándo usas el veneno, claro.

Pero si te excedes… tendrás que responder ante Enma.

La figura asintió en silencio y se desvaneció en la sombra.

Seimei frunció el ceño.

El mundo oculto de esa organización era más turbio de lo que pensaba.

Y esta vez, lo sentía con claridad: no todos saldrían vivos.

El aire en el coliseo se volvió pesado.

Las luces enfocaban el centro del escenario, donde dos figuras apenas podían mantenerse erguidas: Chisiki y el muchacho tembloroso de rostro empapado en lágrimas.

—¡Por favor!

¡No quiero morir!

¡No me hagas esto!

¡Por favor…!

La súplica se convertía en un eco desesperado que rebotaba en los muros, ahogando incluso la voz del presentador.

Chisiki no respondía.

Su katana descansaba en su funda, inmóvil.

El público empezaba a impacientarse.

Silbidos.

Murmullos.

Abucheos.

Pero él seguía paralizado.

¿Y si no lucho… qué pasará?

¿Y si lucho… quién seré después?

— A pocos pasillos del coliseo, Seimei corría.

La mirada enfocada, los dientes apretados.

Necesitaba llegar a Bokusatsu y Reiji.

¡Tenía que decirles lo que había escuchado!

Pero entonces…

—¡Eh tú!

—gritaron unos guardias tras él—.

¡Detente!

Seimei giró una esquina con el corazón latiendo como un tambor…

pero no tuvo oportunidad de escapar.

Desde las sombras del pasillo, unas manos oscuras, hechas de niebla y forma inestable, surgieron como serpientes silenciosas.

Lo sujetaron y lo arrastraron hacia un pasaje oculto, un espacio fuera del mundo conocido, donde el tiempo parecía suspenderse.

Una sala sombría.

El suelo no tenía textura.

El aire no tenía temperatura.

Y al fondo…

Kagenami.

—Te dije que fueras cuidadoso —murmuró, mientras las sombras regresaban a su espalda—.

Casi terminas muerto.

O peor… capturado.

Torturado.

Convertido en algo que ni siquiera yo podría reconstruir.

Seimei respiraba con dificultad.

La adrenalina lo mantenía en pie.

—Lo que escuché… es importante.

Quieren atacar a Chisiki.

O a todos.

Kagenami bajó la mirada.

Lo sabía.

Lo sentía.

Pero había reglas que no podía romper, incluso desde las sombras.

—No hagas nada todavía —ordenó—.

Observa.

Espera.

Y cuando llegue el momento… actúa con precisión.

— Desde las gradas, Reiji observaba el duelo inmóvil.

Pero no era una batalla.

Era un alma contra otra alma.

—Esta es la verdadera prueba para Chisiki —dijo en voz baja—.

No es una pelea.

Es una grieta.

Y si se abre… lo cambiará para siempre.

— En un rincón apartado de la sala de espera, donde los esclavos heridos eran dejados como objetos rotos, Donyoku y Aika descansaban.

El primero casi inconsciente, la segunda limpiando su rostro con el borde de su túnica, intentando conservar algo de dignidad.

Entonces apareció él: el noble de la noche anterior.

El mismo que había amenazado a Reiji.

—Vaya, vaya…

El perrito sigue vivo.

Pensé que habrías muerto como buen espectáculo.

Se acercó, su voz oliendo a vino y arrogancia.

—Y tú…

—dijo, señalando a Aika con una sonrisa lasciva—.

Qué desperdicio dejar que alguien como tú se marchite sin uso.

Aika lo ignoró.

El noble insistió, se inclinó, intentó tocarla.

—Aléjate…

—susurró Aika, temblando.

Donyoku intentó moverse, pero sus músculos no respondían.

El noble lo pateó con desprecio.

—Un niño jugando a héroe.

No sirves para nada.

Y justo cuando iba a posar la mano sobre el pecho de Aika…

Una cuchilla de hielo apareció detrás de él, afilada, temblorosa y amenazante, presionando su cuello.

—Muévete…

y te desangrarás como un cerdo —dijo una voz suave.

Era Seita.

El noble, furioso, giró apenas el rostro.

—¿Tú…?

¿Un maldito esclavo osas desafiarme?

¡¿A mí?!

—Puedes golpearme a mí.

Puedes insultarme.

Puedo soportarlo —dijo Seita con voz temblorosa pero firme—.

Pero no te dejaré hacerle lo mismo a ella.

El hielo comenzó a cubrir parte del brazo de Seita, sus ojos se iluminaron con un azul quebradizo.

—Suéltala.

O te mataré.

El noble no supo si era el dolor en su cuello o la mirada de Seita lo que lo convenció.

Pero retiró lentamente la mano.

—Estúpidos perros… —masculló, retrocediendo.

Seita se agachó junto a Aika.

No dijo nada más.

Sólo se quedó allí, como un muro de hielo ante la oscuridad que los devoraba.

— En un mundo donde el valor se mide en sangre y el silencio en muerte, a veces… el mayor acto de rebeldía es simplemente no convertirse en monstruo.

Gracias por leer este capítulo de Chi no Yakusoku.

Si te gustó, no olvides seguir para el próximo paso en este oscuro juramento de sangre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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