Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 15
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- Capítulo 15 - 15 Capitulo 14 - Cuando el Dolor es Espectáculo
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15: Capitulo 14 – Cuando el Dolor es Espectáculo 15: Capitulo 14 – Cuando el Dolor es Espectáculo La lluvia no caía en la capital, pero el cielo estaba cubierto por un manto gris que parecía presagiar algo más que tormenta.
La atmósfera en el Salón de la Corona estaba hecha de piedra y juicio.
Las columnas oscuras se alzaban como centinelas mudos, y el eco de los pasos del general Narikami Gou se perdía entre los vitrales sellados.
Las antorchas parpadeaban como si temieran decir demasiado.
El general, de capa empapada y botas manchadas de polvo metálico, se arrodilló frente al trono.
Llevaba días sin dormir, pero no lo dejaba notar.
Solo apretaba los dientes.
Frente al trono, la figura del Rey de Hokori permanecía inmóvil, su rostro oculto por la máscara tallada en piedra celestial: sin emociones, sin rasgos.
A su lado, en total silencio, se erguía Kyomu, el Guardián Real.
Su armadura negra, marcada por grabados ancestrales, no dejaba entrever ni piel ni humanidad.
Era más símbolo que hombre.
Más sentencia que protección.
—Habla, Narikami —ordenó el Rey, con una voz que parecía venir de lo más profundo del suelo.
—Mi señor —comenzó el general, arrodillado—.
He vuelto de Kinzoku no Hana.
Traigo noticias que no pueden ignorarse.
El Rey no respondió.
Solo escuchaba.
—Un torneo ilegal.
Sin autorización real.
Llamado La Noche de las Mil Miradas.
Combates clandestinos.
Esclavos usados como carne de espectáculo.
Apuestas de nobles y comerciantes.
Incluso menores, forzados a luchar por entretenimiento.
Hay tortura, corrupción…
brutalidad pública disfrazada de tradición.
Hubo un silencio espeso.
Desde una de las columnas emergió una sombra con sonrisa: Yodaku, el consejero del Rey, se deslizó como si el mármol mismo lo hubiese escupido.
—¿Y en qué parte de esto hay algo nuevo?
—dijo con ironía—.
Siempre ha habido sangre en Kinzoku.
Solo cambia el precio.
—Esto no es solo sangre, Yodaku.
Es anarquía —gruñó Narikami, sin mirarlo—.
Lo hacen sin el sello del Reino.
Como si fueran dueños del pueblo.
Como si ellos pudieran decidir quién vive y quién muere… como si fueran el Rey.
Eso sí llamó la atención.
La máscara del monarca giró apenas.
Nadie lo vio moverse, pero de pronto, su voz atravesó la sala con el filo de una daga: —Que mis perros se maten entre sí me es irrelevante.
Pero si creen que pueden derramar la sangre de mi pueblo sin mi permiso… —hizo una pausa— entonces creen que son iguales a mí.
Kyomu dio un solo paso adelante.
Nadie se atrevió a respirar.
—si Enketsu, el imperio vigilante de nuestros errores, llega a enterarse.—prosiguió Narikami, con cautela—, perderemos toda credibilidad.
Ellos ya creen que gobernamos con barbarie.
Esto les daría excusas.
El Rey inclinó ligeramente la cabeza.
—Entonces no les daremos tiempo.
Miró a su consejero.
—Yodaku.
—Estoy escuchando —respondió con una reverencia exagerada.
—Ve.
Investiga.
Elimina.
Hazlo a tu manera.
Pero que entiendan todos, nobles o esclavos, que en Hokori…
solo uno decide quién sangra y quién no.
Kyomu no se movió.
No lo necesitaba.
Su mera presencia sellaba el decreto con una amenaza muda.
Yodaku sonrió, pero había tensión en sus ojos.
—Con gusto, Su Majestad.
Narikami bajó la cabeza.
Su trabajo estaba hecho… aunque sabía que lo que venía a continuación sería más cruel que cualquier torneo.
Porque cuando el Rey actúa, no es para salvar al pueblo… es para recordarles a todos que les pertenece.
— Las botas de Narikami Gou golpeaban el suelo de piedra con el ritmo lento de quien carga pensamientos más pesados que su armadura.
La ciudad de Kinzoku no Hana brillaba en la distancia, pero para él solo era una herida abierta.
Una flor metálica floreciendo sobre cadáveres.
—Estamos podridos —murmuró para sí, subiendo por las escaleras de la fortaleza que dominaba su distrito—.
Podridos hasta la raíz… y el árbol sigue dando sombra.
Pasó junto a dos soldados, quienes se cuadraron sin atreverse a hablar.
Sabían que el general había vuelto del castillo con el ceño aún más oscuro que de costumbre.
Abrió la puerta de su sala privada, donde el olor metálico de la sangre aún flotaba en el aire.
Allí, atado a una silla de hierro, el noble Kuroga Tsutsumi apenas respiraba.
Su túnica púrpura estaba hecha jirones, y una de sus piernas colgaba rota, como si la dignidad hubiera sido arrancada junto con la carne.
—¿Lo entiendes ahora, Kuroga?
—dijo Narikami, cerrando la puerta tras de sí—.
No puedes jugar a ser Rey.
Ni siquiera a ser sombra.
El noble apenas logró alzar la cabeza.
—E-el dinero… el torneo… no es mío solo… hay más… todos lo hacen… —No me interesa tu red —interrumpió Narikami, con la voz seca—.
Solo quería confirmarlo con tu lengua antes de arrancártela.
Pero no lo hizo.
No por misericordia.
Sino porque ya estaba harto de arrancar verdades a golpes.
Se acercó a la ventana.
Miró la ciudad.
—¿Esto es lo que juramos proteger?
¿Una nación que tortura por espectáculo mientras se arrodilla ante máscaras de piedra…?
Por un instante, su reflejo en el cristal parecía otro hombre.
Uno más joven.
Uno que aún creía.
—¡Siguiente combate!
—vociferó el maestro de ceremonias, con la voz desgarrada de tanto gritar odio disfrazado de espectáculo—.
¡En esta esquina… el erudito, esclavo registrado bajo el amo Mikazuki!
¡Y frente a él, el prisionero número 073!
Un silencio anómalo envolvió por un segundo la arena.
El prisionero ya estaba allí, en cuclillas.
Su rostro estaba bañado en sudor y lágrimas, los labios temblorosos.
Apenas podía sostener el arma de madera astillada que le habían lanzado al suelo.
—P-por favor… yo no soy un luchador… ¡No quiero morir aquí…!
—gimoteó—.
¡Yo solo robé pan… para mi hermana…!
La gente comenzó a reír, a burlarse.
Unos pedían que le cortaran la lengua.
Otros apostaban a cuántos segundos aguantaría.
Chisiki avanzó.
Su andar era calmo, pero su mirada reflejaba tormentas.
Dudaba.
Había dudado desde el instante en que el muchacho cayó de rodillas antes de comenzar.
¿Qué sentido tiene esta lucha?
¿Para qué sirve la fuerza si solo reproduce el ciclo de la violencia?
¿Puedo hacer esto… sin convertirme en uno más de ellos?
—¡PELEA O MUERE, ESCORIA!
—gritó un noble desde las gradas, arrojando una copa de vino.
Chisiki se detuvo.
Respiró hondo.
Y entonces… activó su Shinkon.
Un crujido apenas audible distorsionó la atmósfera.
El aire se densificó.
Sombras se alargaron en direcciones incorrectas.
Todo el campo parecía inclinarse hacia él, como si la realidad reconociera la presencia de algo más profundo, más puro… y al mismo tiempo, peligrosamente filoso.
El prisionero lloró.
—¡No… por favor…!
Un paso.
Otro.
Chisiki alzó la mano, y con un movimiento casi elegante, casi trágico, lanzó una onda comprimida de energía.
No era letal.
Ni siquiera era destructiva.
Pero el impacto bastó para fracturarle una costilla al rival y lanzarlo contra la pared lateral.
Un gemido húmedo.
Tos con sangre.
El muchacho intentó levantarse, pero el brazo no respondía.
Chisiki apretó los dientes.
Lo siento.
Con un segundo gesto, el Shinkon formó un campo de presión gravitatoria concentrada sobre la nuca del muchacho.
Sus párpados cayeron, sus pupilas se dilataron.
Cayó inconsciente antes de impactar de nuevo con el suelo.
Silencio.
Nadie aplaudió.
Nadie celebró.
Solo el chocar de cadenas y respiraciones pesadas.
Chisiki bajó la mirada.
¿Así se gana en este mundo?
¿Así se sobrevive?
Desde la zona alta del coliseo, Reiji Mikazuki observaba en silencio.
Sus manos apretadas sobre la baranda.
El público aplaudía, eufórico por el espectáculo.
Pero Reiji no oía nada.
¿Fue un error traerlos aquí?
Las palabras de su maestro, de hace tantos años, aún zumbaban en su mente: “Cuando los lleves contigo, Reiji… asegúrate de no convertirlos en lo que juramos destruir.” La imagen del padre de Chisiki, Daigen, sonrió entre los recuerdos.
“Cuida a mi hijo.
Él es suave, como su madre… pero está dispuesto a volverse piedra si se lo pides.” Una fogata, risas de amigos que ya no estaban.
Promesas hechas bajo estrellas rotas.
Ahora… solo quedaba esto.
Un muchacho que no quería romper huesos.
Y que aún así lo hacía.
—Reiji —dijo Bokusatsu, apareciendo a su lado—.
Te tiemblan las manos.
Reiji no respondió.
—No me parece propio de ti —añadió el falso amo, cruzando los brazos—.
Tú siempre mides todo.
Calculas hasta el viento.
Pero ahora… —Ahora no estoy calculando nada —dijo Reiji, sin mirar—.
Solo estoy… sosteniendo cosas que se caen.
Bokusatsu se quedó en silencio.
Pero en sus ojos se encendió una chispa de comprensión.
Reiji no temía perder una batalla.
Temía perder a las personas… por ganarla.
— El coliseo subterráneo no dormía.
Mientras algunos asistentes comían carne envenenada de culpa o brindaban con licores imposibles, en las zonas más alejadas del escenario principal se desarrollaban otros tipos de espectáculos.
En un cuadrilátero improvisado, dos esclavos de complexión raquítica —uno sin lengua, otro con los ojos vendados— se enfrentaban entre sí armados con herramientas de granja oxidadas.
El público gritaba instrucciones absurdas.
—¡Péinate con el rastrillo, gusano!
—¡No le apuntes al pecho, ve por la garganta!
—¡El que gane, que me limpie los zapatos!
El de los ojos vendados cayó primero.
Pero su rival, por la costumbre o el miedo, siguió golpeando hasta que su brazo se dislocó con un sonido seco.
Nadie detuvo el combate.
Nadie quiso hacerlo.
A unos metros, un mercader con máscara de porcelana exhibía a cinco niñas en fila, cada una con un collar de hierro al cuello.
—Shinkon latente.
No entrenadas, pero dóciles.
Potencial de venta: alto.
—Decía con tono casi mecánico—.
Tres de ellas aún no han hablado desde que llegaron.
Una garantía para quienes buscan silencio.
Un cliente con túnica púrpura se acercó y pellizcó la mejilla de una.
—¿Cuánto por la que no llora?
El mercader sonrió.
—A los hombres como usted les ofrezco precio especial.
Más allá, en un salón oculto entre cortinas negras, se llevaba a cabo un duelo privado entre dos usuarios de Shinkon.
Ambos habían accedido a pelear sin activarlos del todo, como prueba de resistencia.
El primero, cubierto de cicatrices rituales, usaba una lanza rota.
Su cuerpo estaba tatuado con nombres tachados: enemigos derrotados.
El segundo, más joven, sostenía dos cuchillas de cristal maldito.
Cada corte que realizaba lo dañaba también a él.
La sangre no brotaba… salpicaba.
En la mesa de apuestas, varios nobles de provincias lejanas discutían entre sí con risas y amenazas.
—Yo apuesto dos esclavas nobles y una joya de Loto Carmesí a que el más joven muere por su propio Shinkon antes de que acabe el combate.
—Yo apostaré dos esclavos de guerra —dijo otro noble, con un mono blanco sobre el hombro.—Si llegó a perder también regalaré al mono .
El animal, como si lo supiera, bajó la cabeza.
En otro rincón, una mujer con un vestido rojo y una máscara de cuervo vendía frascos diminutos con líquidos que brillaban en tonos antinaturales.
—Sangre de semidios.
Polvo de alma partida.
Extracto de lamento humano.
Lo que buscan… lo tengo.
Uno de sus clientes pidió que le mostrara algo “único”.
Ella sonrió, sacando un frasco que contenía lo que parecía una lágrima cristalizada.
—Esta la lloró un niño justo antes de que su Shinkon fuera destruido.
Su sabor es eterno.
El hombre pagó sin discutir.
— Cerca de un pasillo donde los esclavos eran conducidos como ganado, un niño cubierto de marcas de castigo miraba a la nada.
Ya no temblaba.
Ya no hablaba.
Solo respiraba, como si eso fuera un error que no sabía corregir.
Un guardia lo empujó con el pie.
—Camina, escoria.
Y el niño caminó.
— Desde un palco alto, oculto entre sombras, una figura envuelta en un manto gris observaba en silencio todo aquello.
No se movía.
No hablaba.
Solo escuchaba.
Y susurraba algo sin voz, como si cada combate, cada intercambio, cada crimen… le sirviera de alimento.
— El presentador subió al pedestal con la voz ya ronca, pero encendida por la promesa del caos.
—¡Damas y señores!
¡Con esto, concluye la segunda fase del evento!
¡Gracias por su sangre, por su oro y por sus gritos!
Una pausa dramática.
—Descansen.
Coman.
Lloren si quieren.
Porque esta noche… esta noche comienza la tercera fase.
Y prometemos que será la más emotiva, sangrienta e impresionante de todas.
El público estalló en vítores.
Pero en las sombras, las miradas de Reiji y Bokusatsu seguían clavadas en la entrada vacía.
Aún no había señales de Seimei.
Y lejos de allí, el cielo amanecía en un tono rojo profundo.
Como si la propia tierra supiera lo que se venía.
— Mientras tanto, en otro rincón del coliseo subterráneo, Aika retiraba cuidadosamente la sangre seca del rostro de Donyoku.
Estaba inconsciente, pero respiraba con estabilidad.
Su pecho se alzaba como una brasa viva que aún se negaba a apagarse.
—Lo hiciste bien… —susurró ella, mojando una tela limpia en agua tibia—.
No por ganar.
Sino por no perderte.
El rostro de Donyoku, por un instante, se relajó entre sueños.
Como si sintiera esa voz.
Ella lo acomodó con ternura sobre un colchón improvisado de tela y paja, lo tapó con su capa y suspiró.
No era solo compañerismo lo que la movía.
Era otra cosa.
Más profunda.
Más peligrosa.
— Reiji caminaba apresurado por los pasillos grises.
La oscuridad ya comenzaba a diluirse con los primeros rayos del sol filtrándose por las rendijas metálicas.
A su lado, Bokusatsu lo seguía, con el ceño fruncido.
—¿A dónde se fue Seimei?
—preguntó, por cuarta vez.
—No lo sé.
Pero si no vuelve antes de la tercera fase, podríamos estar en un problema mayor.
Reiji se detuvo frente a una puerta, respiró hondo.
Su rostro reflejaba un agotamiento que no era físico.
—¿Crees que hice mal en traerlos aquí?
Bokusatsu lo miró de reojo.
—Yo no soy quién para juzgar.
Pero te he observado.
Nunca habías dudado tanto.
Y eso… eso me dice más de ti que de ellos.
— En la Noche de las Mil Miradas, no eran los gritos lo que más dolía… sino el silencio de quienes ya habían dejado de ser humanos.
Gracias por leer este capítulo de Chi no Yakusoku.
Si te gustó, no olvides seguir para el próximo paso en este oscuro juramento de sangre.
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