Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 16
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- Capítulo 16 - 16 Capitulo 15 - Cuando el Dolor no Duerme
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16: Capitulo 15 – Cuando el Dolor no Duerme 16: Capitulo 15 – Cuando el Dolor no Duerme …En lo más profundo de la noche, donde los gritos del Coliseo ya no llegaban, Donyoku cayó.
No a un abismo, sino a sí mismo.
Un resplandor carmesí cubría un suelo hecho de huesos.
No eran metáforas.
Eran huesos.
De niños.
De mujeres.
De hombres.
De él mismo.
El aire olía a sangre estancada y fuego.
Su piel comenzaba a abrirse en grietas negruzcas mientras su cuerpo se deformaba lentamente, como si algo dentro de él reclamara la carne que ya no sentía propia.
Sus brazos eran demasiado largos.
Su mandíbula se extendía hasta el pecho.
Su torso se arqueaba hacia atrás, desfigurándose como una marioneta rota.
Y entonces apareció ella.
Su madre.
Desnuda.
Atada.
Llena de cicatrices que él no recordaba haberle visto nunca.
Le hablaba sin sonido, pero su boca se movía como si le rogara algo.
Cada vez que intentaba acercarse a ella, su cuerpo monstruoso la asustaba más.
Retrocedía.
Y en cada paso que ella daba hacia atrás… uno de sus hermanos aparecía, caía de rodillas, y suplicaba.
—¡Onii-chan… por favor… para… para ya…!
Sus ojos eran negros, sin iris, sin vida.
Y sin embargo, brillaban con una culpa que le atravesaba el pecho.
Su reflejo se partió en cinco figuras distintas de sí mismo.
Uno se reía.
Otro lloraba.
Otro gritaba.
Otro sangraba.
Y el último… solo observaba.
Silencioso.
Juzgando.
—¡NO QUIERO VER MÁS!
—rugió Donyoku desde las profundidades de su alma.
— La mano de Aika temblaba sobre la suya.
—Shh… estás soñando… ya pasó… ya estás aquí… Sus dedos pequeños y cálidos intentaban calmar los espasmos de su cuerpo en el catre del refugio.
Donyoku sudaba frío, con los ojos entreabiertos, murmurando cosas sin sentido.
El Shinkon latía débil en su pecho, como si también tuviera miedo.
— Entonces entraron Reiji y Bokusatsu.
El primero, con la mirada grave, como si ya supiera que algo iba mal.
—¿Cuánto tiempo lleva así?
—preguntó seco.
—Desde que volvió del combate —respondió Aika, sin apartar la mano—.
Cada vez es peor.
No se detiene.
Como si estuviera atrapado.
Bokusatsu miró a Donyoku y luego a Reiji.
—Se está hundiendo.
Reiji frunció el ceño.
No dijo nada.
Se acercó, y sin pedir permiso, lo levantó como si fuera una carga frágil pero urgente.
—Nos vamos.
— —¡No pueden retirarlo!
—dijo el guardia del Coliseo, bloqueando la puerta—.
El protocolo de los esclavos dice que— —No es un esclavo.
Es mi responsabilidad —interrumpió Reiji con voz baja, pero afilada.
El guardia desenfundó una porra de energía, sin intención de pelear, pero como acto disuasivo.
Y eso fue suficiente.
Reiji bajó la mirada.
El aire se volvió más espeso.
El suelo tembló.
El sello de su Soukei apareció como una grieta luminosa en su cuello.
—Tú… no entiendes lo que es ver a tus alumnos romperse.
Y en un suspiro… El guardia cayó de rodillas.
Su cuerpo se arqueó.
Vomitó un líquido oscuro.
Sus ojos se pusieron blancos.
Y entonces gritó.
Gritó como si mil agujas atravesaran su alma.
Estaba atrapado en una pesadilla inducida.
No había forma de huir.
La desesperación lo ahogaba.
Hasta que cayó inconsciente, con el rostro lleno de lágrimas.
Reiji recuperó su compostura.
Bokusatsu lo observó, silencioso, como si estuviera viendo a alguien distinto.
—Eso fue innecesario —dijo con calma.
—No lo entiendes.
No era para él.
Era para mí.
— Mientras salían del refugio, Chisiki los vio desde el pasillo.
Tenía el rostro cansado, el cuerpo herido, pero se mantenía de pie.
Podía haberse derrumbado como Donyoku.
Podía haber llorado.
Pero no lo hizo.
Porque alguien debía mantenerse firme.
Y esta vez… le tocaba a él.
Siguió caminando detrás de ellos, sin pedir permiso.
Como parte del peso que todos cargaban.
— EN ALGÚN LUGAR MÁS ALLÁ DE LA SANGRE Y LA CARNE… El silencio no siempre era vacío.
A veces, el silencio era lo más ruidoso.
Como ahora.
Enma, el llamado Omnipresente, observaba desde un rincón imposible del mundo.
No estaba sentado, no estaba de pie, no flotaba.
Simplemente estaba, como si su existencia fuera una grieta en la realidad.
Sus ojos no miraban con pupilas.
Eran símbolos giratorios, fractales cambiantes.
No buscaban… comprendían.
Frente a él, sobre un altar de obsidiana y pergamino humano, flotaban pequeñas proyecciones borrosas: —Reiji, cargando a Donyoku.
—Aika, aferrada al borde de su compasión.
—Chisiki, ahogando el dolor en silencio.
—Seimei, caminando por un pasillo lleno de antorchas y cadáveres frescos.
Enma sonrió con una voz que no salió de su boca: —”Cuando los sabios callan, el mundo grita.
Pero cuando los sabios hablan… el mundo tiembla.” Tocó una de las proyecciones con un dedo de sombra.
Una lágrima cayó del rostro de Reiji.
—Interesante.
—murmuró Enma, como quien examina una herida que aún no ha supurado.
— EN LOS NIVELES INTERNOS DEL COLISEO, SALA DE LOS INTRIGANTES Cinco figuras se encontraban sentadas en círculo.
Las luces eran escasas.
Las sombras pesaban más que las paredes.
Frente a ellos, como un invitado de honor, La Víbora sonreía con los dientes limpios y la lengua suelta.
Uno de los organizadores, un hombre con una máscara de marfil y cuello decorado con dientes humanos, habló: —La segunda fase estuvo más sangrienta de lo que esperábamos.
Casi nos costó un Noble… ¿Cuánto crees que nos darán por el cuerpo del chico que casi muere?
—¿Cuerpo?
—preguntó otro—.
¿Quién quiere un cuerpo?
Lo valioso es su alma.
—Y lo frágil que son las emociones del amo Mikazuki —añadió otro, con un tono burlón—.
¿Seguro que no perderemos el control si sigue entrometiéndose?
La Víbora se rió con elegancia.
—El espectáculo de esta noche será la joya más brillante en décadas.
¿No sienten el hambre en el aire?
¿Esa vibración en la sangre?
Es deseo, mis queridos parásitos… Deseo de ver quién se rompe primero.
Y eso… eso es oro.
—¿Y el informe que llegó del norte?
—preguntó el más anciano—.
Dicen que… que el Rey ya sabe de esto.
La Víbora giró su copa de vino, el líquido se tornó negro por un instante.
—¿El Rey?
—¿Y si fuera cierto?
—¿Y si enviara a alguien?
—insistieron.
La Víbora solo sonrió, y sus colmillos se asomaron como un rumor de traición.
—No hay necesidad de alarmarse por rumores.
Nadie tan noble descendería a nuestra pequeña cloaca sin una buena razón… ¿no creen?
Sabía bien que mentía.
Enma ya se lo había susurrado: el Rey estaba al tanto.
Pero hay información que vale más si se guarda.
Y en el mundo de los monstruos, el primero que muestra miedo… muere.
— AÉREO – SOBRE LAS COLINAS DE GUREN, A POCAS HORAS DE KINZOKU NO HANA Los cielos se estremecieron.
Un enjambre de criaturas voladoras de gran tamaño surcaba las nubes.
No eran aves.
Eran Kuzuryū, bestias aladas con escamas de piedra y ojos de magma.
Criaturas extintas para el pueblo común, domesticadas solo por la élite del reino.
En sus lomos, Yodaku se mantenía de pie, el cuerpo envuelto en una armadura ligera de combate, su mirada fija en la ciudad metálica a lo lejos.
Su rostro no mostraba emoción.
Pero la furia se le escapaba por los labios entreabiertos.
Detrás de él, diez soldados de alto rango volaban en formación cerrada.
Sus nombres eran temidos, sus Shinkon, prohibidos en más de tres reinos.
Sus armaduras negras tenían inscripciones que vibraban al compás de sus respiraciones.
Eran armas vivientes.
Uno de ellos se giró hacia Yodaku.
—Ya casi estamos, comandante.
Instrucciones.
Yodaku apretó el puño.
—Aplasten todo lo que respire oscuridad.
Pero dejen algo vivo… para que grite quién se atrevió a mirar hacia el trono.
Las alas de los Kuzuryū batieron al unísono.
Y el cielo se partió.
— POSADA TSUKIKAGE – DISTRITO EXTERIOR DE KINZOKU NO HANA Las calles estrechas estaban llenas de faroles apagados.
Nadie se atrevía a mirarlos directamente.
Y aun así, cuando llegaron a la puerta de la posada, algo se sintió…
familiar.
Enma ya los esperaba.
Vestía con sencillez, pero su presencia no podía ocultarse.
Era como si supiera exactamente cuándo abrir la puerta, como si los hubiera estado escuchando desde mucho antes de que llegaran.
—Bienvenidos de nuevo —dijo suavemente, abriendo paso—.
Parecen más cansados que ayer… aunque también más vivos.
Aika, aún con Donyoku apoyado en su hombro, inclinó la cabeza.
—Lo siento, no quería preocuparla.
—No me preocupan los que tiemblan —respondió Enma—, sino los que dejan de hacerlo.
El que aún tiembla… es porque no se ha rendido.
Aika se quedó en silencio un momento, hasta que sus ojos se fijaron en la pequeña caja negra que Enma sostenía con ambas manos.
—¿Eso es para él?
Enma asintió, sin ceremonia.
—No le curarán el alma.
Pero harán que el cuerpo olvide por unas horas cuánto le duele tener una.
Aika recibió la caja con reverencia, como si sostuviera algo sagrado.
—Gracias… aunque no entienda cómo sabe tanto sin que le digamos nada.
Enma sonrió, sin responder.
Su mirada fue hacia Donyoku, y por un instante pareció ver más allá de él.
—A veces el silencio grita.
Y ustedes… gritan demasiado sin decir una palabra.
— Entraron todos a una habitación amplia, con tatamis limpios y ventanas cubiertas por papel de arroz que dejaba pasar apenas un hilo de luz.
Bokusatsu se sentó en el rincón, apoyando la espalda contra la pared con los ojos cerrados, como si su sola presencia bastara para vigilar.
Aika ayudó a recostar a Donyoku sobre el futón.
Con manos cuidadosas, abrió la caja que Enma le había entregado.
Tres pequeñas píldoras giraban dentro, envueltas en una energía tenue que parecía vapor.
—Vamos, traga esto —susurró, acercándola a los labios resecos de Donyoku—.
Aunque sea por esta noche.
Donyoku la miró, entre sueños y fiebre.
Apenas pudo esbozar una sonrisa.
—¿Estás intentando envenenarme para quedarte con mi Shinkon?
—Solo estoy intentando que dejes de retorcerte como pescado fuera del agua.
—Entonces sí es veneno —rió con dificultad—, aunque sabe a cariño.
Chisiki se sentó a su lado, cansado pero aún sereno.
—Si vas a seguir diciendo cosas dulces mientras babeas sangre, te voy a tener que abofetear por estética.
Donyoku giró apenas la cabeza.
—Eso suena a los mejores días de nuestra infancia.
—No me hagas reír.
Me debes un entrenamiento completo sin colapsar a la mitad.
—Y tú me debes una explicación de por qué no tienes arrugas si eres tan sabio.
Chisiki rodó los ojos.
—Será por el vacío interior, lo mantiene todo terso.
Ambos soltaron una risa breve, sincera, y por primera vez desde que salieron del coliseo, el ambiente se aflojó un poco.
Como si ese hilo de humor bastara para que la sombra que los rodeaba retrocediera unos centímetros.
— Mientras tanto, Reiji había subido al techo.
Se sentó con la espalda recta, mirando la ciudad apagada.
Allí arriba, todo parecía más lejano.
La sangre, los gritos, las preguntas.
Pero su corazón seguía rugiendo.
Pensaba en Donyoku.
En Chisiki.
En lo que vendría al amanecer.
—No puedo protegerlos si no les enseño a defenderse —susurró—.
Pero ¿cuánto más podrán resistir?
El cielo no respondía.
Ni siquiera parecía escucharlo.
Solo el viento, que llevaba el olor de algo antiguo.
De algo que ya había comenzado a moverse.
— Recién el sol comenzaba a brillar sobre la ciudad.
Chisiki estaba de pie junto a la ventana.
Observaba la calle, los tejados, los cables colgantes que no llevaban electricidad sino secretos.
Pero su mirada estaba lejos.
Y entonces… lo sintió.
Una presión.
No como el peso del aire ni el de una montaña… Era como estar atrapado en una campana de cristal que se hundía lentamente en un océano de plomo fundido.
No podía respirar del todo.
No por falta de oxígeno, sino por un sentimiento indescriptible.
Como si la realidad misma hubiese bajado la voz.
—Ya vienen… —murmuró.
— CALLES DE KINZOKU NO HANA – ENTRADA ESTE El bullicio se apagó.
No se detuvo: murió.
Las risas, las discusiones, los cantos de los comerciantes… fueron tragados por una presencia tan abrumadora que el aire cambió de sabor.
Yodaku había llegado.
No cabalgaba.
No volaba.
Caminaba.
Tras él, diez figuras que parecían haber salido de un mundo donde los monstruos tenían conciencia.
Sus pasos no hacían ruido, pero dejaban grietas en el suelo.
Sus ojos no miraban a nadie, pero hacían que todos bajaran la cabeza.
Un niño comenzó a llorar sin razón aparente.
Una anciana cayó de rodillas, sin poder levantarse.
Los vendedores cerraron sus puestos con manos temblorosas.
Los músicos se silenciaron.
Un hombre intentó hablar… y se atragantó con su lengua.
La ciudad estaba en silencio.
Pero no era el silencio de la paz.
Era el de una fosa común recién abierta.
Entre los tejados, Narikami observaba, fumando en lo alto de un reloj oxidado.
—Así que el perro más leal del Rey ya se puso en marcha… Espero que valga la pena.
— MERCADO INTERIOR – ZONA DE COMERCIO LIBRE El comerciante Shirota, conocido por mover oro y pólvora entre reinos enemigos, guardaba su maletín.
Su barco de vapor estaba listo.
Iba a partir hacia el este esa mañana.
Pero cuando vio a los soldados de élite descendiendo de las bestias voladoras Kuzuryū, algo le hizo quedarse quieto.
—No… Hoy no es un día para hacer negocios.
Hoy… es un día para ver quién muere.
— Y mientras algunos intentaban sanar, otros ya escribían el próximo acto de su condena.
Gracias por leer este capítulo de Chi no Yakusoku.
Si te gustó, no olvides seguir para el próximo paso en este oscuro juramento de sangre.
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