Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 17

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Chi no Yakusoku – El juramento de sangre
  4. Capítulo 17 - 17 Capitulo 16 - Antes del Rugido
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

17: Capitulo 16 – Antes del Rugido 17: Capitulo 16 – Antes del Rugido Las Kuzuryū, bestias voladoras de lomo óseo y alas membranosas, descendieron como una maldición sobre Kinzoku no Hana.

Cada aleteo levantaba nubes de polvo y silencio.

La plaza central, normalmente atestada de turistas, músicos y comerciantes, quedó desierta en cuestión de segundos.

El primero en bajar fue Yodaku.

Ni una sola orden, ni un solo grito.

Bastó con su presencia.

Su andar era recto, sin apuro.

Como si el mundo mismo se abriera paso para no incomodarlo.

Los pasos del general sonaban más fuerte que las ruedas de los carros o los gritos de los mercaderes.

Cada uno era una sentencia que aún no se había dictado.

Se detuvo frente a un puesto de armas.

No uno cualquiera: uno que parecía hecho para llamar la atención.

Katana ceremoniales, hachas rúnicas, lanzas de filigrana dorada.

Detrás del mostrador estaba Naitō, un comerciante refinado, vestido con ropajes de lino fino y una sonrisa nerviosa.

Naitō se inclinó ligeramente, nervioso pero educado: —General Yodaku… no sabía que su excelencia visitaría el distrito hoy.

Es todo un honor.

Yodaku ladeó la cabeza, observando en silencio cada arma.

No con admiración.

Sino con cálculo.

—¿Tu nombre?

—preguntó sin levantar la voz.

—Naitō, señor… comerciante de armamento especializado desde hace doce años.

—¿Doce años?

—Yodaku alzó una ceja—.

Entonces sabrás que vender acero en una ciudad como esta no es un privilegio, sino una responsabilidad…

¿Tienes los permisos correspondientes del consejo real?

—Sí, general.

Tengo copias firmadas, selladas y registradas.

Cada pieza ha sido supervisada.

—¿Y puedes jurar… —Yodaku alargó la palabra como una soga— que ni una sola de tus armas ha terminado en manos de grupos externos al Reino?

¿Ninguna enviada, por ejemplo, a la frontera Nibanku?

¿O a los espías del Imperio Gakuin?

Naitō se irguió ligeramente, tensando la mandíbula.

—No comercio con enemigos, señor.

Ni con aliados no autorizados.

—¿Entonces…

tampoco produces en talleres clandestinos?

¿Ni usas materiales de contrabando?

¿Ni disimulas el tráfico entre tus arte decorativo y los “regalos diplomáticos”?

—Mis talleres están dentro de las murallas.

Supervisados.

No tengo nada que ocultar.

Yodaku dio un paso más, hasta quedar a un brazo de distancia.

—Interesante… porque tengo informes —su voz bajó un tono, casi como un susurro que amenazaba con volverse trueno—.

Informes que aseguran que algunas piezas con tu firma han sido encontradas… en manos manchadas con sangre de Hokori.

Naitō palideció.

—Pido permiso para ver esos informes, señor.

Si alguien está falsificando mis marcas, me comprometo a colaborar.

—¿Colaborar?

—Yodaku sonrió apenas—.

Esa es una palabra bonita.

Aunque a veces… la verdad no se obtiene con palabras.

Giró el rostro hacia el costado del puesto.

Allí, de pie, un niño de unos ocho años lo miraba con inocencia: el hijo de Naitō.

Sostenía una pequeña réplica de katana tallada en madera.

Yodaku bajó lentamente, sin agacharse, sólo inclinando la cabeza hacia el pequeño.

—¿Y tú?

¿También eres comerciante?

¿O ya sabes usar eso que cargas como juguete?

El niño lo miró, sin responder.

—Dime, hijo.

¿Tu padre te enseña a hacer armas… o a esconderlas?

—¡Mi hijo no está involucrado en mis negocios!

—interrumpió Naitō, con una súbita tensión en la voz.

Yodaku no lo miró.

Seguía hablando con el niño, con una dulzura irónica que helaba los huesos.

—¿Sabes lo que es un traidor, pequeño?

Es alguien que parece valiente por fuera… pero por dentro solo quiere salvarse a sí mismo.

—¡Por favor, no lo intimide!

—dijo Naitō, sin levantar la voz pero apretando los puños.

—Entonces dime la verdad, comerciante.

Aquí.

Frente a todos.

¿Estás limpio?

¿Lo juras por la sangre de tu hijo?

El murmullo de la multitud comenzó a crecer.

El aire pesaba como hierro fundido.

Los guardias de Yodaku no dijeron nada, pero sus manos ya estaban cerca de las empuñaduras.

Naitō tragó saliva.

—Juro por él, por mi linaje, y por el Reino… que no he cometido traición alguna.

Yodaku alzó la mirada, observando a los espectadores.

—¿Lo oyeron?

Qué honorable.

Qué poético.

Hizo una pausa y luego añadió, con tono mordaz: —Espero, por el bien de tu hijo… que tu honor no esté hecho del mismo material que tus espadas.

Dicho eso, se giró, dejando el puesto atrás.

El silencio no se rompió.

Ni el aire.

Porque lo que había dejado no era solo una amenaza: era una advertencia sellada en miedo.

— La habitación era tan amplia como vacía.

Un viejo salón ceremonial abandonado, oculto en los niveles subterráneos del edificio gubernamental de Kinzoku no Hana.

Narikami se encontraba solo.

O al menos, eso pensaba.

El suelo, pulido por siglos, reflejaba más que la luz tenue de los faroles de aceite.

Reflejaba algo más profundo.

Algo que no parpadeaba cuando él lo hacía.

Frente a él, su reflejo no le devolvía una copia… sino una acusación.

—Así que… te has vuelto un perro del Reino —dijo la figura reflejada con su misma voz, pero con un tono más joven, más vivo.

Narikami frunció el ceño.

—Eres un eco.

Un residuo.

No me hables con tono de superioridad.

—¿Superioridad?

—El reflejo sonrió—.

Yo soy tú.

Pero antes de que dejaras de creer.

Antes de convertirte en esto.

La sala se volvió más oscura, como si los recuerdos hubiesen robado el fuego.

—¿Por qué estás aquí?

—preguntó Narikami, aún sabiendo la respuesta.

—Porque aún me tienes dentro.

Porque antes de quemar puentes, fuiste el que los construyó.

Porque alguna vez… juraste no arrodillarte ante nadie.

Y ahora… El reflejo levantó la mano.

Un uniforme.

Un símbolo.

El escudo del Reino de Hokori marcado sobre la piel.

—Ahora llevas la marca de los que juraste destruir.

—¡Cállate!

—Narikami arrojó su espada contra el suelo.

Pero el reflejo no se desvaneció.

Al contrario.

Dio un paso fuera del espejo.

Una ilusión.

O un recuerdo encarnado.

—¿Crees que servir a Yodaku te hace fuerte?

Él ni siquiera te mira como humano.

Solo eres un filo más entre su arsenal.

—Yo sobreviví.

No como tú.

No como nuestros compañeros.

—No sobreviviste.

Solo dejaste de morir.

—El reflejo se acercó, ahora con los ojos llenos de fuego—.

¿Y por qué?

¿Por venganza?

¿Por orden?

¿O porque tenías miedo de ser olvidado?

El verdadero Narikami cayó de rodillas, pero no por debilidad, sino por el peso de aquello que no podía admitir.

El reflejo se agachó frente a él.

—No vine a destruirte.

Vine a recordarte.

Que si vas a matar por este Reino, al menos recuerda por qué aprendiste a empuñar una espada.

Y entonces, se desvaneció.

No en cenizas, no en luz.

Sino en silencio.

Narikami quedó solo.

Con el eco de una promesa olvidada y el reflejo de una sombra que aún vivía dentro de él.

— Los gritos no venían de un solo punto.

En diferentes esquinas del distrito comercial, Yodaku caminaba con la arrogancia de un dios menor.

Su capa ondeaba con violencia, como si el aire mismo intentara huir de su presencia.

Los comerciantes de comida cerraban sus cestas con manos temblorosas.

Algunos lo saludaban torpemente.

Otros intentaban ignorarlo, pero eso solo parecía enojarlo más.

—¿Y tú?

—espetó, deteniéndose frente a una mujer que vendía dulces—.

¿Sabes que necesitas licencia real para importar ingredientes desde el norte?

¿O es que acaso los consigues por métodos…

más convenientes?

—S-son recetas familiares…

lo juro…

—respondió ella.

Yodaku no dijo nada.

Solo la miró.

Largo.

Como si decidiera cuánto valía su existencia con los ojos.

Unos metros más allá, pateó una caja de telas bordadas.

—¿Contrabando imperial?

¿O solo un intento barato de competir con los nobles?

—se burló, apuntando con el dedo a un sastre que no podía ni sostenerle la mirada.

La tensión era como un cristal: a punto de quebrarse.

Chisiki, desde el segundo piso del hospedaje, lo observaba en silencio, los ojos entrecerrados.

—Qué interesante forma de gobernar con miedo —murmuró—.

Casi admirable… si no fuera tan triste.

Pero antes de que pudiera decir más, Bokusatsu ya había salido del hospedaje.

Sus pasos eran lentos, firmes.

Su postura recta, pero sin hostilidad.

Se detuvo frente a Yodaku justo cuando este examinaba un puesto de medicinas con ojos que buscaban culpas.

—¿Ya terminaste de inspeccionar a los inocentes?

—preguntó Bokusatsu con calma.

Yodaku alzó una ceja, sin girarse del todo.

—¿Tú otra vez?

¿Vienes a defender ratas de mercado?

—No.

Vengo a preguntarte por qué insistes en romper a las personas desde adentro.

¿Qué temes que encuentren, si se atreven a tener un poco de orgullo?

El silencio fue inmediato.

Los soldados se pusieron tensos.

—Crees que por tener autoridad puedes pisotearlos como basura.

Pero yo he visto gente con más dignidad que tú, que nunca necesitó un título ni un trono.

Yodaku giró.

Ya no sonreía.

—¿Dices que no soy digno de mi título?

—Digo que muchos aquí lo serían más que tú —respondió Bokusatsu, directo, sin odio.

Yodaku desenfundó.

El filo de su espada rugió con hambre apenas salió de la vaina.

—Hablas demasiado.

Pero antes de que pudiera avanzar un solo paso…

La presión cambió.

Una presencia.

No como la suya.

No arrogante.

Sino insoportablemente abismal.

Como si algo antiguo, algo que no debía estar en el mundo físico, caminara ahora entre ellos.

Un hombre de unos treinta años apareció entre la multitud.

No vestía con lujos.

Nada en él era notable… excepto que todos lo sentían.

Era como mirar un pozo tan profundo que uno temía caerse por solo acercarse.

—Basta —dijo con suavidad.

Yodaku lo miró con recelo.

—¿Quién se atreve…?

—Alguien que entiende las consecuencias.

Si destruyes esta ciudad por capricho, incluso el Rey perderá más de lo que imaginas.

Renzō, el escolta de Yodaku —conocido como La Garra Carmesí—, dio un paso adelante, desenvainando.

—¡Esto es una falta de respeto a la Guardia Real y al Rey!

Pero antes de moverse siquiera una pulgada, Yodaku ya estaba frente a él, espada alzada.

Y, sin embargo… no cortó.

El hombre desconocido había levantado un simple palo de madera.

Viejo.

Roto por un lado.

Y aún así, detuvo la espada de Yodaku con una sola mano.

La calle quedó en completo silencio.

Yodaku no se movió.

Ni reculó.

Pero tampoco podía avanzar.

—¿Quién eres?

—preguntó con los dientes apretados.

El hombre lo miró con tristeza.

—No alguien que desea pelear contigo.

Pero sí alguien que no permitirá que conviertas la autoridad en una excusa para el abuso.

Bokusatsu desvió la mirada hacia él.

Chisiki también.

Nadie entendía quién era.

Pero todos sabían una cosa: Él no debía ser provocado.

Yodaku bajó lentamente la espada.

No por miedo.

Sino por algo más profundo.

Una advertencia invisible.

— El eco del último enfrentamiento aún palpitaba entre las calles cuando Yodaku alzó la vista hacia el cielo.

El sol se desvanecía lentamente tras los tejados de la ciudad, tiñendo de naranja el contorno de Kinzoku no Hana.

—No vale la pena…

—murmuró.

Su voz sonó más a cálculo que a rendición.

—¿Se retirará, señor?

—preguntó Renzō, su escolta.

—Solo por ahora.

No quiero desgastarme con basura que se esconde detrás de sus propios miedos.

Buscaremos descanso.

El destino, como si disfrutara del drama, los guio directo a la misma posada donde se hospedaban Reiji y su equipo.

Un pequeño farol oscilaba en la entrada.

El letrero estaba a medio desgastar, pero el lugar exudaba un aura…

inusual.

Cálida, pero profunda.

Oculta, como si algo bajo tierra durmiera.

Enma los recibió con su típica sonrisa serena.

Su cabello oscuro caía como seda, y sus ojos —que parecían inocentes— tenían un peso que solo los atentos sabían notar.

—Bienvenidos.

¿Cuántas habitaciones desean?

Yodaku la observó en silencio.

Como si estudiara una estatua viva.

—Tú…

¿has estado mucho tiempo aquí?

—preguntó sin responder directamente.

—El suficiente para conocer a cada alma que se detiene por un suspiro —respondió Enma, sin perder la compostura.

El aire pareció detenerse.

Renzō tragó saliva.

Yodaku entrecerró los ojos.

Esa mujer escondía algo.

Estaba seguro.

Pero por ahora, no dijo más.

—Tres habitaciones.

Las quiero separadas.

Y lejos del ruido.

—Por supuesto —respondió Enma, girándose lentamente—.

Disfruten la calma mientras exista.

— Mientras tanto, en el segundo piso, Donyoku terminaba de colocarse la camisa.

Su torso mostraba ligeras cicatrices nuevas, pero el color en su rostro había vuelto.

Aika le ofreció la última píldora que Enma le había dado más temprano.

—Te la tragaste como si fuera pan —dijo ella, cruzada de brazos.

—¿Y tú viste cómo me partieron las costillas como si fueran ramas?

—respondió Donyoku con media sonrisa.

Chisiki, desde el futón, soltó una risa seca.

—Si fueras un árbol, serías un bonsái mal cuidado.

—Y tú un adorno de jardín, pero uno que da miedo.

Todos se rieron, incluso Aika.

Era un momento breve, una burbuja de normalidad antes del abismo.

—Gracias —dijo Donyoku, bajando la voz—.

No solo por las píldoras…

sino por quedarse.

—Idiota.

Somos un equipo —dijo Chisiki, girando la mirada—.

Solo no te mueras hoy.

— En el techo, Reiji observaba el cielo anaranjado.

No decía nada.

Pero su silencio tenía un peso.

Como si sus pensamientos ya estuvieran varios pasos adelante.

Un nuevo huésped llegó.

Lo supo por el leve cambio en el aire.

El hombre del aura abismal.

Tenía el cabello azulado, recogido hacia atrás, y una capa simple empapada por la humedad que lo seguía como niebla invisible.

Entró en la posada sin mirar a nadie, pero Enma se detuvo.

Por primera vez, algo en su mirada se tensó.

—Bienvenido…

viajero.

—Gracias —dijo el hombre.

Su voz era suave, profunda.

Como si hablara desde una gruta marina—.

El camino me trajo hasta aquí.

Como si alguien lo hubiese diseñado.

—Quizás lo hicieron —respondió Enma—.

O quizás es el Leviatán quien lo arrastró hasta su destino.

Él no respondió.

Pero sonrió levemente.

Su Shinkon aún no se había manifestado.

Pero todos en la sala sintieron algo.

Algo ancestral.

Algo que había dormido en lo profundo de los océanos.

— La noche finalmente cayó.

El cielo sobre Kinzoku no Hana se cubrió de estrellas, y con ellas comenzaba la tercera etapa del evento.

Los rumores hablaban de un combate sin reglas, de secretos revelados, de premios que no tenían forma pero sí precio.

Uno a uno, los que sabían —y los que no deberían saber— comenzaron a moverse.

Donyoku, vestido con ropas oscuras, bajó junto a Chisiki, Aika y Bokusatsu.

Aunque se sentía mejor, una advertencia retumbaba en su mente: “Si me esfuerzo demasiado…

mi cuerpo podría no resistir.” Pero aún así, caminó.

Porque su deber era más fuerte que su miedo.

— Mientras tanto, en la otra esquina de la ciudad, Yodaku hablaba con un vendedor viejo, uno de los pocos que se atrevía a responderle con astucia.

—¿Sabe usted de eventos…

privados?

—preguntó Yodaku con voz baja.

—Por estas fechas, suelen hacerse cosas por debajo de la mesa…

pero no sabría decirle más.

Yodaku se inclinó.

—Te aconsejo que recuerdes.

Porque si me haces perder el tiempo…

El hombre tragó saliva.

—Dicen que…

que hay un coliseo, bajo tierra.

Que ahí no se vende comida.

Se venden verdades.

Sangre.

Y silencios.

Yodaku sonrió.

—Perfecto.

— Esa noche, bajo el manto de las estrellas, no solo se abrirían las puertas del coliseo… también las de verdades que jamás debieron ver la luz.

Gracias por leer este capítulo de Chi no Yakusoku.

Si te gustó, no olvides seguir para el próximo paso en este oscuro juramento de sangre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo