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Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 Capitulo 17 - Cuando el Infierno se Abre
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18: Capitulo 17 – Cuando el Infierno se Abre 18: Capitulo 17 – Cuando el Infierno se Abre El coliseo estaba distinto.

Más imponente, más despiadado.

Había antorchas ardiendo en azul, un símbolo claro de que esa noche la magia se entrelazaría con la brutalidad.

Reiji y su equipo atravesaron los pasillos de piedra iluminados por runas flotantes.

Cada paso hacia la arena parecía más pesado, como si el lugar supiera lo que vendría.

—¿Sienten eso?

—susurró Aika—.

Es como si nos estuvieran mirando desde…

todos lados.

—La Noche de las Mil Miradas —respondió Reiji, en tono bajo—.

No es solo un nombre.

Ya en la arena, un presentador con túnica carmesí y rostro cubierto por un velo negro apareció entre chispas de fuego etéreo.

Su voz era hipnótica, como un canto oscuro: —¡Bienvenidos a la fase final de esta noche imperecedera!

Hoy, el Coliseo de Kinzoku no Hana no solo será testigo del combate… sino de la prueba del alma y la memoria.

Una onda mágica recorrió el lugar, activando los sellos de transmisión arcana.

Cientos de orbes comenzaron a flotar en las alturas, transmitiendo lo que allí sucedía a nobles, militares y figuras influyentes de todo el reino.

—Esta vez, no solo se medirá la fuerza bruta.

También el propósito, la historia y la verdad oculta.

Quienes lleguen al final… serán juzgados por los ojos del Omnipresente.

Donyoku tragó saliva.

—Gloria, respuestas… o vergüenza eterna —murmuró.

—Eso ya lo tenemos de sobra —bromeó Chisiki, aunque su sonrisa era tensa.

— Oculta entre los altos balcones, la figura de La Víbora observaba con calma antinatural.

Llevaba una capa de sombras vivientes que se deslizaban como lenguas reptilianas.

Sus ojos no veían solo a los luchadores… sino a los símbolos que representaban.

—El caos ya está sembrado —susurró, más para sí que para otro—.

Ahora solo falta regarlo con dolor.

Sus dedos se movían como si tocara una melodía invisible.

Esperaba su momento.

Porque el verdadero espectáculo… aún no había comenzado.

— Mientras tanto, en lo alto del coliseo, Enma atravesaba un pasillo privado, alertada por un presentimiento frío.

La puerta ceremonial del salón de los organizadores estaba entreabierta.

Al entrar, el silencio era absoluto.

Los cuerpos de los seis altos jueces yacían sobre la mesa, desangrados sin una gota fuera de lugar.

La escena no mostraba furia, sino cálculo.

Precisión absoluta.

Un veneno inteligente, tal vez.

Ella lo entendió al instante.

—La Víbora…

ya se movió —susurró, sin alterar el tono.

Su rostro seguía en calma, pero en sus ojos se dibujaba el juicio.

Caminó hasta el centro del cuarto.

Tomó el sello del juicio —un anillo ceremonial de oro negro con un ojo cerrado— y lo ocultó en su manga.

—Entonces… esta noche tendré que jugar un papel que no estaba escrito —dijo con un suspiro resignado, mientras sus ojos se volvían a teñir con el misterio que solo el Omnipresente conocía.

— El mármol blanco reflejaba la luz tenue de las antorchas azules.

En el centro de la sala, sobre un trono elevado tallado en jade oscuro, el Rey de Hokori observaba los orbes flotantes que transmitían en directo los horrores del coliseo clandestino.

Vestía con un manto ceremonial de escamas negras, símbolo del dominio eterno.

En su mano derecha sostenía un cáliz de vino antiguo.

En su mirada, sólo había asco y fascinación.

A su lado, de pie en completo silencio, se encontraba su guardaespaldas personal: Kyomu, el Hombre Hueco.

Envuelto en un kimono gris sin adornos, con la piel casi traslúcida y los ojos hundidos en sombras, parecía más un cadáver obediente que un hombre.

—Dime, Kyomu… ¿qué ves en todo esto?

Kyomu inclinó levemente la cabeza, como un sabio torcido.

—Una réplica del pasado… disfrazada de futuro.

La carne vuelve a valer más que las ideas.

El alma se vende como un mineral raro.

La justicia se compra… Y el espectáculo… triunfa.

El Rey bebió un sorbo, sin dejar de mirar la imagen de esclavos siendo preparados, encadenados, mutilados, ofrecidos como monedas.

—Hermosa poesía para una cloaca, Kyomu —dijo con voz baja—.

Pero hay algo que me revuelve más que todo eso.

Se inclinó hacia delante, y su tono se volvió más áspero, más venenoso.

—Usan mi pueblo.

Mi sangre.

Mis esclavos.

Y no me pidieron permiso.

Kyomu asintió, sin emitir juicio.

—Es una traición sutil.

Una fiesta sin el dios anfitrión.

—Exacto —susurró el Rey, sonriendo apenas—.

Como si el corazón de Hokori pudiera latir sin mi mano empujando sus válvulas.

Se incorporó con lentitud, y los orbes reflejaron en su rostro una mezcla de cólera y deleite.

—Pero también hay algo…

interesante.

Una verdad se está cocinando ahí.

Una revelación.

Y si alguien intenta iluminar al pueblo antes que yo…

Apretó el cáliz, hasta que se agrietó.

—…entonces lo haré tragar su luz hasta que le arda el alma.

Kyomu, con una sonrisa casi imperceptible, respondió: —Entonces comenzará la purga.

— Más allá de la arena, los pasillos del coliseo eran laberintos oscuros, envueltos en olores de incienso barato, sudor, sangre y piel quemada.

En una celda, una mujer vendada desde los ojos hasta los tobillos recitaba canciones para dormir.

A su lado, un niño sin boca la escuchaba en silencio, abrazando una espada de madera.

Un vendedor anunciaba con alegría: —¡Esclava virgen con sensibilidad al Ki!

¡Ideal para rituales o placer!

—¡Niños entrenados para morir sin gritar!

¡Garantizado!

Y en la mesa de apuestas, las almas se intercambiaban con la misma naturalidad que el arroz.

—Yo apuesto a la Ráfaga Negra.

El niño raro morirá antes de los cinco minutos.

—¿Apostás eso por miedo o porque ya te falta un brazo?

—Apuesto a lo que queda de mi voz.

Si pierdo, mi hijo se convertirá en esclavo ritual.

Una mujer lloraba en un rincón, ofreciendo sus anillos y sus dientes.

Y entre todo, los nombres de los luchadores resonaban como ídolos de una religión enferma.

— —¡Bienvenidos al segundo combate de la tercera fase!

Esta vez, damas y degenerados… ¡con ustedes, el niño sin nación, el erudito sin causa, el alma que camina entre la lógica y la locura!

¡Reciban al ERUDITO!

Chisiki caminó hacia el centro de la arena.

Esta vez llevaba una capa ligera de lino oscuro, atada al cuello.

Sus pasos eran exactos.

Sus ojos estaban bajos.

Se sentía más solo que nunca.

—¡Y en la esquina del horror… el ejecutor del pantano de cadáveres!

¡El alma que hizo cantar a la tortura!

¡KAZUO, la Guadaña de Kuromizu!

Kazuo, un gigante flaco con piel manchada de ceniza, lanzó su lanza al suelo y gritó con una sonrisa: —Voy a cortar tu garganta como se corta la fruta podrida.

— Kazuo cargó sin dudar.

Su lanza se volvió un látigo de segmentos dentados, cubierto de Ki oscuro.

Chisiki esquivó sin usar portales.

Aún no.

Una estocada pasó a milímetros de su cuello.

Otra rozó su abdomen.

Chisiki comenzó a retroceder.

Era rápido, pero Kazuo tenía instinto de carnicero.

Era sucio, impredecible, letal sin honor.

—¿Eres un niño o solo una ecuación rota?

—gruñó Kazuo.

Chisiki desvió su ataque con la palma y creó un microportal.

Parte de la lanza fue tragada por el vacío y reapareció en otro ángulo, hiriendo el propio brazo de Kazuo.

Pero Kazuo no gritó.

Se rió.

Y golpeó con la culata directa al rostro de Chisiki.

Sangre.

Por primera vez, el Erudito sangraba en el coliseo.

— En ese instante, mientras se limpiaba la sangre, Chisiki escuchó una voz del pasado: —Cuando despiertes tu Shinkon… ¿Qué justicia perseguirás, Chisiki?

Su padre estaba sentado en el borde de un muelle.

El agua se movía sin orden.

—¿La justicia del pueblo… o la que habita en tu lógica?

Las dos sangran.

Las dos sacrifican.

—Yo… —respondía su yo más joven— solo quiero respuestas.

—¿Y qué harás cuando las tengas?

¿Quién sangrará por ellas?

La imagen desapareció.

— Chisiki alzó los brazos.

—“Kukan no Juuryoku: Distorsión de Masa.” El suelo cambió.

La gravedad se dobló.

El cuerpo de Kazuo comenzó a deformarse levemente, como si partes de su carne fueran jaladas a múltiples direcciones.

Pero Kazuo rugió y activó su Shinkon.

Una guadaña gigantesca hecha de huesos y energía negra emergió desde su espalda.

—¡¡¡TÚ NO ME GANAS, NIÑO LOCO!!!

Impacto.

La guadaña rasgó la capa de Chisiki y cortó parte de su hombro izquierdo.

Un corte limpio, profundo.

Chisiki jadeó.

El mundo giraba.

Por un momento tuvo miedo real.

Pero entonces… —Sokumen Kikai.

(Lado Mecánico).

Chisiki tocó su propio pecho y creó una estructura invisible que reflejaba la trayectoria del arma.

Una réplica de la guadaña emergió desde el portal, y Kazuo fue atravesado por su propio ataque.

El suelo tembló.

Kazuo cayó de rodillas, escupiendo sangre.

Sus palabras finales fueron: —Quizá sí eras más que un niño… pero yo morí como un hombre libre… Y cayó.

— Mientras tanto…

En uno de los pasillos del coliseo… —¿Seimei está aquí?

—susurró Reiji, con el rostro cubierto.

Bokusatsu asintió, y le mostró un pasadizo oculto entre barriles de sake y máscaras rituales.

—Mi esclavo tiene demasiadas verdades.

Y el Omnipresente no tolera verdades sin control.

Ambos se internaron en la oscuridad, mientras el público rugía con sed de más sangre.

— La ciudad brillaba con luces artificiales, pero bajo la superficie, todo olía a podredumbre.

Narikami, espada al costado, caminaba sin rumbo fijo entre los callejones traseros de Kinzoku no Hana.

Había dejado atrás sus sellos, su honor, incluso sus principios.

Todo en nombre de la ciudad.

Todo en nombre de un crimen que aún no cometía… pero que ya manchaba sus manos.

La noche lo envolvía como un juramento silencioso.

“Una vida…

por mil.

Esa es la aritmética del infierno.” — En otra calle, no muy lejos de la entrada principal del coliseo, Yodaku avanzaba firme con diez hombres uniformados, todos con insignias reales y ojos de acero.

Su sola presencia hacía temblar a los guardias ilegales que aún intentaban mantener orden.

El peso del rango, el veneno de su arrogancia, ya anunciaban tormenta.

— Cerca de un callejón oculto, Reiji y Bokusatsu se movían en dirección contraria, atentos, alertas… hasta que una sombra líquida cayó frente a ellos como una maldición viviente.

—Ya era hora —susurró una voz ronca, repulsiva, como el roce de una lengua seca sobre hueso.

La Víbora.

Sin previo aviso, su mano derecha se abrió como una flor de hueso, un colmillo curvo y retorcido emergió de su palma, cubierto de un veneno púrpura espeso que goteaba y quemaba el suelo.

En su forma Hizumi, la cuchilla ósea creció aún más, con bordes aserrados y una vibración de muerte que se podía oler.

—No vine a hablar.

Solo a arrancarles el alma —dijo, y se lanzó directo hacia Reiji.

Este intentó usar su Soukei de ilusiones: múltiples Reijis rodearon al enemigo, cada uno proyectando miedo, caos y estrategia.

Pero la Víbora se movía como si viera a través del engaño.

Su cuchilla rasgó las ilusiones como si fueran humo.

Uno, dos, tres cortes… Reiji apenas logró retroceder sin herirse.

—No funciona —gruñó, esquivando por centímetros.

Entonces, una silueta más grande, grotesca, pero digna se interpuso entre ellos.

—¡Atrás!

—rugió Bokusatsu, y su Shinkon se activó.

La piel le comenzó a mutar, oscureciéndose, como si miles de poros se abrieran a la vez.

Sus venas se inflaron, sus dientes se alargaron, y una musculatura monstruosa deformó su cuerpo.

En su forma de Soukei, aún retenía control… pero su fuerza era un infierno comprimido.

El choque fue inmediato.

Hueso venenoso contra carne endurecida.

Puños deformes contra cortes invisibles.

Garras contra estrategia.

El suelo tembló.

Las paredes estallaron con cada impacto.

Reiji se alejaba, buscando una abertura… hasta que la cuchilla venenosa logró colarse, directo al cuello de Bokusatsu.

—¡Te tengo!

—escupió la Víbora, con los ojos desorbitados.

Pero antes de que la hoja tocara su carne… Un sonido etéreo, como campanas tocadas bajo el agua, resonó en el aire.

Y una figura delicada, de kimono suelto y expresión serena, se deslizó como un soplo de brisa helada.

—Detente —dijo Seimei, sin levantar la voz.

Su Shinkon apareció.

Un juego de pétalos de luz translúcida giró a su alrededor como escamas flotantes.

Cuando uno de ellos tocó la cuchilla de la Víbora, esta fue lanzada hacia atrás como si hubiese chocado contra un océano invisible.

Los tres quedaron inmóviles por un segundo.

Seimei, con los ojos semi cerrados, susurró: —No tiene sentido morir antes del clímax.

Silencio.

Hasta la Víbora vaciló, sus pupilas dilatadas y los colmillos aún goteando.

—Ustedes dos —añadió Seimei mirando a Reiji y Bokusatsu—.

No están listos para esta parte del guion.

Pero no se preocupen.

El espectáculo… recién comienza.

La noche volvió a rugir.

— El bosque estaba casi muerto.

Los árboles, retorcidos y secos, parecían estatuas de dolor congelado.

Apenas algunos insectos zumbaban entre los arbustos, y el viento soplaba como si susurrara advertencias que nadie quería escuchar.

Hikaru estaba sentado sobre una roca, la espada envuelta en su vaina apoyada a su lado.

Su rostro, usualmente relajado, estaba hoy envuelto en sombra.

No por el bosque… sino por la certeza.

Sobre él, el cielo estaba repleto de estrellas.

Pero ni una de ellas brillaba como recordaba.

Todas parecían apagadas, como si hubieran perdido la fe en la tierra.

—Ya no es solo guerra —murmuró para sí, sin mirar a nadie—Es podredumbre.

Una hoja seca cayó a su lado.

Ni los árboles querían seguir cargando su peso.

—Este reino…

está cavando su propia tumba con una sonrisa en la cara.

Y si no hacemos algo…

—cerró los ojos por un momento, respirando hondo—Todo lo que queda…

se irá al carajo.

Silencio.

Solo estrellas apagadas como testigos.

Entonces, lentamente, Hikaru se levantó.

Tomó su espada, se colgó el abrigo, y se perdió en la oscuridad del bosque, rumbo al lugar donde el infierno estaba a punto de estallar.

— Cuando el cielo ya no ilumina, es la sombra la que guía… aunque solo sea hacia la caída.

Gracias por leer este capítulo de Chi no Yakusoku.

Si te gustó, no olvides seguir para el próximo paso en este oscuro juramento de sangre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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