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Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 19

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19: Capitulo 18 – Un Héroe no Grita Pero Sufre 19: Capitulo 18 – Un Héroe no Grita Pero Sufre El Gran Salón del Palacio del Reino de Hokori rebosaba de luces doradas, vino de arroz añejo y el murmullo disfrazado de reverencia.

En lo alto, sobre un trono tallado en piedra negra y bordes rojos como brasas antiguas, el Rey reía con un dejo de burla mientras observaba la transmisión mágica flotando frente a él: gladiadores matándose como bestias, esclavos llorando, sangre en un espectáculo grotesco.

A su alrededor, los altos clanes nobles ocupaban sus respectivos asientos ceremoniales.

Algunos fingían sonreír.

Otros no ocultaban su desdén.

Y unos pocos lo miraban como si fuese un dios.

—Este circo…

—dijo el rey alzando su copa sin mirar a nadie—.

Qué irónico que sea lo más sincero que hemos producido como reino.

A su lado, Kyomu, su guardia personal, permanecía en silencio, con los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre la empuñadura de su arma sellada.

Su presencia era como la sombra del trono mismo.

Entonces, el aire cambió.

Un joven —Kaien Ryuzaki, hijo menor de un noble del Clan Ryuzaki— dio un paso al frente desde las gradas inferiores y alzó la voz, temblorosa por la furia.

—¿Cómo puede llamarse rey, si disfruta de la miseria de su pueblo?

¡¿Cómo puede reírse mientras su gente es vendida como si valieran menos que una piedra rota?!

¡Usted no es un líder, es un dictador!

¡Un cobarde incapaz de ensuciar sus propias manos!

El salón quedó en silencio.

No por respeto, sino por terror.

Las llamas de las antorchas parecieron extinguirse por un instante.

El aire se volvió denso, helado… como si un colmillo invisible descendiera desde el cielo para morder la voluntad de todos.

El rey no se inmutó.

Bajó su copa con elegancia y sostuvo la mirada del joven.

—En un mundo donde nacimos rotos…

—dijo con voz suave, casi dulce— buscar ser un héroe es el mayor de los delirios.

Solo un niño llora por justicia cuando el universo fue parido entre gritos, no por compasión, sino por hambre.

Se inclinó ligeramente hacia adelante.

—¿Salvar al pueblo?

¿Para qué?

La esperanza es la broma favorita del dolor.

Y yo ya no tengo tiempo para chistes malos.

Kyomu abrió los ojos por primera vez.

—¿Permite que limpie esta insolencia, majestad?

Pero el rey negó con la cabeza, lento.

—No valdría la pena ensuciar nuestras armas con sangre tan…

efímera.

El padre del muchacho —el Daimyō Ryuzaki— caminó hasta su hijo, rostro lívido, y le cruzó el rostro con una bofetada que sonó como una sentencia.

—¡Estás loco!

¡Locura es lo que hablas ante el trono!

Se inclinó hacia el rey, sudando, temblando.

—Perdone a mi hijo, su majestad.

No representa nuestra casa.

No volverá a ocurrir… El rey sonrió apenas, como si nada hubiera pasado.

—Espero que no, Jorikawa.

Porque me aburro fácilmente… y cuando me aburro, las ciudades arden.

Padre e hijo fueron escoltados fuera del salón.

Una vez cruzaron los portones de piedra, el Daimyō susurró a sus sirvientes: —Vendánlo.

Como esclavo.

Que pague su lengua con su libertad.

Uno de los escoltas lo miró, confundido.

—¿Y si el rey lo persigue de todos modos?

El Daimyō apretó los dientes.

—Entonces al menos sabrá que el castigo vino primero de mí.

Mientras tanto, en el Gran Salón, el rey volvió su atención a la imagen flotante del coliseo, y sonrió con impaciencia.

—Vamos, Yodaku… muéstrame el verdadero espectáculo.

— —¡Querido público!

¡Esta noche no será solo una danza de golpes y sangre!

—vociferó el presentador desde lo alto de la torre del coliseo, con una capa de plumas carmesí ondeando tras él—.

¡Esta noche inicia la Fase de las Pruebas!

Una serie de desafíos… no solo físicos, sino mentales, espirituales y existenciales.

Después de todo, ¿qué diversión hay en la repetición?

Los espectadores gritaron con emoción, otros rieron con anticipación.

Algunos nobles, desde sus palcos mágicamente protegidos, intercambiaban miradas burlonas.

—¿Pruebas mentales?

—rió un comerciante de esclavos—.

¡Apúntenme al que llore primero!

—Yo apuesto a que ese tal “Avaro” se desmorona.

Está débil desde la última ronda.

—¡Yo digo que se levanta!

¡Tiene ojos de bestia!

Una nueva pantalla mágica emergió del centro del coliseo, mostrando el rostro de Donyoku con el título que le habían asignado: El Avaro de la Sangre – Luchador 057 Aika se tensó en las gradas ocultas, donde los supuestos “esclavos de reserva” esperaban su turno.

Chisiki, más silencioso que de costumbre, cerró el puño al ver la mirada vacía de su amigo.

—Él… no debería entrar así —susurró.

— Donyoku atravesó las compuertas metálicas del campo.

Frente a él, no había armas, ni oponentes.

Solo un espejo gigantesco, de al menos cuatro metros de alto, incrustado en un muro siniestramente liso.

Su superficie parecía líquida, como si el reflejo esperara su alma más que su rostro.

Cuando dio un paso, el mundo se nubló.

Una voz —calma, distante, como si saliera desde dentro de su corazón— habló: —Te mostraré uno de los futuros que podrías construir… o permitir.

Y entonces, el dolor comenzó.

— Todo ardía.

El pueblo de Tsuyoi estaba reducida a cenizas.

Cuerpos destrozados de ancianos, niños y mujeres caían con la lluvia.

Donyoku estaba de rodillas.

No podía respirar.

No podía gritar.

A su lado, Chisiki yacía con un agujero en el pecho, apenas murmurando su nombre.

Frente a ellos, de pie como una divinidad cruel, el Rey de Hokori, cubierto de luz y sangre.

—Todo esto —decía la figura— ocurrió porque no fuiste lo bastante fuerte… ni lo bastante decidido.

—¡No!

¡Yo… no permitiría esto!

—Donyoku intentó activar su Shinkon.

Nada ocurrió.

Estaba desnudo de alma.

El reflejo se quebró en mil fragmentos, cada uno mostrándole una escena peor que la anterior: Aika siendo vendida como esclava.

Reiji crucificado por desobediencia.

Hikaru convertido en mártir olvidado.

Chisiki asesinando a inocentes por desesperación.

—¡BASTA!

—gritó, desgarrándose las uñas contra el suelo mental.

— Mientras tanto, afuera, el público aullaba entre risas y vítores.

—¡Está llorando como un niño!

—¡Miren esa cara!

—¡Ja, valiente “Avaro”!

—¡Pierdo quinientas monedas si se desmaya!

Pero no todos se reían.

En las gradas inferiores, varios esclavos comenzaron a llorar en silencio.

Algunos incluso se cubrieron los oídos.

Sabían que no era un simple espectáculo.

Muchos habían vivido pruebas así.

Y ninguno salió igual.

Aika se levantó, sintiendo su corazón temblar.

Los gritos de Donyoku cruzaban los pasillos mágicos del coliseo, una resonancia pura de alma quebrada.

—Reiji… ¿no podemos hacer algo?

Chisiki negó lentamente.

—Si intervienes ahora… lo pierdes para siempre.

Él debe romperlo por sí mismo.

— Dentro del trance, Donyoku se arrastraba por un campo de huesos.

Ya no quedaba nada de su orgullo.

No quedaba luz.

Solo cenizas.

Solo muerte.

Solo culpa.

Donyoku corría entre cadáveres que parecían gritar su nombre, su verdadero nombre, aquel que ya ni él mismo recordaba.

El suelo era carne.

El cielo, humo.

En cada rincón, rostros conocidos lo miraban con ojos vacíos, reprochándole su debilidad.

—¡Es tu culpa!

—vociferaba un niño sin rostro.

—¡Tú lo prometiste…!

—decía una anciana ardiendo.

—¿Dónde está tu fuerza, “Avaro”?

—escupía un reflejo de sí mismo, empuñando una copia rota de su Shinkon.

—¡BASTA!

—rugió Donyoku.

Cayó de rodillas.

Se llevó las manos a la cara, temblando.

Pero no lloró.

Aulló.

Se golpeó una vez.

Luego otra.

—¡CALLEN!

¡CALLEN TODOS!

¡YO NO QUERÍA ESTO!

¡YO…!

¡YO SOLO QUERÍA…!

Comenzó a arañarse el rostro, con tanta fuerza que pequeñas líneas de sangre comenzaron a correr por su mejilla.

—¡NO!

¡NO ME MIRES ASÍ!

—gritó a un cadáver que se parecía a su madre—.

¡NO ME DES ESA CARA!

¡YO… YO NO SOY UN MONSTRUO!

Pero sabía que sí lo era.

Se tumbó en el suelo.

Comenzó a rasgar la tierra con las uñas, como si buscara enterrarse vivo.

La piel de sus dedos se desgarraba.

—¡Quiero despertar…!

¡Por favor…!

—lloraba—.

¡Alguien… ayúdeme…!

Se dio un puñetazo en el estómago.

Otro en el pecho.

Quería que doliera más en el cuerpo que en el alma.

Gritó hasta quedarse ronco.

Y entonces, por fin, murmuró: —No quiero seguir siendo yo.

Silencio.

Solo su respiración entrecortada.

Su sangre goteando.

Su alma abierta, rota, desnuda.

Y fue justo en ese instante, en esa grieta pura y devastadora, que una presencia comenzó a acercarse.

Una figura que lo había visto llorar antes, que lo había salvado sin querer hacerlo.

Una figura que había creído en él antes de que él supiera qué era creer.

Aika.

No su cuerpo, sino su eco.

Un fragmento de la memoria más viva en su alma.

—¿De verdad vas a dejar que esto sea tu final?

—Yo… no puedo cambiar nada… —Entonces, ¿para qué juraste protegernos?

Silencio.

—Donyoku —dijo la imagen con una sonrisa serena—.

El futuro te pertenece.

Aunque el mundo te maldiga… tú eliges qué arder y qué florecer.

Fue entonces cuando la niebla comenzó a romperse.

Donyoku se levantó.

—¡Este futuro… no es mío!

—gritó mientras alzaba el puño hacia el cielo ilusorio.

El espejo estalló en el coliseo real.

El campo mágico colapsó.

— El público enmudeció.

El “Avaro” había destruido la prueba espiritual más fuerte del evento.

—¡MIERDA!

—gritó un noble apostador— ¡Eso me costó tres sirvientes!

—¡Este bastardo…!

—¡Lo logró…!

—dijo una voz lejana, emocionada.

Pero Donyoku no escuchaba.

Aún con lágrimas en los ojos, respiraba como si acabara de resucitar.

Reiji, desde la zona oculta, murmuró: —No ganó.

Aún no.

Pero eligió no perderse.

— —¡Patético!

—¡Yo aposté dos esclavos por su muerte!

—¿Eso fue una prueba o una obra de teatro llorona?

Las voces de los nobles eran veneno envuelto en oro.

Desde las gradas, burla tras burla llovía como flechas, algunas disfrazadas de carcajadas, otras de puro desprecio.

—Si esa es la nueva generación de Hokori, estamos perdidos —musitó un anciano de barba trenzada mientras bebía vino de un esclavo arrodillado.

A pesar del bullicio, Seita permanecía inmóvil, sus pupilas pálidas clavadas en Donyoku.

Por dentro, era hielo.

Pero muy en el fondo, ese pequeño gesto de resistencia que el muchacho había mostrado… esa lágrima quebrada que no se convirtió en sumisión… le recordó que no todos estaban condenados.

—No cayó.

—fue lo único que dijo, en voz baja, como si fuera una sentencia.

— Dos guardias encapuchados se acercaron a la arena.

Donyoku seguía en silencio, sin lágrimas ya.

Solo vacío.

Como si lo hubieran drenado por dentro.

Lo levantaron con cuidado, pero sin respeto.

Como quien recoge una piedra que ha estorbado demasiado tiempo.

Sus pasos eran lentos.

Le dolían hasta los pensamientos.

Y no por heridas físicas… sino porque en su mente aún resonaban las imágenes de un futuro que no podía olvidar.

Ya en el pasillo oscuro de salida, comenzó a preguntarse: —¿Realmente hacemos esto por una causa…?

¿O solo estamos huyendo de una realidad que ya perdimos?

Las palabras no salieron.

Solo pensó.

Pero en su pecho, algo comenzaba a agrietarse lentamente, como si cada pregunta sin respuesta le tallara una nueva fisura.

— Fue dejado en una habitación de piedra.

Tenía una camilla dura, una vela pequeña, y el silencio de quien sobrevive sin saber por qué.

Donyoku se sentó, y clavó la mirada en el suelo.

Hasta que la puerta se abrió suavemente.

—Lo lograste… —dijo Chisiki, con una voz cálida pero quebrada.

Se acercó con paso firme, sin mostrar pena, solo respeto.

—No todos podrían salir de ahí con el alma intacta… —añadió—.

Yo no sé si yo mismo podría.

Donyoku no respondió.

Pero bajó la cabeza.

Sus ojos brillaban de cansancio.

Su rostro aún tenía las marcas de sus propias uñas.

Chisiki se sentó a su lado y le puso una mano en el hombro.

—No estás solo, ¿lo entiendes?

Nadie debería cargar ese dolor en silencio.

Y tú… tú aguantaste algo que no era para soportar.

Fue entonces que la puerta volvió a abrirse, de golpe.

—¡Donyoku!

Aika corrió hacia él, su respiración agitada, sus ojos inundados.

Y sin decir una sola palabra más, lo abrazó con fuerza.

Él se quedó quieto al principio.

Como si no supiera qué hacer con tanto calor humano.

Pero lentamente… su mano temblorosa se cerró en la tela del vestido de Aika, como si aferrarse a ella fuera lo único real que le quedaba.

Y en ese silencio, solo roto por la respiración entrecortada de tres almas agotadas, una sensación distinta comenzó a nacer: No era esperanza.

No era fuerza.

Era compañía.

Y a veces, eso bastaba para seguir.

— Mientras tanto en el callejón oscuro donde se encontraban Reiji, Bokusatsu y Seimei El silbido venenoso cortó el aire.

La Víbora retrocedió un par de pasos, su pecho subiendo y bajando con un ritmo irregular, casi ansioso, casi… emocionado.

—No debería… —escupió con una sonrisa torcida—.

No debería estar disfrutando esto.

Sus brazos comenzaron a mutar grotescamente, los huesos se estiraban, la carne se rompía y recomponía como un gusano sin fin.

Ambos brazos se convirtieron en colmillos afilados, curvados, como si toda su existencia quisiera perforar.

Pero no era todo.

Su mandíbula se abrió más allá de lo humano, revelando glándulas negras que comenzaron a segregar una toxina espesa.

Esta se evaporaba, y el aire se volvió pesado, irrespirable, denso de muerte.

—¿Creyeron que podrían atravesar este mundo sin pagar un precio?

—rugió—.

¡Ni siquiera los adultos lo entienden!

¡Y ustedes…

quieren cambiarlo!

Reiji apretó los dientes.

Seimei se deslizaba como agua, esquivando estocadas con elegancia brutal, su expresión era calma, pero su respiración se hacía cada vez más corta.

Bokusatsu recibió varios cortes, pero su piel monstruosa aguantaba.

Su cuerpo era una aberración, pero ese mismo horror era lo que lo mantenía en pie.

Reiji desenvainó con una sola mano.

El zumbido de su katana, Honō no Kokoro, vibró con un calor interno, casi imperceptible, pero furioso.

Su mirada se volvió intensa.

Esta vez no fallaría.

Durante unos segundos, el caos fue puro arte: Metal, hueso y veneno colisionaban en una danza de muerte.

Cada paso en falso equivalía a una tumba.

Pero la neblina tóxica seguía extendiéndose.

A cada segundo que pasaba, respirar era un castigo.

Las paredes mismas del callejón temblaban.

Reiji retrocedió medio paso.

Su katana seguía ardiendo, pero la duda asomaba.

—A este paso… nos acabará a los tres —dijo entre jadeos, sintiendo su visión nublarse.

Entonces, Seimei encontró una abertura.

Una única grieta en los movimientos erráticos del rival.

Con un gesto sublime, invocó el trazo de su Shinkon, y las sombras se enredaron como tinta viva.

Inmovilizó al enemigo.

Estaba a punto de atravesarlo.

El golpe final.

Pero…

—Heh… no esperaba tanto —dijo La Víbora.

Sus ojos no mostraban odio, sino algo extraño.

Admiración torcida.

—Por eso… se ganaron algo especial —añadió.

Y entonces, todo cambió.

—Yui no keiyaku: Hebimizuchi.

(Contrato del Lazo: Hebimizuchi) — La explosión de energía fue brutal.

El suelo se quebró, las paredes sangraron veneno, el mundo se contrajo como si una serpiente enorme hubiese abierto los ojos en medio de los mortales.

Su Yuino… se activó.

La Víbora comenzó a cambiar: Su columna se elongó, sus piernas se volvieron escamas que se arrastraban, sus brazos-colmillos se afilaron aún más.

Sus pupilas se dividieron en tres, y todo su cuerpo era un péndulo entre el hombre y el monstruo.

—Solo dos personas… —escupió con voz distorsionada—.

Solo dos me obligaron a usar esto antes.

Ninguna salió viva.

Ahora era más rápido.

Más letal.

El aire se volvió cuchilla.

El simple roce de su cuerpo era un tajo.

Cada golpe dejaba una estela de veneno y muerte.

Bokusatsu fue lanzado contra una pared, su sangre derramada se evaporó al tocar el suelo.

Seimei intentó contraatacar, pero sus movimientos eran demasiado pulcros para un enemigo tan inestable.

Y Reiji… estaba en el centro.

Katana en mano.

Alma a punto de quebrarse.

Sabía que si titubeaba una vez más… La Víbora los mataría a todos.

— La Víbora rugía, pero no como una bestia… Sino como un ser nacido en la desesperanza, un monstruo que llevaba el veneno como lengua y el dolor como espada.

Reiji Mikazuki jadeaba, cubierto de cortes, veneno, y rabia contenida.

Honō no Kokoro, su katana, vibraba con un fuego tenue pero constante, como un susurro de algo mayor… algo que despertaba.

Seimei retrocedía, cubriéndose del veneno que crecía como niebla.

Bokusatsu sangraba, gruñía y resistía, pero su monstruosa piel ya mostraba grietas.

—Este tipo… —murmuró Seimei, entre dientes— …nos está acorralando de verdad.

La Víbora sonrió, deformada por su Yuino activado.

Ya no parecía humano.

Dos colmillos afilados por brazos, toxinas saliendo de su boca, y un cuerpo deforme que se deslizaba como serpiente entre las grietas de la realidad.

—¿Lo ven ahora?

—escupió con desprecio— Esto no es un torneo, idiotas.

Es un pozo.

Y aquí la verdad es que ninguno de ustedes merece salir.

Pero fue entonces que Reiji dio un paso al frente.

Solo uno.

Seimei gritó a la distancia: —¡Reiji, no!

¡Su campo venenoso está alterando el flujo espiritual!

Pero Reiji no retrocedió.

Dio un paso.

Luego otro.

Y entonces recordó.

Una voz lejana.

Una promesa olvidada.

“No puedes cambiar el mundo si antes no sobrevives a él.” Sus ojos se alzaron, y por primera vez, no eran los de un guía.

Eran los de un guerrero.

La Víbora lo notó.

Algo en él había cambiado.

—¿Qué vas a hacer, mocoso?

¿Un corte más elegante?

¿Una ilusión?

¿Una frase bonita antes de morir?

Reiji no respondió.

Y el mundo… tembló un poco.

La katana ardió.

Pero no con fuego externo.

Era un fuego espiritual, un calor que venía del alma.

Honō no Kokoro lo reconocía.

—No estoy peleando por honor, ni por justicia —susurró Reiji—.

Estoy peleando… porque si no lo hago, este infierno nos traga a todos.

Sus brazos se tensaron.

Su mirada se volvió más aguda que cualquier filo.

Y entonces… —Kokoro no Homura – Daikiri.

(Fuego del Corazón – Corte Mayor) El corte no fue un ataque común.

Fue una liberación.

Todo estalló.

La técnica atravesó el aire, rompió el veneno, desgarró la arrogancia de La Víbora, y dejó una cicatriz espiritual en el mundo mismo.

La Víbora cayó de rodillas.

Su Yuino se deshizo como barro mojado.

Silencio.

La Víbora gritó.

No de dolor.

De miedo.

Por primera vez en años.

Saltó hacia atrás, su Yuino tambaleante, su cuerpo aún vibrando por el impacto del golpe.

—¿Qué… qué carajos fue eso…?

Su respiración era irregular.

Su cuerpo, tembloroso.

Había sangre… y fuego.

—Esto no fue un Shinkon común… —murmuró—.

¿Era… un Tsugumono?

Reiji cayó de rodillas.

Bokusatsu lo sostuvo.

Seimei lo cubrió con una barrera ligera.

Pero para cuando alzaron la vista, La Víbora había desaparecido entre el humo, dejando solo unas gotas de veneno y una sensación de que la guerra real… apenas comenzaba.

— Bokusatsu, aún sangrando, soltó una carcajada gutural.

—Idiota… casi mueres.

Pero vaya que fue hermoso.

Seimei sonrió sin admitirlo.

Reiji se quedó en silencio.

Su katana seguía encendida.

Su alma también.

Y en algún lugar del cielo invisible, una estrella cayó.

— Esa noche, entre venenos, gritos y espejismos, el alma de un reino tembló… no por miedo, sino porque, por primera vez en años, algo distinto al horror había comenzado a arder.

Gracias por leer este capítulo de Chi no Yakusoku.

Si te gustó, no olvides seguir para el próximo paso en este oscuro juramento de sangre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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