Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 Capítulo 1 - Dónde nace la rebelión
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2: Capítulo 1 – Dónde nace la rebelión 2: Capítulo 1 – Dónde nace la rebelión Ellos aún no lo sabían.
Nadie lo sabía.
Pero en aquel entonces, en aquel pueblo olvidado por los mapas, el destino ya comenzaba a moverse.
Calendario Mundial Año 525 – Sexta etapa (Cada etapa representa mil años) La tierra crujía bajo los pies descalzos.
Un niño cargaba un saco de papas podridas sobre la espalda.
No tendría más de catorce años, pero en su mirada habitaba una sombra antigua, como si el tiempo hubiese pasado dos veces por él.
El sol caía implacable sobre los campos secos de Tsuyoi, un pueblo arrugado por la miseria y olvidado por los dioses, perdido en los márgenes del Reino de Hokori.
Ese niño se llamaba Donyoku.
Con las manos cubiertas de tierra y la camisa desgarrada por el trabajo, avanzaba por el sendero polvoriento.
Sus ojos, de un color entre ámbar y miel, destellaban con una determinación muda, como brasas que aún no han ardido del todo.
Había crecido en la pobreza, pero su espíritu se negaba a ser arrastrado por ella.
—Llegas tarde —dijo una voz desde la sombra de un árbol retorcido.
Chisiki lo esperaba sentado sobre una roca, con un libro abierto sobre las rodillas.
Su cabello oscuro caía desordenado, y sus ojos azules brillaban como reflejos de cielo atrapados en un pozo sin fondo.
—No todos tienen el lujo de leer bajo la sombra, señorito —replicó Donyoku, dejando caer el saco con un golpe seco.
Chisiki esbozó una sonrisa.
—Y no todos se ofrecen a ayudar al viejo Tamezo con sus cosechas podridas.
—No todos, no.
Solo los héroes o los idiotas.
Ambos rieron.
En ese rincón de mundo donde la esperanza parecía deshidratada, la risa era una forma de resistencia.
Sabían que el Reino de Hokori no fue construido para protegerlos.
Mientras los nobles brindaban con copas de oro, ellos bebían agua turbia y sangraban por pan duro.
Pero al menos, se tenían el uno al otro.
—¿Hay noticias del reino?
—preguntó Donyoku, sentándose junto a su amigo.
Chisiki cerró el libro con lentitud.
Su expresión se endureció.
—Ejecutaron a una madre y su hija en el distrito occidental.
Las acusaron de robar pan.
—¿Pan?
—Una cáscara, en realidad.
Ni siquiera estaba entero.
Alguien la arrojó al suelo… y eso bastó.
Donyoku apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Este reino está enfermo.
No podemos seguir tragando esta podredumbre.
—Lo sé.
—Vamos a cambiarlo, Chisiki.
No sé cómo… pero un día vamos a estar allá arriba.
Vamos a hacer justicia.
—Lo haremos —respondió Chisiki—.
No como ellos.
Vamos a construir algo nuevo.
Algo digno.
Sus miradas se cruzaron como dos espadas sellando una promesa.
El cielo se alzaba sobre ellos, vasto como sus sueños, pero tan indiferente como el reino que los oprimía.
— Esa tarde, el alboroto cerca del pozo comunal los sacó de su tregua.
—¿Qué pasa?
—gritó Donyoku, abriéndose paso entre la multitud.
Un guardia real golpeaba sin piedad a un joven que apenas podía sostenerse.
Su rostro estaba bañado en sangre, y una anciana lloraba arrodillada.
—¡Es mi nieto!
¡Solo intentó llenar la vasija antes de su turno!
El soldado escupió.
—¡Plebeyos insolentes!
¡Hasta el agua pertenece al reino!
—¡Detente!
—gritó Chisiki, dando un paso al frente.
El guardia se giró con burla.
—¿Y tú qué eres?
¿Otro gusano con palabras bonitas?
—Soy alguien que ya no tiene miedo.
El bastón del soldado se alzó, pero Donyoku ya estaba ahí, sujetando su brazo con fuerza.
Sus ojos eran brasas encendidas.
—Levántale la mano otra vez… y te vas a quedar sin ella.
El aire se tensó.
Otro guardia se acercó y murmuró al oído del primero: —Déjalos.
Uno de esos chicos… dicen que es sangre Amatsu.
No queremos escándalos.
El soldado bufó y se retiró.
La multitud no aplaudió.
Pero en sus ojos, brillaba el primer destello de esperanza.
— Esa noche, en la colina que daba al pueblo, Donyoku miraba las estrellas, recostado sobre la hierba seca.
—¿Crees que podamos cambiar algo?
—Si no lo intentamos, nadie lo hará —respondió Chisiki.
—Quiero un mundo donde una madre no muera por pan duro.
Donde los niños no lloren de hambre.
—Entonces lo construiremos.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
Y bajo ese cielo inmenso, nació la primera semilla de rebelión.
Una que los haría héroes.
O monstruos.
— Al amanecer, el aire en Tsuyoi olía a hierro, tierra y miedo.
Donyoku despertó con pasos apresurados fuera de su choza.
El techo crujía con el viento, y la luz atravesaba las rendijas como cuchillas finas.
Se asomó.
—¿Qué sucede?
—preguntó a un vecino.
—¡Vienen de la capital!
¡Un escuadrón real!
El corazón de Donyoku se encogió.
— En la plaza, soldados con armaduras negras marcadas por el emblema del halcón encadenado formaban un muro.
Sobre un caballo oscuro, un hombre imponía silencio con solo su presencia.
Kenshiro Gai.
El Rey de la Guerra.
Descendió con elegancia brutal.
Su mirada era hielo sin alma.
Cada paso que daba era como una sentencia.
—Por decreto real —dijo—, este pueblo ha sido elegido para la Evaluación del Shinkon.
Un silencio más cruel que cualquier grito.
El Shinkon.
El Alma Verdadera.
Solo unos pocos despertaban esa chispa.
Y cuando lo hacían… el reino los convertía en armas.
Los soldados empezaron a separar a los jóvenes.
—¡Mi hija, no!
—gritó una mujer.
—¡Déjenla!
—exclamó Donyoku.
Pero Chisiki lo sujetó.
—¡Si haces algo ahora, te matarán!
En el campo despejado, los seleccionados se alinearon frente a una piedra negra.
Su superficie pulida parecía contener un abismo, y su núcleo pulsaba como un corazón detenido.
—Tóquenla.
Si tienen alma, ella responderá.
Algunos no causaron nada.
Otros, apenas una chispa.
Una niña de doce años hizo que la piedra ardiera en azul.
—Llévensela.
Su madre gritó.
Un puño la silenció.
Donyoku no lo soportó.
—¡¡BASTA!!
—y corrió.
Un soldado alzó su lanza, pero al tocarlo, una energía roja oscura brotó de Donyoku y lo lanzó al suelo.
La piedra tembló.
No brilló… se oscureció, como si la luz misma hubiese huido.
Kenshiro lo miró con curiosidad.
—Interesante.
No eres uno de ellos… pero tampoco del todo humano.
—¿Qué…?
¿Qué dijiste?
—Déjenlo —ordenó—.
A veces, el veneno más letal nace en los rincones más olvidados.
— Esa noche, frente al fuego, los amigos guardaban silencio.
—¿Qué quiso decir ese hombre?
—preguntó Donyoku.
—No lo sé… pero lo averiguaremos.
—Quiero ser fuerte, Chisiki.
Para protegerlos a todos.
Incluso si… no soy como los demás.
—Entonces lo serás.
Incluso si no eres como nadie más.
Y entre las sombras del fuego, sellaron su destino.
Una promesa hecha de rabia, ternura… y algo que aún no sabían nombrar.
Esa misma noche – en la ladera oeste de Tsuyoi, cerca del bosque El crujido de las ramas secas bajo las botas fue lo primero que escucharon.
Donyoku y Chisiki, aún junto al fuego moribundo, giraron al unísono.
Una figura caminaba hacia ellos con paso tranquilo, envuelta en una capa larga que arrastraba polvo y hojas.
Su rostro estaba surcado por arrugas como grietas de tiempo, y su cabello canoso caía hasta los hombros.
En su mirada habitaba una calma que no venía de la paz, sino de la costumbre de sobrevivir al caos.
—¿Quién…?
—empezó Donyoku, poniéndose de pie.
Pero Chisiki ya lo reconocía.
Tardó un segundo, como si su mente no pudiera unir al viejo con el recuerdo.
—¿Reiji… Mikazuki?
El hombre asintió con una leve inclinación de cabeza.
—Hola, Chisiki.
El tiempo te ha cambiado…
pero tus ojos siguen siendo los de tu padre.
El nombre provocó un estremecimiento.
Chisiki bajó la mirada, como si las llamas del fuego le hubiesen tocado el alma.
—Pensé que estabas muerto.
—A veces, lo estuve —respondió Reiji con una sonrisa apagada—.
Pero el deber tiene la costumbre de arrastrarnos incluso desde el umbral.
—¿Por qué estás aquí?
—preguntó Donyoku, aún desconfiado.
Reiji se sentó lentamente frente al fuego, como si cada movimiento tuviese un significado ceremonial.
—Porque si no vengo yo… otros lo harán.
Y no todos buscan que su poder florezca sin corromperse.
—¿Hablas del Shinkon?
—Chisiki frunció el ceño.
—Exacto.
El Shinkon es un reflejo… pero también una trampa.
Cuanto más lo despiertas, más fácil es que el alma se rompa, o peor… que olvide por qué quería despertar en primer lugar.
Donyoku cerró los puños.
El recuerdo del guardia volando por el aire aún vibraba en su cuerpo.
—¿Y tú qué sabes de eso?
—Todo lo necesario.
—Reiji desvió la mirada hacia las estrellas—.
Tu padre y yo…
cometimos errores.
Fuimos parte de algo más grande que nosotros, y en el proceso, perdimos partes de quienes éramos.
No quiero que ustedes repitan eso.
Chisiki levantó la vista.
Su voz fue apenas un susurro.
—¿Tú estuviste con él…
hasta el final?
—No —respondió Reiji, sin mentir—.
No tuve el valor.
Pero juré que, si tú sobrevivías, te ayudaría a encontrar tu camino… sin repetir los pasos de quienes caímos.
El silencio se volvió denso.
Incluso el viento parecía dudar si debía soplar.
—Entonces, ¿qué quieres de nosotros?
—preguntó Donyoku.
Reiji lo miró con firmeza.
No había juicio en sus ojos, solo decisión.
—Quiero guiarlos.
No por mí, ni por su pasado… sino porque el Reino está cambiando.
Y pronto, el dolor no será una excepción: será la regla.
Si no están preparados… el Shinkon los va a consumir.
—¿Y si no queremos seguirte?
—dijo Donyoku, aún con fuego en la voz.
—Entonces los veré caer.
Como vi caer a muchos.
Pero si eligen seguirme, no les prometo gloria… solo verdad.
Y un poco de libertad.
Chisiki lo miró a los ojos.
Lo comprendía.
No necesitaba más palabras.
—Aceptamos —dijo, por ambos.
Donyoku asintió, aún entre dudas.
Reiji se levantó lentamente, extendiendo la mano hacia el fuego.
Una pequeña llama se alzó sola, flotando, como una luciérnaga dorada.
Luego, se dividió en dos.
—Sus almas son distintas.
Pero si logran mantenerse firmes… el mundo podría ver algo que no ha visto en siglos.
Ambos chicos la observaron.
La llama no quemaba.
Pero iluminaba.
—¿Y si no logramos resistir?
—preguntó Chisiki.
Reiji no respondió de inmediato.
Luego, dijo: —Entonces destruirán todo.
Incluso a ustedes mismos.
Y la noche los envolvió, con su promesa y su advertencia.
___ Porque a veces, la historia no comienza con héroes… sino con aquellos que aún no han aprendido a temer su propio poder.
Gracias por leer este capítulo de Chi no Yakusoku.
Si te gustó, no olvides seguir para el próximo paso en este oscuro juramento de sangre.
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